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PSICOLOGÍA SOCIAL

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RELACIONES INTERGRUPALES

OBJETIVOS DE APRENDIZAJE

Este capítulo plantea los siguientes objetivos:

  • Distinguir los distintos niveles de análisis que requiere el estudio de la conducta social.

  • Caracterizar las formas básicas en las que se enmarcan las relaciones intergrupales: conflicto, cohesión y cooperación.

  • Analizar las principales teorías de relaciones intergrupales:

  • teoría del conflicto grupal realista, teoría de la identidad social y deprivación relativa y teorías de la legitimidad, del orden y del conflicto.

  • Analizar los principales modelos de cambio en las relaciones intergrupales: teorías del contacto intergrupal y de la reducción del prejuicio.

INTRODUCCIÓN 

Uno de los principales desafíos a los que se enfrentan los investigadores de las ciencias sociales y de otras disciplinas es comprender el nivel de análisis a partir del cual se construyen las teorias y se proyectan los resultados de investigación. A continuación se aborda este importante tema estableciendo los distintos niveles de análisis que se utilizan en psicología en general.

El estudio de las relaciones intergrupales ha sido objeto de atención de muchas disciplinas, tales como la psicología social, la sociología, la antropología, la historia y las ciencias políticas. Estas disciplinas han desarrollado por décadas modelos conceptuales con el propósito de comprender cómo, bajo qué condiciones y por qué las interacciones que ocurren entre personas que se identifican con distintos grupos humanos resultan ser negativas (relaciones conflictivas) o positivas (relaciones cooperativas). Particularmente importante para la psicología social ha sido el estudio de los antecedentes, procesos y correlatos que se asocian a dichas relaciones en la esfera conductual, afectiva y cognitiva. Como ejemplos destacan el estudio del prejuicio, de la agresión o bien de las conducas de ayuda y de la tolerancia.

Ciertamente, por su naturaleza compleja, las relaciones intergrupales pueden ser estudiadas en psicología social desde distintas perspectivas y enfoques metódicos, abordando aspectos individuales, grupales y contextuales. Esto se ha traducido en muchos modelos conceptuales que han focalizado su atención en distintos aspectos y niveles de análisis para responder las interrogantes planteadas. El presente capítulo presenta las principales contribuciones teóricas que nutren la comprensión de las relaciones intergrupales en psicología social desde estas distintas perspectivas. En este contexto, uno de los principales desafíos que enfrentan los investigadores de las ciencias sociales y de otras disciplinas es comprender el nivel de análisis a partir del cual se construyen las teorías y proyectan los resultados de investigación. A continuación abordamos este importante tema, describiendo los distintos niveles de análisis que generalmente se utilizan en psicología para abordar el estudio de las relaciones intergrupales.

Distintos niveles de analisis: individual, interpersonal, intragrupal e intergrupal

La psicología como disciplina ha hecho significativas contribuciones conceptuales para abordar preguntas centrales que atañen a las dimensiones motivacionales, cognitivas, emocionales y conductuales del ser humano.

Un dilema esencial a ser abordado se relaciona con los niveles de análisis desde los cuales hay que posicionarse para comprender y explicar el comportamiento humano. Una forma simple de organizar estos niveles es situar en un extremo los procesos de la esfera individual o intrapsíquicos y, en el otro, los procesos que ocurren en la esfera intergrupal (los cuales constituyen el enfoque de este ca-pítulo). A nivel individual se puede intentar explicar, por ejemplo, la manera en que las personas perciben o atribuyen causalidad en el mundo social. A nivel intergrupal, por otro lado, se centra la atención en comprender los antecedentes, mecanismos y consecuencias que surgen de las relaciones que se establecen entre las personas que se identifican con distintos grupos sociales. Entre estos dos extremos de análisis, se busca comprender cómo surgen y se desarollan las relaciones a nivel interpersonal, es decir, las que surgen de la interacción entre individuos (p. ej., la atracción o las relaciones amorosas, entre otros); y por otro, los procesos que se observan a nivel intragrupal, los que se focalizan en comprender la dinámica que caracteriza a los procesos grupales (p. ej., cómo se producen los fenómenos de la influencia normativa, la obediencia, el liderazgo, el pensamiento grupal). Hacer esta distinción de niveles resulta relevante, ya que muchas teorías han sido concebidas para explicar fenómenos a un cierto nivel de análisis y no necesariamente pueden ser aplicadas directamente a otros niveles de análisis. Por mencionar un ejemplo clásico, la similitud percibida entre personas resulta ser un importante factor que estimula la atracción interpersonal (Byrne, 1971). Sin embargo, en el plano intergrupal, los grupos buscan distinguirse positivamente de otros grupos (Tajfel y lumer 1986) y, por lo tanto, la similitud entre grupos puede llevar a procesos de diferenciación y tensión entre ellos.

Relevancia de considerar las relaciones intergrupales

El estudio de las relaciones intergrupales ha sido el centro de atención de muchas disciplinas, particularmente de la psicología social, la sociología, la antropología y las ciencias políticas. A lo largo de décadas se han desarrollado modelos teóricos con el fin de comprender las interacciones que ocurren entre grupos humanos, tanto en sus variantes negativas (relaciones conflictivas) como positivas (relaciones cooperativas). A lo largo de la historia de la humanidad se puede observar una omnipresencia de conflictos intergrupales vinculados a esferas raciales, étnicas, religiosas, políticas u organizacionales, entre otras. Existen múltiples razones, algunas de las cuales se abordarán en este capitulo, que pueden estimular los conflictos intergrupales (Ashmore, Jussin y Wilder, 2001). Más allá de estas consideraciones, es necesario partir del supuesto de que los conflictos intergrupales no son necesariamente negativos per se, ya que muchas veces constituyen un eslabón importante del cambio social. En este contexto, durante décadas se ha generado un debate orientado a identificar los conceptos centrales que posibilitan la comprensión de las relaciones intergrupales y el cambio en las actitudes intergrupales cuando éstas adquieren un carácter negativo, como es el caso del prejuicio. En contraste, existen muchos ejemplos de relaciones intergrupales cooperativas, como las que se observan en los casos de catástrofes naturales o cuando se forman coaliciones políticas y económicas (González et al.). Estas relaciones de cooperación intergrupal poseen un importante valor para establecer conductas positivas entre grupos (Sherif, Tajfel y Turner). La complejidad de las relaciones intergrupales de conflicto y cooperación ha inspirado el desarollo de distintas perspectivas psicológicas que se tratarán más adelante en este capítulo.

Antecedentes clásicos de las teorías de relaciones intergrupales

En los orígenes de la psicología como disciplina, la idea de un nivel social de análisis estaba presente, por ejemplo, en El malestar en la cultura de Freud (1930) o en La psicologia de los pueblos de Wundt (1912). Sin embargo, no fue hasta después de la Segunda Guerra Mundial cuando el estudio de las relaciones intergrupales se constituyó en uno de los ámbitos centrales de investigación en psicología social. Después de las atrocidades de la guerra, un grupo importante de psicólogos se Concentró en entender cómo fue posible que dichas atrocidades ocurrieran.

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Uno de los intentos más importantes de la época por responder esta pregunta fue desarrollado por Theodor Adorno y el grupo de Berkeley en el ambicioso proyecto que fue publicado en 1950 bajo el título La personalidad autoritaria (Adorno, Frenkel-Brunswick, Levinson y Sanford, 1950).

Este equipo de investigadores buscó integrar la psicología de la personalidad de origen psicoanalítico con la teoría crítica -de inspiración marxista- de la escuela de Frankfurt, usando todas las herramientas metodológicas, tanto cuantitativas como cualitativas, disponibles en esa época.

Por otro lado, y en respuesta a las perspectivas en las que predominó una mirada centrada en aspectos psicológicos individuales, en 1954 Gordon Allport publicó La naturaleza del prejuicio. Esta obra redefinió el campo de la psicología, inaugurando un programa de investigación que entiende las actitudes negativas hacia otros y la discriminación como un fenómeno basado en relaciones intergrupales. Inspirado en las ideas de Bruner (1958) y Campbell (1956), Allport desarrolló conceptos básicos de la psicología social cognitiva (categorización social) y los aplicó al ámbito de las relaciones grupales.

A Allport se debe, entre otros legados, la definición más influyente de prejuicio y la hipótesis de contacto intergrupal, que será comentada en detalle más adelante en este capítulo.

En los años que siguieron, el campo de estudio se complicó de forma muy veloz. Entre los hitos más importantes están el trabajo de Sherif, que desarrolló la teoría de conflicto grupal realista (Sherif, 1958). Esta teoría postula que las bases del conflicto no están en procesos psicológicos -como habían enfatizado las demás teorías de la época-, sino en la competencia entre grupos por recursos escasos. En la década de 1970, Henri Tajfel et al. cambiaron el foco de análisis hacia las dinámicas intergrupales y los procesos de identificación. Su trabajo fue sistematizado bajo el nombre de teoría de la identidad social (Tajfel y Turner, 1986). Ésta es probablemente la más influyente de las teorías del campo de las relaciones intergrupales.

En los años noventa del siglo pasado, Jim Sidanius y Felicia Pratto presentaron la teoría de la dominancia social (Sidanius y Pratto, 1999) y John T. Jost et al. desarrollaron la teoría de la justificación del sistema (Jost y Banaji, 1994). Ambos trabajos trajeron de vuelta al centro de la discusión el concepto de ideología y estimularon la incorporación de múltiples niveles de análisis en una misma teoría. A su vez, estas teorías juntaron en un mismo marco comprensivo la vinculación entre los individuos, los grupos y la sociedad como un todo. En la segunda sección de este capítulo, se revisarán en mayor profundidad estas teorías, así como algunos desarrollos específicos que servirán para ejemplificar las múltiples líneas de investigación que caracterizan al campo de las relaciones intergrupales.

Definiciones de conceptos básicos: grupo, conflicto, cohesión y cooperación

Antes de revisar las teorías en detalle hay algunos conceptos que deben ser clarificados: grupo, conflicto, cohesión y cooperación. Estos conceptos son la base de todas las teorías que serán revisadas en este capítulo y dan cuenta de las problemáticas generales que definen el campo de las relaciones intergrupales.

Sherif (1962) definió las relaciones intergrupales como la relación entre dos o más grupos y sus respectivos miembros. Cuando los individuos que pertenecen a un grupo interactúan, ya sea de forma individual o colectiva, con otro grupo o con algún miembro de otro grupo, en tanto miembro del otro grupo, estamos frente a un caso de comportamiento intergrupal.

Para analizar las relaciones intergrupales se necesita, entonces, la definición de sus unidades básicas, los grupos. A pesar de que la definición de grupo incluye varios aspectos, este capítulo se centra en una perspectiva sociocognitiva. Es decir, un grupo es definido por una persona o un conjunto de personas que se identifican con un grupo o identifican a otros como pertenecientes a un grupo. El aspecto definitorio está basado en un proceso de categorización social. El sí mismo se define en relación con otros, como miembros de una entidad que envuelve a múltiples individuos.

Del mismo modo, los otros también son categorizados como pertenecientes a una entidad mayor y se les identifica como tal. Cuando dos grupos se relacionan, estas categorías entran en juego (Tajfel y Turner, 1986). La categoría grupal puede variar dependiendo del contexto. A pesar de que casi cualquier persona puede ser categorizada en términos de su sexo, orientación religiosa, nacionalidad, etnicidad, orientación política o edad, entre otros, la relevancia de estas categorías cambia de un momento a otro y de una situación a otra.

Cuando en un contexto determinado una categoría grupal cobra particular relevancia, y sobre todo cuando tiene consecuencias negativas para quienes caen dentro de esa catego-ría, se habla de una relación de dominación entre grupos. Por ejemplo, en Latinoamérica, como consecuencia del pasado colonial, la categoría racial indígena ha sido asociada durante siglos a un menor estatus en comparación con la categoría racial blanco. Esta situación se refleja en el menor acceso a los recursos (económicos, políticos, etc.) que tienen los miembros de esos grupos, así como a su sistemática discriminación, por ejemplo, en el mercado laboral, en el sistema judicial y en el sistema educativo.

La relación de dominación es un caso específico de conflicto entre grupos. Sin embargo, el conflicto entre grupos puede adquirir múltiples formas. Por ejemplo, el conflicto puede observarse entre grupos de estatus comparables que compiten por recursos escasos. En este caso, la hostilidad no se explica por una situación de dominación establecida, sino por la búsqueda de prevalecer sobre el otro (Fiske, Cuddy, Glick, y Xu,2002). Las distintas teorías que serán revisadas en este capítulo se centran en formas particulares de conflictos entre grupos, por lo que es necesario tener en consideración que las formas que puede adquirir una relación conflictiva varían, y los énfasis de las teorías se basan en los tipos específicos de conflictos que abordan.

La psicología social ha enfatizado en Su desarrollo las relaciones conflictivas, pues la motivación inicial ha sido prevenir las consecuencias negativas que surgen de estos conflictos. Sin embargo, las relaciones entre grupos no siempre se caracterizan por ser conflictivas. En años más recientes, la investigación en este campo ha desarrollado una segunda línea que va más allá del estudio del conflicto: el estudio de la cohesión y cooperación entre grupos (Tropp y Mallett, 2011). Se hizo evidente que, a pesar de que los conflictos y la discriminación tienen consecuencias negativas para quienes los vi-ven, las sociedades siguen funcionando y los grupos siguen coexistiendo incluso en condiciones de dominación. Esto generó la pregunta: ¿qué mantiene a los grupos unidos?

Dos grandes esbozos de respuestas han sur gido. Por un lado, existirían ideologías legitimadoras del orden social que permitirían a las personas lidiar con las condiciones de vida adversas de sus grupos. Por otro lado, los grupos necesitan colaborar para subsistir y, por lo tanto, conductas prosociales, solidarias y orientadas al bien común pueden ser observadas incluso en las condiciones más adversas. Estas dos respuestas han inspirado mucha de la investigación más reciente en relaciones intergrupales y han permitido tener una mirada más compleja del fenómeno.

En este capítulo se analiza cómo la psicología social, a través de distintas teorías, intenta comprender la naturaleza de la formación de los grupos humanos y la manera en que surgen y se desarrollan las relaciones intergrupales y sus principales consecuencias actitudinales y conductuales, como el sesgo, el prejuicio y la discriminación. A continuación se presenta el conjunto de teorías que han estudiado estos temas desde distintos campos disciplinarios, según el contexto histórico y social en el que fueron desarrolladas. Primero se revisa la teoría del conflicto grupal realista de She-rif (1958).

 

Luego, se presentan los orígenes de la teoría de la identidad social, algunas de las líneas de investigación que han sido derivadas a partir de ésta (Tajfel y Turner, 1986; Turner, Hogg, Oakes, Reicher y Wethe-rell, 1987), así como la teoría de la deprivación relativa (Crosby, 1976; Runciman, 1966).

Posteriormente, se discuten distintas teorías sobre legitimidad, orden y conflicto: teorías del autoritarismo (Adorno et al., 1950; Al-temeyer, 1981; Duckitt, 1989), la teoría del mundo justo (Lerner, 1980), la teoría de la dominancia social (Sidanius y Pratto, 1999) y la teoría de la justificación del sistema Jost y Banaji, 1994). Finalmente, se concluye el capítulo revisando un conjunto de teorías que intentan explicar el cambio en las relaciones intergrupales basándose en la teoría del contacto intergrupal Brewer y Miller, 1884; Brown y Hewstone, 2005; Gaertner y Dovi-dio, 2000; Pettigrew, 1998).

DESARROLLO DE TEORÍAS DEL CONFLICTO Y DE LA COHESIÓN ENTRE GRUPOS

A continuación se analizan las principales concepciones teóricas clásicas y modernas que se han desarrollado en el campo de la psicología social con el propósito de comprender cómo surgen y se desarrollan las relaciones intergrupales.

Teoría del conflicto grupal realista

La teoría del conflicto grupal realista aparece como una reacción a las teorías predominantes en su época, las cuales enfatizaban las diferencias a nivel individual y los aspectos inherentes a la personalidad como explicación de los conflictos intergrupales. La teoría del conflicto grupal realista propone que no es posible extrapolar las propiedades de los individuos y de las relaciones entre individuos a las relaciones entre grupos. Sherif (1958) propuso una teoría que se basa en lo que él llamó un conflicto real (en oposición a uno psicológico). Según el autor, el comportamiento de los individuos está motivado por la consecución de ciertos objetivos grupales y por la percepción de la manera en que otros grupos intervienen en la tarea de conseguir este objetivo. Si dos grupos tienen el mismo objetivo-por ejemplo, su bienestar-pero obtener ese objetivo depende de ciertos recursos limitados, el alcanzar los objetivos del propio grupo se percibe como una competencia con el otro grupo. Esto se conoce como una relación de suma cero con metas excluyentes e interdependencia negativa entre los grupos. En esta situación, la relación entre los grupos será conflictiva.

 

Por el contrario, si la meta sólo se puede conseguir cuando ambos grupos trabajan juntos (meta superordinada), se producirá una interdependencia positiva entre los grupos y emergerá una relación de cooperación. Esta relación puede, al final, conducir a la desaparición de las categorías grupales iniciales, y dar paso a relaciones armoniosas estables de alta cohesión grupal (identidad común) (Recuadro 1).

Estas premisas fueron evaluadas por Sherif et al. en una serie de experimentos en campamentos con niños en Estados Unidos (the robbers cave experiments, Sherif y Sherif, 1953). En estos estudios, los objetivos de los grupos fueron implementados para generar las condiciones que la teoría proponía. Sus resultados mostraron que las condiciones indicadas generaban cohesión o colaboración, por un lado, y conflicto u hostilidad entre grupos, por el otro (Sherif, 1966).

Recuadro 1. El experimento The Robbers Cave

Sherif et al. probaron la teoría del conflicto grupal realista en una serie de experimentos de campo en Estados Unidos conocidos como The Robbers Cave Experiments (Sherif y Sherif, 1953). Grupos de adolescentes de clase media fueron llevados a campamentos de verano en autobuses y alli realizaron actividades con ciertas reglas. En tres fases distintas, los investigadores implementaron las condiciones que la teoría proponía. En la primera fase formaron los grupos estimulando la identidad de cada uno de ellos (crearon nombres como los Águilas y los Serpientes), los ubicaron en carpas en lugares separados, crearon sus tótems, cantos, etc.

Con el propósito de demostrar que el conflicto tiene su origen en los intereses reales o percibidos entre los grupos, a través de múltiples actividades, se introdujo en la segunda fase la competencia entre los grupos. Con ello surgieron diversas formas de sesgo a favor del propio grupo y hostilidad intergrupal (robarse la comida, desarmar carpas, etc.).

 

Finalmente, crearon la fase de colaboración intergrupal, estimulando el logro de metas superordinadas len las que cada grupo debe trabajar en forma conjunta para poder lograr la meta). En esta fase, gradual mente, y después de crear varios ejemplos de colaboración, comenzó a disminuir la hostilidad intergrupal y a mejorar las actitudes intergrupales. Al introducir la compatibilidad de metas, razonaron los investigadores, disminuyó la hostilidad entre los grupos (Sherif y Sherif, 1953).

Teorías de la identidad social

Uno de los principales legados conceptua-les, que transformó la manera de concebir las relaciones intergrupales, surge en la llamada escuela de Bristo, liderada por el notable psicólogo social Henri Tajfel. A continuación, se presentan y discuten brevemente las teorías que surgieron bajo dicho enfoque y que continúan iluminando la investigación de las relaciones intergrupales a nivel mundial.

Teoría de la identidad social

Basándose en la idea de que todo acto de percepción involucra un acto de categorización (Bruner, 1958), Allport (1954) planteó que la categorización social era un proceso básico, necesario y adaptativo, utilizado por los individuos para organizar y simplificar la información proveniente del mundo social. De esta manera, pensaba que las categorías sociales se utilizan para inferir atributos de las personas que componen los grupos y para justificar acciones hacia ellos. De hecho, la categorización social ha sido concebida como una condición esencial para la existencia del prejuicio (Allport, 1954). La categorización social es una función cognitiva que permite entonces discriminar claramente entre aquéllos que pertenecen y aquéllos que no pertene-con a un grupo determinado. De esta manera, la categorización social produce una importante consecuencia: la formación de estereotipos grupales, que nos informan acerca de cómo son percibidos ellos y nosotros (Campbell, 1958). Producto de la categorización social, se exacerban las diferencias intergrupales, es decir, se perciben más diferencias entre los miembros del grupo propio y los del exogrupo de las que realmente existen.

 

Al mismo tiempo, se reducen las diferencias intragrupa-les, es decir, se perciben más similitudes entre los miembros del propio grupo (así como entre los miembros del exogrupo) de las que realmente existen. Este último efecto se conoce en la literatura como efecto de homogenización, la segunda consecuencia que se deriva de la categorización social.

En contraposición a la teoría del conflicto grupal realista, y partiendo del concepto de categorización social propuesto por Allport (1954), Tajfel et al. desarrollaron una serie de estudios creando el paradigma grupal mínimo con el fin de demostrar la existencia de competencia y sesgo endogrupal o discriminación que favorece a los miembros del propio grupo, en ausencia de incompatibilidad de me-tas, como lo habían planteado Sherif y Sherif (1953). Específicamente, se creó la noción de grupo manipulando solamente el sentido de pertenencia grupal, y controlando otros factores posibles que pudiesen dar origen al sesgo endogrupal.

 

De esta manera, los participantes formaron parte de un grupo en el cual no existían: a) historia de conflictos previos; b) contacto directo al interior o entre los grupos; c) ninguna forma de interdependencia, y d) la condición de miembro del grupo se estableció en completo anonimato. Por tanto, la única información de que disponían los participantes para generar juicios o conductas era que ellos pertenecían al grupo que prefería a los pintores Klee o Kandinsky (supuestamente, porque en realidad eran asignados al azar a uno de los dos grupos o categorías). Una vez que se categorizaban en dichos grupos, los participantes tuvieron que distribuir recursos a través de una serie de matrices en las cuales siempre debían asignar recursos al propio grupo o al exogrupo en una determinada proporción (p. ej., darles en términos relativos más a los miembros del propio grupo, darles a ambos por igual o darle más a los miembros del exogrupo). Los resultados confirmaron la hipótesis de los investigadores: en una alta proporción, los participantes dieron en términos relativos más recursos a los miembros del propio grupo que a los del exogrupo, fenómeno conocido como sesgo a favor del propio grupo o sesgo endogrupal (v. detalle del experimento en Tajfel, Billig, Bundy y Flament, 1971). Tajfel et al. replicaron este efecto en múltiples estudios, incorporando distintas variaciones experimentales. Concluyeron que: Un aspecto omnipresente de las relaciones intergrupales, la mera percepción de pertenecer a dos grupos distintos, esto es, la categorización social per se, es suficiente para promover discriminación intergrupal que favorece al propio grupo (...). La mera conciencia de la presencia de un exogrupo es suficiente para provocar competencia in-tergrupal o respuestas discriminatorias por parte del endogrupo. (Tajfel y Turner, 1986, p. 13).

A partir de estos emblemáticos estudios surge la teoría de la identidad social (Tajfel y Turner, 1986) como un intento por explicar comportamientos intergrupales en función de procesos de categorización, identificación y comparación social.

La teoría de la identidad social parte de dos supuestos fundamentales. Primero, que las personas derivan parte de su autoconcepto de las categorías sociales con las cuales se identifican. Esto es lo que los autores definen como identidad social (Tajfel y Turner, 1986).

Las personas tienen un número importante de identidades sociales, dependiendo de los grupos sociales con los que se relacionan y con los cuales se identifican. Segundo, la teoría asume que las personas en general tienen una preferencia por verse a sí mismas de manera positiva. Un importante correlato de estos dos supuestos es que para tener un autoconcepto positivo, las personas buscan ver al grupo al que pertenecen (endogrupo) de manera más positiva que a los grupos a los que no pertenecen (exogrupo). Para alcanzar y mantener una identidad social positiva, las personas comparan al propio grupo con el exogrupo en dimensiones que son valoradas positivamente y generan una distintividad positiva respecto al exogrupo. Dichas comparaciones son, en términos relativos, más favorables hacia el propio grupo. Esto es lo que se conoce como sesgo o favoritismo endogrupal. Este concepto, sin embargo, no es sinónimo de discriminación, sino más bien da cuenta de la valoración del propio grupo como un aspecto esencial de la identidad. Es decir, la valoración del propio grupo no implica necesariamente desprecio u hostilidad hacia el exogrupo con el cual las personas se comparan (Brewer, 1999). Cuando esto no es posible, las personas buscarán distintas alternativas para cambiar su situación de pertenencia grupal y mejorar su autoevaluación (Recuadro 2).

Recuadro 2. Morenos y blancos prefieren a los blancos

En el año 2002, Uhlmann et al. publicaron una serie de experimentos utilizando el test de asociaciones implícitas, en el que mostraron que, a nivel implícito, tanto estadounidenses de origen hispano como chilenos tenían una fuerte preferencia por el grupo de personas de piel facial clara (blancos), sobre el grupo de personas de cara más oscura (morenos). Esta preferencia se manifestó sin importar si los participantes se autoidentificaban como morenos o blancos. Estos hallazgos revelan que la preferencia por la piel clara -y el estatus que esta conlleva- es incluso más importante que el sesgo endogrupal usualmente observado en la investigación sobre relaciones intergrupales (Uhlmann et al., 2002).

Las estrategias a adoptar para lograr una identidad social positiva dependerán de la percepción de estabilidad y legitimidad de las categorías sociales (Tajfel y Turner, 1986).

En situaciones en que las categorías sociales son percibidas como permeables, las personas pueden recurrir a la movilidad social, es decir, intentar moverse hacia un grupo de estatus superior. Por otro lado, si las categorías sociales son percibidas como impermeables, es necesario adoptar estrategias de cambio social.

Teoría de la autocategorización social

La teoría de la autocategorización social (Turner et al., 1987) fue desarrollada posteriormente con el objetivo de complementar la teoría de la identidad social en la comprensión de los procesos y consecuencias de la categorización de las personas en grupos sociales. Esta teoría postula que las personas se categorizan a sí mismas según distintos niveles de abstracción. Estos distintos niveles varían desde un extremo en que las personas se definen a sí mismas mediante características idiosincráticas personales (identidad personal), hasta otro extremo en el que las personas se categorizan en función de sus similitudes con miembros de un determinado grupo o categoría (identidad social). La categorización en distintos grupos es flexible y depende de la saliencia de una categoría en un determinado momento (tanto en términos de la accesibilidad cognitiva de la categoría como del ajuste de la categoría a la representación de la situación social).

La manera en que las personas se autocategorizan en un momento particular afecta a su comportamiento en un contexto social específico. Por ejemplo, cuando una identidad social está activa, las personas tienden a percibirse a sí mismas como más representativas de una categoría social y menos en función de sus características individuales (Turner et al., 1987). Un concepto fundamental de la teoría de autocategorización es el término de prototipo. Los prototipos corresponden a representaciones cognitivas de las características típicas de una categoría y definen comportamientos adecuados para los miembros del grupo (Billig, 1987). Los prototipos tienden a minimizar las diferencias intragrupales y a exagerar las diferencias intergrupales. La saliencia de una categoría produce desperso-nalización, es decir, la percepción de que uno mismo y otros no son personas individuales, sino prototipos de un grupo determinado. Por ejemplo, si la categoría saliente en un momento determinado es ser policía, entonces las personas tendrán una mayor probabilidad de actuar en función de normas que se encuentran asociadas a esa categoría (como obedecer órdenes o actuar de manera autoritaria).

Sin embargo, Brewer (1991) observó que las personas evitan autodefinirse de manera totalmente personalizada y diferenciada, al mismo tiempo que evitan autodefinirse completamente en función de similitudes con la categoría social. En base a esta observación, la autora propuso la teoría de la distintividad óptima. Esta teoría da cuenta de la interacción entre dos necesidades opuestas: la necesidad de pertenencia con otros y la necesidad de diferenciación de otros. De acuerdo a esta teoría, las personas buscarían ser miembros de grupos donde fuese posible lograr un balance óptimo de la satisfacción de ambas necesidades.

Teoría de la deprivación relativa

La teoría de la deprivación relativa surgió como respuesta a un estudio de actitudes entre soldados estadounidenses (Stouffer, Suchman, DeVinney, Star y Williams, 1949). En este es-tudio, los autores observaron que el descontento era mayor en secciones militares en las que existía una mayor posibilidad de ascender en la carrera militar (p. ej., en las fuerzas aéreas) que en aquellas secciones donde las posibilidades de ascenso eran menores (p. e)., en la policía militar). Esta observación resultó inconsistente con teorías previas (como la teoría de la frustración/agresión de Dollard, Doob, Miller, Mowrer y Sears, 1939), que explicaban el descontento como un producto de niveles absolutos de frustración. Stouffer et al. (1949) concluyeron que los militares con mejores perspectivas de ascenso se rodeaban de otros militares que se encontraban en mejor situación que ellos (p. ej., aquellos militares que ya habían ascendido). En función de esto, los autores propusieron que la variable relevante no era la deprivación en términos absolutos, sino relativos.

El postulado central de la teoría de la deprivación relativa es que la percepción de depri-vación es siempre relativa a algún estándar de comparación (Crosby, 1976; Runciman, 1966).

Una fuente recurrente de comparación son otros grupos sociales. En este caso, las personas tenderán a sentirse deprivadas cuando el grupo al que pertenecen obtiene resultados que son relativamente peores que los resultados obtenidos por un grupo de comparación (Runciman, 1966).

Las consecuencias de la deprivación relativa dependen de si ésta es vivida a nivel individual o grupal. Runciman (1966) distinguió entre dos tipos de deprivación relativa. Por un lado, existe una deprivación relativa individual o egoísta, la cual se produce en función de una comparación con otros individuos similares. Una segunda deprivación relativa es la deprivación fraternal o grupal. En este caso, la percepción de deprivación proviene de una comparación del propio grupo con otros grupos. Estudios han mostrado un vínculo entre deprivación relativa fraternal y actitudes intergrupales, dando lugar a situaciones como prejuicio (Grant y Brown, 1995) y orientaciones hacia protestas sociales (Walker y Mann, 1987).

 

Por otra parte, la deprivación relativa individual parece estar más relacionada con resultados personales, como el estrés (Walker y Mann, 1987).

Teorías de la legitimidad, el orden y el conflicto

La adopción de ideologías de justificación de la desigualdad juega un rol particularmente importante en la justificación del orden social.

 

Una ideología es entendida como un conjunto de creencias, opiniones y valores compartidos por un grupo de personas acerca de la forma en que debiera estructurarse el orden social y la forma en que las personas debieran comportarse lost, Federico y Napier, 2009).

Las ideologías no solamente sirven para organizar el conocimiento, sino también para explicar o racionalizar el estado de las cosas o cómo las cosas debieran cambiar (ost et al., 2009). En particular, las ideologías pueden servir de directrices para legitimar o deslegitimar a personas, grupos y prácticas sociales (Martín-Baró, 1990). Existen cuatro teorías principales que dan cuenta de mecanismos de justificación del orden social: el autoritarismo de derechas, la teoría del mundo justo, la teoría de la dominancia social y la teoría de la justificación del sistema, las cuales se analizan a continuación.

Autoritarismo de derechas

Inicialmente, el autoritarismo fue propuesto como una explicación de la susceptibilidad de las personas hacia ideologías fascistas de derecha, antisemitismo, etnocentrismo y prejuicio (Adorno et al., 1950). Prácticas de crianza autoritarias por parte de los padres resultaban en el desarrollo de una personalidad autoritana en los niños y en un desplazamiento de la hostilidad desde la autoridad parental hacia distintos exogrupos. Sin embargo, desde la época de Adorno et al. han surgido importantes objeciones al concepto y medición del autoritarismo (véase Duckitt, 1989).

En particular, se observó que los niveles de autoritarismo variaban de manera importante según la situación: las personas parecían favorecer ideologías autoritarias en mayor medida en contextos de amenazas sociales.

La investigación mostró, por un lado, que las amenazas sociales aumentaban los niveles de autoritarismo a nivel individual y grupal (p. ej., Duckitt y Fisher, 2003). Por otro lado, se ha encontrado evidencia que muestra que una predisposición autoritaria relativamente estable se activa en momentos de amenaza al orden normativo (Stenner, 2005). Estas observaciones pusieron en entredicho la noción del sonalidad. Estos problemas llevaron a que el autoridad. o como una dimensión de la par-concepto de autoritarismo fuera prácticamente dejado de lado hasta que Alremeyer lo recogió y reformuló en la década de 1980 desce la perspectiva del aprendizaje social.

Según Altemeyer (1981), las personas aprenden un conjunto de actitudes autoritarias por medio de la socialización. Estas acti. tudes pueden ser ordenadas en tres dimen-siones: a) la sumisión autontaria, que se refiere a la tendencia de las personas a confiar en las autoridades legítimas y establecidas; b) la agresión autoritaria, que indica una aceptación del uso de agresión contra personas que amenazan a las autoridades establecidas, y c) el convencionalismo, que se refiere a la preferencia por convenciones sociales que san aprobadas por la sociedad y las autoridades. Varios autores han buscado revisar el concepto de autoritarismo desde Altemeyer (1931).

Duckitt (1989) propuso un modelo gru pal de autoritarismo centrado en el balance apropiado entre la uniformidad grupal y la autonomía individual. Según esta perspectva, cada uno de los componentes del modelo de Altemeyer puede ser considerado como la expresión de una identificación insegura con el endogrupo y como una demanda de mayor cohesión grupal. De esta manera, a medida que aumenta el nivel de identificación con el endogrupo, mayor importancia se le atorga a la obediencia y al respeto por las autoridades grupales, se observa una mayor conformidad con las normas grupales y se incrementa la motivación de agredir a aquéllos que no s ajustan a los valores y normas grupales.

Teoría del mundo justo

La teoría del mundo justo sostiene que las personas están motivadas para creer que el mundo en el que viven es justo y que cada persona recibe lo que se merece. Esta creencia cumple una función adaptativa, ya que permite a las personas enfrentarse  al mundo físico  y social con confianza  y sintiendo que tienen control  sobre propio futuro. Las personas que creen que el mundo en el que viven es justo tienden a buscar evidencia de que distintas situaciones son justas, aunque éstas realmente no lo sean. Por ejemplo, existen estudios que han revelado que quienes tienden a creer que el mundo es justo atribuyen en mayor medida la pobreza a problemas de carácter y comportamiento por parte de las personas pobres, subestimando el rol de otros factores sociales o contextuales (Campbell, Carr y Maclachlan, 2001).

Teoría de la dominancia social

La teoría de la dominancia social (Sidanius y Pratto, 1999) parte de la observación de que todas las sociedades tienden a organizarse en base a jerarquías grupales. Según esta teoría, los sistemas sociales humanos se ven afectados por dos fuerzas contrapuestas: aquéllas que buscan incrementar las jerarquías y aquéllas que buscan atenuar las jerarquías. Son varios los factores que ayudan a mantener las jerarquías sociales, entre los que destacan los mitos legitimadores de jerarquías, que se pueden definir como creencias que permiten racionalizar y justificar la desigualdad, tales como el darwinismo social o la meritocracia. A su vez, las instituciones sociales ayudan a mantener las jerarquías asignando un mayor valor social positivo a grupos dominantes y un mayor valor social negativo a grupos subordinados. El sistema de justicia es un ejemplo de institución que aumenta las jerarquías sociales, dado que en términos generales tiende a asignar mayores penas a personas de grupos sociales desaventajados (Sidanius y Pratto, 1999). Por otro lado, existen mitos (como la creencia en los derechos humanos fundamentales) e instituciones (como las organizaciones de derechos humanos) que buscan aumentar la igualdad social. La preferencia de los individuos por mantener relaciones intergrupales jerárquicas y el deseo por ver al endogrupo dominar se expresa a través de una diferencia individual llamada orientación hacia la dominancia social (Pratto, Sidanius, Sta-Ilworth y Malle, 1994). Las personas con niveles altos de orientación hacia la dominancia social prefieren ideologías que buscan aumentar las jerarquías sociales, como el ra-cismo, el etnocentrismo y el conservadurismo político. A su vez, estas personas tienden a oponerse a ideologías que buscan atenuar las jerarquías sociales, como los movimientos por los derechos humanos y las políticas públicas que favorecen a personas de grupos desfavorecidos (Carvacho et al., 2013) (Recuadro 3).

Recuadro 3. Escalas de autoritarismo de derechas y orientación hacia la dominancia social en español

Cárdenas et al. adaptaron las escalas de autoritarismo de derechas (2010al y de orientación hacia la dominancia social (2010b) al español y las validaron en el contexto chileno. La escala de autoritarismo de derechas corresponde a una versión abreviada de 12 ítems de la escala propuesta por Altemeyer (1981), utilizando ítems más breves y que no hacen alusión a grupos sociales en particular. Al igual que la escala original, la escala en español considera tres di-mensiones: sumisión autoritaria (p. ej., «nuestra sociedad necesita líderes fuertes que puedan erradicar el extremismo y la inmoralidad que prevalecen actualmente»], convencionalismo (p.e), «las tradiciones y valores antiguos nos indican la mejor forma de vivir»l y agresión autoritaria Ip. ej., «todo buen ciudadano debería ayudar a eliminar la maldad que envenena nuestro pais desde dentro, si la sociedad así lo requiere»). Por otra parte, la escala en español de la orientación hacia la dominancia social corresponde a una adaptación de la escala de 16 ítems de Pratto et al. (1994). Cárdenas et al. 2010b) encontraron dos dimensiones de la escala de Orientación hacia la dominancia social: oposición a la igualdad (p. ej., «deberíamos hacer todo cuanto podamos para igualar las condiciones de los diferentes grupos») y dominancia grupal Ip. ej., «los grupos inferiores deberían mantenerse en su lugar»).

Teoría de la justificación del sistema

La psicología social ha descrito la tendencia de las personas a tener actitudes favorables hacia sí mismas (justificación del ego) y hacia el grupo al cual pertenecen (justificación del grupo). La teoría de la justificación del sistema se inspira en ideas derivadas de la teoría de disonancia cognitiva desarrollada por Festinger (1957) y de la teoría del mundo justo (Lerner, 1980) para postular que las personas también están motivadas para tener actitudes favorables hacia el orden social en el que viven y a pensar que éste es legitimo, justo y deseable Jost y Banaji, 1994). Según los autores, creer que el sistema es legítimo conlleva una serie de beneficios psicológicos y bienestar subjetivo para las personas, en la medida en que disminuye la ansiedad que provoca vivir en un mundo injusto. La tendencia a la justificación del sistema se traduce en una aprobación de sistemas de creencias que racionalizan el statu quo, como las ideologías conservadoras, la ética protestante del trabajo y la creencia en un mundo justo. La teoría de justificación del sistema ha mostrado que en ocasiones las personas pueden estar motivadas para justificar el sistema, aun cuando esto sea a costa de intereses personales y grupales Jost y Banaji, 1994). Esta situación puede llevar a que grupos desaventajados desarrollen estereotipos negativos hacia su propio endo-grupo y favoritismo hacia un exogrupo dominante. Es más, la teoría plantea que, en ciertas circunstancias, son las personas más perjudicadas por el sistema las que tienen una mayor necesidad de racionalizar el statu quo para poder minimizar la disonancia de vivir en un mundo que no los beneficia Jost y unyady,

2002) (Recuadro 4).

Recuadro 4. Orientación política, justificación del sistema y bienestar subjetivo

La investigación en psicología política ha demostrado de manera consistente que las personas con orientación política de derechas son más felices que las personas con orientación política de izquierdas (v. Napier y Jost, 2008). ¿Por qué ocurre esto? Napier y Jost (2008) argumentan que las ideologías de derechas (como ideologías de justificación del sistemal permiten amortiguar los efectos negativos de percibir que la sociedad en la que se vive es desigual y, por lo tanto, llevan a mayores niveles de bienestar psicológico. En tres estudios con datos representativos de Estados Unidos y otros 10 países, los autores mostraron que el efecto de la orientación política en el bienestar subjetivo se encontraba mediado por la racionalización de la desigualdad y la creencia en la meritocracia. Es decir, las personas de derechas serían más felices debido a que justifican la desigualdad en mayor medida que las personas de izquierdas.

CAMBIO DE LAS RELACIONES INTERGRUPALES

Uno de los mayores desafíos a los que se enfrenta la investigación en el campo de las relaciones intergrupales se relaciona con comprender cómo y a través de qué mecanismos es posible promover un cambio en la naturaleza de las relaciones intergrupales.

A continuación, se presentan los principales enfoques conceptuales que surgieron de la llamada hipótesis de contacto, propuesta por Allport (1954), como una de las principales estrategias para promover dicho cambio.

Contacto intergrupal y reducción de prejuicio

Fue Gordon Allport (1954) el primero que aportó un cambio significativo en la manera de concebir el prejuicio, pasando desde un enfoque centrado en variables individuales a uno basado en variables grupales. Fue la primera oportunidad en que los psicólogos sociales fueron capaces de pensar en el prejuicio como el resultado de un mecanismo cognitivo normal y no patológico, común a todos los seres humanos y que subyace a la manera en que las personas se vinculan con su mundo social. Como ya se ha señalado, Allport (1954) planteó que la categorización es un proceso básico, utilizado por las personas para organizar y simplificar la información proveniente del mundo social. Cuando los grupos se ven amenazados de perder su identidad -y en particular cuando los aspectos de la identidad constituyen elementos centrales de la definición social de las personas que pertenecen a dichos grupos- es con frecuencia inevitable que surja el conflicto. En este sentido, el conflicto cumple una función social positiva.

¿Cómo renunciar a aspectos étnicos, raciales o religiosos, entre otros, en contextos donde dichos aspectos definen parte importante de la vida de las personas que conforman dichos grupos? Esto es válido para muchos grupos que existen en distintas culturas. Piénsese, por ejemplo, en la etnia quechua en Perú, en los mapuche en Chile, en las personas con discapacidad física o mental, o en los grupos inmigrantes (ecuatorianos en España, turcos en Alemania o mexicanos en Estados Unidos). Todos ellos suelen ser objeto de prejuicio y discriminación y experimentan con frecuencia grados variables de amenaza a su identidad. ¿Existen estrategias que contribuyan a cambiar la naturaleza de las relaciones intergrupales? Inspirado en trabajos previos, Alport (1954) propuso la llamada hipótesis de contacto. Ésta ha sido concebida como una de las estrategias principales para reducir el prejuicio hacia grupos minoritarios y promover cambios en las actitudes intergrupales (Petti-grew y Tropp, 2006).

La hipótesis de contacto considera una serie de supuestos que describen las condiciones optimas para que el contacto intergrupal genere los resultados esperados. De hecho, no cualquier forma de contacto intergrupal promueve cambios de actitudes, pues dependiendo de su naturaleza, el contacto puede también exacerbar los conflictos (Fig. 1). Lo que la evidencia ha revelado es que el contacto positivo per se contribuye a cambiar actitudes; sin embargo, cuando el contacto está estructurado considerando ciertos supuestos planteados por Allport, el efecto del contacto es mucho mayor (Pettigrew y Tropp, 2006). A continuación se muestra cuáles son estos supuestos.

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Figura 1. El contacto intergrupal favorece la reducción del prejuicio siempre y cuando se cumplan determinadas condiciones. 

Primero, se requiere que los miembros de distintos grupos tengan igualdad de estatus dentro de la situación de contacto (piénsese en estudiantes indígenas en escuelas multiétnicas o en partidarios de distintas tendencias ideológicas asociadas a coaliciones políticas). De esta forma, los miembros de los grupos percibirán que pueden contribuir positivamente al logro de algún objetivo o meta común, reconociendo las fortalezas y debilidades que cada uno tie-ne. Esto se conecta con el segundo supuesto: las actividades de contacto deben orientarse a promover la cooperación en torno a metas comunes. Este elemento ha sido sistemáticamente revelado por la investigación como una de las variables clave en la promoción de actitudes positivas hacia exogrupos Brown y Hewstone, 2005; Sherif, 1966; Stephan y Stephan, 1996). La cooperación supone postergar los intereses particulares de los grupos en pos de los intereses comunes involucrados.

Estos intereses se materializan en el logro de metas comunes o superordinadas, las cuales sólo pueden lograrse en la medida en que los grupos colaboran (Turner, 1981a; Worchel, 1986). El tercer supuesto alude a que durante la situación de contacto deben crearse oportunidades que estimulen a los miembros de los grupos involucrados a conocerse: el contacto debe permitir aprender del exogrupo, de sus visiones del mundo y de sus expectativas. En este sentido, se ha postulado que la personalización contribuye a romper creencias o estereotipos negativos acerca del exogrupo (Brewer y Miller, 1984). El contacto de esta naturaleza permitiría contrastar la información de que dispone el observador con la evidencia que le entrega la experiencia del contacto po-sitivo. Por último, está el supuesto del apoyo social e institucional, es decir, el importante rol que deben cumplir las figuras de autoridad (p. ej., padres y madres, profesores) e instituciones sociales relevantes (entre ellas, el Estado y los sistemas legales) en la promoción de experiencias de contacto positivo entre distintos grupos. Dichas instituciones guían y regulan el ejercicio de los derechos y deberes de los ciudadanos y, por tanto, legitiman su existencia (Stephan y Stephan, 1996). Este es un supuesto fundamental de la hipótesis de contacto.

Piénsese, por ejemplo, en las interacciones que involucran a niños y jóvenes de distintos grupos étnicos o religiosos en el sistema escolar.

En estas situaciones se espera que las autoridades y docentes estimulen la creación de un clima intergrupal favorable acorde a un proyecto educativo, en el cual la expresión de actitudes racistas, derogatorias y conductas discriminatorias hacia miembros de distintos grupos en la escuela sean rechazadas por indeseables (Cohen, 1984; Wilner, Walkley y Cook, 1955).

Nuevos desarrollos de la hipótesis de contacto

Desde el valioso legado de Allport (1954), han surgido nuevos modelos de contacto que integran los desarrollos conceptuales de la teoría de la identidad social planteada por Tajfel y Turner (1986). Al respecto, el mayor desafío que enfrenta la investigación en torno a la hipótesis de contacto es identificar y comprender los mecanismos que facilitarían la reducción del prejuicio y la posterior generalización del cambio de actitudes más allá de la situación de contacto. Por ejemplo, si en un contexto comunitario o escolar se estimula el desarrollo de la confianza y agrado entre inmigrantes y miembros de la sociedad anfitriona (la que recibe a los inmigrantes) a través de experiencias de contacto positivo, y siguiendo los supuestos de Alport, ¿en qué medida podrán ser generalizados esos niveles de agrado y confianza logrados a aquellos inmigrantes con los cuales no se ha tenido contacto o hacia otros grupos inmigrantes que habitan un país determinado? (p. ei, Brown y Hewstone, 2005; González, Sirlopú y Kessler, 2010). Esto se conoce como proceso de generalización de cambio de actitudes hacia otros grupos o con-textos. Tres modelos han liderado la literatura.

El primero de ellos es el modelo de contacto decategorizado propuesto por Brewer y Miller (1984).

 

Este modelo asume que el simple hecho de categorizar a las personas en distintos grupos es condición suficiente para promover sesgos intergrupales que favorecen al endo-grupo (Brewer, 1979; Tajtel et al., 1971). Por ello, los autores proponen que la experiencia de contacto debe orientarse a reducir los procesos de categorización mediante el establecimiento de encuentros interpersonales o personalizados, es decir, mediante el contacto entre individuos únicos y no como miembros de grupos. A través de este tipo de contac-to, se reduce la condición de miembro de un grupo (estrategia de decategorización) y se estimula que las personas lleguen a conocerse a nivel individual. Este contacto hace posible diferenciar a los miembros del exogrupo entre sí, reduciendo el efecto de la homogenización que típicamente se constata al percibir al exogrupo («todos ellos son iguales») (véase evidencia a favor de este modelo en Betten-court, Brewer, Croak y Miller, 1992). Contactos frecuentes de este tipo conducirían a cambiar actitudes grupales, dado que las personas tendrían menos oportunidades para generar sus juicios a partir de estereotipos grupales.

El segundo modelo es conocido como modelo de la diferenciación intergrupal mutua, el cual fue elaborado por Hewstone y Brown (1986) y posteriormente reformulado por Brown y Hewstone (2005). Este modelo postula una estrategia opuesta a la planteada por el modelo de la decategorización, ya descrito.

En particular, predice que el contacto en con diciones de igualdad de estatus entre los gru pos reduce los sesgos y permite la posterior generalización del cambio actitudinal solo en la medida en que las identidades grupales originales permanecen en algún grado visibles o intactas, como ocurre cuando los grupos poseen diferentes áreas de conocimientos (estrategia de categorización). Este enfoque propone dos estrategias básicas para que la situación de contacto promueva la generalización del cambio de actitudes. Primero, el contacto debe ser promovido a un nivel inter-grupal y no a un nivel interpersonal (Brown y Turner, 1981). Es decir, las personas deben tener en la situación algún grado de conciencia de que el contacto se establece entre personas que se identifican con distintos grupos (p. ej., inmigrantes y miembros de la sociedad anfitriona). Segundo, las personas deben percibir en la situación de contacto que cada grupo puede ser distinguido por la experiencia y habilidades que despliegan en la situación. Es decir, los grupos deben ser estimulados por una parte a reconocer recíprocamente las superioridades e inferioridades de cada grupo y, por otra, a valorar positivamente las dimensiones que favorecen a cada grupo en particular (véase una extensa revisión en Brown y Hewstone, 2005) (Recuadro 5).

Recuadro 5. Generalización del cambio de actitudes

Con el propósito de demostrar la importancia de mantener visibilidad o saliencia de la condición de miembro de un grupo en situación de contacto positivo, Brown, Vivian y Hewstone (1999) llevaron a cabo un estudio de campo en seis países de la Unión Europea (Reino Unido, Alemania, Italia, Bélgica, Francia e Irlanda). Los participantes de estos países respondieron un cuestionario que, entre otros aspectos, midió contacto (calidad y cantidad de contacto), visibilidad o saliencia de la condición de miembro del grupo en la situación de contacto con las personas del exogrupo (cuán típicas son las personas de los países a los cuales pertenecen y un conjunto de actitudes y la disposición o interés que tendrían los participantes en vivir en el país de las personas con las que contactan del exogrupo (variable dependiente de generalización de cambio de actitudes). Los resultados confirmaron que el contacto positivo, frecuencia y calidad predijeron una mejor evaluación de los miembros del exogrupo (la evaluación que hicieron los italianos de los británicos, por ejemplo). Además, se constató que la saliencia contribuyó a promover la generalización del cambio de actitudes: la calidad del contacto se asoció con actitudes más favorables hacia los miembros del exogrupo, especialmente cuando se percibió a los miembros de esos grupos como típicos de sus países de origen Brown et al, 1999).

Un tercer modelo es el modelo de la identidad grupal común, que fue desarrollado por Gaertner et al. a finales de la década de 1990 (Gaertner y Dovidio, 2000). Este modelo asume que las condiciones de contacto (p. ej., la promoción de cooperación en torno a metas comunes, con igualdad de estatus y apoyo institucional) influyen en la representación que se forman los individuos de la situación de contacto, la cual, a su vez, produciría consecuencias cognitivas, emocionales y conductuales en sus miembros. Los autores proponen recategorizar la situación intergrupal de manera que los miembros del propio grupo y del exogrupo se perciban a sí mismos como pertenecientes a una nueva categoría grupal más global (superordinada). Esto facilitaría que los miembros del exogrupo sean percibidos como miembros del propio grupo en dicha categoría (Turner, 1981a). Esta estrategia de recategorización permitiría inhibir los procesos que se activan cuando las categorías grupales están visibles, los cuales conducen a la diferenciación intergrupal y a la emergencia de sesgos que favorecen al propio grupo (véase integración de evidencia a favor de este modelo en Gaertner y Dovidio, 2000).

Limitaciones de los modelos de contacto intergrupal

Aun cuando existe evidencia que respalde las hipótesis de los distintos enfoques de contacto, todos ellos poseen importantes limitaciones (véase Brown y Hewstone, 2005, para una discusión). Un contacto personalizado, como el que propone el modelo decategoriza-do, puede efectivamente reducir al máximo los procesos de categorización y producir, con ello, relaciones interpersonales mejores y más positivas. Sin embargo, el contacto interpersonal (y no intergrupal) que promueve puede restringir seriamente el poder de generalización del cambio actitudinal al exogrupo como un todo, en la medida en que las personas pueden interpretar las experiencias positivas de contacto interpersonal con un miembro particular del exogrupo como una excepción a la regla o bien porque se pierde el eslabón psicológico necesario que debe existir entre la categoría grupal y la individual, a partir del cual se busca generalizar (véase, por ejemplo, González y Brown, 2003, 2006; Wilder, 1984).

 

Por otra parte, si bien es cierto que el modelo de Hewstone y Brown (1986) pareciera proveer las condiciones necesarias para facilitar procesos de generalización de actitudes positivas, de igual modo podría fomentar la generalización de actitudes negativas. Lo anterior podría ocurrir especialmente si el escenario de encuentro intergrupal no garantiza las condiciones básicas establecidas en la hipótesis del contacto (Allport, 1954) o si se fracasa en la obtención de la meta superordinada, con el riesgo consiguiente de culpar a los miembros del exogrupo por esta falla.

 

Finalmente, el modelo de Gaertner et al., promotor de procesos de recategorización, parece ser mucho menos efectivo en contextos inter-grupales donde coexisten grupos con identidades muy consolidadas o entre grupos con una larga historia de conflictos que, se espe-ra, se resistirían a ser recategorizados en una categoría más global. Esto es particularmente importante en el caso de las minorías sociales (étnicas, religiosas, raciales o políticas), que podrían sentir amenazada su subsistencia por la presión o incluso por la simple posibilidad de ser absorbidas por o asimiladas a una mayoría lia dominante.

Hacia la integración conceptual de los modelos de contacto intergrupal

Reconociendo las debilidades y fortalezas de estos tres modelos, Pettigrew (1998), discípulo directo de Allport, propuso la hipótesis reformulada del contacto. Desde un enfoque longitudinal, este modelo integra los tres modelos conceptuales antes descritos y los organiza en una secuencia temporal - decategorización, categorización y recategorización, considerando a su vez las tradicionales variables situaciona-les, personales y del contexto social involucradas en los contactos intergrupales. Su hipótesis básica plantea que los encuentros intergrupa-les construidos según esta secuencia temporal facilitarían el cambio y la generalización de actitudes intergrupales positivas a través de una serie de mecanismos mediadores interrelacionados (aprendizaje acerca del exogrupo, revaluación del propio grupo, generación de vínculos afectivos, etc.). Estos mecanismos psicologicos facilitarian el impacto de las variables de contacto (cooperación, igualdad de estatus, soporte social, etc.) en el cambio de actitudes (en sus dimensiones cognitivas, afectivas y conductuales). En términos específicos, el modelo de la hipótesis reformulada del contacto propone que el encuentro intergrupal sea establecido en tres fases. Primero, el contacto debe ser establecido a un nivel interpersonal (estra-tegia de decategorización para personalizar y diferenciar). En segundo lugar, se pasaría a un contacto a un nivel intergrupal (estrategia de categorización para hacer visible las identidades grupales), lo cual facilitaría los procesos de generalización del cambio de actitudes. Final-mente, se llegaría a un estado óptimo de contacto al lograrse la formación de una identidad común (recategorización de las identidades previas).

Identidad dual

Un modelo alternativo que representa una integración de los modelos de contacto re-categorizado (Gaertner y Dovidio, 2000) Y diferenciado (Brown y Hewstone, 2005) es el de la identidad dual (Baysu, Phalet y Brown, 2011; Gaertner y Dovidio, 2000; González y Brown, 2003a, 2006b; González et al., 2008; Hornsey y Hogg, 2000). La idea fundamental de este modelo es que la activación simultánea de categorías subgrupales (categorización) y de una categoría superordinada relevante (recategorización) puede ser una estrategia efectiva para reducir sesgos intergrupales, particularmente en el caso de las minorías (González y Brown, 2006). Existen al menos cuatro razones que sustentan esta hipótesis.

Primero, teóricamente hablando, esta hipótesis se apoya en tres concepciones que han recibido abundante apoyo empírico, a saber: la importancia de garantizar igualdad de estatus en la situación de contacto (Allport, 1954; Amir, 1976; Cook, 1978), la necesidad de lograr y mantener una identidad social positiva (Tajfel y Turner, 1986) y el beneficio de la recategorización para promover relaciones intergrupales positivas (Gaertner y Dovidio, 2000). Segundo, al cautelar o garantizar el mantenimiento de la distintividad entre las identidades subgrupales, esta estrategia contribuiría a reducir la resistencia que suelen experimentar las minorías a ser incluidas en una categoría superordinada. Tercero, la hipótesis de la identidad dual parece resolver el problema de la generalización de actitudes positivas, ya que activa procesos psicológicos que permiten mejores relaciones entre miembros de distintos grupos en contacto (al interior de la categoría común), al tiempo que reduce el riesgo de pérdida de distintividad (al mantener la visibilidad de las categorías subgrupales). Finalmente, pensando en su aplicabilidad, esta hipótesis es consistente con la adopción de políticas multiculturales.

Al reconocer la diversidad grupal, la hipótesis de identidad dual provee potencialmente un mecanismo cognitivo para reducir la exclusión de grupos que ocupan posiciones de desventaja (p. ej., minorías étnicas de bajo estatus) al favorecer la mantención de sus identidades. La retención de las identidades grupales, al mismo tiempo que el fomento y mantención de relaciones intergrupales po-sitivas, es altamente deseable en sociedades multiétnicas (Berry, 1984; Taylor, 1990).

Teoría de contacto indirecto o extendido

Una derivación muy interesante de la hipótesis de contacto fue introducida por el ya famoso trabajo de Wright et al. (Wright, Aron, Mclaughlin-Volpe y Ropp, 1997). Estos autores postularon el importante rol que puede tener el contacto indirecto o extendido para promover el cambio de actitudes hacia miembros de exogrupos. Específicamente, razonaron que observar relaciones de amistad entre miembros del propio grupo y del exogrupo puede facilitar un cambio en las normas percibidas del propio grupo referidas a lo que está o no está permitido hacer. Observar que personas del exogrupo mantienen relaciones de amistad con personas del propio grupo puede también sentar las bases para cambiar los estereotipos que se tengan del exogrupo en la medida en que ellos pueden ser percibidos como ejemplares que se desvían del estereotipo o lo contradicen. A través del mecanismo de la inclusión del otro en el sí mismo, Wright et al. plantearon la hipótesis de que las personas podrían transferir de manera indirecta los afectos positivos que sienten por los miembros del propio grupo hacia los miembros del exogrupo. Una de las ventajas de este contacto indirecto es que se disminuye el riesgo de que se activen los sentimientos de ansiedad intergrupal que suelen emerger en las experiencias de contacto con miembros del exogrupo, especialmente cuando han existido o existen historias negativas de contacto (De Tezanos-Pinto, Bratt y Brown, 2009; Stephan y Stephan, 1985).

Mediadores y moderadores del contacto directo e indirecto

Dos preguntas cruciales han gobernado la investigación del contacto directo e indirecto: bajo qué condiciones o cuándo (modera-dores) y a través de qué mecanismos o cómo (mediadores) las experiencias de contacto producen cambios en las actitudes inter-grupales. Existe una contundente evidencia, proveniente de estudios experimentales y de encuestas (con diseños transversales y longi-tudinales), que revela el importante rol moderador que cumple la visibilidad o saliencia de las pertenencias a grupos durante el contacto para promover la generalización del cambio de actitudes más allá de la situación de contacto (con qué frecuencia se habla durante el contacto de pertenecer a grupos distintos o cómo de típicos son percibidos los miembros de los grupos involucrados en el con-tacto; véase Binder et al., 2009). Los datos revelan que la mayor cantidad y la mejor calidad del contacto con miembros del exogru-po tienen un efecto más robusto, promoviendo una mayor generalización a medida que aumenta la saliencia de la pertenencia grupal o la tipicalidad percibida en los miembros del exogrupo durante el contacto (Brown y Hews-tone, 2005; González y Brown, 2003, 2006).

A su vez, se han identificado varios mediadores o mecanismos (tanto de la esfera cognitiva como de la esfera afectiva) a través de los cuales el contacto directo o indirecto produce un efecto en las actitudes inter-grupales. Entre los cognitivos destacan, por ejemplo, el aprendizaje acerca del exogrupo, la percepción de similitud y la individuación de los miembros del exogrupo, así como la revaluación del propio grupo Pettigrew, 1998). Entre los afectivos destacan la generación de vínculos afectivos, la empatía, la amenaza y la ansiedad intergrupal (Gon-zález et al., 2010; Pettrigrew y Tropp, 2008; Stephan y Stephan, 1985; Swart, Hewsto-ne, Christ y Voci, 2011). Por ejemplo, se ha constatado que el desarrollo de relaciones de amistad con miembros del exogrupo promueve actitudes más favorables hacia el exo-grupo, en parte porque la amistad promueve el aprendizaje del exogrupo, permite a las personas constatar que no todas ellas son iguales (se reduce el efecto de homogeni-zación), permite reducir los sentimientos de ansiedad y amenaza, al mismo tiempo que estimula la empatía hacia los miembros del exogrupo. Todos éstos son ejemplos de mediadores de la relación contacto/actitud hacia el exogrupo.

Efectos del contacto según tipo de grupo y actitud evaluada

En general, los grupos minoritarios o de bajo estatus se benefician menos del contacto positivo que los grupos mayoritarios o de alto estatus (Tropp y Pettigrew, 2005a). Esto es especialmente cierto en grupos minoritarios que perciben altos niveles de discriminación (Tropp, 2007). Por otro lado, el contacto positivo estimula a los miembros de mayorías a apoyar de manera decidida políticas públicas que reducen la discriminación racial (Dixon, Tropp, Durheim y Tredoux, 2010). Los efectos positivos del contacto también se han observado a través de distintos tipos de estudios (experimentales y no experimentales), en escenarios grupales donde las personas tienen o no opción de contacto, para diversos tipos de grupos evaluados (de distinta orientación sexual, raza, edad, discapacidad física o mental) y a través de diferentes contextos sociales (laboratorios, espacios recreativos, ambientes escolares, residenciales y otros).

 

Sistemáticamente se ha constatado que cuando se cumplen los supuestos que estableció All-port, el contacto produce mejores resultados que cuando existe contacto si no se cumplen dichos supuestos. Por último, se ha constatado que el contacto es más efectivo cuando se orienta a cambiar emociones, seguido de afectos, creencias y, en último grado, cogniciones o estereotipos asociados a los grupos (véanse detalles en el completo metaanálisis desarrollado por Pettigrew y Tropp, 2006, Y Tropp y Pettigrew, 2005b).

Nuevas tendencias en la investigación de contacto

Los avances metodológicos y estadísticos que han surgido en años recientes, en los que se ha incorporado el uso de técnicas multiva-riadas y de multinivel (que permiten analizar datos agregados a nivel colectivo y otros zedidos anivel individual de manera simul-tánea), han estimulado nuevos desarrollos en la literatura científica sobre el contacio intergrupal. Hoy existe abundante evidencia que respalda la importancia del desarrollo de la amistad intergrupal como sistema que cromueve cambios y la generalización de promios e ambides cuando se cumplen los supuestos ya discutidos. Sin embargo, pese a que las amistades intergrupales típicamente reducen la ansiedad y precisen cambios de actitudes positivas, se conoce relativamente poco (en comparación con las amistades interpersonales con miembros del endogrupo).

sobre su desarrollo en el tiempo y los factores que promueven o inhiben su formación y sus trayectorias de desarrollo. ¿Qué factores infuyen en la búsqueda y evitación de contacto y cómo afectan estos factores la posibilidad de formación de amistades intergrupales? Y una vez formada, ¿qué factores determinan el que una amistad intergrupal se vuelva cercana o permanezca relativamente superficial? ¿Cuáles son las consecuencias de dicho contacto?, ¿Qué ocurre con las experiencias negativas de contacto? Todas éstas constituyen preguntan centrales que han comenzado a instalarse en la agenda de investigación que impulsan actualmente los investigadores de la hipótesis de contacto (González et al., West y Dovidio).

R E S U M E N

Este capítulo busca comprender los antecedentes, mecanismos y consecuencias que surgen de las relaciones conflictivas o cooperativas que se pueden establecer entre personas que se identifican con distintos grupos sociales. Para ello, se nutre de los desarrollos conceptuales que han surgido desde el siglo pasado y especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, la cual marcó un hito en la historia de la humanidad y de nuestra disciplina. La psicología de las relaciones intergrupales tiene sus orígenes en teorías que estuvieron fuertemente influidas por la psicología individual que dominaba el desarrollo del pensamiento la primera mitad del siglo XX. Ello explica en parte por qué se pensaba que el origen del prejuicio racial radicaba en factores individuales, como los que abordó en primera instancia la teoría de la personalidad autoritaria de Adorno et al. Con la llegada de Gordon Allport y su publicación de La naturaleza del prejuicio, se produjo un giro radical en la concepción del prejuicio y en la forma de reducirlo (la hipótesis de contacto y sus supuestos), ya que lo vinculó a procesos de la esfera cognitiva comunes a la especie humana y lo desligó exclusivamente de concepciones patológicas, basándose en los trabajos de Bruner (1958) y de Campbell (1958).

 

Posteriormente ocurrió un desarrollo vertiginoso de la disciplina, surgiendo la teoría de conflicto realista planteada por Sherif (1958), quien desafió las explicaciones de la época señalando que las bases del conflicto no radicaban en procesos psicológicos -como habían enfatizado las demás teorías de la época-, sino en la competencia entre los grupos por recursos escasos. Un aporte significativo fue hecho previamente por la teoría de la deprivación relativa (Stouffer et al., 1949), la cual postuló que la percepción de deprivación es siempre relativa a algún estándar de comparación y que la deprivación relativa grupal puede producir Tentimientos negativos y conductas o actitudes de prejuicio. En la década de 1970, Henri Tajfel et al. cambiaron el escenario de la discusión, poniendo las dinámicas intergrupales Y los procesos de identificación social en el centro del foco de análisis. Nace así la teoría de la identidad social (Tajfel y Turner, 1986) y posteriormente la teoría de la autocae e Tización (Turner et al., 1987), que son probablemente las teorías más influyentes en el campo de las relaciones intergrupales. Durante los años noventa del siglo pasado, vuelve al centro de la discusión el concepto de ideología, que se ve estimulado por la incorporación de múltiples niveles de análisis que integran en un mismo marco global la vinculación entre los individuos, los grupos y la sociedad como un todo. Así, surgen teorías de la legitimidad, el orden y el conflicto, como las teorías de autoritarismo (Adorno et al.,1950; Altemeyer, 1981; Duckitt, 1989), la teoría del mundo justo (Lerner, 1980), la teoría de la dominancia social (Sidanius y Pratto, 1999) y la teoría de la justificación del sistema (ost y Banaji, 1994). Con la llegada de la teoría de la identidad social a comienzos de la siguiente década, se produce un proceso de integración conceptual notable durante la siguiente década entre esta teoría y la llamada hipótesis de contacto, propuesta por Allport (1954), dando así origen a las teorías modernas de contacto intergrupal (los modelos de decategorización, de diferenciación intergrupal mutua, de recategorización, de identidad dual y teoría de contacto indirecto).

 

Se discuten los principales moderadores y mediadores que facilitan el impacto del contacto directo e indirecto en el cambio y generalización de actitudes, y se analizan las principales debilidades que presentan dichos modelos. Queda en evidencia la robustez de la hipótesis de contacto para predecir el cambio de actitudes en distintos contextos, grupos y dimensiones, abordándose las nuevas tendencias en investigación en este ámbito.

ACTIVIDADES DE APRENDIZAJE

Única: Elabore un mapa conceptual en el que especifique las características más importantes de las teorías de relaciones intergrupales y remita su actividad por correo a: tareasconsejomxneurociencias@gmail.com

Es muy importante tomar en consideración que los plazos para la entrega de actividades, aparecerán a un costado del botón que permite el acceso a esta unidad situado en el menú de este diplomado.

PREJUICIO

Tema disponible para su estudio a partir del 3 de enero de 2024

OBJETIVOS DE APRENDIZAJE

Este capitulo se orienta a la consecución de los siguientes

Objetivos:

  • Conocer la naturaleza grupal e intergrupal del prejuicio y los conceptos relacionados con él en la literatura psicosocial (estereotipos, discriminación)

  • Captar la complejidad y especificidad (situacional y emocional) del prejuicio

  • Analizar los tipos de prejuicio

  • Analizar y comprender las múltiples causas del prejuicio y sus consecuencias

  • Conocer los modelos psicosociales más relevantes en el análisis y explicación del prejuicio: teorías clásicas, contemporáneas y actuales

R E S U M E N

El prejuicio está presente en nuestras relaciones más cotidianas con una gran diversidad de grupos sociales (discapacitados, obesos, homosexuales, mujeres, inmigrantes, etc). En algunos casos, somos nosotros las víctimas de ese prejuicio (p. e), cuando no les, contratan por ser extranjero, mujer, discapacitado; cuando nos desprecian por ser latinos)-en otros casos, somos sus autores (p. |, cuando no alquilamos una vivienda a un inmigrante; cuando preferimos no relacionarnos con discapacitados y en la mayor parte de las ocasiones somos observadores silenciosos de cómo el prejuicio se expresa a nuestro alrededor (p. ej., cómo no se permite la entrada de ciertos inmigrantes en ciertos lugares o cómo se les vigila o menosprecia).

Diferentes ciencias sociales (p. ej., economía, ciencias políticas, antropología, sociología) se han ocupado de estudiar este fenómeno. Este capítulo se centrará en la perspectiva ofrecida por la psicología social, cuyo objetivo fundamental es conocer las causas y motivaciones del prejuicio para tratar de mejorar las relaciones intergrupales.

Asimismo, se hablará de un tipo de prejuicio, el que se manifiesta hacia grupos étnicos o raciales diferentes al nuestro, aunque, como se ha señalado, existen otros tipos de prejuicio  (p. ej., el sexismo o prejuicio hacia las mujeres). Aunque existen prejuicios positivos, generalmente hacia el propio grupo, la psicología social ha estudiado tradicionalmente el prejuicio negativo, fundamentalmente por sus graves consecuencias. Finalmente, por cuestiones de espacio, el capítulo se centra en el prejuicio desde la perspectiva de los miembros de grupos dominantes o mayoritarios, pero no hay que olvidar que los miembros de grupos minoritarios o subordinados también reaccionan al prejuicio cuando lo sufren y obviamente pueden experimentar prejuicio hacia otros grupos.

En el capítulo se trata, en primer lugar, la definición del prejuicio y de algunos conceptos con los que aparece estrechamente relacionado (p. ej., estereotipos, discriminación).

Posteriormente se analizan las diferentes causas o antecedentes del prejuicio, desde las primeras teorías centradas en aspectos individuales o interpersonales, a las que defienden causas grupales y psicosociales, pasando por los modelos que describen el prejuicio contemporáneo en las sociedades occidentales, hasta los nuevos enfoques que han surgido en las últimas décadas centrados en aspectos más específicos, emocionales e implícitos del prejuicio. 

DEFINICIÓN DE PREJUICIO

CONCEPTOS RELACIONADOS

En general, los enfoques psicosociales más utilizados en el análisis del prejuicio a lo largo del tiempo han sido los que lo conciben como una actitud negativa, como un sesgo intergrupal y como un fenómeno originado en las relaciones entre los grupos que subyace al conflicto intergrupal (véase Nelson, 2009). Aquí nos centraremos en el prejuicio como actitud.

Las otras perspectivas serán desarrolladas en el apartado de explicaciones del prejuicio.

No obstante, sea cual sea la conceptualización del prejuicio que analicemos, en todos los casos se enfatiza la naturaleza grupal o intergrupal de este fenómeno, es decir, la idea de que el prejuicio no se manifiesta hacia una persona por sus características individuales, sino hacia un grupo o sus miembros; que es compartido por amplios sectores de un grupo o una sociedad determinada, y que los factores que afectan a las relaciones entre grupos (p. ej., el contacto, la distribución de poder y estatus) influyen profundamente en la dirección e intensidad del prejuicio (Brown, 1995).

En este sentido, puede citarse la reciente definición de Yzerbyt y Demoulin (2010, p. 1041) del prejuicio como «la evaluación, afecto o emoción negativa que una persona siente cuando piensa acerca de, o interactúa con, miembros de otros grupos».

El referente obligado en la conceptual-zación del prejuicio como una actitud general negativa hacia un grupo social o sus miem bros es Gordon Allport (1954). La influencia que su trabajo ha tenido en la teoría e investigación sobre el prejuicio en psicología social hasta nuestros dias es indiscutible (Dovidio, Glick y Rudman, 2005). Allport consideraba el prejuización dena antipatía basada en una generalización defectuosa e inflexible», que «puede sentirse o expresarse», y que «pue-de dirigirse hacia un grupo como un todo o hacia un individuo porque es miembro de un grupo». En esta definición se enfatizan, por tanto, los aspectos afectivos, cognitivos y conativos/conductuales de la actitud prejuiciosa, sin olvidar su naturaleza intergrupal. Numerosos autores posteriores reproducen parcial o totalmente estos aspectos en sus definiciones del prejuicio intergrupal (p. ej., Ashmore, 1970; Brewer, 1994; Brown, 1995; Oskamp, 1991).

La conceptualización del prejuicio como actitud ha tenido, como reconocen diversos autores, importantes consecuencias en su estudio y medición. Por una parte, igual que cualquier actitud, el prejuicio implicará una evaluación hacia uno o varios exogrupos (ob-jeto actitudinal), se mantendrá relativamente estable y duradero a lo largo del tiempo (es muy resistente al cambio) y, una vez formada, la actitud prejuiciosa influirá, mediará y guiará el comportamiento hacia el objeto de actitud (un grupo social o sus miembros).

Por otra parte, en la actitud prejuiciosa pueden diferenciarse, como en cualquier ac-titud, manifestaciones evaluativas de naturaleza cognitiva (creencias), afectiva (sentimientos) y conativa/conductual (intenciones de conducta o conductas) hacia grupos sociales o sus miembros (modelo tricomponente de la actitud diferenciación de las manifestaciones de la prejuiciosa; Devine, 1995). Es en esta actitud prejuiciosa donde el prejuicio aparece estrechamente relacionado con otros dos inceptos muy populares en las relaciones intergrupales: los estereotipos y la discrimina-cion. Así, la actitud prejuiciosa estaria caracterizada por una serie de creencias compartidas.

Sobre los miembros de un grupo (componente cognitivo, denominado estereotipo), un conjunto de emociones o sentimientos provocados por dicho grupo (componente afectivo), Y da serie de comportamponente afectivo)es de conducta hacia los miembros del exogrupo (componente conativo/conductual, denominado discriminación). De acuerdo con Allport (1954, p. 51), la discriminación hace referencia a «cualquier conducta que niega a los individuos o grupos de personas una igualdad de tratamiento». Para Dovidio y Gaertner (2010, p. 1085), «implica un tratamiento inapropiado de las personas a causa de su pertenencia grupal» (p. ej., conducta negativa injustificada, o respuestas menos positivas hacia un exogrupo de lo que cabría esperar en circunstancias comparables hacia un miembro del propio grupo).

Es de suponer que la creencia acerca de que los inmigrantes no son de fiar esté relacionada con sentimientos de desconfianza hacia ellos, y con la intención o la conducta de no alquilarles una vivienda, o de vigilarlos de cerca en el trabajo o en un comercio. Dicho de otra forma, cabría esperar relaciones consistentes entre los tres componentes de la actitud prejuiciosa: los estereotipos negativos proporcionarian la racionalización para las emociones y sentimientos negativos y, a su vez, la discriminación implicaría la expresión de los propios sentimientos y pensamientos en forma de conductas igualmente negativas (Devine, 1995). Sin embargo, la investigación posterior (Recuadro 1) no ha mostrado relaciones tan consistentes entre ellos (p. ej., Brewer, 1994; Dovidio, Brigham, Johnson y Gaertner, 1996). No obstante, la idea de que los estereotipos que mantenemos sobre los exogrupos llevan a ciertos comportamientos (positivos y negativos) hacia ellos a través de las emociones que nos provocan ha sido retomada en modelos actuales tan relevantes como el BIAS Map (Cuddy, Fiske y Glick, 2007, 2008).

Recuadro 1. Evidencias contrarias a la definición del prejuicio como una actitud general negativa con tres componentes (cognitivo, afectivo y conativo/conductual)

  • El modelo de disociación de Devine (1989) demuestra que las personas pueden conocer el estereotipo cultural negativo sobre un grupo (p. ej., los gitanos son incultos y supersticioso, pero tener creencias personales positivas sobre dicho grupo (basadas en sus propias experiencias personales positivas) y. por tanto, no experimentar emociones negativos hacia él, ni discriminar a sus miembros Y a la inversa, sentimientos negativas sobre grupos sociales desfavorecidos o en desventaja (p. ej., mujeres) pueden ir unidos el desarrollo de estereotipos positivas sobre ellos (p. ej, son sensibles y comprensivas)

  • Los sentimientos negativos hacia un grupo o sus miembros no siempre conducen a conducias discriminatorias violentas o manifiestas. Los modelos contemporáneos del prejuicio muestran que, en las sociedades occidentales actuales, la mayoría de la población siente emociones negativas menos intensas hacia los exogrupos, y además ha aprendido a expresarlas de forma sutil o racionalizada, por la que sus comportamientos también han cambiado La investigación actual muestra que existen formas más sutiles de control y explotación (p ej. el paternalismo de los miembros de ciertos grupos (p. ej., mujeres, discapacitados, minorías étnicas) con efectos igualmente indeseables que la discriminación abierta o manifiesta.

  • Las personas pueden tener creencias y/o sentimientos negativos hacia miembros de un grupo (p. ej., inmigrantes) y, sin embargo, no discriminarlos en público (p. ej., no levantarse de un asiento de un transporte público) o no hacerlo de forma abierta o manifiesta debido a la existencia de una norma social no prejuiciosa que sanciona dichos comportamientos.

Finalmente, una última consecuencia de considerar el prejuicio como una actitud es que éste se ha medido tradicionalmente utilizando escalas o instrumentos habituales en la medición de actitudes (véase la actividad complementaria del capítulo para conocer algunas de estas escalas).

Recientemente, esta conceptualización tradicional del prejuicio en psicología social como una actitud negativa generalizada y rígida hacia un grupo o sus miembros se ha visto cuestionada por distintas razones (véase, p. ej., Bagly y Diekman, 2005; Rudman, 2005), algunas de ellas ya mencionadas en el recuadro 1. Las teorías actuales, como se verá después, no niegan la base actitudinal del prejuicio, sino que destacan el papel imprescindible del contexto social en su configuración, reclamando un abordaje más compleja de este fenómeno que pueda ser aplicado a cualquier grupo social. La investigación ha demostrado que los prejuicios no son rigidos o inflexibles, sino específicos, dependen fundamentalmente del contexto social en el que se producen y de los grupos implicados, y son sensibles a los cambios en la estructura social (p. cj, estatus, interdependencia de los grupos). Tal y como señalan Dovidio y Gaertner (2010), las definiciones actuales enfatizan la naturaleza contextual del prejuicio, que «representa una respuesta evaluativa o afectiva negativa (o menos positiva), hacia otras personas, en un contexto dada, basada en su pertenencia grupal (p. 1085).

EXPLICACIONES DEL PREJUICIO:

CAUSAS O ANTECEDENTES DEL PREJUICIO

Desde los años veinte del siglo XX se han ofrecido diferentes explicaciones de los orígenes o causas del prejuicio. La naturaleza y orientación de estas explicaciones tiene mucho que ver con la concepción del prejuicio que ha sido dominante en cada momento histórico, y en ella han sido muy importantes los acontecimientos sociales que se iban produciendo (p. ej., colonialismo, guerras mundiales, migraciones, movimientos por los derechos civiles de las minorías) (véase Dovidio, 2001, para un análisis de la evolución histórica en el estudio del prejuicio). Las teorías explicativas del prejuicio pueden clasificarse de diferentes formas. Una de ellas es la que diferencia entre causas o factores individuales/interpersonales (p. ej., frustración, personalidad autoritaria, dimensiones de personalidad, categorización social) y causas o factores grupales/intergrupales (p. ej., aprendizaje social, competición intergrupal, búsqueda de identidad social positiva). Otra de las clasificaciones es la que diferencia entre las teorías clásicas del prejuicio (elaboradas entre los años cuarenta y setenta del siglo Xx), los modelos contemporáneos (entre los años ochenta y noventa) y los enfoques más recientes (a partir de los años noventa). A continuación se analizan las teorías más relevantes en la disciplina siguiendo esta última clasificación.

Teorías clásicas del prejuicio

El contexto sociopolítico de las décadas de los treinta, cuarenta y cincuenta del siglo pasado impulsó el intento por comprender cómo los seres humanos podían llegar a ejecutar las atrocidades producidas durante las dos Guerras Mundiales. Las primeras teorías, fuertemente influídas por los enfoques psicodinámicos de la época, apelaban a conflictos internos enraizados en determinadas etapas del desarrollo infantil, y a procesos como los mecanismos de defensa o la represión de pensamientos inaceptables para la conciencia (p. ej., la teoría del chivo expiatorio y la teoría de la personalidad autoritaria). Posteriormente, las críticas a estas teorías, así como la investigación sobre procesos cognitivos y motivacionales que se producen en las relaciones entre los grupos, mostraron que el prejuicio no podía considerarse un fenómeno meramente individual, sino que dependía fundamentalmente de las relaciones funcionales entre los grupos (p. ej., la teoría del conflicto realista de grupo) y de procesos cognitivos como la categorización social y/o motivacio-nales como la búsqueda de identidad social positiva (p. ej., la teoría de la identidad social).

A continuación se repasarán brevemente algunas de estas teorías.

El prejuicio como dimensión individual: de los conflictos internos a las ideologías 

Las dos teorías más representativas de este enfoque son la teoría del chivo expiatorio (Dollard, Doob, Miller, Mowrer y Sears, 1939), basada en la hipótesis de la frustración-agresión y en el desplazamiento de la agresión hacia grupos considerados inferiores, como los judíos, y la teoría de la personalidad autoritaria (Adorno, Frenkel-Brunswik, Levinson y Sanford, 1950), más popular, aunque tan criticada como la primera. Defiende que en la base del prejuicio hay «una estructura de carácter» o de personalidad, conocida como síndrome de personalidad autoritaria.

Este tipo de enfoques perdieron importancia en la investigación psicosocial, aunque posteriormente algunos autores han propuesto la existencia de ciertas diferencias individuales como el autoritarismo de derechas (Right-Wing Authoritarianism, RWA; Altemeyer, 1981) o la orientación a la dominancia social (Pratto, Sidanius y Levin, 2006; Pratto, Sidanius, Stallworth y Malle, 1994), como base de las actitudes prejuiciosas. La psicología social actual considera los factores anteriores (autoritarismo, dominancia social) como ideologías más que como síndromes o dimensiones de personalidad. Es decir, los considera conjuntos de creencias y actitudes que predisponen a las personas a ver el mundo de una forma determinada y a responder en consecuencia.

El prejuicio como sesgo intergrupal producto de la categorización social: del favoritismo endogrupal a la búsqueda de identidad social positiva.

 

Fue también Allport (1954) el primero que trató de explicar el prejuicio apelando a procesos psicológicos universales como la categorización. Para Allport, el empleo de categorías es la forma natural de pensamiento humano. La categorización social es un proceso psicológico, adaptativo y universal por el que clasificamos a personas (y a nosotros mismos) en grupos en función de sus características compartidas. De esta forma los tratamos como semejantes e intercambiables (dentro del mismo grupo) y como diferentes (las que clasificamos en grupos distintos).

¿Cómo un proceso tan adaptativo y simple puede desencadenar el prejuicio, los estereotipos y la discriminación? Porque tiene consecuencias: no es un proceso neutro, ni afectiva ni conductualmente, pues todo grupo o categoría social (endogrupo o exogrupo) lleva aparejado un estereotipo, y generalmente despierta algún tipo de emoción o sentimiento hacia sus miembros (Allport, 1954), que terminará reflejándose en algún tipo de comportamiento (Fig. 1).

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Desde esta perspectiva, los conceptos de estereotipo, prejuicio y discriminación se consideran sesgos intergrupales. Hacen refe-rencia, respectivamente, a las creencias exageradas y generalizadas «acerca de los rasgos y características que poseen los grupos o los individuos en virtud de su pertenencia grupal, así como a las respuestas evaluati-vas, afectivas o conductuales excesivas (o no equitativas) hacia los exogrupos y sus miembros» (Dovidio y Gaertner, 2010, p. 1084).

Una característica importante de los sesgos intergrupales es su naturaleza comparativa o relativa, esto es, incluyen la visión del propio grupo en relación (o en comparación) con otros grupos. Por tanto, se trata de respuestas exageradas (cognitivas, evaluativas, emocionales o conductuales), emitidas hacia un exogrupo o sus miembros, «de forma que devalúen o perjudiquen a dicho grupo o sus miembros bien directamente, o bien indire-tamente al valorar o privilegiar a los miembros del propio grupo» (Dovidio y Gaertner, 2010, p. 1084).

Desde la obra pionera de Allport (1954) se sabe que existe una tendencia más básica o primaria a favorecer a los miembros de nuestro grupo lo que Allport denominaba prejuicio de amor) que a perjudicar a los miembros del exogrupo (prejuicio de odi).

Pero fueron las investigaciones con el paradigma del grupo minimo (Tajfel, 1970; Tajfel, Flament, Billig y Bundy, 1971), previas a la teoría de la identidad social (Tajfel y Turner, 1979, 1986), las que demostraron que las personas, cuando se categorizan en grupos, tienden a dar una respuesta sesgada a favor del propio grupo (p. ej., en la distribución de recompensas) frente al exogrupo. Tajfel y Turner denominaron a esta respuesta sesgo o favoritismo endogrupal. La teoría de la identidad social se elabora precisamente para explicar la aparición de este sesgo, este comportamiento grupal, en situaciones intergrupales mínimas. Según con la teoría de la identidad social, la causa del prejuicio y la discriminación hacia un exogrupo es la motivación por conseguir o mantener una identidad social positiva.

Pero la categorización social no es la única responsable de los sesgos intergrupales descritos: es una causa necesaria pero no suficiente. Como señalan Dovidio y Gaertnet, 2010 (p. 1091):

La intensidad y la naturaleza del sesgo intergrupal es decir, si se limita al favoritis mo endogrupal o se extiende al desprecio y al tratamiento negativo del exogrupo- depende de otros factores que implican las relaciones estructurales entre los grupos y las normas sociales que fomentan o justifican la hostilidad y el desprecio hacia ciertos grupos sociales.

Esta perspectiva se abordará a continuación.

El prejuicio como fenómeno originado en las relaciones intergrupales

Las definiciones y teorías expuestas han mostrado claramente la naturaleza esencialmente grupal e intergrupal del prejuicio. Independientemente de que se conciba como una actitud o un sesgo, el prejuicio es un fenómeno originado en las relaciones entre grupos, producto de la categorización de las personas en grupos y de los procesos y efectos que ésta desencadena. Es aprendido en los grupos en que nos socializamos, y cualquier elemento del contexto que afecte a las relaciones que establecemos con otros grupos produce también un cambio en la dirección e intensidad del prejuicio que se experimenta (p. ej., la competición con otro grupo por conseguir recursos valiosos, la percepción de amenaza por parte de otro grupo hacia el nuestro, las estructuras sociales y económicas desiguales y asimétricas en las que se posicionan y relacionan los grupos). Por tanto, la explicación del prejuicio como fenómeno grupal permite entender las oscilaciones que se producen en éste a lo largo del tiempo o en contextos sociales diferentes por las cambiantes relaciones sociales, económicas y políticas entre los grupos en cuestión.

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Cada uno de los factores mencionados ha sido objeto de una o varias teorías en el ámbito de las relaciones intergrupales y el conflicto entre grupos (v. capítulo de relaciones intergrupales). Una de estas teorías, sin duda una de las primeras y más popula-res, es la teoría del conflicto realista de grupo (Campbell, 1965; Sherif, 1966). Propone que las actitudes prejuiciosas y las conductas hostiles que provocan los conflictos intergrupales se generan en la propia relación entre los gru-pos, cuando en esta relación existen intereses grupales incompatibles. Es decir, cuando existe una competición real por conseguir recursos escasos y valiosos que no pueden ser compartidos por todos los grupos o que sólo un grupo puede conseguir. No obstante, las investigaciones posteriores pusieron de manifesto que el prejuicio no sólo se produce por la competición de recursos reales o materiales (p. ej., riqueza, territorio), sino también por recursos percibidos, subjetivos o simbólicos (p. ej., poder, prestigio, valores, religión, cultura, identidad social).

Esta teoría también ha servido de base para otros enfoques, como el modelo instrumental del conflicto de grupo (Esses, Jackson y Armstrong, 1998), aplicable al análisis de las reacciones de las sociedades receptoras hacia los inmigrantes. Este modelo integra la perspectiva del conflicto realista y la orientación a la dominancia social (para un resumen en castellano, véase García, López-Rodríguez y Navas, 2013a).

No obstante, es importante señalar que las teorías sobre el prejuicio, sus causas y su dinámica se han ido perfeccionando y focalizando con el paso del tiempo. Hoy en día, el prejuicio no se considera un subproducto de otros procesos psicosociales (como el autori-tarismo, la identidad o el conflicto), sino un fenómeno en sí mismo con suficiente entidad como para generar investigación y teorización propias. Éstos son los enfoques que se revisarán hasta el final del capítulo.

Modelos contemporáneos: nuevas expresiones y tipos de prejuicio

Los cambios sociopolíticos ocurridos después de la Segunda Guerra Mundial (p. ej., la aprobación de la Carta de los Derechos Humanos, de leyes a favor de la igualdad de la población afroamericana en Estados Unidos) trajeron consigo también, con el tiempo, cambios en la forma de expresar las opiniones, sentimientos y comportamientos hacia miembros de grupos minoritarios, es decir, cambios en el prejuicio.

El análisis comparativo de las encuestas de opinión en Estados Unidos (p. ej., Oskamp, 1991; Schuman, Steeh, Bobo y Krysan, 1997) reveló que el prejuicio hacia la población afroamericana había disminuido, reduciéndose tanto los estereotipos negativos como las creencias sobre la supuesta inferioridad de este grupo, y aumentando el apoyo a los principios abstractos de igualdad y justicia en múltiples áreas. Así, el prejuicio antiguo, explícito y manifiesto, que defiende la superioridad biológica de los blancos sobre otros grupos, que no tiene reparos en verbalizar estereotipos despectivos sobre los afroamericanos, que trae consigo emociones de rabia, asco y desprecio, y que se materializa en conductas abiertamente hostiles y discriminatorias contra esos grupos, prácticamente había desaparecido a finales de los años noventa en Estados Unidos, o al menos estaba confinado a una minoría de la población y era socialmente reprobado por la mayoría.

Sin embargo, el análisis de esas encuestas también mostró que el prejuicio no había desaparecido realmente, ya que, al menos en el apoyo a la puesta en práctica de políticas concretas de igualdad (p. ej., acción afirmativa, ayudas sociales) y la distancia social preferida en relaciones íntimas con el exogrupo, las respuestas de los norteamericanos blancos hacia los afroamericanos se mantenían constantes desde la década de los sesenta. Además, los datos estadísticos sobre la situación social (acceso a oportunidades, riqueza, salud, etc.)

de la población afroamericana en Estados Unidos mostraban un patrón parecido al de las encuestas: su situación había mejorado, pero seguía siendo mucho peor que la de la población blanca.

También en Europa y España se han hallando muestras de lo que se conoce como la paradoja del racismo (Devine, 1995, p. 494), en este caso principalmente hacia los inmigrantes: percepciones claramente negativas de la inmigración (percepción de invasión, relación con delincuencia) coexisten con la falta de apoyo a la discriminación o a la violencia contra los inmigrantes, y sobre todo con la negativa por parte de las personas a reconocerse prejuiciosas.

En definitiva, junto a la aparente evolución de las actitudes prejuiciosas coexistían y coexisten datos preocupantes que indican que el prejuicio sigue existiendo. Por ello, desde los años setenta del siglo XX se han elaborado una serie de modelos que tratan de explicar por qué las personas son tan reacias a admitir (especialmente en público) que son prejuiciosas, pero siguen manteniendo creencias negativas, o sintiendo emociones negativas, o expresando comportamientos discriminatorios hacia miembros de otros grupos, aunque de forma más sutil, fría y racionalizada; es decir, de formas más ajustadas a la norma que pueden pasar desapercibidas incluso para la persona prejuiciosa.

Estas teorías defienden que los componentes fundamentales del prejuicio son respuestas evaluativas o emocionales negativas hacia miembros de grupos. Como señalan Gaertner y Dovidio (1986), se trata de teorías motivacionales: las expresiones de prejuicio que describen constituyen un intento de proteger la autoimagen de la posible acusación de actitudes prejuiciosas e injustas hacia grupos minoritarios. Asimismo, consideran las nuevas formas de prejuicio como procesos no conscientes, que se justifican apelando bien a la superioridad cultural de unos grupos sobre otros, bien a las diferencias extremas entre culturas (más que a la superioridad biológica de unas razas sobre otras, como sostenía el racismo tradicional).

La mayor parte de estos modelos sobre el nuevo prejuicio son estadounidenses (racismo aversivo, racismo moderno, racismo simbólico, racismo ambivalente, etc.) con la excepción de uno europeo (prejuicio suti).

Igualmente, la mayoría de ellos se han centrado en el prejuicio étnico o racial (especialmente hacia los afroamericanos), como se verá a continuación, aunque también se han aplicado al prejuicio sexista (Glick y Fiske, 1996). Por cuestiones de espacio sólo se tratarán cuatro de estos modelos (véase, p. el, García, López-Rodríguez y Navas, 20136, para una ampliación).

Teoría del racismo simbólico o moderno

El racismo moderno, inicialmente denominado racismo simbólico (Sears y Kinder, 197). se basa en dos componentes: por una parte, un cierto afecto negativo hacia los afroamericano» producto de la socialización infantil y consecuencia residual de una larga historia de racismo institucional; y por otra, el apoyo a los principios de justicia e igualdad y a los valores de la ética protestante -obediencia, trabajo duro, disciplina e individualismo, característicos de la sociedad estadounidense (McConahay, 1986).

El racista moderno experimenta un conflicto interno entre ambos, y para resolverlo se embarca en un proceso de racionalización que le lleva a construir y defender una serie de argumentos: el prejuicio y la discriminación son asuntos del pasado; en la actualidad las minoras il la pobación para competir bremene en cualquier ámbito; las facilidades y apoyos que les ofrecen las instituciones (programas de acción afirmativa, ayudas sociales) son injustos e inmerecidos; los afroamericanos se han vuelto demasiado exigentes y no cumplen con las normas establecidas ni contribuyen al bienestar del país; están en una situación de desventaja porque no se esfuerzan lo suficiente. Puesto que el racista moderno no es consciente de serlo, considera estas creencias como hechos empíricos perfectamente comprobables y no como racismo (que él identifica con el antiguo o biológico). Además, los racistas modernos no perciben que los afroamericanos supongan una amenaza personal, sino a los valores de la nación.

El concepto de racismo moderno se desa-rolló de forma conjunta con una escala para medirlo (McConahay, Hardee y Batts, 1981): la escala de racismo moderno (MRS, Modern Racism Scale) (véase Navas, 1998 y la actividad complementaria, para consultar la escala adaptada a nuestro país). Es una escala diseñada para medir exclusivamente el comPonente cognitivo de la actitud racial (creen-clas sobre el exogrupo relacionadas con cierta percepción de privación grupal justificada en motivos no raciales). La escala se ha aplicado en diferentes lugares del mundo para medir eSte tipo de prejuicio hacia diferentes grupos minoritarios (indígenas, inmigrantes de diferentes orígenes, gitanos, etcétera).

Teoría del racismo aversivo

El racismo aversivo se define como «un tipo particular de ambivalencia en la que se produce un conflicto entre los sentimientos y creencias asociados con un sistema de valores sinceramente igualitario y la existencia inevitable de sentimientos y creencias negativas sobre los afroamericanos» (Gaertner y Dovidio, 1986, p. 62). La adherencia de los norteamericanos blancos a las creencias sobre la igualdad de los individuos les lleva a considerar injusta la manera en que los afroamericanos han sido tratados en el pasado, y a apoyar cualquier iniciativa que promueva su igualdad social. Al mismo tiempo, sin embargo, les resulta inevitable mantener sentimientos y creencias negativas, consecuencia de vivir en una sociedad histórica e institucionalmente racista.

¿Qué tipo de respuesta se dará ante los miembros de un exogrupo cuando el individuo está motivado para mostrarse como no prejuicioso, cuando se desea ser justo e igualitario con él, cuando se empatiza con su sufrimiento pero a la vez este grupo le provoca inevitablemente cierta ansiedad, aversión, desconfianza o miedo? Para los autores de la teoria, estas respuestas dependen en gran medida de la situación, más que de la disposición previa de los individuos a tener o no prejuicios. Así, si es posible evitar el contacto con el exogrupo, el racista aversivo lo hará. Pero si el contacto es inevitable, la conducta emitida dependerá de la existencia o no en la situación de normas claras que indiquen cual debe ser la forma igualitaria o no prejuiciosa de tratar con el exogrupo, o bien de que exista la posibilidad de justificar la conducta discriminatoria apelando a motivos no raciales. Si existen normas antiprejuicio claras o no se puede justificar el comportamiento discriminatorio, el individuo responderá de forma positiva al exogrupo.

Todo este proceso es inconsciente y el objetivo es, en último término, proteger la autoimagen igualitaria del individuo. Por ejemplo, un racista aversivo ayudará a una persona del exogrupo en caso de accidente o emergencia si es la única persona presente en la situación (hay una norma antiprejuicio clara). Pero si hay otras personas presentes en el momento del accidente, el racista aversivo puede no ayudar porque su conducta podría justificarse por motivos no raciales (p. ej., por difusión de la responsabilidad, ignorancia pluralista, etc.) (véase Gaertner y Dovidio, 1986). En realidad, en muchas situaciones ambiguas la conducta discriminatoria contra el exogrupo puede interpretarse más como una conducta pro en-dogrupo (favoritismo endogrupal) que como un intento de perjudicar al exogrupo (Brewer, 1999; Mummendey, 1995). El racismo aversivo se ha estudiado fundamentalmente a través de experimentos en los que puede manipularse el grado de claridad o ambigüedad de la norma social antiprejuicio. En el recuadro 2 se resume un experimento clásico de los autores del modelo.

Recuadro 2. Ejemplo de un experimento clásico sobre racismo aversivo (Gaertner y Dovidio, 1986)

Personas de tendencia política liberal y conservadora recibían llamadas de teléfono aparentemente equivocadas que rápidamente derivaban en peticiones de ayuda (p. ej., «tengo el vehículo averiado, no tengo más cambio, por favor, llame a una grúa para que vengan a buscarme»). Las llamadas eran realizadas por una persona blanca o una persona negra (va-riable independiente) y su pertenencia grupal era claramente identificable por su acento. Las variables dependientes del estudio fueron dos: al ayuda denegada: número de veces que los participantes no llamaban a la grúa o colgaban después de haber escuchado la explicación; b) colgar prematuramente: número de veces que las personas colgaban el teléfono antes de que la persona que llamaba pudiera explicar lo que quería. Los resultados obtenidos en cada una de esas variables son completamente distintos:

a) Resultados de la variable dependiente ayuda denegada: las personas de tendencia política conservadora ayudaban menos a los peticionarios negros (65%) que a lo blancos (92%). mientras que las personas políticamente liberales ayudaban aproximadamente igual a negros y a blancos (75 frente a 85%).

Pero los resultados verdaderamente interesantes e inesperados son los siguientes:

b) Resultados de la variable dependiente colgar prematuramente: no había diferencias entre los conservadores en su respuesta a blancos y negros (colgaban por igual a ambos grupos). pero sí entre los liberales, que colgaban prematuramente con más frecuencia a los negros (19%) que a los blancos (3%).

Gaertner y Dovidio concluyen que los liberales no discriminaban contra los negros una vez que reconocían que necesitan ayuda, pero colgaban prematuramente con más frecuencia cuando reconocían el acento típico de los negros y no les dejaban tiempo para explicarse. No ayudar a una persona negra una vez reconocida su necesidad de ayuda sería una conducta contra-normativa que podría ser atribuida a prejuicio racial. Pero colgar el teléfono a una persona que se ha equivocado de número antes de que explique su necesidad de ayuda no es inapropiado ni contranormativo (no atenta contra la autoimagen igualitaria del individuo).

Aunque el racismo moderno y el aversivo tienen en común algunos aspectos (p. ej., el conflicto interno entre creencias, valores y sentimientos), las diferencias entre ellos son numerosas (Recuadro 3).

Recuadro 3. Diferencias entre el racismo moderno/simbólico y el racismo aversivo

La medida del racismo y sus consecuencias: para medir el racismo moderno se desarrolló la escala antes mencionada, mientras que los autores del racismo aversivo afirman que éste no puede medirse a través de autoinformes, puesto que se trata de una reacción inconsciente, altamente dependiente de las normas sociales y especifica a la situación intergrupal. Por ello, se capta mediante experimentos y medidas implícitas.

 

Tipos de racismo con diferente intensidad: Kleinpenning y Hagendoorn (1993) consideran que el racismo simbólico/moderno es, dentro de las formas contemporáneas de prejuicio étnico, la más intolerante (más cercana al etnocentrismo y al racismo biológico), seguida por el racismo aversivo como forma más leve (más cercana al igualitarismo). Para estos autores, el prejuicio es una dimensión acumulativa que empieza con la evitación discreta de las minorías étnicas en contextos privados (racismo aversivo), continúa con la convicción de que estas minorías obtienen más beneficios económicos y sociales de los que se merecen racismo simbólico o moderno), y termina con la ideología racista plenamente desarrollada decretando la inferioridad cultural (etnocentrismo) o genética (racismo biológico) de estos grupos minoritarios (Brown, 1995).

Perfil conservador frente a liberal: el perfil del racista moderno/simbólico es el de una persona conservadora y defensora de los valores tradicionales de su país, un patriota. No reconoce que exista la discriminación, por lo que no empatiza con los grupos étnicos desfavorecidos, y culpa de su situación a la falta de adaptación de éstos a las normas y valores imperantes en su sociedad. En cambio, el racista aversivo es una persona liberal, que rechaza la discriminación de los grupos minoritarios y empatiza con sus sufrimientos, aunque al mismo tiempo no puede evitar sentir hacia ellos cierta inseguridad, incomodidad e incluso miedo, por lo que siempre que pueda evitará el contacto con ellos.

Teoría del prejuicio sutil y manifiesto 

Petigrew y Meerlens (1995) elaboran esta teoría para explicar las nuevas expresiones del prejuicio de las europeos hacia las minorías inmigrantes. Diferencian entre el prejuicio manifiesto y el sutil. El prejuicio manfiesto (que alude a la expresión abierta y tradicional) incluye la creencia en la inferioridad genética del exogrupo y, a través de ella, justifica el rechazo a sus miembros y su posición de desventaja en la sociedad. Consta de dos componentes: la amenaza percibida del exogrupo y el rechazo hacia el (basado en la creencia de que los miembros del grupo minoritario, a causa de su procedencia étnica, son menos capaces para desenvolverse en la sociedad y menos de fiar), y el rechazo al contacto intimo con los miembros del exogrupo (contacto que va desde la dependencia laboral hasta las relaciones sexuales o el matrimonio). Por su parte, el prejuicio sutil (la forma moderna, encubierta o socialmente aceptable) consta de tres componentes: la defensa de los valores tradicionales del endogrupo (junto con la creencia de que las minorías no los respetan, igual que ocurría en el racismo moderno), la exageración de las diferencias culturales entre endogrupo y exogrupo (que permite justificar las actitudes negativas hacia el exogrupo y su posición subordinada y en desventaja) y la negación de emociones positivas hacia el exogrupo (también llamado prejuicio afectivo).

Pettigrew y Meertens (1995) desarrollaron dos escalas de 10 ítems cada una para medir cada tipo de prejuicio, y las aplicaron, junto con otras medidas sociodemográficas y psicosociales (conservadurismo político, amistades intergrupales, actitudes hacia los derechos de los inmigrantes, medidas para mejorar las relaciones entre autóctonos e inmigrantes), a una amplia muestra de participantes en cuatro países europeos (Francia, Países Bajos, Gran Bretaña y Alemania) y con diferentes minorías inmigrantes como exogrupos de referencia. Sus resultados muestran que cada tipo de prejuicio se relaciona de forma distinta con estas variables. En el recuadro 4 puede consultarse la tipología del prejuicio de estos autores, en la que diferencian entre personas fanáticas, sutiles e igualitarias, así como un resumen de los resultados obtenidos con ellas.

Según sus autores, el prejuicio sutil constituye una posición intermedia entre el prejuicio manifiesto (antiguo) y la tolerancia igualitaria (no prejuicio). Por su nivel de intensidad se encontraría entre el racismo moderno y el aversivo. Las escalas de prejuicio manifiesto y sutil han sido aplicadas en numerosos países europeos para medir el prejuicio hacia inmigrantes de diferentes orígenes y otras minorías étnicas, y relacionarlo con variables psicosociales. 

Recuadro 16-4. Tipologia del prejuicio Meertens y Pettigrew 1997; Pettigrew y Meertens, 1995)

Fanáticos: personas que puntúan alto en ambas escalas prejuicio manifiesto y sutil. Expre san su prejuicio de forma abierta, manifiesta o tradicional. Apoyan cualquier medida que empeore la situación de los inmigrantes. Desearían en mayor medida restringir los derechos de los inmigrantes y preferirían políticas migratorias muy restrictivas, como la expulsión de todos los inmigrantes.

Sutiles: personas que obtienen una puntuación alta en la escala sutil y baja en la manifiesta.

Rechazan las expresiones abiertas del prejuicio, pero ven a las minorías étnicas como transgresoras de los valores tradicionales, y no sienten hacia ellas ni simpatía ni admiración. Los sutiles dejarían las cosas como están (ni ampliarían ni restringirían sus derechos) y serían partidarios de expulsar del país sólo a aquellos inmigrantes que ofrecen un motivo no racista para ello (p. ej., haber cometido un delito o estar en situación documental irregular).

Asimismo, prefieren soluciones más vagas y graduales para mejorar las relaciones con los inmigrantes (fomentar la tolerancia en las escuelas, extender los programas de intercambio internacional para gente joven, etc.). En general, las personas sutiles mantienen una postura a medio camino entre fanáticos e igualitarios, ya que rechazan a las minorías de una forma socialmente aceptable, si bien en algunas ocasiones están más cerca de unos que de otros.

Igualitarios: personas que puntúan bajo en ambas escalas. Se sitúan en el polo opuesto a los fanáticos: apoyarían cualquier medida que mejorara la situación de los inmigrantes (aumentarían sus derechos, permitirían la permanencia de todos los inmigrantes o apostarían por soluciones comprometidas y directas para la inmigración, como la persecución judicial de los racistas y la facilitación del logro de la ciudadanía para los inmigrantes).

El modelo de disociación

Este modelo (Devine, 1989, 1995), desarro-lado también en Norteamérica, explica las nuevas expresiones del prejuicio apelando al conflicto que se produce entre dos estructuras cognitivas: los estereotipos culturales sobre el exogrupo -que se activan automática y frecuentemente porque están muy bien aprendidos desde la infancia y son más disponibles cognitivamente-, y las creencias personales sobre ese mismo grupo -que requieren un procesamiento controlado e intencional, de mayor esfuerzo cognitivo-. Las personas claramente prejuiciosas se adhieren a los estereotipos culturales y se comportan en función de ellos al interactuar con los miembros del exogrupo. Pero las personas que se definen a sí mismas como no prejuiciosas poseen además ciertas creencias, contrarias al estereotipo, que se desarrollan más tardíamente que el aprendizaje de éste, como consecuencia, por ejemplo, del contacto positivo con miembros del exogrupo. Estas personas experimentarán un conflicto (una disociación) entre sus respuestas prejuiciosas automáticas (basadas en el estereotipo) y sus creencias no prejuiciosas.

Pero para acceder a estas creencias deben disponer de tiempo y de recursos cognitivos. Si esto ocurre, las creencias personales no prejuiciosas inhibirán la respuesta automática negativa hacia el exogrupo (estereotipo cultural).

Así pues, lo que diferencia a las personas con bajo y alto prejuicio son sus creencias personales y sus motivaciones para controlar los efectos de los estereotipos culturales que han sido activados automáticamente. Las personas poco prejuiciosas se encuentran mas motivadas para controlar, suprimir y contrarrestar sus reacciones iniciales sesgadas y automáticas. Este modelo ha sido especialmente influyente en el desarrollo posterior de nuevos métodos para la evaluación del prejuicio implícito que se verán a continuación.

Nuevos enfoques: del prejuicio implícito a la especificidad de emociones y situaciones

Desde finales de la década de 1990, el estudio de las emociones en los contextos intergrupales ha acaparado la atención de los investiga-dores. Esto ha contribuido a superar la visión simplista del prejuicio como un sentimiento negativo general e indiferenciado hacia un exogrupo o sus miembros. Así, el estudio del prejuicio en psicología social en los últimos 20 años se ha caracterizado por el eclecticismo y la integración, tanto en las teorías como en la investigación. La tercera ola, como denomina Dovidio (2001) a la etapa que comienza a mediados de los noventa, se caracteriza por el énfasis en la multidimensionalidad del prejuicio, el avance de las nuevas tecnologías para la medición de actitudes y creencias implícitas, y la consideración de la perspectiva de los grupos discriminados. Igualmente, las teorías más recientes sobre el prejuicio se han focalizado en su carácter específico en cuanto a las creencias que se mantienen sobre diferentes exogrupos, las emociones y amenazas que éstos provocan en el endogrupo y las conductas que éstas generan. De esta forma, se reconoce que el prejuicio es dependiente del contexto y, por tanto, una actitud múltiple y específica a ese contexto (en lugar de una actitud general negativa). A continuación se tratarán brevemente algunas de estas perspectivas recientes (para una ampliación reciente en castellano véase López-Rodríguez y García, 2013).

 

El prejuicio implícito y su medida

Como ya se señaló, el prejuicio es considerado un sesgo intergrupal, y como tal puede manifestarse tanto de forma automática, inconsciente e implícita, como controlada, consciente Y explícita. Algunos de los modelos descritos anteriormente sobre las nuevas expresiones del prejuicio ya pronosticaban la existencia de un prejuicio implícito (p. ej, el modelo de la disociación), si bien hasta finales de los noventa del siglo pasado no se habían aplicado los instrumentos necesarios para medirlo y conceptualizarlo adecuadamente.

Actualmente existe una gran evidencia empírica sobre la naturaleza implícita de las actitudes, entre ellas las raciales, y sobre cómo pueden activarse esas evaluaciones automáticas sin necesidad de la intención y sin requerir una alta capacidad cognitiva (Cunningham, Raye y Johnson, 2004). Para captar estas evaluaciones se utilizan distintos procedimientos basados en la latencia de respuesta, esto es, el tiempo que tardan las personas en decidir que dos estímulos (p. ej., un grupo y un concepto positivo o negativo) están asociados. El supuesto de estos procedimientos es que cuanto mayor es la fuerza asociativa entre dos estímulos (p. ej., cuanto más relacionados están en nuestra mente y en nuestra memoria), más rápido se pueden tomar decisiones sobre ellos. Por ejemplo, si asociamos la categoría marroquí con palabras de contenido evaluativo negativo (p. ej., inseguridad) más rápidamente que lo hacemos con la categoría español, esto indicaría la existencia de prejuicio implícito hacia los marroquíes. Las técnicas más populares son el paradigma de priming (Dovidio, Kawakami, Johnson, Johnson y Howard, 1997; Fazio, Jackson, Dunton y Williams, 1995) y el test de asociación implícita o TAI (Greenwald, McGhee y Schwartz, 1998) (para una descripción en castellano de ambos procedimientos, véase López-Rodríguez y García, 2013; para una ampliación del test, véase Molero, 2007).

 

Numerosos estudios que utilizan estos procedimientos han proporcionado evidencia fiable de la existencia de actitudes negativas implícitas hacia diferentes grupos, y de una mayor expresión implícita que explícita del prejuicio hacia las minorías (p. ej., Dovidio et al., 1997; Dovidio, Kawakami y Beach, 2001; Fazio et al., 1995). Es decir, las respuestas obtenidas a través de estos procedimientos son más negativas que las respuestas actitudinales conscientes recogidas tradicionalmente mediante escalas y autoinformes.

A pesar de su popularidad, estas medidas también han recibido algunas críticas. Entre ellas, la más importante, como resumen Yzerbyt y Demoulin (2010, p. 1045), es el significado otorgado a estas respuestas implícitas: ¿reflejan realmente el prejuicio genuino de las personas? ¿O por el hecho de basarse en asociaciones en la memoria pueden estar influidas por factores culturales profundamente enraizados en las personas o por otro tipo de consideraciones? El debate sobre este asunto continúa abierto.

Existen otras medidas indirectas del prejuicio, como la observación de la conducta real de las personas en situaciones interraciales -ya sean naturales o provocadas experimentalmente- o el registro de determinadas respuestas fisiológicas automáticas (véase Brown, 1995, para un resumen de estas técnicas). Asimismo, en los últimos años se ha avanzado en lo que se conoce como neurociencia social (véase Lieberman, 2010, para una revisión), utilizando la actividad neural para estudiar aspectos importantes de los procesos y las relaciones intergrupales.

Un ejemplo de teoría que utiliza las medidas implícitas del prejuicio es la perspectiva de la infrahumanización, que tiene en un equipo de investigadores españoles de la Universidad de la Laguna (Tenerife) uno de sus máximos referentes (Leyens et al., 2000a, 2001b; Rodríguez, Coello, Betancor, Rodríguez y Delgado, 2006; Rodríguez-Pérez, Delgado, Betancor, Leyens y Vaes, 2011) (véase López-Rodríguez y García, 2013, para una ampliación en castellano). Sus autores consideran que las personas suelen reservar exclusivamente para su propio grupo una esencia humana, considerándose así superiores los exogrupos (a los que se reserva el estatus de infrahumanos). Pero ¿qué es lo que nos hace esencialmente humanos? Leyens et al. (2000) encontraron que los sentimientos (o emociones secundarias, p. ej., culpa, melancolía) son unas de las características definitorias de la esencia humana, mientras que las emociones (o emociones primarias, p. ej., ira, miedo) pueden ser experimentadas tanto por humanos como por animales. Los estudios sobre infrahumanización muestran, entre otras cosas, que las personas tendemos a atribuir más emociones secundarias (es decir, exclusivamente humanas) a nuestro endogrupo que a los exogrupos, e incluso que negamos este tipo de emociones (secundarias) al exogrupo (Leyens et al., 2001). Pero lo realmente importante de la tendencia a infrahumanizar a los exogrupos son sus implicaciones sobre las interacciones sociales: considerarnos más humanos que otros grupos puede concedemos justificaciones psicológicas y sociales para infravalorar a los exogrupos, y esto tiene claras consecuencias sobre nuestro comportamiento hacia ellos (Leyens et al., 2000).

La especificidad del prejuicio:

emociones y situaciones

Las personas no evalúan por igual a todos los grupos sociales con los que conviven, sino que son capaces de diferenciar entre distintos exogrupos dependiendo del estado de las relaciones intergrupales específicas que se mantienen con cada cual. Así, tenemos estereotipos diferentes sobre diversos grupos, y a la vez éstos nos generan distintas amenazas y emociones, que pueden llevarnos a diferentes comportamientos.

Según Yzerbyt y Demoulin (2010, p. 1046), actualmente se asume que «para entender las reacciones emocionales de las personas en contextos intergrupales necesitamos conocer sus representaciones y creencias hacia diferentes grupos, por una parte, y sus intenciones y comportamientos hacia ellos, por otra». Porque todos estos elementos dependen de factores estructurales, como la interdependencia entre los grupos y el estatus que ocupan, y se experimentan de forma subjetiva.

Por tanto, las reacciones emocionales hacia los diferentes grupos presentes en la situacion (así como los comportamientos que generan) son «diversas, complejas y muy específicas».

Algunos de los enfoques más importantes que tienen en cuenta estos aspectos en la expli cación del prejuicio son el prejuicio como emoción social, el modelo sociofuncional basado e la amenaza, la teoría de la amenaza integrada y el modelo de contenido de los estereotipos, y su extensión (BAS Map). Este último modelo no se abordará aqui por existir un capítulo específico dedicado a los estereotipos en este manual.

El enfoque del prejuicio como emoción social defendido por Smith (1993) define el prejuicio como «una emoción social experimentada con respecto a la propia identidad como miembro de un grupo, con un exogrupo como objetivo» (p. 304). Es decir, las personas evalúan las situaciones, experimentan emociones y expresan conductas desde su perspectiva de miembros de grupos sociales y no sólo como individuos. Los elementos principales de este modelo son los appraisals (Frijda, 1986; Smith y Ellsworth, 1985), las emociones provocadas por ellos y las conductas discriminatorias derivadas de tales emociones. Así, una situación inesperada o ambigua, que puede estar causada por otras personas o por las circunstancias, y percibida por alguien que se siente débil ante dicha situación (p. ej., un miembro de un grupo minoritario que se siente amenazado por el exogrupo mayoritario), constituye un appraisal que provocará una emoción de miedo, y ésta a su vez llevará a una conducta de evitación, protección o alejamiento del objetivo. Al contrario, una situación percibida como injusta, no ambigua, causada por la intencionalidad de otros, y en la que el perceptor se siente fuerte para reaccionar ante ella (p. ej., un miembro de un stupo mayoritario que siente que los miembros de otros grupos le están quitando recursos que percibe como suyos), provocará una emoción de furia y una conducta de atención hacia el exogrupo y de actuación en su contra.

En resumen, el prejuicio es específico a la situación o contexto y a las emociones que se generan dependiendo de la situación concreta. Las personas no sienten, salvo excepciones, prejuicios hacia determinados grupos sociales en cualquier situación y bajo cualquier circunstancia (especificidad de la situación). Las claves que se extraen del contexto, así como las propias condiciones del perceptor (p. ej, el estado de ánimo, su estatus, su carácter mayoritario o minoritario o el grado de poder que ostente), influyen sobre la emoción que se experimenta hacia el exogrupo o sus miembros. El modelo predice además que, dependiendo de la situación concreta, las emociones pueden variar desde el miedo o el disgusto hasta el odio y la ira, pasando por otras como la amenaza o el resentimiento (especificidad de las emociones). Es evidente que se pueden experimentar diferentes emociones hacia un grupo (amenaza, miedo, desprecio, odio), que tienen diferentes implicaciones para la persona que los experimenta, y que pueden derivar en conductas distintas hacia dicho grupo (p. ej., la amenaza o el miedo pueden llevar a la evitación; el desprecio o el odio pueden llevar a la discriminación directa o a conductas violentas).

Por su parte, el modelo sociofuncional basado en la amenaza (Cottrell y Neuberg, 2005; Neuberg y Cottrell, 2002) defiende una perspectiva evolutiva de la dependencia del grupo y sus consecuencias para la supervivencia. Las emociones que sentimos hacia otros grupos son una respuesta a las amenazas grupales porque ayudan a las personas a enfrentarse a ellas de forma efectiva, fomentando intenciones de conducta adaptativas y por tanto encaminadas a la supervivencia y al éxito. Al igual que diferentes situaciones evocan diversas emociones, distintas emociones están relacionadas con tendencias psicológicas, cognitivas y comportamentales específicas.

 

En sus estudios, los autores de esta perspectiva comprobaron que diferentes grupos provocan distintas percepciones de amenaza, las cuales, a su vez, evocan patrones emocionales funcionalmente distintos. Por ejemplo, algunos de sus resultados mostraron que los afroamericanos, americanos asiáticos y nativos americanos diferían significativamente en los patrones de amenaza y emociones que provocaban en los participantes. Así, se sentía más miedo hacia los afroamericanos, más pena hacia los nativos americanos y se percibía más amenaza a la seguridad y a la propiedad por parte de los afroamericanos que de los otros dos grupos (Cottrell y Neuberg, 2005).

La teoría de la amenaza integrada (Stephan y Renfro, 2002; Stephan, Renfro, Esses, Stephan y Martin, 2005; Stephan y Stephan, 2000) se centra en comprobar la influencia que tienen diferentes tipos de amenaza percibida sobre las actitudes intergrupales (el prejuicio y la discriminación). Estos autores consideran tres tipos diferentes de amenaza percibida (realista, simbólica y ansiedad intergrupal), aunque la idea que subyace a todas ellas es que los miembros de un determinado grupo esperan que los miembros del exogrupo se comporten de un modo perjudicial para el endo-grupo (Stephan et al., 2002).

La amenaza realista implica la percepción de competición entre endogrupo y exogrupo por recursos escasos como el empleo, los servicios sociales, la educación o la sanidad. Esta competición percibida provoca una sensación de amenaza sobre el poder económico y político del endogrupo, sobre el bienestar físico o material del endogrupo o de sus miembros (Stephan et al., 2005), o incluso sobre la mera existencia del endogrupo. Por su parte, la amenaza simbólica se produce porque los miembros del endogrupo perciben que el exogrupo posee diferentes valores, creencias, normas o actitudes que no están en consonancia con los propios. Se trata de una amenaza a la visión del mundo que tiene el endogrupo: sus miembros perciben que los valores, creencias o rasgos culturales que ellos consideran correctos corren el peligro de ser absorbidos o modificados por los procedentes de la cultura del exogrupo. Finalmente, la ansiedad in-tergrupal es un tipo de amenaza que implica la inquietud y la ansiedad experimentadas al interactuar con personas de un exogrupo (Stephan y Stephan, 1985).

 

Los motivos que llevan a experimentar esta ansiedad pueden ser muy diversos (p. ej., ausencia de contacto previo con el exogrupo, experiencias negativas de contacto previo, existencia de estereotipos o afecto negativo hacia el exogrupo, etc.), pero todos ellos pueden hacer que las personas se sientan amenazadas ante los posibles resultados negativos de la interacción y experimenten cierta ansiedad o nerviosismo al relacionarse con personas del exogrupo.

La teoría de la amenaza integrada se ha puesto a prueba en diferentes sociedades para estudiar las relaciones entre varios grupos étnicos y nacionales. En general, los resultados obtenidos confirman las predicciones de sus autores: el grado en que cada tipo de amenaza se relaciona con el prejuicio depende en gran medida de la naturaleza de la relación entre los dos grupos considerados (p. ej., contexto social en el que se produce la relación, posición y estatus relativos de cada grupo). Diferentes tipos de amenaza predicen mejor el prejuicio hacia diferentes grupos en países distintos (Stephan, Ybarra, Martínez, Schwarzwald y Turkaspa, 1998).

Investigaciones más recientes (p. ej., Riek, Mania y Gaertner, 2006) sugieren que los modelos integrados de amenazas (p. ej, amenaza realista y simbólica, ansiedad intergrupal, estereotipos negativos, amenaza a la autoestima del grupo y a la distintividad) son más útiles para comprender cómo las evaluaciones sobre la amenaza influyen en las actitudes y comportamientos intergrupales.

Algunos modelos integradores

Esta idea integradora está presente en las nuevas teorías del prejuicio: dado que el prejuicio es una actitud compleja y específica provocada por diferentes causas, para entenderlo y predecirlo hay que tener en cuenta factores tradicionalmente incluidos en la investigación, así como otros nuevos (p. ej., ideológicos y multiculturales). Cuestiones de espacio impiden tratar estas teorías aquí, por lo que, sólo a título de ejemplo, se mencionan tres: el modelo instrumental unificado del conflicto grupal (UMGC, Unified Instrumental Model of Group Conflict; Esses, Jackson, Dovidio y Hodson, 2005), una extensión de los trabajos previos sobre el modelo instrumental del conflicto grupal; el modelo integrado de actitudes hacia inmigrantes (Ward y Masgoret, 2006), que consigue reunir diferentes perspectivas (hipótesis del contacto, modelo instrumental del conflicto grupal, teoría de la amenaza integrada y proceso de aculturación); o los trabajos de Gawronski et al. Brochu, Gawronski y Esses, 2011; Gawronski, Brochu, Sritharan y Strack, 2012), que pretenden aclarar las relaciones que se establecen entre diferentes conceptualizaciones del prejuicio (p. ej, prejuicio antiguo, moderno y aversivo) considerando que las personas intentan evitar la inconsistencia cognitiva en sus sistemas de creencias relacionadas con el prejuicio (véase López-Rodríguez y García, 2013, para un resumen en castellano de estas nuevas teorías). 

A MODO DE CONCLUSIÓN

El prejuicio es un fenómeno con el que nos ilustran a diario los medios de comunicación.

Gran parte de las noticias que escuchamos o leemos relatan no sólo el recelo, la antipatía, la desconfianza, el miedo, el desprecio y, en muchas ocasiones, el asco y el odio con los que los seres humanos se relacionan entre sí, sino las desastrosas consecuencias que se producen cuando estas emociones, justificadas en creencias negativas sobre los grupos, se traducen finalmente en comportamientos.

La historia del mundo está plagada de ejemplos de dramáticos conflictos intergrupales (entre grupos étnicos, nacionales, regionales, religiosos, etc.) que tienen en sus raíces más profundas el prejuicio intergrupal.

Los enfoques expuestos muestran la evolución en el estudio del prejuicio en nuestra disciplina. La facilidad con que este fenómeno se produce, su naturaleza en muchos casos implícita y sus graves consecuencias para los grupos que lo sufren justifican el enorme desarrollo teórico y empírico que existe sobre él. Como señala S. Worchel (1998), el prejuicio y el conflicto entre grupos étnicos son el resultado final de un corto viaje en el que hay implicados numerosos factores (económicos, históricos, sociales, políticos). Los dos más estudiados desde la psicología social han sido, por una parte, la psicología de los individuos (nuestra manera de percibir el mundo categorizando a las personas en grupos y las consecuencias que esto tiene) y, por otra, los procesos grupales (los que se ponen en marcha cuando las personas nos percibimos como miembros grupos sociales y nos identificamos con ellos). Sin embargo, no debe considerarse el prejuicio como el final inevitable del viaje, como algo consustancial a la propia naturaleza humana a la psicología del individuo) y a nuestra esencia como seres grupales. La armonía y la convivencia pacífica entre personas y grupos diferentes no es una meta inalcanzable, como puede comprobarse en algunas partes del mundo y en algunos momentos de la historia. Pero igual que no existe una única causa del prejuicio, tampoco hay una única fórmula que asegure su eliminación. Según Worchel, el progreso hacia el desarrollo de relaciones intergrupales positivas implica una combinación de esfuerzos dirigidos hacia el individuo, el grupo y el sistema y la estructura social en la que los grupos se relacionan. La psicología social ha investigado más sobre las causas y consecuencias del prejuicio que sobre las estrategias para reducirlo, pero también se han producido algunos avances en este sentido.

R E S U M E N

El capítulo revisa las diferentes definiciones del prejuicio que se han ofrecido desde una perspectiva psicosocial (como actitud, como sesgo intergrupal y como fenómeno originado en las relaciones intergrupales), así como los enfoques teóricos más importantes para expli car sus causas: desde las teorías clásicas que enfatizan aspectos individuales e interpersonales, las que defienden causas grupales y psicosociales, hasta los enfoques recientes centralos en aspectos más específicos, emocionales e implícitos del prejuicio, pasando por los modelos contemporáneos que tratan de explicar las nuevas expresiones del prejuicio. El capítulo finaliza con una reflexión sobre la facilidad con la que el prejuicio puede producirse y la necesi dad de intervenir sobre varios factores para controlarlo.

ACTIVIDADES DE APRENDIZAJE

1. Elabore el siguiente experimento social: Entreviste a 3 personas (preferentemente de edades distintas, un adolescentes (15-18 años), una persona de mediana edad (40-50 años) y una persona mayor de 60 años), realice las siguientes preguntas:

a) Cuál es su opinión sobre los inmigrantes centroamericanos en México?

b) Qué opina sobre la ingesta de animales exóticos en países orientales?

c) Qué opina de los matrimonios homosexuales?

Esta actividad deberá videograbarla y remitirla por correo a tareasconsejomxneurociencias@gmail.com

Si el archivo es demasiado grande podrá enviarlo a través de Wetransfer al correo antes señalado.

Es muy importante tomar en consideración que los plazos para la entrega de actividades, aparecerán a un costado del botón que permite el acceso a esta unidad situado en el menú de este diplomado.

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