top of page

PSICOLOGÍA SOCIAL Y
NEUROCIENCIA

  • Instagram
  • Facebook
  • Twitter
  • LinkedIn
  • YouTube
  • TikTok
CONTENIDO DE LA UNIDAD
  • Material de estudio

  • Imágenes

  • Videos

  • Actividades de aprendizaje

NEUROCIENCIA SOCIAL

OBJETIVOS​ DE APRENDIZAJE

 

  • Comprender la necesidad de combinar los factores sociales y biológicos en las explicaciones de la conducta social.

  • Comprender la importancia del enfoque multinivel en el análisis y comprensión de los fenómenos psicosociales.

  • Conocer los principales métodos y técnicas neurofisiológicas y de imagen cerebral utilizadas habitualmente en neurociencia social.

  • Obtener una visión de coniunto de los resultados obtenidos por la investigación neurosocial en el estudio de algunos procesos psicosociales básicos.

  • Captar las contribuciones de la neurociencia social al avance del conocimiento en los campos tradicionales de la psicología social.

INTRODUCCIÓN

¿Qué es la neurociencia social?

Si bien se considera que la psicología social siempre ha adoptado una perspectiva muy cognitiva en sus modelos teóricos y en las explicaciones de los procesos psicosociales básicos, pocos investigadores podían prever la rápida irrupción de la neurociencia y de las técnicas de neuroimagen en la psicología social producida a partir del año 2000. Este rápido desarrollo se refleja en la creación de laboratorios, programas de posgrado, publicación de artículos, números monográficos, capítu-los, libros, manuales e incluso revistas propias. Así, en 2006 John Decety y Julian P. Keenan, en su presentación como editores de la revista Social Neuroscience, declaraban que esta disciplina ya tenía una identidad propia. Sus raíces se encuentran en muchas disciplinas, entre ellas la neurociencia, la psicología social, la ciencia del desarrollo, la economía y la psicología cognitiva, sin limitarse a éstas. Los nuevos métodos neurocientíficos se aplican al análisis de una gran variedad de aspectos teóricos, desde investigaciones que utilizan imágenes cerebrales para retomar el estudio de tópicos psicosociales tradicionales (atribución, formación de impresiones, estereotipos y prejuicios, toma de decisiones, relaciones intergrupales), hasta otros que los emplean para desarrollar nuevas aproximaciones teóricas acerca de cómo las personas perciben, interpretan y se desenvuelven en contextos sociales (Jenkins y Mitchell, 2011) (Recuadro 1).

La neurociencia social puede definirse en sentido amplio como la exploración de las bases neurológicas de los procesos tradicionalmente estudiados por la psicología social Decety y Keenan, 2006). Utiliza simultáneamente los niveles cerebrales y corporales para entender cómo pensamos, sentimos y actuamos, centrándose en cómo nos relacionamos y pensamos acerca de otras personas. Desde esta perspectiva interdisciplinar y multinivel se intentan comprender los procesos psicosociales básicos, es decir, cómo la interacción con otros influye sobre los pensamientos, las emociones y las conductas, en los que las personas son objeto y agentes de influencia. La neurociencia social no representa el primer intento de establecer relaciones entre las bases biológicas y neurofisiológicas de la conducta y la cognición con el mundo social, puesto que ya en la Antigüedad clásica y en la psicología científica de los siglos XIX y XX pueden encontrarse numerosos precedentes (Alcover, 2008), pero sí puede considerarse como el marco más desarrollado hasta ahora gracias a los avances producidos en las metodologías multinivel, en los registros fisiológicos y bioquímicos de la actividad cerebral y en las técnicas de neuroimagen.

Recuadro 1. John T. Cacioppo y Gary G. Berntson: el inicio de la neurociencia social

John T. Cacioppo (1951) es profesor en la Universidad de Chicago, donde dirige el Centro de Neurociencia Cognitiva y Social, fundado en 2004 (http://cesn.uchicago.edu/). Gary G. Bernt-son (1945) es profesor emérito en la Universidad Estatal de Ohio. Ambos dirigen el programa neurocomplexity http://www.neurocomplexity.org/). En 1992 publicaron un articulo en la revista American Psychologist en el que utilizaban por primera vez el término neurociencia social. Poco después, en 1994, Cacioppo publicó un artículo en la revista Psychophysiology en el que utilizaba dicho término para referirse al análisis de cómo los factores sociales afectan a los sistemas nervioso autónomo, neuroendocrino e inmunológico. Este enfoque tenía indudable importancia para la comprensión de los problemas de salud, puesto que pretendía analizar el modo en que, por ejemplo, un entorno estresante o unas condiciones de vida con graves privaciones pueden afectar al sistema inmunológico de las personas, aumentando su vulnerabilidad al desarrollo de todo tipo de enfermedades. En suma, la primera neurociencia social se centraba en investigar cómo el mundo social afecta al sistema nervioso periférico y a otros sistemas corporales. En los años siguientes, su enfoque se amplió progresivamente para incluir el estudio de las estructuras cerebrales que subyacen tras los procesos de cognición social, de modo que en la actualidad se ocupa de la investigación de los procesos de influencia recíproca entre los factores cerebrales y sociales que constituyen la conducta social humana. Las numerosas publicaciones de los equipos de John T. Cacioppo y Gary Berntson en este campo pueden consultarse en sus páginas web: http://psychology.uchicago.edu/people/faculty/cacioppo/ y http://faculty.psy.ohio-state.edu/berntson/

En términos generales, la neurociencia social persigue comprender las bases de los procesos psicológicos que subyacen tras la conducta social. Dado que estos procesos psicológicos no son directamente observables, y puesto que las inferencias directas realizadas a partir de la observación de las conductas constituven un procedimiento de escaso rigor y fiabilidad, los investigadores que utilizan esta nueva perspectiva se basan en una combinación de respuestas neurológicas y fisiológicas que pueden ser medidas o examinadas, así como en la observación de la conducta actual, para llevar a cabo inferencias de esos estados psicológicos de un modo más complejo y preciso. Como sugiere Ochsner (2007), la neurociencia social pretende realizar inferencias funcionales sobre los procesos asociados con sistemas cerebrales específicos, para posteriormente realizar inferencias psicológicas acerca de los procesos que subyacen tras una conducta o una experiencia dada, utilizando la activación de sistemas cerebrales particulares como marcadores de ciertas clases de procesos psicológicos y psicosociales.

 

La conducta social humana es sumamente compleja, y para su comprensión se requiere combinar e integrar múltiples niveles de análisis a través de diferentes dominios (Ochsner y Lieberman, 2001). Las tradiciones tanto psicológicas como sociológicas en psicología social se han centrado en el análisis de las relaciones entre lo individual y lo colectivo, poniendo el énfasis en uno u otro de los polos y en las tensiones o conflictos entre ambos. Sin embargo, la conducta humana puede analizarse a través de niveles de organización que van desde el nivel atómico (por ejemplo, lo genético) hasta el nivel geopolítico. A juicio de Cacioppo y Decety (2011), lo que constituye un nivel de organización o de análisis de la conducta -al menos en los niveles inferiores de la escala-suele proceder del conocimiento anatómico y fisiológico, mientras que desde el punto de vista social lo determinante debe ser la información procedente del nivel que resulte útil en la explicación de un comportamiento determina-do, como, por ejemplo, un nivel de interacción diádica, interpersonal, grupal u organizacional.

Un ejemplo de la aplicación de los niveles de análisis en neurociencia social lo constituye la metateoría propuesta por Kevin Ochsner, de la Universidad de Columbia, y Matthew Lieberman, de la Universidad de California en Los Ángeles, quienes acuñaron el término de neurociencia cognitiva social o sociocognitiva (Ochsner y Lieberman, 2001). Incluyen tres niveles básicos de análisis:

  • Nivel social, en el que se describen los fenómenos de interés relativos a la experiencia y la conducta de una persona en un determinado contexto, según percibe e interactúa cuando tiene un obietivo social

  • Nivel cognitivo, donde se incluyen, en tér minos de procesamiento de la información, los procesos psicológicos (de naturaleza no sólo cognitiva, sino también afectiva y emocional) que tienen lugar en la experiencia o conducta de interés.

  • Nivel neural, que alude a los sistemas neu-rales implicados en los procesos psicológicos subyacentes a los fenómenos de nivel social

  • Guiada por esta metateoría, la investigación multinivel implica moverse a lo largo de un continuo definido por los diferentes niveles donde, si bien los fenómenos pertenecientes a cada uno de ellos son procesados de forma relativamente independiente entre sí, se encontrarían integrados en un sistema global donde los procesos de un nivel estarían modulados y controlados por otros niveles de organización (Berntson y Cacioppo, 2008).

            

En definitiva, la neurociencia social pretende comprender las relaciones e influencias recíprocas entre los factores biológicos y los sociales, utilizando para el estudio de estas relaciones métodos psicosociales y biológicos (Alcover y Rodríguez, 2012). Si la combinación de las variables situacionales y de las variables disposicionales es el mejor predictor de la conducta social, parece ineludible utilizar una perspectiva multinivel para entender en toda su complejidad la conducta de los seres sociales y biológicos que somos.

Encabezado 1

Métodos, técnicas y medidas en neurociencia social

Uno de los elementos fundamentales de cualquier disciplina científica es su metodología, compuesta por el conjunto de estrateglas que dicha ciencia emplea para acercarse a la descripción, el análisis y la comprensión de su objeto de estudio. La neurociencia social no es, por supuesto, una excepción a esta norma, e incluso podría decirse que la relación entre cuerpo teórico y metodología propia es aquí de especial relevancia, ya que uno de los motivos básicos para que se produjera el nacimiento de la disciplina ha sido precisamente la introducción de las nuevas técnicas de análisis y de medición de la actividad cerebral propias de la neurociencia. Sin embargo, este interesante camino metodológico no siempre resulta sencillo de recorrer, ya que, además de las dificultades técnicas habituales para la investigación en neurociencias (como los apara-tajes demasiado artificiales o el elevado coste del uso de técnicas de neuroimagen), la neurociencia social debe enfrentarse a problemas añadidos, como los recelos de los académicos procedentes de la psicología social que no han tenido ocasión de acercarse a estas nuevas metodologías (Berkman, Cunningham y Lieberman, 2014), el deseo por parte de algunos investigadores de realizar interpretaciones causales a partir de simples datos observacionales o de correlación de la actividad cerebral, o la utilización excesiva de modelos animales procedente de la tradición investigadora en la psicofisiología social. En todo caso, buena parte de la investigación actual en neurociencia social se realiza con personas y, por tanto, las técnicas de recogida de datos son no lesivas, ya que la actividad fisiológica se registra en la superficie del cuerpo (Recuadro 2).

Recuadro 2. Investigación con animales frente a investigación con humanos en neurociencia social

 

Durante todo el siglo XX las investigaciones que estudiaban los mecanismos biológicos subyacentes a los procesos psicosociales tuvieron que limitarse a emplear sujetos con lesiones cerebrales, análisis anatómicos humanos post mortem, medidas electrofisiológicas, registro de potenciales evocados o, fundamentalmente, modelos animales. De este modo, la dicotomía entre el uso de personas y modelos animales en neurociencia recogía una tradición va histó rica en la psicofisiología social, pero parecía claro que había llegado el momento de superarla en favor de la investigación con humanos.

 

Por una parte, resulta casi una perogrullada señalar que la principal ventaja del empleo de seres humanos en la investigación es que poseen cerebros humanos, elemento este básico para investigar la mayoría de los procesos psicosociales. Además, las personas pueden seguir las instrucciones del investigador y expresar estados subjetivos mediante técnicas de recogida de información tradicionales, como los cuestionarios, que luego son susceptibles de ser comparados con resultados de neuroimagen. Por último, estas investigaciones suelen ser más baratas que aquellas que emplean modelos animales, ya que no necesitan las instalaciones ni la logística especializada que se precisan para garantizar la residencia y comodidad de los animales. Sin embargo, las metodologías que emplean animales tienen también ventajas. En primer lugar, la continuidad evolutiva del cerebro asegura que las diferencias entre los encéfalos humanos y los de animales son más cuantitativas que cualitativas (Pinel, 2007), por lo que es posible realizar inferencias a partir del estudio de estos últimos. En segundo lugar, los encéfalos animales son más sencillos que los humanos, lo que puede convertirse en una ventaja cuando se estudian relaciones básicas entre procesos biopsicológicos y conducta. La última ventaja deriva de las dificultades éticas que supondría la aplicación de distintas condiciones experimentales a seres humanos, como la privación de libertad durante períodos prolongados.

Puede afirmarse que uno de los factores que más ha propiciado el encuentro entre investigadores procedentes de la psicología y de la neurociencia, que hasta hace poco tiempo se daban la espalda, ha sido el desarrollo de tecno-logías, instrumentos y técnicas electrónicas e formáticas que permiten abordar el estudio del funcionamiento cerebral de una manera hasta ahora vedada a la investigación debido a las limitaciones de los métodos tradicionales (Alcover, 2008). Así, los avances en los sistemas de medida durante los últimos años han sido muy importantes y se ha comenzado a trabajar directamente con sujetos humanos vivos y de forma incruenta mediante nuevos procedimientos, como la estimulación magnética transcraneal y las técnicas de visualización o neuroimagen, lo que ha creado nuevas y estimulantes opor tunidades para los investigadores del cerebro humano (Cacciopo, Bernston y Decety, 2010).

 

Después de casi dos décadas de investi-gación, con multitud de artículos y ya varias monografías y manuales publicados, Harmon-Jones y Beer (2009) han editado una recopilación de aportaciones realizadas por algunos de los más eminentes investigadores en el área, que clarifica el estado metodológico de la neurociencia social. En él se especifica cuál es el principal atractivo de la metodología empleada: la posibilidad de monitorizar las respuestas neurobiológicas de las personas de forma no invasiva en situaciones diferentes, si bien es cierto que las situaciones en las que se registran las mediciones tienden a ser relativamente incómodas para los sujetos, lo que conlleva ciertos efectos perniciosos respecto a la naturalidad de sus comportamientos y procesos mentales. Los datos así recogidos pueden aportar información relevante a los investigadores sobre cómo las autorrepresentaciones y las situaciones sociales (desde las más próximas a las culturales) alteran los procesos neuronales, hormonales e inmunológicos.Y en sentido inverso, será posible desarrollar nuevas teorías que expliquen cómo los mecanismos biológicos básicos interactúan para producir fenómenos psicosociales. Parece evidente que este tipo de información sólo puede ser obtenida mediante procedimientos de medición basados en tecnologías complejas, alejados de las técnicas habituales en psicología social.

 

Las técnicas más utilizadas no difieren de las habituales en neurociencia: imagen por resonancia magnética funcional (IRMF), tomografía por emisión de positrones, potenciales relacionados con eventos o con acontecimientos discretos (ERP o PRAD), métodos electroencefalográficos o estimulación magnética transcraneal.

 

En resumen, la psicología social debe esperar de los métodos y técnicas de la neurociencia social la respuesta a tres tipos de preguntas (Lieberman, 2010): ¿Cuáles son los mecanismos neuronales subyacentes a los procesos psicoso-ciales? ¿Se solapan los procesos neurosociales (y cómo lo hacen) con otros procesos psicológicos, como los mecanismos de recompensa o de castigo? ¿Existen sistemas neuronales que únicamente tienen funciones psicosociales? En las siguientes páginas de este capítulo se intentará responder a estas cuestiones.

COGNICIÓN SOCIAL

La cognición social se centra en el estudio de los procesos psicológicos que permiten a las personas hacer inferencias sobre las intenciones, deseos, pensamientos y sentimientos de otras personas. En esta misma obra se ha hecho referencia a la estrecha relación de esta disciplina con la psicología social, de la que surge, pero es igualmente necesario recalcar que la aparición de una neurociencia centrada en el estudio de los procesos cognitivos a partir de la década de 1990, dotó a la cognición social tanto de nuevas metodologías como de interesantes perspectivas de investigación (Fiske y Taylor, 2013). La nueva disciplina surgida a partir de estos vínculos ha sido denominada neurociencia sociocognitiva o neurociencia cognitiva social, y básicamente se ocupa del estudio científico de las estructuras neuronales subyacentes a los procesos de cognición social.

 

En los últimos años, los avances de la neu-rociencia cognitiva han supuesto un importante progreso respecto a la comprensión de las relaciones entre la mente, el cerebro y el comportamiento social. Las teorías explicativas de buena parte de los procesos psicológicos básicos, como la percepción, la memo-ria, la atención o el aprendizaje, se han visto considerablemente complementadas con las aportaciones de la neurociencia. Sin embargo, como es bien sabido, la comprensión de la conducta humana va mucho más allá de la de un único cerebro aislado, pues una de las características básicas de éste es su carácter social. Para solventar este importantísimo déficit, la investigación cognitiva se comenzó a ocupar de las emociones, desarrollándose la neurociencia emocional como disciplina dedicada al estudio científico de los mecanismos neurales de la emoción.

 

Por su parte, los procesos cognitivos sociales no emocionales también han recibido una merecida atención, habiéndose multiplicado en los últimos años los números especiales de revistas, revisiones y monografías que tratan estos temas.

 

A continuación se ofrece un resumen con los principales temas de investigación de la neurociencia sociocognitiva, que incluye sus principales bases neurofisiológicas.

Percepción social

El estudio de los correlatos neuronales con los procesos de atención, reconocimiento y recuerdo de estímulos socialmente relevantes es actualmente uno de los temas que protagonizan la investigación en la neurociencia sociocognitiva, basándose una importante cantidad de los trabajos publicados en este campo en la percepción de las caras humanas (Lieberman, 2010). Percibir los rostros de los semejantes juega un papel imprescindible en la comunicación social, por lo que puede parecer sorprendente que, salvo excepciones, la investigación en esta área no se hava realizado tradicionalmente desde la psicología social, sino a partir de la psicología de la percepción. De esta forma, un aspecto básico de la percepción social, fundamental en el establecimiento de las relaciones humanas, no se había incorporado de manera adecuada a las teorías psicosociales tradicionales, y es fundamentalmente a partir del interés de la neurociencia social por este tema cuando los enfoques sociocognitivos han comenzado a integrar las teorías y resultados empíricos a su cuerpo de conocimiento (Ito, 2010).

 

El proceso perceptivo está mediado por un sistema neuronal distribuido que incluye numerosas regiones cerebrales, como las regiones de selección de caras existentes en la corteza visual extraestriada y otras áreas relacionadas con funciones como la comprensión del comportamiento de los demás y el conocimiento de los otros (Gobbini, 2011). La amígdala, una parte del sistema límbico cuyo papel básico es el procesamiento y almacenamiento de reacciones emocionales, juega también un rol de gran trascendencia por su función como moduladora de la atención so. cial a través de la corteza visual y somatosen. sorial (Adolphs, 2004) (Tabla 1).

Tabla 1. Principales áreas cerebrales relacionadas con la percepción de caras

            Área cerebral                                                                                                     Función

Surco temporal superior                                              Percepción de movimientos faciales y de los aspectos cambiantes de las caras

Giro occipital inferior                                                    Percepción temprana de rasgos faciales

Giro lateral fusiforme                                                   Aspectos invariables para la percepción de una identidad única del percibido

Amígdala e ínsula                                                        Reacción emocional

La integración de las teorías psicosociales en el reconocimiento de caras ha llevado a la neurociencia social a investigar aspectos como el atractivo y la expresión emocional.

 

En los últimos años la investigación trabaia a partir de la demostración de que la desco. dificación estructural de las caras puede ser modulada por la información social, como la raza a la que pertenece el sujeto observado (Ito y Bartholow, 2009).

 

Inferencia social y empatía

Inferencia social

Una de las características más destacadas de la especie humana es su interés por los contenidos interpersonales, grupales y sociales. Y esto sucede no sólo en el círculo más próximo a las personas: en todo el mundo, cientos de revistas, programas de radio y televisión, páginas web, novelas y películas se aprovechan de esta motivación social para buscar clientes necesitados de conocer relaciones entre otras personas, de juzgar a quién se debe la ruptura de una pareja, si algún famoso actor se comporta como un buen padre o esposo o si un entrenador deportivo está siendo demasiado blando con su equipo.

 

La inferencia social se ocupa del estudio de este conjunto de procesos, analizando desde la formación de impresiones sobre los demás hasta la elaboración de teorías sobre sus estados mentales, así como de la creación y empleo de atribuciones respecto al comportamiento de las personas.

 

Desde la publicación de los estudios clásicos de Solomon Asch (1946) sobre la formación de impresiones, este tema ha atraído el interés de los psicólogos sociales. Por supuesto, también la neurociencia social se ha fijado en este obieto de estudio como prolongación lógica de las investigaciones sobre la percepción de caras que se expusieron anteriormente. De esta forma, existe una evidencia neurológica sobre la rapidez con que se forman las impresiones (centésimas de segundo) a partir de pautas de categorización social (Ito y Urland, 2005). Por su parte, distintas investigaciones han concluido que la zona medial de la corteza prefrontal (Fig. 1) se activa cuando las personas reflexionan sobre las impresiones que se han creado acerca de otros.

 

En todo caso, la formación de impresiones como proceso independiente se ha estudiado raramente en neurociencia social, siendo más frecuente la inclusión de este proceso en otros más complejos, como la categorización o la percepción social (Rodríguez, 2011) (Recuadro 3).

Recuadro 2-3

La corteza prefrontal está situada en la parte más anterior (la más cercana a la cara) del cerebro y constituye una de las estructuras más atractivas para los investigadores en neurociencia social.

 

El origen de este interés data del año 1848, cuando Phineas Gage, un obrero de los ferrocarriles de Vermont (EE.UU.), sufrió un accidente con una barra de hierro que le atravesó el lóbulo prefrontal. A pesar de lo dramático del suceso, no falleció en el accidente, pero su personalidad y manera de relacionarse socialmente se modificaron drásticamente. A partir del análisis de este caso, los investigadores llegaron a la conclusión de que esta zona del cerebro se encontraba directamente relacionada con las emociones y las interacciones sociales. conclusiones éstas que debieron esperar algo menos de 150 años en quedar definitivamente demostradas con las primeras neuroimágenes cerebrales.

1ac8ee9d785e9d84f1147c7dcf1d2e34_preview_rev_1.png

En la actualidad, la investigación en neurociencia ha encontrado una gran cantidad de funciones que dependen de esta zona, que se considera la más evolucionada del cerebro humano: comprender las consecuencias de comportamientos futuros, ponerse empáticamente en el lugar de otras personas, realizar atribuciones y mentalizaciones y tomar todo tipo de decisiones sociales son sólo algunos ejemplos del uso social de la corteza prefrontal.

La teoría de la mente estudia los procesos de razonamiento sobre los estados mentales de los otros. Según esta teoría, los estados psicológicos atribuidos a otras personas se conciben como propuestas teóricas, empleadas para explicar y predecir el comportamiento de los demás.

 

La investigación sobre mentalización en neurociencia social es abundante. Así, se ha descubierto que el papel neurológico de una parte de la corteza prefrontal, la dorsomedial, es fundamental para intuir los estados mentales de otras personas, así como la corteza cingulada posterior, los polos temporales y frontales y los dos surcos temporales superiores (Reniersa, Völlmb, Elliotta y Corcoranc, 2014).

 

La región prefrontal se encargaría de distinguir las representaciones de los estados mentales de las de los estados físicos, centrándose en los supuestos rasgos psicológicos de la persona observada; los surcos temporales, de la detección de la agencia o reconocimiento de movimientos y partes corporales (es decir, de lo conductual y directamente observable), y los polos temporales estarían relacionados con el acceso al conocimiento social.

 

Aunque las teorías de la atribución social tienen un importante peso específico en la psicología social, la neurociencia social ha prestado hasta la fecha sólo un relativo interés hacia este tipo de procesos, en comparación, por ejemplo, con la empatía o con la teoría de la mente (Rodríguez, 2011). Sin embargo, algunas de las estructuras anatómicas responsables de los principales procesos psicológicos presentes en la atribución han sido va identificadas. La amígdala y los ganglios basales, como el accumbens, son responsables de realizar predicciones sobre castigos y recompensas, respectivamente, a partir de las situaciones en las que se encuentra el individuo (Lieberman, 2000). Por su parte, la corteza temporal lateral constituye la estructura básica en la construcción de atribuciones. En general, las áreas de la corteza que se activan durante los procesos de atribución están directamente relacionadas con la activación de la mentalización descrita anteriormente (Mar, 2011).

 

Respecto a las atribuciones de éxito o fracaso, el modelo de Weiner et al. (1971) explica un tipo especial de atribución que va más allá de buscar las causas del comportamiento en personas o situaciones, ya que intenta comprender si lo que produjo el suceso considerado obedece a factores internos o externos, estables o inestables y controlables o incontrolables. 

 

En las bases neuropsicológicas de este proceso, el papel principal lo juegan las áreas corticales advacentes a la unión temporoparietal en las tareas de exploración para encontrar el sentido de la atribución. Precisamente esta unión, junto con el área motora presuplementaria, el precúneo y la corteza prefrontal dorsomedial, estarían relacionados con la atribución externa, mientras que dentro del surco lateral, la ínsula es la responsable de las atribuciones internas (Seidel et al., 2010).

 

También se han publicado las primeras investigaciones que analizan algunos sesgos atribucionales, por ejemplo, el de autoensal. hamiento, cometido al encontrar causas internas al éxito propio y causas externas al fracaso, Le técnicas de neuroimagen, que la actividad del núcleo estriado dorsal está implicada en la expresión psicológica de este sesgo.

Empatía

La empatía constituye un conjunto de procesos adaptativos directamente relacionados tanto con la atribución como con la teoría de la mente, siendo sus funciones básicas el establecimiento y la consolidación de las relaciones interpersonales y la cohesión social (Recuadro 4).

 

En resumen, la experiencia de la empatía implica tres habilidades diferentes: una respuesta afectiva a los sentimientos del otro, que en ocasiones implica sentir lo mismo (contagio emocional), pero que en otras suscita emociones diferentes; la destreza cognitiva para intuir lo que el otro está sintiendo, y la intención socialmente beneficiosa de responder compasivamente al sufrimiento de los demás (Decety y Jackson, 2004). Es decir, la habilidad empática supone el desarrollo de una experiencia emocional propia a partir de un estado mental de otra persona.

 

La investigación sobre la empatía constituye uno de los núcleos principales a partir de los cuales la neurociencia social se ha ido consolidando durante los últimos años. Así, existen múltiples estudios sobre cada una de sus dimensiones que recogen diferentes puntos de vista sobre el proceso, como, por ejemplo, el evolucionista o el genético, pero también el puramente afectivo o el cognitivo

(Rodríguez, 2011).

 

Desde el punto de vista neuropsicoló sico y en términos generales, la empatía es un proceso que implica procesos cognitivos que identifican las emociones observadas, y Por tanto, la actuación de las estructuras superiores del cerebro como la corteza, aunque también hay varias estructuras del sistema nervioso autónomo relacionados con la expresión emocional y la sociabilidad que se ven implicadas en la expresión empática, al igual que el sistema endocrino.

Recuadro 4. La complejidad del proceso empático

Existe un acuerdo generalizado entre los principales especialistas en el estudio de la empatía respecto a que se trata éste de un término tan polisémico y que cubre tan diferentes dimensiones, que la primera obligación del investigador en esta área es definir en su trabajo a qué tipo o dimensión de empatía se está refiriendo. Batson (2009), por ejemplo, encuentra ocho usos diferentes del término, a saber:

  • El conocimiento del estado interno de otra persona, lo que incluye sus pensamientos y sentimientos

  • La imitación de la postura o la expresión, o la coincidencia con la respuesta neural de una persona observada.

  • Llegar a sentir la emoción de otra persona.

  • Intuir o proyectarse una persona en la situación de otra.

  • Imaginar lo que otro está pensando o sintiendo.

  • Imaginar lo que uno sentiría o pensaría si estuviera en el lugar de otro.

  • Sentir malestar psicológico observando el sufrimiento de otra persona.

  • Experimentar sentimientos compasivos por una persona observada que está sufriendo.

Respecto a la investigación sobre los componentes cognitivos de la empatía, son frecuentes las situaciones experimentales en las que se pide a los sujetos que observen experiencias dolorosas en otras personas, aunque también este artefacto experimental se ha empleado últimamente para valorar estados afectivos empáticos. En general, estos estudios han encontrado actividad lateralizada en el lóbulo parietal inferior derecho para las heteroperspectivas, en comparación con la activación del izquierdo cuando es el propio sujeto el que sufre la situación dolorosa (Mason y Macrae, 2008). Los estudios de neuroimagen también han localizado actividad en la unión temporoparietal, algo que se ha asociado a la determinación de los contenidos de los estados mentales ajenos (Saxe y Wexler, 2005).

 

Por último, se considera la corteza prefrontal ventromedial como la zona clave para la expresión de la capacidad empática cognitiva, pues allí reside la habilidad para realizar inferencias respecto a los estados mentales ajenos, lo que relaciona la teoría de la mente con la empatía cognitiva, y más concretamente con los elementos más afectivos de dicha teoría (Shamay-Tsoory, 2009).

Captura de pantalla 2023-09-03 a la(s) 23.09.50.png

El otro gran núcleo de investigación neurosocial sobre la empatía lo constituye el sistema de neuronas espejo, descubierto por Di Pellegrino et al. (1992) en la corteza premotora ventral (área F5) y en el lóbulo parietal inferior (área PF) de modelos animales (macacos).

 

Dichas zonas se activaban tanto cuando el simio realizaba tareas manuales como cuando observaba que eran otros simios quienes las ejecutaban. A este proceso se le denominó imitación, y pronto se descubrió que las áreas equivalentes del cerebro humano (la porción ventral de la circunvolución frontal inferior y la porción rostral del lóbulo parietal inferior, respectivamente) también experimentaban una activación similar, y no sólo para tareas manuales, sino también en situaciones en que el sujeto tenía que representar las intenciones y los estados mentales de los otros. Así, las neuronas espejo no sólo se relacionan con la representación de la acción, sino que también facilitan la comprensión de los otros y de sus intenciones, aspecto este que estaría muy relacionado con el componente cognitivo de la empatía y con la teoría de la mente. El mecanismo neural por el cual es posible procesar y comprender las emociones de los otros radica en la corteza cingulada dorsal anterior y, sobre todo, en la corteza insular, encargada de conectar el sistema límbico con las zonas espejo. Precisamente en esas zonas subcorticales como la amígdala, la corteza orbitofrontal, el hipotálamo y el hipocampo radicarían los procesos afectivos más importantes (Decety, 2010). Actualmente la investigación sobre los circuitos de neuronas espejo está sujeta a una fuerte controversia respecto a la verdadera relación entre la imitación y la empatía.

 

Categorización y juicios sociales

La gran facilidad con la que los seres humanos realizan inferencias acerca de los motivos, las intenciones, las emociones y las características de los demás se debe en gran parte a la utilización de categorías, las cuales facilitan las relaciones interpersonales y sociales. Las categorías sociales aluden a conjuntos de casos que tienen un parecido familiar o que comparten difusamente ciertos atributos. Los casos de una categoría son más o menos típicos dependiendo de su cercanía a un caso muy típico que se denomina prototipo, con respecto al cual se evalúa su parecido y se decide acerca de su inclusión en la categoría. 

 

Henri Tajfel (1959) propuso el principio de acentuación en los procesos de categorización para referirse a la acentuación de las similitudes dentro de la categoría y de las diferencias entre las categorías en aquellas dimensiones que se consideran correlacionadas con la categorización. El efecto de acentuación se incrementa cuando la categorización tiene importancia, relevancia o valor para la persona que la realiza, y también cuando los individuos no se sienten seguros acerca de la dimensión valorada, es decir, están poco familiarizados con ella. Los procesos de categorización social constituyen la base no sólo de la percepción de personas, sino también de la utilización de estereotipos y prejuicios (v. el apartado Estereotipo y prejuicio de este capítulo), de los juicios sociales, o de la percepción de la pertenencia grupal (endogrupo) y de la identificación de otros grupos (exogrupos), lo que representa el núcleo de las relaciones intergrupales.

 

 

Se ha asumido generalmente que la información acerca de categorías sociales se procesa de forma automática, al menos en ciertas dimensiones relevantes como la raza, la edad o el género, a partir de las cuales las personas se forman impresiones de otras de una forma básica, aunque no exclusiva. Ello provoca que en buena medida las personas no sean conscientes de qué mecanismos operan y qué tipo de información utilizan al formarse impresiones de los demás (Ito, 2011a). En el estudio de estos procesos los investigadores suelen basarse en información indirecta, utilizando el hecho de que un estereotipo se activa o un prejuicio se manifiesta como evidencia de que ha tenido lugar un proceso de categorización interno (no observable), o suelen utilizar medidas de latencia de respuesta cuando las personas realizan categorizaciones explícitas.

 

Esta información, importante para comprender los procesos de categorización social, no permite valorar otros aspectos tales como las decisiones relacionadas con categorizaciones explícitas o la información relacionada con las primeras impresiones (Ito, 2011b).

 

Y éste es uno de los terrenos donde la neurociencia social pretende profundizar para una mejor comprensión de la categorización social.

 

Un buen ejemplo de ello es el modelo de reprocesamiento iterativo de la evaluación, que representa un marco general de las actitudes y la evaluación basado en los últimos avances de la psicología social y la neurociencia cognitiva (Cunningham, Zelazo, Packer y Van Bavel, 2007). Este modelo sugiere que las evaluaciones actuales se construyen a partir de representaciones relativamente estables de las actitudes almacenadas en la memoria (que incluyen información evaluativa y semántica, de la cual un subconiunto está activo en un momento dado), mediante un procesamiento evaluativo de carácter iterativo e interactivo. El modelo ofrece una explicación de por qué las evaluaciones automáticas, basadas en asociaciones subyacentes aparentemente estables, parecen sensibles a la motivación y al contexto social (Van Bavel y Cunningham, 2011). Estos investigadores proporcionan algunos datos ilustrativos de cómo funciona este modelo a partir de los resultados obtenidos en diferentes estudios. Por ejemplo, el sesgo racial automático se reduce cuando los participantes blancos desempeñan un papel subordinado en relación con un compañero negro, cuando son expuestos a ejemplos de individuos negros admirados o cuando están en presencia de un experimentador negro. Del mismo modo, la categorización de estímulos sociales complejos modera de diferentes formas la activación de las actitudes automáticas subyacentes, lo que lleva a diferentes evalua-ciones; así, la categorización de los atletas negros y los políticos blancos según la categoría raza activa una preferencia automática por los políticos blancos; sin embargo, la categorización de las mismas personas en función de la categoría ocupación activa una preferencia automática por los atletas negros. A juicio de Van Bavel y Cunningham (2011), estos resultados ilustran cómo las asociaciones estables almacenadas en la memoria pueden dar lugar a evaluaciones automáticas de categorías sociales sensibles al contexto.

 

Una premisa fundamental del modelo de reprocesamiento iterativo es que los sistemas cerebrales están organizados jerárquicamente, de tal modo que los procesos relativamente automáticos influyen sobre otros procesos relativamente más controlados, y aquéllos, a su vez, son influidos por éstos, siguiendo un proceso iterativo. Mientras que los procesos automáticos proporcionan información más o menos gruesa de naturaleza perceptual y evaluativa, las iteraciones adicionales permiten procesos más controlados, que pueden cooperar con los procesos automáticos y proporcionar evaluaciones más matizadas o contextualmente apropiadas.

 

Con objeto de estudiar los procesos subyacentes a la categorización social se han utilizado medidas de latencia de respuesta para hacer inferencias acerca de estos procesos sociales que tienen lugar muy rápidamente lo que dificulta que la propia persona sea consciente de qué tipo de información está utilizando y cómo lo hace. Las medidas fisiológicas directas constituyen otra clase de medición que parece idónea para la detección de juicios sociales realizados con tanta celeridad. Dentro de este tipo de medidas, los ERP han sido una de las más utilizadas en la investigación reciente debido a su capacidad para cuantificar operaciones de procesamiento de la información de forma simultánea a su ocurrencia, con una elevada resolución temporal, puesto que lo mide en milisegundos (Ito, 2011a). 

 

Los ERP se definen como el promedio del sumatorio de potenciales post-sinápticos generados por grandes conjuntos de neuronas que reflejan la actividad eléctrica del cerebro cuando se expone a un estímulo, generalmente visual, aunque puede tener otro origen sensorial. En los ERP promedio aparecen una serie de ondas identificadas por su tiempo de aparición (llamada latencia, medida en milisegundos), su voltaje (o amplitud, medida en microvoltios) y su polaridad (voltaje positivo o negativo). Además, esta técnica es especialmente útil porque la onda que describen los ERP suele subdividirse en distintos componentes, distinguiendo entre los componentes exógenos, relacionados con las características físicas del estímulo que se presenta (por ejemplo, la fotografía de un rostro), sin que se vean afectados por operaciones cognitivas, y los componentes endógenos o cognitivos, relacionados con la naturaleza de la interacción de la persona con el estímulo, es decir, resultante de procesos sociocognitivos, y que varían según el grado de atención, de la relevancia de la tarea o de la situación y la naturaleza del procesamiento requerido. 

 

Los componentes exógenos suelen también denominarse tempranos, ya que se producen antes de los 100 milisegundos, y los endógenos, componentes tardíos, al aparecer a partir de los 100 milisegundos. A su vez, un componente endógeno puede tener subcom-ponentes, como se ha comprobado en el caso de la señal P300, denominación de la onda que se produce al detectar un estímulo novedoso o infrecuente; el subcomponente P3a se asocia a una respuesta automática de la atención, mientas que el P3b evalúa la atención y la memoria de trabajo. Como puede deducirse, esta técnica puede servir para poner a prueba si modelos como el de reprocesa miento iterativo de la evaluación, comentado más arriba, permiten comprender el modo en que los procesos de categorización social son el resultado de la combinación de procesos automáticos y de procesos más controlados en los que intervienen tanto la información almacenada en la memoria vinculada a las actitudes, como la información que se percibe en un momento dado y su sensibilidad al contexto social en el que aparece.

 

En opinión de Tiffany A. Ito (2011a), los ERP han sido muy útiles en el estudio de los procesos de percepción social y de categori-zación, gracias a su carácter no invasivo y a su capacidad de medir rápidamente operaciones de procesamiento de la información que ocurren de manera simultánea. Las conclusiones de la investigación realizada con esta técnica presentan una elevada convergencia al demostrar la facilidad y la rapidez con la que se procesa la información referida a la raza, el género y la edad. Además, los resultados evidencian la existencia de procesos altamente especializados en el procesamiento de información fisionómica a partir de los rostros, y no de otras zonas del cuerpo. 

 

Los estudios realizados con ERP también indican que estos procesos son sensibles a los aspectos sociales de la información sobre la categoría social en particular, de forma que no sólo refleian respuestas ante características físicas del es-tímulo, tales como la saliencia, que pueden variar con la pertenencia a la categoría social, de forma similar a la señalada en las conclusiones de Van Bavel y Cunningham (2011), ya mencionadas.

 

Ito (2011a) subraya que es particularmente llamativo que esta sensibilidad a las señales sociales se produzca en diferentes tipos de tareas, como situaciones en las que las personas están atendiendo a otra dimensión social (por ejemplo, los efectos de la raza tienen lugar incluso cuando los perceptores atienden explícitamente al género), a señales no sociales (por ejemplo, cuando fijan su atención en puntos dibujados en rostros) o a características individuales que potencian la percepción centrada en la persona y no en categorías sociales. A juicio de esta investigadora, los primeros aspectos perceptivos en la categorización social parecen producirse de una manera relativamente obligatoria o preceptiva, según un mecanismo automático que es más sensible a las características físicas del individuo que está siendo percibido que a los objetivos e intenciones de quien percibe.

 

En conclusión, la información sobre la categoría social se encuentra entonces disponible para influir sobre los juicios o las conductas posteriores hacia el individuo, si bien existen diferencias individuales en el grado en el que espontáneamente los individuos prestan distintas cantidades de atención a miembros de diferentes grupos sociales, que predicen la activación de sesgos implícitos.

INTERACCIÓN SOCIAL

La complejidad creciente del ambiente social en el que se desarrolla la vida de los seres humanos implica una toma de decisiones continua respecto a materias sociales, entre las que se encuentran aquellas que afectan a la calidad y cantidad de las relaciones interpersonales que cada individuo establece durante su vida. Aspectos tales como el altruismo, la reciprocidad, la confianza, la justicia, la venganza, el castigo social, la conformidad con las normas sociales, el aprendizaje so-cial, la cooperación y la competición están comenzando a ser estudiados desde la neurociencia social al tratarse de procesos que se utilizan para tomar decisiones a partir de bases y contenidos psicosociales (Rilling y Sanfey, 2011).

 

Dentro de este grupo de procesos de interacción, se resumirán a continuación algunos de los aspectos más destacados en la investigación neurosocial sobre los tres que han recibido mayor atención por parte de los expertos: confianza, percepción de justicia y conductas de cooperación y ayuda.

 

Confianza interpersonal

«¿Puedo confiar en él para iniciar una relación?». «¿Es seguro fiarme de esa maestra para que eduque a mi hijo?». La respuesta a este tipo de preguntas conforma una parte importante del entramado de las decisiones sociales a las que debe enfrentarse cualquier persona durante su vida. En los últimos años, la publicación de una creciente cantidad de trabajos de investigación ha situado la confianza interpersonal como una variable fundamental para la comprensión de todo tipo de transacciones, desde las económicas a las más puramente relacionales desde una perspectiva psicosocial (Fehr, 2009).

 

Deutsch (1973) define la confianza interpersonal como «la seguridad de una persona en que conseguirá lo que desea de otro, antes que aquello que teme de él» (p. 146).

 

Este sencillo enunciado relaciona el proceso con sus propias bases: la relación existente entre los deseos y expectativas interpersonales con los temores más profundos, fundamentalmente en situaciones en las que el individuo puede mostrar una vulnerabilidad manifiesta. La confianza resulta así uno de los elementos clave para la constitución de relaciones interpersonales positivas, así como para la estabilidad de las relaciones sociales, presente como parte fundamental en todo tipo de interacciones sociales (pareja, familia, amigos, profesionales, etc.) y, por supuesto, también en todas las relaciones de intercambio y en las puramente económicas.

 

Respecto a la investigación en neurociencia social, la conclusión más citada por los equipos de investigación en este ámbito se refiere al papel que juegan en el desarrollo y mantenimiento de la confianza diferentes hormonas neuroactivas, especialmente el neuropéptido denominado oxitocina. Esta molécula induce un proceso fisiológico de motivación social que incrementa la probabilidad de que las personas seleccionen y se involucren en interacciones sociales de todo tipo, desde las conductas de crianza hasta las de carácter sexual, pasando por el apego y la elección de pareja. Como conclusión, tanto en humanos como en otros mamíferos, el efecto de la oxitocina implica el aumento automático de expresiones conductuales de confianza (Donaldson y Young, 2008).

 

Por su parte, las estructuras cerebrales involucradas en la confianza son variadas. En primer lugar, la amígdala parece la última responsable de la realización de juicios respecto a la confiabilidad de las caras (Van'tWout y Sanfey, 2008), lo que constituye un requisito fundamental para establecer relaciones basadas en la confianza. De hecho, el efecto de la oxitocina en los varones -pero no en las mujeres- se produce a nivel de la amígdala, descendiendo su actividad y aumentando de este modo su tolerancia a la confianza. En resumen, parece que confiar en otra persona puede implicar una merma en la capacidad evaluativa de la amígdala, lo que se añade a la supresión del miedo a la traición. A nivel cortical, la región más relacionada con la expresión de confianza es la corteza prefrontal ventromedial, de tal forma que las personas que han sufrido un daño en dicha zona tienden a mostrar menos conductas de confianza (Krueger, Grafman y McCabe, 2008). Por último, el polo temporal se ha relacionado recientemente con la evaluación de recompensas futuras. De hecho, se ha planteado la hipótesis de que esta estructura esté relacionada con la superación del miedo a la traición de la confianza, mediante la realización de planes futuros donde se valoran especialmente los beneficios que pueda tener para el individuo su asociación con otra persona (Ka-ble y Glimcher, 2007).

 

Percepción de justicia

La calidad de las tomas de decisiones sobre el reparto de los recursos disponibles entre los individuos tiene una importante base evolotiva, que está relacionada con la supervivencia de la especie. De hecho, este tipo de distribuciones, habitualmente económicas, pero también territoriales, tecnológicas, de poder o incluso de conocimiento, impregnan la vida política de cualquier sociedad u organización humana, de tal forma que el que sean percibidas como justas o no tiene consecuencias trascendentales para sus miembros, tanto desde el punto de vista individual como grupal.

La investigación en neurociencia social sobre este proceso se ha centrado en la respuesta a dos preguntas básicas: en primer lugar, respecto a las decisiones de las personas sobre ser o no justas, y en segundo, sobre la elaboración de la respuesta ante la percepción de inequidad o injusticia.

Respecto a la toma de una postura propia sobre la exhibición de conductas de justicia, se ha comprobado que una alta presencia de testosterona en varones disminuye drásticamente su tendencia a realizar repartos equitativos, mostrando un efecto denominado por Zak et al. (2009) de generosidad negativa. Este mismo efecto se ha encontrado en pacientes con lesiones en la corteza prefrontal ventromedial, existiendo una causalidad entre estos dos resultados, ya que el aumento de los niveles de testosterona parece reducir la actividad de esta estructura cortical (Mehta y Beer, 2010). De hecho, la disminución de la eficacia en la zona prefrontal ventromedial supone un descenso de las habilidades empáticas, por lo que es posible que esta generosidad negativa se produzca debido a la incapacidad de los sujetos para comprender la reacción emocional derivada de la percepción de injusticia por la parte perjudicada en el reparto del recurso.

Respecto a la elección de una respuesta de aceptación o rechazo ante la percepción de injusticia o inequidad, se trata de uno de los fenómenos relacionados con las tomas de decisiones sociales más estudiados por la rama de la neurociencia social que se ocupa de los procesos de interacción. En resumen, la investigación ha demostrado que la corte-za insular anterior juega un papel importante en el rechazo de ofertas que no se considerar justas (lo que resulta consecuente con los trabajos que sitúan esta estructura cortical como muy activa respecto a las violaciones de normas sociales), actuando como facilitadora de emociones primarias como el disgusto (Fehr y Krajbich, 2014).

Cooperación y conductas de ayuda

Las interacciones que se producen dentro de los grupos, equipos de trabajo, organizaciones y sociedades son siempre más eficientes y positivas si se mantiene una orientación cooperativa y se persiguen metas colectivas, en contraposición con la perspectiva de obtener únicamente objetivos individuales. A este tipo de comportamientos en los que se contribuye con las habilidades y esfuerzos a un éxito colectivo, y que habitualmente la psicología social ha estudiado en el ámbito de los grupos y las organizaciones, se le denomina cooperación.

Desde un punto de vista conceptual, la cooperación incluye a dos o más personas que intentan lograr una meta común beneficiosa trabajando de forma conjunta. Su base reside en la norma de la reciprocidad entre congéneres definida como la motivación para beneficiar a aquellas personas de las que se cree que se puede obtener un provecho, y de no hacerlo respecto a aquellos de quienes se sospecha que podrían engañar o no corresponder correctamente.

Como sucede en el caso de la confianza, también los niveles de oxitocina están relacionados con la expresión de la cooperación en los seres humanos. Esta correlación vendría explicada a partir del mecanismo más general de aumento de generosidad que ocasiona dicho neuropéptido (Zak, Stanton y Ahmadi, 2007). Pero para comprender realmente los procesos de cooperación es necesario incluir estos aumentos de oxitocina en un mecanismo de recompensa. Así, y desde un punto de vista funcional, Rilling et al.

(2002) descubrieron que los comportamientos de cooperación recíproca se encuentran directamente relacionados con procesos de recompensa. De hecho, se ha comprobado que el valor de la cooperación mutua basa da en intercambios sociales tiene un valor subjetivo que va más allá del asociado a las transacciones puramente económicas, e incluso se ha encontrado evidencia de que se

produce una activación subcortical en el cuer po estriado, concretamente en el núcleo cau-dado, cuando los sujetos están inmersos en una tarea de cooperación con un compañero humano, pero no ocurre lo mismo si el procedimiento se realiza con un ordenador, y eso es así incluso si las recompensas económicas ofrecidas son iguales en ambas situaciones, o si la cooperación con el compañero humano sólo ofrece una recompensa posible (Rilling, Sanfey, Aronson, Nystrom y Cohen, 2004).

RELACIONES INTERGRUPALES

Estereotipo y prejuicio

Como Gordon Allport (1954) afirmó en su libro clásico sobre el prejuicio, las mentes de los seres humanos deben pensar con la avuda de categorías y resulta muy difícil evitar estos procesos de categorización, como va se analizó en el apartado Categorización y juicios sociales de este capítulo. No obstante, utilizar categorías sociales basadas en la pertenencia a grupos -es decir, utilizar estereotipos- es sustancialmente diferente de la categorización de objetos, puesto que aquéllas con frecuencia implican generalizaciones negativas acerca de la inteligencia, la competencia, las características personales o el carácter moral de los miembros del grupo. Esto conlleva la participación de un componente afectivo que no suele darse cuando las personas categorizan objetos (Lieberman y Pfeifer, 2005). El interés por los procesos implicados en los estereotipos y prejuicios ha sido una constante en la investigación psicosocial, ya que trata sobre uno de los tópicos esenciales de la disciplina: cómo la interacción de los factores situacionales con las actitudes, las emociones, las motivaciones y las creencias influye sobre el comportamiento de las personas.

Como ha ocurrido con otros procesos psicosociales, en los últimos años la investigación neurosocial sobre los estereotipos y los prejuicios se ha incrementado notablemente (Lieberman, 2010). En este campo destacan los estudios realizados por Elizabeth Phelps y su equipo en la Universidad de Nueva York sobre la actividad diferencial de la amígdala (estructura cerebral subcortical implicada en el aprendizaje emocional, en la memoria y en las valoraciones) en relación con evaluaciones sociales y raciales no conscientes, utilizando fundamentalmente IRMf (Kubota, Bana) y Phelps, 2012); las investigaciones de Tiffany Ito y su equipo en la Universidad de Colorado en Boulder, mediante ERP, para esclarecer los procesos neurales asociados a la activación y al control de estereotipos y prejuicios (Ito, Ur-land, Willadsen-Jensen y Correll, 2006), o las llevadas a cabo por David Amodio et al., también en la Universidad de Nueva York, sobre los sistemas neurocognitivos diferenciados implicados en las respuestas de regulación y de control del prejuicio empleando técnicas de IRMf y ERP (Amodio y Ratner, 2011), investigaciones que se han ampliado incluso al análisis de los correlatos neurocognitivos de las ideologías políticas, y que han dado lugar a la incipiente disciplina de la neurociencia política Cost, Nam, Amodio y Van Bavel, 2014).

El programa de investigación del equipo de Amodio ha obtenido interesantes resultados en relación con estos procesos, ya que el enfoque de la neurociencia social ha inspirado muchas investigaciones sobre sesgos raciales implícitos. Aunque la investigación inicial se centró en la asociación de la evaluación implícita con la activación de la amígdala, los estudios más recientes han comenzado a aplicar modelos neurocientíficos de sistemas de aprendizaje y de memoria para mejorar la comprensión de los mecanismos subyacentes en los sesgos implícitos y su influencia en el comportamiento. Estos resultados (Amodio, 2008) han puesto de manifiesto una distinción importante entre la evaluación implícita activada afectivamente (en la que se encuentra implicada la amígdala) y los estereotipos implícitos activados semánticamente (en los cuales actúa básicamente la corteza temporal).

Estas dos formas de sesgo se relacionan con sistemas de memoria distintos, asociados con el condicionamiento clásico y la imprimación conceptual, respectivamente. Basándose en estas asociaciones neurocognitivas, los investigadores encontraron que es más probable que las evaluaciones implícitas se expresen a través de comportamientos interpersonales (por ejemplo, la distancia personal y conductas no verbales), y se vean afectadas por la ansiedad intergrupal que provoca la presencia de personas de otra raza, mientras que los estereotipos implícitos es más probable que se expresen en juicios e impresiones acerca de los miembros del exogrupo, sin que se vean afectados por la ansiedad intergrupal. A juicio de Amodio (2008), la investigación futura se basará en estas distinciones teóricas para considerar las formas en las que las evaluaciones implícitas y las asociaciones estereotipadas pueden ser reguladas y en última ins-tancia, desaprenderse.

Pero los sesgos raciales implicados en los estereotipos y los prejuicios no sólo comprenden procesos implícitos, sino que también incluyen otros de carácter explícito, como deliberaciones y tomas de conciencia asociadas a las intenciones de respuesta, las cuales pueden depender de procesos de regulación influidos por factores sociales (por ejemplo, los valores igualitarios) y contextuales. En un trabajo reciente, Amodio (2011) ha sintetizado los resultados de numerosas investigaciones realizadas en los últimos años desde la neurociencia social, que se resumen en la tabla 2.

Tabla 2. Sesgos intergrupales: procesos implicados, funciones cognitivas asociadas y correlatos neurales         

Papel en los sesgos

intergrupales

Proceso cognitivo

Estructuras cerebrales

propuestas

Prejuicio implícito

Miedo clásicamente condicionado: activación, vigilancia

Amígdala

Estereotipo implícito

Imprimación conceptual

Corteza temporal y corteza

prefrontal lateral izquierda

Detección de sesgo/señales internas

para la regulación

Monitorización de conflictos internos

Corteza cingulada anterior

dorsal

Detección de señales externas

para ejercer control

Mentalización: regulación de la conducta

en función de señales sociales externas

Corteza prefrontal medial, corteza cingulada anterior rostral

Inhibición de sesgos implícitos

Inhibición de respuesta

Corteza prefrontal lateral

ventral

Implementación de una intención de respuesta

Control regulado

Corteza prefrontal lateral dorsal

Como se puede apreciar, los resultados muestran que el modelo básico del proceso dual implícito o automático frente a explicito o regulado) que ha dominado la investigación sobre cognición social (Lieberman 2007) y sobre el perjuicio en particular  durante las últimas décadas debe ampliarse para tener en consideración varios subcomponentes que edican la existencia de un continuo que se oxtiende desde los procesos más automáticos a los procesos más controlados. Pero, se pre gunta Amodio, ¿cuántos procesos hay aquí?, y responde: «He descrito seis procesos que parecen tener raíces en sistemas neurales di ferentes, pero es probable que este número cambie en la medida en que progrese nuestro conocimiento acerca de las funciones neurales y la conducta social» (Amodio, 2011, p. 116). En consecuencia, un enfoque a distintos niveles como el resumido aquí puede permitir la identificación de diferentes procesos neurocognitivos que interactúan entre sí influyendo sobre la conducta, y que no podrían ser fácilmente detectados por medio de la clásica dicotomía automaticidad-control. Además, la investigación ha permitido identificar el papel de las diferencias individuales en la capacidad de regular sesgos intergrupales, puesto que puede distinguirse entre buenos reguladores, malos reguladores y no reguladores, en función de su capacidad para controlar su conducta según su nivel de motivación y su implicación en los procesos de supervisión de conflictos internos (Amodio, Devine y Harmon-Jones, 2007), lo que puede orientar el diseño de estrategias para la reducción del prejuicio.

Las investigaciones realizadas desde la neurociencia social permitirán continuar refinando y enriqueciendo los modelos explicativos sobre los procesos subyacentes a los estereotipos y a los prejuicios, para así poder comprender mejor cómo los factores motiva-cionales y de autorregulación influyen conjuntamente sobre las respuestas conductuales y neurales que las personas dan cuando se relacionan con otras (Ambady y Adams, 2011), especialmente cuando la probabilidad de que los sesgos raciales, de género o de edad puedan mediar la percepción, las evaluaciones y las reacciones de los participantes en las relaciones intergrupales. Estas líneas de investigación tienen una importante implicación (Amodio, 2008): si bien puede ser muy difícil desaprender sesgos implícitos, los esfuerzos para mejorar las formas espontáneas de control (además de los modos más deliberativos y explícitos estudiados tradicionalmente en psicología social) y para modificar ciertos factores ambientales pueden resultar una estrategia más eficaz para la reducción de los prejuicios.

CONCLUSIONES: QUÉ APORTA LA NEUROCIENCIA SOCIAL A LA PSICOLOGÍA SOCIAL

La perspectiva de la neurociencia social ha demostrado ser útil para esclarecer fenómenos y procesos humanos que abarcan desde las ciencias sociales hasta las neurociencias, al investigar cómo los procesos orgánicos son conformados, modulados y modificados por el efecto de factores sociales y viceversa. Si lo que se pretende es investigar en toda su complejidad los procesos psicosociales bási-cos, es imprescindible formular teorías comprehensivas -que integren lo molecular y lo molar- y con gran poder explicativo, que consideren e integren procesos que se dan e interactúan a través de diferentes niveles de análisis (Harmon-lones y Devine, 2003).

El rápido desarrollo experimentado por la neurociencia social en los últimos 15 años, permite valorar ya sus primeras contribuciones al avance de las teorías en psicología social. Recientemente, Jenkins y Mitchell (2011) han resumido las tres más importantes hasta el momento.

En primer lugar, la utilización de las técnicas de neuroimagen y de las medidas neurofisiológicas ha posibilitado el relativamente inesperado hallazgo de que la cognición social activa un patrón de actividad cerebral distinto al activado por la cognición no social. Esto parece señalar que las operaciones mentales que dan lugar a las capacidades sociales no son simplemente subsidiarias de los procesos cognitivos generales, sino que se basan en un conjunto de procesos especializados en el pensamiento social.

En segundo lugar, la neurociencia social ha revitalizado una cuestión que ha sido relativamente poco estudiada por los psicólogos sociales, a pesar de su gran importancia: ¿cuá-les son los mecanismos que permiten a una persona realizar inferencias correctas acerca de los estados mentales (pensamientos, sen-timientos, motivos) de otras? La comprobación de que las estructuras cerebrales que se activan cuando las personas piensan acerca de sí mismas y de sus estados internos son las mismas que cuando hacen inferencias acerca de los estados internos de otras refuerza la teoría de la simulación, es decir, aquella que considera que los perceptores utilizan su propia mente como una especie de modelo para imaginar la mente de otra persona.

Por último, quizás la contribución más original realizada a la psicología social gracias al uso de técnicas de neuroimagen ha sido el hallazgo de que las regiones del cerebro dedicadas a la cognición social parecen tener un estatus especial en él. Esto quiere decir que no sólo la red neural social es diferente de la responsable de la cognición no social, sino que en cierto modo es especial en comparación con ella. En concreto, las regiones cerebrales activadas en los procesos de cognición social tienden a mostrar una actividad inusualmente alta incluso cuando los perceptotes se encuentran ostensiblemente en reposo, lo que sugiere que el cerebro humano puede tener una propensión especial para el pensamiento social. La conclusión parece clara: los seres humanos transitan por el mundo en un estado de perpetua preparación para percibir a otras personas como agentes sociales, realizando atribuciones de estados mentales de manera automática.

En qué medida los psicólogos sociales utilizarán habitualmente los métodos y técnicas de la neurociencia en la investigación futura es una cuestión abierta. Pero como recuerda Matthew Lieberman (2010), la psicologia social se reinventó en gran medida a sí misma. cuando, a partir de la década de 1970 adapto los métodos de la psicología cognitiva para sus propios fines, lo que hizo avanzar significativamente a la disciplina. No hay razones, pues, para desconfiar ahora de la adopción de los métodos de la neurociencia y de las técnicas de neuroimagen, siempre que ello permi-ta, más allá de un simple mapeo cerebral de las regiones asociadas a procesos psicosocia-les, avanzar en las teorías, resultados y aplica: ciones de la psicologia social.

RESUMEN

La neurociencia social ha experimentado en las dos últimas décadas un rápido desarrollo gracias a la actividad combinada de psicólogos sociales e investigadores de campos afines y a la utilización de técnicas neurofistológicas y de neuroimagen. El objetivo de esta nueva disci plina es profundizar en el análisis del comportamiento social, adoptando para ello un enfoque multinivel que considera las influencias mutuas de factores que intervienen en un nivel cerebral (bioquímico), en un nivel psicológico (cognitivo y afectivo), en un nivel conductual y en niveles sociales más amplios (grupos, organizaciones y otros sistemas sociales). Con ello se pretende analizar en toda su complejidad los procesos psicosociales básicos evitando los reduccionismos, tanto de tipo biológico como social, y comprender así las estrechas relacio nes entre variables y factores que intervienen simultáneamente en los diferentes niveles. En conclusión, partiendo de las teorías y conceptos propios de la psicología social, la investiga ción en neurociencia social ha permitido profundizar en la comprensión de procesos como la cognición social, la empatía, la categorización social, la cooperación, los estereotipos y los prejuicios, o las relaciones intergrupales, al mismo tiempo que avanzar en el refinamiento y el alcance de las teorías, las explicaciones y las aplicaciones de la psicología social.

ACTIVIDADES DE APRENDIZAJE

Comprensión de lectura y estudio

De respuesta al siguiente cuestionario y remita su actividad por correo al correo tareasconsejomxneurociencias@gmail.com

1. Qué es la neurociencia social?

2. Cuál es la distinción entre psicología social y neurociencia social?

3. Qué es la cognición social?

4. Describa la fisiología de las siguientes estructuras cerebrales:

  • Surco temporal superior                                     

  • Giro occipital inferior                                                 

  • Giro lateral fusiforme                                                 

  • Amígdala e ínsula     

  • Corteza cingulada anterior dorsal

  • Corteza prefrontal medial, corteza cingulada anterior rostral

  • Corteza prefrontal lateral dorsal

5. Cómo ha contribuido la neuroimagen en el estudio del comportamiento social?

6. Cuáles son las tres contribuciones más importantes al avance de las teorías de la psicología social de acuerdo a Jenkins y Mitchell?

7. Cuáles son los sesgos más comunes en las interacciones grupales?

8. En qué consiste la teoria o postulado de la Categorización y juicios sociales?

9. Qué es la empatía y cuál es su importancia en la interacción social?

10. En qué consisten los ERP?

psicologia-social-04.jpg
bottom of page