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PSICOLOGÍA SOCIAL Y
NEUROCIENCIA

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FENÓMENOS SOCIALES

INTRODUCCIÓN

Hace poco más de cuarenta años que Nigel Armistead (1974/1983) editó un interesante libro, en el que también participó activamente, que comenzaba precisamente con estas palabras (pág. 7):

Este libro ha surgido de nuestro descontento con mucho de lo que está siendo denominado como psicología. Este descontento se hace más agudo con referencia a la vida que llevamos y al mundo que vemos en torno nuestro. Creemos que la psicología social debería dar algún sentido a nuestra experiencia y no lo da: nos sentimos decepcionados. Mucha gente nos dice que esperamos demasiado, que la psicología social - o la psicología o la sociología - no puede dar todas las respuestas y ni siquiera plantea todas las preguntas. Aunque estamos de acuerdo en que la psicología social no puede ser nunca, ni debe serlo, una solución total a los problemas de la vida, no perdemos la esperanza de que pueda decir mucho más de lo que ha dicho hasta ahora.

Hoy día tanto las preocupaciones que Armistead tenía antes de comenzar sus estudios de psicología como su frustración posterior siguen siendo compartidas por muchos estudiantes de psicología y por muchos psicólogos. «Antes de estudiar psicología yo estaba interesado en dos tipos de problemas algo vagos: cómo funciona la sociedad que me rodea, y cómo yo había llegado a ser el tipo de persona que era» (Armistead, 1983b, pág. 7). Estudió psicología y constató que ello poco le servía para entender ambos problemas, lo que le llevó a concluir (pág. 9):

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"Veo la mayor parte de la psicología social como un estudio alienado hecho por personas alienadas (sospecho que mi propia alienación no es atípica). Mis preguntas originales sobre «cómo funciona la sociedad» y sobre «cómo llegué a ser el tipo de persona que era» nunca obtuvieron una respuesta. En relación con la psicología social, lo que estaba ocurriendo en mi vida y en el mundo que me rodeaba hizo que lo que estaba estudiando me pareciese trivial, aburrido y sin relación con las cuestiones que me estaban afectando acerca de los valores y el cambio social".

Y ello era así porque la psicología social, ni entonces ni ahora, está cumpliendo lo que, a juicio de Armistead, y al mío también, debería ser su principal tarea: «ayudarnos a comprender la experiencia de otras gentes, como fin en sí mismo, y como medio de comparación respecto a nosotros mismos. Para realizarlo, necesitamos examinar las experiencias presentes y pasadas en cada una de las situaciones de la vida diaria» (Armistead, 1983c, págs. 109-110).

 

La respuesta es evidente: a través de la interacción social, o dicho de una manera más foucaultiana, a través de las prácticas concretas derivadas de un tipo determinado de conocimiento y de discurso. En consecuencia, hablar de sujeto es hablar de las complejas relaciones que, en cada momento, el individuo mantiene consigo mismo, con los otros y con la verdad. Se trata, sin duda, como luego mantendrá Gergen (1992), de un sujeto relacional: somos nuestras relaciones sociales.

De ahí que nuestras principales necesidades como seres humanos sean ante todo necesidades de relación social.

NECESIDADES PSICOSOCIALES BÁSICAS DEL SER HUMANO COMO AUTÉNTICAS CLAVES DE EXPLICACIÓN DE LA CONDUCTA HUMANA

Existen diferentes posibilidades de construir una psicología social que sea capaz de dar respuesta a los interrogantes vitales que se hacía Armistead cuando decidió estudiar psicología.

Todas ellas deben partir de las auténticas necesidades psicociales humanas, porque ellas son las verdaderas claves de comprensión y explicación de la conducta social de hombres y mujeres. De hecho, en esta unidad intentaremos explicar aspectos fundamentales de la conducta humana como son la irracionalidad, el racismo y otras formas de conflicto intergrupal, las conductas de género o el comportamiento violento. Y serán justamente las necesidades psicosociales básicas, que analizaremos.

¿Cuáles son realmente esas necesidades psicosociales básicas?

Ya en su día, Abraham Maslow (1954) propuso una interesante jerarquía piramidal de las necesidades o motivaciones humanas en la que las del tramo superior, que eran las más propiamente psicosociales, eran justamente las importantes, una vez que las básicas estaban ya satisfechas. De esas necesidades psicosociales, intrínsecamente relacionadas entre sí, tal vez la más importante sea precisamente la necesidad de pertenencia; luego estaría la necesidad de tener una identidad propia, de la que algo diremos aquí, pero que volveremos a retomar; en tercer lugar, e íntimamente unida a la anterior, está la necesidad que todos tenemos de poseer una autoestima o autodefinición positiva, lo que ayuda a entender mejor el comportamiento integrupal; y en cuarto lugar, la necesidad de reconocimiento, es decir, de valoración positiva por parte de los demás.

1) Necesidad de pertenencia:

Al parecer, se trata de la principal necesidad psicosocial humana (Baumeister y Leary, 1995). De hecho, está demostrado que cuando las personas sufren ostracismo, es decir, cuando se sienten rechazadas o excluidas, con lo que su necesidad de pertenencia no se ve satisfecha, empeora su salud psíquica e incluso su salud física y aumenta su estrés y su ansiedad, con claros brotes de depresión (Williams, 2001, 2007), haciéndose incluso a menudo más agresivas (Kilpatric y otros, 2002; Leary y otros, 2003; Twenge y otros, 2001, 2002, 2003). ¿Por qué la exclusión acarrea estas consecuencias tan negativas? Los primeros teóricos respondían que por el dolor emocional que ello conlleva, lo que parece plausible, aunque no se ha confirmado empíricamente. Twenge ha encontrado que la exclusión social produce pocas diferencias en emoción, pero grandes diferencias en conducta (Baumeister, Twenge y Nuss, 2002; Twenge y otros, 2001, 2002, 2003). Más en concreto, la hipótesis que hacen Twenge y otros (2003) es que la exclusión social lleva a sentimientos de parálisis interna: la gente puede responder al destrozo de su necesidad de pertenencia con sentimientos vacíos, neutros y hasta de aburrimiento, más que con dolor emocional, como razonablemente se creía. Algo similar ocurre con los suicidas: podría pensarse que quienes se quitan la vida (o lo intentan) están sufriendo una situación de profunda desdicha. Pero no parece ser así. Por el contrario, se encuentran en una situación que podríamos Llamar de emoción plana, existiendo un fuerte lazo de unión entre la exclusión social y el suicidio. En efecto, ya Durkheim (2008/1897) mostró que el suicidio era más probable y más frecuente entre las personas que no estaban bien integradas socialmente, cosa que se ha confirmado empíricamente más tarde (Trout, 1980) (véase una revisión en Baumeister, 1990).

El mecanismo psicológico utilizado por las personas que sufren rechazo o exclusión sociales podría ser el siguiente (Iwenge y otros, 2003): dado que la necesidad de pertenencia es una de las motivaciones más poderosas de los seres humanos, el ser excluidos o rechazados socialmente podía producir un terrible daño emocional, pero para evitarlo, quienes sufren tal rechazo o exclusión, adquieren una gran pasividad social y un gran aislamiento de sí mismo (Iwenge y otros, 2003). Ésta es sin duda una de las razones que ayudan a explicar por qué durante los últimos años está aumentando la violencia en los países industrializados y sobre todo en Estados Unidos, pues cada vez son más las personas que viven aisladas y/o rechazadas (Putnam, 2002). Por ejemplo, está demostrado que existe una fuerte relación entre asaltos armados a escuelas y sentimientos de exclusión y/o rechazo social, siendo numerosos los casos de asaltos armados a escuelas estadounidenses por parte de jóvenes que se sienten socialmente excluidos (Aronson, 2000), habiéndose encontrado que casi todos los tiroteos escolares los perpetraron jóvenes que se sentían rechazados y/o acosados por parte de sus compañeros (Leary Y otros, 2003). Pero ello no es sino un ejemplo - eso sí, particularmente dramático - de un patrón general de la relación existente entre exclusión social y conducta agresiva (Gabarino, 1999). Igualmente, para los recién enviudados o desplazados de lugar de residencia, la pérdida de vínculos sociales desencadena dolor, soledad o retraimiento. Incluso el mero recuerdo de la muerte aumenta nuestra necesidad de pertenencia, de estar con otros y permanecer cerca de aquellos a los que queremos (Mikulincer y otros, 2003; Wisman y Koole, 2003), a la vez que, al sentirnos rechazados, corremos el riesgo de padecer una depresión (Nolan y otros, 2003).

Es más, Williams y otros (2000) se sorprendieron al descubrir, con una muestra de 1486 sujetos de 62 países, que el ostracismo pasa factura incluso en Internet, por parte de personas sin cara que uno no llegará a conocer jamás, encontrando que, por ejemplo, la gente experimentaba exclusión cuando era ignorada en una sala de chat o cuando no recibía respuesta a un correo electrónico. Además, estos autores observaron en sus sujetos excluidos una mayor actividad en una zona del córtex cerebral que también se activa con el dolor físico, lo que parece indicar que el ostracismo produce incluso dolor fisico. Todo ello ayuda a entender los nefastos efectos que el acoso psicosocial en el trabajo tiene sobre las personas acosadas. Sin embargo, tener al menos una relación estable (por ejemplo, el estar casados o tener un amigo íntimo) parece vacunar contra la conducta criminal. «Somos, en efecto, animales sociales. Necesitamos pertenecer. Cuando pertenecemos, cuando nos sentimos respaldados por estrechas relaciones íntimas, tendemos a estar más sanos y felices» (Myers, 2008, pág. 316). De ahí la sospecha de que el incremento de la violencia en Estados Unidos durante las últimas décadas se deba, al menos en parte, al hecho de que cada vez más personas se encuentran solas, sin amigos y con cada vez menos relaciones sociales (Putnam, 2002). Pero ¿cuál es la dirección de tal relación? Ciertamente, el ser agresivos provoca el rechazo de los otros (Schuster, 2001), de forma que, naturalmente, la agresión y la violencia constituyen la causa y la soledad la consecuencia.

Pero también ocurre al revés: el sentirse rechazados y excluidos socialmente puede ser la causa de la conducta agresiva. Twenge y otros (2001) constataron que es el rechazo y la exclusión lo que lleva a la conducta agresiva, más que al revés. Y ello es así precisamente porque la no satisfacción de la necesidad de pertenencia tiene consecuencias muy negativas, entre ellas el incremento de las conductas agresivas y violentas. Como subrayan Twenge y otros (2001), «si nuestros sujetos, estudiantes universitarios inteligentes, bien adaptados y exitosos, pueden volverse agresivos en respuesta a una pequeña experiencia de exclusión social en el laboratorio, resulta preocupante imaginar las tendencias agresivas que saldrían de una serie de rechazos importantes o de una exclusión crónica por parte de grupos deseados en la vida social real».

Por otro lado, tal vez una de las aplicaciones más relevantes de la necesidad de pertenencia sean las relaciones amorosas. Dicen los expertos que el amor apasionado no suele durar más de cuatro años. De hecho, unos cuatro años después de casarse, las tasas de divorcio alcanzan su máximo en todas las culturas del mundo (Fisher, 1994). Una relación íntima se mantiene a lo largo de los años si ambos consiguen que el amor pasional vaya siendo sustituido por lo que Hatfield y Rapson (1987) Llaman amor compañero. Ello se comprueba en un curioso estudio sobre los sentimientos de los que se casan por amor o por acuerdo en la India. En concreto, Gupta y Singh (1982) pidieron a cincuenta parejas de Jaipur (India) que cumplimentaran una escala de amor, concluyendo que los que se habían casado por amor afirmaban que sus sentimientos amorosos disminuían a partir del cuarto año de casados, mientras que quienes se habían casado por interés, a través de un acuerdo, afirmaban que cada vez iban quiriéndose más. Tal vez esto explique el actual incremento de las tasas de divorcio: la gente se casa cada vez más por amor y menos por interés, y además creen que su amor «es para toda la vida», de tal forma que cuando éste se enfría, se frustran, se decepcionan y se separan. Simpson y otros (1986) sospechaban ya hace unos años que «el rápido incremento de la tasa de divorcios durante las dos últimas décadas está relacionado, al menos en parte, con la creciente importancia de intensas experiencias emocionales positivas (por ejemplo, el amor romántico) en la vida, experiencias que pueden ser particularmente difíciles de sostener a lo largo del tiempo».

2) Necesidad de poseer una identidad positiva:

tenemos que comenzar diciendo que el concepto del yo, el «self», en todas sus variaciones (yo, identidad, autoconcepto, etc.), es el más estudiado de toda la psicología social actual. De hecho, en 2004 la palabra «identidad» aparecía en 12.703 resúmenes de libros artículos en el Psychological Abstracts, habiéndose multiplicado por cien con respecto a 1970. Y es que se trata de algo realmente central en psicología. Cómo no va a ser un tema realmente importante si es precisamente nuestro sentido del yo el que organiza nuestros pensamientos, sentimientos y acciones.

Pero ¿quién soy yo? Lo primero que habría que distinguir es quién soy yo para mí y quién soy yo para los demás. Quién soy yo para mí es lo que suele llamarse autoconcepto. Si usted, querido lector, desea conocer su propio autoconcepto lo el de cualquier otra persona) puede conseguirlo fácilmente: complete lo pida a cualquier otra persona que lo haga) la frase: «Soy...» (dé cinco respuestas). Juntas, esas cinco respuestas definen su propio autoconcepto lo el de la persona que haya respondido). Evidentemente, tiene muy distinto autoconcepto quien haya respondido, por ejemplo, «soy abogado, inteligente, buena persona, trabajador y el mejor de mi promoción», que quien haya contestado: «soy un desempleado, un fracasado en la escuela, un asocial, una persona solitaria y un excluido social». Pero el sentido que tengamos de nuestro yo ayuda mucho a explicar la probabilidad que tenemos de implicarnos en un tipo de conductas o en otro. Así, en el caso anterior, el primero tendrá más probabilidades de encontrar trabajo que el segundo, mientras que el segundo tendrá más probabilidades de implicarse en conductas violentas que el primero. Pero el autoconcepto, el yo o la identidad no son inamovibles, sino que podemos cambiarlas y podemos ayudar a los demás a que las cambien.

Es más, se trata de fenómenos tan sociales que no es que puedan ser cambiadas, es que de hecho cambian continuamente en función de una serie de factores, sobre todo de tipo social. Así, el éxito social, que podemos no tenerlo hoy y sí tenerlo mañana, mejora nuestro sentido del yo. Igualmente, podemos mejorar nuestro autoconcepto a través de un incremento de nuestras habilidades sociales o de nuestro sentido de la autoeficacia, aunque estos cambios tendrán una eficacia muy limitada si no van acompañados de cambios reales en nuestras relaciones sociales y en la opinión que los demás vayan haciéndose de nosotros, opinión que, obviamente, tampoco es inmutable y que nosotros podemos hacer mucho por modificar.

Ahora bien, los componentes del autoconcepto, las creencias específicas con las que nos definimos a nosotros mismos, son los esquemas del yo (Markus y Wurf, 1987). Los esquemas son patrones mentales con los que organizamos nuestros mundos. Las propias ideologías son grandes esquemas con las que organizamos nuestro mundo, y por ello un mismo hecho adquiere significados diferentes para dos personas que mantengan ideologías distintas. De ahí que también nuestros esquemas del yo también influyan en cómo interpretemos los hechos que nos afectan. Por ejemplo, suspender un examen es interpretado de muy diferentes maneras por un estudiante que se vea a sí mismo como incompetente y frustrado (lo que indiscutiblemente le lleva a la desmoralización) que por otro que se vea a sí mismo como trabajador, inteligente y luchador (a quien el suspenso puede incluso servirle de acicate para estudiar más y obtener mejores notas en los exámenes siguientes). Es más, es que los esquemas del yo que componen nuestros autoconceptos nos ayudan a categorizar y a recordar nuestras experiencias.

 

Veamos un ejemplo que nos ayuda a analizar brevemente cómo influye el autoconcepto que tengamos en la memoria de los hechos que nos afectan (a este fenómeno se le llama efecto de autorreferencia): cuando la información es relevante para nuestros autoconceptos, la procesamos rápidamente y la recordamos bien (Symons y Johnson, 1997).

 

Nuestros recuerdos vamos formándolos alrededor de nosotros mismos y de nuestros intereses personales y grupales. Por ejemplo, dos días después de haber tenido una conversación con otra persona, recordamos mucho mejor lo que tal persona dijo de nosotros que otras informaciones que transmitió (Kahan y Johnson, 1992); si se nos pregunta si la palabra «autodidacta» nos describe a nosotros, la recordaremos más tarde mejor que si se nos preguntó si tal palabra describía a otra persona; finalmente, si se nos solicita que nos comparemos con un personaje concreto de un relato breve, recordaremos después mejor a ese personaje. Y es que recordamos mucho mejor aquello que hemos pensado en relación con nosotros mismos. Más aún, como todos habremos comprobado repetida-mente, nuestro umbral auditivo es más bajo para nuestro propio nombre que para otras palabras, de forma que si alguien pronuncia nuestro nombre en voz baja, lo oímos enseguida.

La razón de todo ello es que mi identidad individual es algo esencial para mí. Pero esto no es en absoluto un universal, sino algo profundamente relacionado con el marco cultural en que nos hemos socializado. Los occidentales, sobre todo os estadounidenses, son profundamente individualistas y tienen un yo individual e independiente, mientras que los miembros de otras muchas culturas los latinoamericanos en general, los indígenas americanos más aún, los africanos y tal vez sobre todo los asiáticos) tienen más bien un yo social e interdependiente: son más críticos consigo mismos, necesitan menos tener una opinión positiva de sí mismos (Heine y otros, 1999) y definen su propia identidad más en relación a los demás. Por ejemplo, los occidentales solemos terminar la frase «Soy.», con términos como «inteligente, trabajador, altruista», mientras que japoneses, malasios, indios o keniatas suelen terminar la citada frase con términos relacionados con identidades de grupo (Kanagawa y otros, 2001; Ma y Schoeneman, 1997) e incluso, cuando hablan, utilizan menos que nosotros la primera persona (Kashima y Kahima, 1998, 2003). Y es que los occidentales hemos vivido, durante siglos, un largo proceso de civilización que no era sino un proceso de individualización (Elias, 1993; Ovejero, 1999, cap. IV) lo que nos ha proporcionado una gran libertad y un fuerte sentido individual del yo, mientras que quienes no han pasado por este proceso siguen teniendo un sentido más colectivista y cooperativo de la vida, como fueron siempre casi todos los grupos humanos (Kropotkin, 1988/1902).

Ahora bien, lo que nosotros hemos ganado en libertad lo hemos perdido en seguridad y en sentido de la pertenencia, mientras que ellos lo que han ganado en seguridad y en sentido de pertenencia, lo perdieron en libertad. A menudo, nosotros nos sentimos solos y aislados socialmente incluso cuando vivimos en nuestro propio entorno y con nuestra gente, mientras que los miembros de sociedades colectivistas sólo se sienten solos y aislados cuando están lejos de su entorno y de su gente. Con un yo interdependiente se tiene un mayor sentimiento de pertenencia, de manera que si se les saca y aleja de su familia y de sus amigos, las personas interdependientes pierden las conexiones sociales que definen quiénes son. Esto, como se ve, nos ayuda a entender muchas de las conductas y situación psicológica de numerosos inmigrantes que han llegado a las sociedades individualistas de Europa o de Estados Unidos desde sus sociedades colectivistas, lo que conlleva grandes dificultades de adaptación y una baja satisfacción con las tendencias «egoistas y deshumanizadas» que observan aquí?.

Lo anterior se entenderá mejor aún si recordamos, con Myers (2008, pág. 35) qué entendemos por individualismo «el concepto de dar prioridad a las metas propias respecto a las del grupo y a definir la identidad propia en función de las características personales más que de las identificaciones del grupo», mientras que el colectivismo sería «dar prioridad a los objetivos del grupo al que se pertenece (a menudo la familia extensa o el grupo de trabajo) y definir la identidad propia en función de aquéllos)».

3) Necesidad de autoestima:

La autoestima es la valoración que tenemos de nosotros mismos. Pues bien, diferentes investigaciones han mostrado que una baja autoestima predice un mayor riesgo de depresión, abuso de drogas y algunas formas de delincuencia, mientras que una alta autoestima incrementa la iniciativa, la resistencia y los sentimientos agradables (Baumeister y otros, 2003).

Pero no siempre una autoestima alta tiene efectos positivos.

De hecho, «al descubrir que su autoestima favorable está amenazada, la gente suele reaccionar despreciando a los demás, a veces con violencia. Un joven que desarrolla un gran ego, que después se ve amenazado o desinflado por el rechazo social, es potencialmente peligroso» (Myers, 2008, pág. 54) (vease Bushman Baumeister, 1998; Heatherton y Vohs, 2000). Y es que, como señalan Baumeister y otros (2003), «los efectos de la autoestima son pequeños, limitados y no todos son buenos», añadiendo que las personas con una autoestima alta tienen más probabilidades de ser desconsideradas, de interrumpir, y de hablarle a la gente, más que hablar con la gente (frente a otras personas más tímidas, modestas y que quieren pasar desapercibidas con una autoestima más baja). Por eso, quienes tienen una autoestima alta suelen tener más éxito, pero también suelen ser más peligrosos. Así, como subrayan Baumeister y otros (2003), los abusadores, los miembros de las bandas callejeras, los dictadores genocidas y los narcisistas desconsiderados no han dado ninguna señal de dicha baja autoestima. No olvidemos que Hitler tenía una autoestima muy elevada. Igualmente, los acosadores laborales suelen tener una autoestima alta, pues su propio éxito a la hora de acosar y destruir a sus víctimas les engorda el ego, que, por otra parte, es una de las cosas que pretenden con sus ataques a sus víctimas. La conclusión de Roy Baumeister es rotunda: «el autocontrol vale diez veces más que la autoestima.»

Tal vez la principal explicación de lo que acabamos de decir, que parece contradecir las miles y miles de páginas que se han escrito expresando, una y otra vez, los efectos positivos del hecho de tener una autoestima alta, estribe en la diferencia entre sencillamente tener una autoestima elevada y satisfactoria y estar obsesionado con la propia autoimagen, algo que probablemente es la consecuencia de profundos complejos de inferioridad, para lo que, artificialmente, se ha creado una alta y falsa autoestima compensatoria, como es el caso de los dictadores y de los acosadores laborales (hace tiempo que viene diciéndolo la sabiduría popular: «Dime de qué presumes y te diré de qué careces»). Además, con frecuencia, esos complejos de inferioridad mencionados provienen de haber tenido una infancia emocionalmente problemática, como es el caso de muchos acosadores laborales y de pareja y como fue el caso del propio Adolf Hitler, que, como en su día reconoció su hermana, tenía unas malas relaciones con su padre del que todos los días recibía una soberana paliza.

Más en concreto, comparada con una autoestima débil, una autoestima segura (es decir, una autoestima que se base más en sentirse bien con uno mismo que en las notas, en la apariencia, el dinero o el tener éxito frente a los demás) genera un bienestar a largo plazo (Kernis, 2003; Schimel y otros, 2001). Así, Crocker y otros (2002, 2003, 2004) confirmaron esto con sus sujetos, estudiantes universitarios. En efecto, aquellos de los sujetos que tenían una autovalía más frágil (que dependía más de las fuentes externas) experimentaban más estrés, ira, problemas de relaciones, utilización de drogas y alcohol, y trastornos alimentarios que aquellos cuya valía estaba más arraigada en fuentes internas, como sus virtudes personales. Es más, añaden Crocker y Park (2004), aquellos que están obsesionados con su autoestima, intentando tal vez ser más guapos, ricos o populares, pueden perder de vista lo que realmente constituye la calidad de vida. Además, si estamos obsesionados con nuestra imagen, probablemente aceptemos peor las críticas, empaticemos peor con los demás, y prefiramos tener éxito en nuestras actividades en lugar de disfrutarlas.

4) Necesidad de reconocimiento:

Por último, se hace necesario subrayar que todos tenemos - evidentemente unos más que otros - una fuerte necesidad de reconocimiento, lo que, por otra parte, resulta altamente peligroso para las relaciones interpersonales, pues tenemos todos tanta necesidad de reconocimiento y de halagos, que el elogio ha pasado a ser el instrumento privilegiado de los cínicos. Como decía Milan Kundera, ¡qué indefensos estamos ante el halago!, frase que reproducía a su manera otra anterior de Freud, según la cual «podemos defendernos si nos atacan, pero somos impotentes contra el elogio».

Y es que necesitamos imperiosamente elogio y reconocimiento, ya incluso desde la lactancia, como mostró René A. Spitz. De lo contrario, la amargura y la inseguridad nos rondarán constantemente. Pero lo que realmente necesitamos es un elogio sincero o, al menos, que nosotros podamos percibir como sincero. Por ejemplo, el elogio que suelen utilizar las empresas tiene un objetivo de manipulación, lo que es fácilmente percibido por los trabajadores (Sprenger, 2005, pág. 94). Además, añade Sprenger (págs. 97-98):

si dependemos continuamente del elogio de los demás, si estos sentimientos rigen nuestra vida, determinando nuestro modo de existir y convirtiéndose en el impulso decisivo de todos nuestros actos, entonces nunca seremos independientes. Aquel cuya vida esté regida por estos principios sufrirá, en el sentido estricto del término, un trastorno de su personalidad que le hará depender pasivamente de algo, uno de los trastornos psíquicos más frecuentes en nuestra cultura tecnológica... Sólo cuando - a la inversa - el colaborador esté en condiciones de elogiar también a su superior (y sin que éste, por su parte, se vea obligado a concebir la sospecha de que se trata de un elogio estratégico), sólo entonces podríamos considerar el elogio como una forma de atención positiva, de la cual todos estamos tan necesitados, sin anzuelos ocultos. Así, puede valer esto como regla: ;Elogia sólo cuando el elogio pueda realmente ser de ida y vuelta!

Entiéndaseme bien, necesitamos el elogio, pero esa necesidad suele ser en nosotros tan imperiosa que siempre habrá alguien en las empresas, en otras organizaciones y hasta en la vida cotidiana, que lo utilicen con fines de manipulación, cosa que, en principio, es fácil percibir, aunque más desde fuera que desde dentro, dada precisamente esa fuerte necesidad que tenemos de él. Qué indefensos estamos ante el elogio! Indefensos cuando lo recibimos y hundidos cuando no lo recibimos, pues si vivimos permanentemente pendientes del elogio, viviremos en un continuo miedo y angustia de no recibirlo.

Ahora bien, si me he extendido en estas cuatro necesidades psicosociales básicas, y sobre todo en la primera, es porque, a mi modo de ver, están casi siempre - una de ellas, varias o incluso las cuatro a la vez - en la base del comportamiento humano e incluso en comportamientos que, si no las tuviéramos en cuenta, no serían comprensibles, como son los comportamientos de los miembros de sectas, el extraño y sorprendente Síndrome de Estocolmo, la conducta irracional de los terroristas, los conflictos intergrupales o la persistencia en nuestras conductas de rol como hombres o mujeres. Dado lo esencial que para nosotros son esas necesidades, no es de extrañar que seamos capaces de cualquier cosa con tal de ser aceptados por los grupos a los que pertenecemos o a los que queremos pertenecer; que algunos lleguen incluso a suicidarse cuando pierde «su» equipo de fútbol; que busquemos siempre datos que nos beneficien y que nos muestren que tenemos razón, lo que sirve para mantener alta nuestra autoestima; o que nos dejemos manipular fácilmente sólo con que alguien utilice con nosotros el halago. De ahí el que seamos altamente irracionales, como veremos en el próximo capítulo, de manera que llegamos a racionalizar nuestras conductas, sean éstas las que sean, y pronto nos convencemos que actuamos correctamente, para, de esta manera, por una parte, no tener que rectificar (¡qué difícil es modificar una decisión que ya hemos tomado!, y qué gravedad tiene ello, por ejemplo, en muchas de las decisiones de médicos, jueces, políticos o militares), y, por otra, para seguir pensando que somos esencialmente buenas personas y mantener nuestra autoestima alta incluso tras haber realizado los más execrables crímenes.

Todo lo anterior nos lleva igualmente a ser demasiado ególatras ya que estemos demasiado centrados en nosotros mismos. Digamos algo más de esto último. En efecto, a los seres humanos nos encanta sentirnos bien con nosotros mismos y, en general, lo conseguimos. No sólo somos proclives al sesgo del beneficio propio, sino que exhibimos lo que Pelham y otros (2002) llaman egoísmo implícito, que significa sencillamente que nos gusta lo que relacionamos con nosotros mismos, lo que incluye algo tan peregrino como las letras que figuran en nuestro nombre, o las personas, lugares y cosas que relacionamos de forma no consciente con nosotros mismos (Jones y otros, 2002; Koole y otros, 2001). Estas preferencias parecen influir sutilmente en las grandes decisiones de la vida, incluyendo dónde vivimos y cuál es nuestra profesión (Pelham y otros, 2002). Es más, curiosamente, como señalan estos autores, «as personas se sienten atraídas por los lugares que tienen nombres parecidos al suyo». Ello explica que Philadelphia, que es más grande que Jacksonville, tenga 2,2 veces más hombres que se llaman Jack, pero tiene 10,4 veces más de personas que se llaman Philip.

Igualmente, en Virginia Beach hay un desproporcionado número de personas que se llaman Virginia.

Pero además los estadounidenses tienden a tener un exceso relativo de personas cuyo apellido es parecido al nombre del Estado. Por ejemplo, California tiene un número desproporcionadamente elevado de individuos cuyo apellido empieza por Cali (como Califano). Igualmente, las principales ciudades canadienses tienen un número superior al esperado del azar de personas cuyo apellido se asemeja al nombre de la ciudad, como es el caso de Toronto, donde existen muchas más personas que las esperadas por azar cuyo apellido empieza por Tor.

Más extraño todavía es el dato que nos muestra Myers (2008, pág. 303): la gente parece preferir profesiones relacionadas con sus nombres. Por ejemplo, hay 2,5 veces más dentistas que se llaman Dense que otros nombres igual de comunes, como Beverly o Tammy.  La gente que se llama George o Geoffrey tiene un exceso de representación entre los, geólogos, geofísicos y geoquímicas. Y, en la campaña presidencial de 2000, las personas cuyo apellido empezaba con B y G tenían más probabilidades de contribuir a las campañas de Bush y Gore respectivamente.

Ahora bien, vivimos en un mundo en el que también nos gustan más las personas atractivas físicamente. En efecto, a pesar de que la mayoría de la gente afirma que las apariencias o la belleza no tienen mucha importancia, sin embargo existen suficientes estudios que demuestran que las apariencias sí que importan. En todo caso, son las mujeres, más que los hombres, las que afirman que preferirían un novio que sea poco agraciado pero afectuoso más que uno que fuera atractivo pero frío (Fletcher y otros, 2003). Sin embargo, sabemos que algunas personas juzgan a las demás en función de su apariencia (Livingston, 2001), además de que, al parecer, el atractivo afecta más a las primeras impresiones. Pero no olvidemos que las primeras impresiones son más importantes de lo que solemos creer y cada vez lo son más, a medida que las relaciones y contactos esporádicos son cada vez más frecuentes en la sociedad actual.

Por ejemplo, las primeras impresiones son realmente importantes en las entrevistas de trabaio (Cash y Janda, 1984; Mack y Rainey, 1990; Marvelle y Green, 1980), lo que ayuda a explicar por qué las personas atractivas tienen mejores empleos y ganan más dinero (Frieze y cols., 1991; Roszell y otros, 1990; Umberson y Hughes, 1987).

Al parecer, estamos ante uno de los cientos de universales que existen. Y es que ni todo es relativo en sentido general ni podemos construir socialmente cualquier cosa. De la misma forma que los adultos tienen un sesgo hacia los adultos atractivos, también los niños pequeños tienen un sesgo hacia los niños atractivos (Dion, 1973; Dion y Berscheid, 1974; Langlois y otros, 2000). A juzgar por el tiempo que pasan mirando directamente a una persona, incluso los bebés prefieren las caras atractivas (Langlois y otros, 1987), y a los tres meses no han padecido todavía ningún lavado de cerebro. Por otra parte, los adultos muestran un sesgo similar cuando valoran a los niños. Así, Clifford y Walster (1973) entregaron a profesores de alumnos de once años de Missouri la misma información sobre un niño o una niña, pero con una fotografía de un individuo atractivo o no atractivo. Los profesores percibieron que el individuo atractivo era más inteligente y tenía más éxito en el colegio. Es más, en general tendemos a suponer «que la gente guapa posee ciertos rasgos deseables. Siendo todo lo demás igual, pensamos que la gente guapa es más feliz, más activa sexualmente, y más extravertida, inteligente y con éxito, aunque no más honrada o preocupada por los demás» (Eagly y otros, 1991; Jackson y otros, 1995). Incluso en la colectivista Corea, la honradez y la preocupación por los demás están muy valoradas y son rasgos que la gente relaciona con ser atractivo (Wheeler y Kim, 1997).

En definitiva, la investigación disponible muestra la existencia de un estereotipo del atractivo físico: aquello que es bello es bueno.

Pero, curiosamente, hay cierta verdad en este estereotipo. Así, los niños y jóvenes atractivos están, en cierta medida, más relajados, son más extravertidos y tienen más habilidades sociales (Langlois y otros, 2000). Sin embargo, aunque dije «curiosamente», no lo es tanto. En efecto, «estas pequeñas diferencias medias entre las personas atractivas y las no atractivas provienen de las profecías que se cumplen a sí mismas. Las personas atractivas son valoradas y se les favorece, por lo que muchas desarrollan una mayor autoconfianza social. De este análisis se deduce que lo que es crucial para sus habilidades sociales no es su apariencia, sino cómo le trate la gente y cómo se sienta usted con usted mismo el que se acepte, se guste y se sienta cómodo consigo mismo» (Myers, 2008, pág. 309).

EL PODER DE LA SITUACIÓN

A pesar de la inmensa importancia que tienen las necesidades psicosociales examinadas en el anterior apartado, sin embargo no lo son todo a la hora de explicar la conducta humana. Faltaría algo fundamental que siempre interactúa que estrechamente con tales necesidades motivaciones: el ambiente, especialmente el ambiente social. Estoy de acuerdo con la definición que Kurt Lewin daba de conducta humana: C = § (P + A), es decir, la conducta depende de la Personalidad más el Ambiente, pero siempre y cuando por personalidad entendamos el conjunto de las emociones, sentimientos, motivaciones y cogniciones, y siempre que, además, veamos todas estas variables como construidas socialmente, es decir, no como algo que viene con el individuo y que están ahí antes de que éste se relacione con sus semejantes: es el proceso de socialización y, por tanto, la interacción social, el responsable de su existencia. Por consiguiente, para entender la conducta humana es importante tener en cuenta la persona (en el sentido construccionista que he dicho especialmente nuestras necesidades psicosociales), pero también el ambiente, y sobre todo la interacción entre esas dos instancias. No olvidemos, como iremos viendo a lo largo de buena parte del libro, que el ambiente es una variable realmente esencial para entender la conducta humana: el poder de la situación es ciertamente inmenso, como se observa en estas situaciones reales: 

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- El 13 de marzo de 1964 la gerente de un bar, Kitty Genovese, fue asaltada por un atracador armado con un cuchillo cuando regresaba a las tres de la madrugada a su casa en Oueens (Nueva York). Sus gritos de terror y peticiones de auxilio («Me ha apuñalado! ¡Socorro, por favor! ¡Socorro, por favor!») despertaron a 38 vecinos.

Muchos se asomaron a la ventana y vieron cómo huía el atracador y cómo volvía nuevamente y atacaba otra vez a su víctima. Y hasta que no se fue, nadie llamó a la policía. La mujer murió poco después.

- Eleanor Bradley tropezó y se rompió la pierna cuando estaba de compras. Aturdida y dolorida, pidió auxilio. Durante 40 minutos el flujo de compradores se limitó a apartarse y a circular a su alrededor. Finalmente, el conductor de un taxi la ayudó y la llevó al médico.

- Al oír el ruido del metro de Nueva York que se acercaba a la estación, Everett Sanderson saltó del andén a las vías y corrió hacia las luces que se le acercaban para rescatar a una niña de cuatro años que se había caído al andén. Tres segundos antes de que el tren la atropellara, Sanderson levantó a la niña hasta la multitud de arriba. Cuando el tren se le echaba encima, Sanderson no consiguió subir al andén pero en el último segundo, las personas que estaban en el andén le salvaron la vida.

¿Por qué en unos casos la gente ayuda, a veces hasta la heroicidad y poniendo en peligro su propia vida, y en otros nadie interviene en una situación de emergencia? Más aún, ¿por qué la misma persona ayuda unas veces y no ayuda otras? Evidentemente, no podemos explicarlo mediante la personalidad de la gente, pues ésta es la misma en la situación en que ayuda y en la que no ayuda. La explicación hay que buscarla en las claves situacionales, entre las que el número de espectadores es crucial. De hecho, la frecuente pasividad de los espectadores durante situaciones de emergencia ha llevado a muchos periodistas a lamentar la «alienación», «apatía», «indiferencia» e incluso «impulsos sádicos inconscientes» de las personas. Sin embargo, las cosas son aquí mucho más sencillas. En efecto, Latané y Darley (1979) prepararon experimentalmente ingeniosas situaciones de emergencia y encontraron que había un factor situacional, el número de otros espectadores que contemplan la situación de emergencia, que reducía la intervención de ayuda de una forma importante. Poco después se realizaron otros muchos experimentos que ponían a prueba este dato y la mayoría de ellos (el 90 por 100 de tales estudios, con unos 6.000 sujetos participantes) le confirmaron, de manera que los espectadores que creían estar solos tenían muchas más probabilidades de ayudar (Latané y Nida, 1981). Las víctimas suelen tener menos probabilidades de ser ayudadas cuantas más personas contemplen la emergencia. Así, cuando Latané y Dabbs (1975) dejaron caer «accidentalmente» monedas o lápices en 1.497 trayectos en ascensor, recibieron ayuda el 40 por 100 de las veces cuando había otra persona en el ascensor y menos del 20 por 100 de las veces cuando había seis personas más. Las razones que pueden dar cuenta de este dato, aparentemente paradójico, son al menos las tres siguientes: difusión de la responsabilidad (cuando estás sólo ante una emergencia te sientes más responsable, responsabilidad que disminuye a medida que más personas contemplan la emergencia), imitación o influencia social (cuando hay más personas es probable que cada una imite a las que no ayudan, con lo que no ayuda nadie, pero cuando una de ellas ayuda, enseguida suelen intervenir muchas más); y la desindividualización producida por el grupo, que será mayor cuanto mayor sea el grupo.

Ahora bien, el mero hecho de conocer los mecanismos que subyacen a la conducta de no ayuda contribuye a que en el futuro la ayuda se incremente. Así, los estudios de Beaman y otros (1978) mostraron que el entender por qué la presencia de los espectadores inhibe la ayuda incrementa la probabilidad de tal ayuda en situaciones de grupo: a través de una conferencia informaron a algunos estudiantes sobre este tema, mientras que los otros asistieron a una conferencia distinta o no asistieron a ninguna. Dos semanas más tarde, como parte de un experimento distinto en otra localidad, los participantes en el experimento se encontraron caminando (con un cómplice que no iba a reaccionar) delante de una persona desmayada o al lado de una persona caída debajo de una bicicleta. De los que habían asistido a la conferencia sobre la ayuda, la mitad se pararon para ayudar, el doble que quienes no habían asistido a tal conferencia. A partir de estos datos, y otros que veremos más adelante, comentan Zimbardo y otros (1986, pág. 105):

"Desgraciadamente la insistencia de los psiquiatras tradicionales, los psicoanalistas y los psicólogos de la personalidad en que la conducta desviada o patológica es un producto de los débiles, de rasgos latentes y de toda una cohorte de disposiciones internas supuestas ha hecho un flaco servicio a la humanidad. Los que ocupan posiciones de poder han recibido de esta forma un arsenal de etiquetas para aplicar a los que carecen de poder, a los pobres, a los disidentes, a los inconformistas, a los revolucionarios, etc., permitiéndoles mantener el status quo convirtiendo a las personas en problema en lugar de las injusticias en la situación vital económico/socio/política. Además, este análisis disposicional se convierte en un arma en manos de los legisladores reaccionarios y de las agencias encargadas de sancionar las leyes, ya que entonces las personas que son consideradas como problema pasan a ser tratadas por una de las instituciones ya existentes mientras que las situaciones problema son ignoradas o despreciadas como irrelevantes o demasiado complejas para cambiar fácilmente".

Y se olvida que el poder de la situación es enorme, aunque nunca determinante. En el ser humano no existen los determinismos. Como diría Michel Foucault, lo que ha sido construido históricamente puede ser cambiado políticamente.

Y si es cierto que la situación (física y/o social) tiene un poder formidable sobre nosotros y sobre nuestra conducta, también lo es que podemos resistirnos a tal poder. En contra de lo que creía Le Bon, los seres humanos no somos meros juncos que mece el viento: podemos resistirnos a las fuerzas que nos empujan. El saber que una persona o un grupo están intentando presionarnos puede llevarnos incluso a reaccionar en la dirección opuesta, como muestran estos tres fenómenos:

1) Reactancia: Llamamos reactancia a la motivación para proteger o restaurar el sentido de libertad de uno mismo. Estamos ante una motivación que se produce cuando alguien amenaza nuestra libertad de acción. En general, tendemos a valorar nuestro sentido de libertad y de autoeficacia, de forma que cuando la presión social se hace tan evidente que amenaza nuestro sentido de libertad, solemos rebelarnos. Es lo que yo llamaría efecto Romeo y Julieta: basta que a un/a adolescente le prohíban sus padres salir con su novia/o para que el apego se multiplique y los sentimientos de enamoramiento se incrementen.

Son muchos los niños v adolescentes que intentan incrementar sus sentimientos de autonomía, libertad e independencia haciendo justamente lo contrario de lo que les dicen sus padres que hagan o sencillamente lo contrario de lo que suelen hacer sus padres. Esto es lo que estudia la llamada teoría de la reactancia (Brehm y Brehm, 1981), que ha sido demostrada experimentalmente (Nail y otros, 2000). Así, cuando las mujeres universitarias occidentales actuales reflexionan sobre cómo pretende la cultura tradicional que se comporten las mujeres, es menos probable que muestren una conducta femenina tradicional (Cialdini y otros, 1998). Por desgracia, la reactancia también puede contribuir a las violaciones y abusos sexuales (Baumeister y otros, 2002): cuando una mujer se niega a satisfacer el deseo sexual de un hombre, éste puede reaccionar con frustración ante su libertad restringida y aumentar el deseo de la actividad prohibida.

2) Afirmación de la unicidad: las personas solemos sentirnos incómodas cuando parecemos demasiado distintas de los demás, pero también nos sentimos incómodas, al menos en el mundo occidental, cuando parecemos demasiado iguales a los demás. Como mostraron Snyder y Fromkin (1980), nos sentimos mejor cuando nos vemos como moderadamente únicos, de forma que cuando no nos vemos suficientemente únicos y diferentes de los demás, tendemos a una mayor rebeldía e inconformismo (Snyder, 1980). Es más, es que el vernos a nosotros mismos como únicos también se refleia en nuestros «autoconceptos espontáneos». Por ejemplo, McGuire (McGuire y otros, 1979; McGuire y Padawer-Singer, 1978) mostró que cuando se invita a los niños a que «hablen de sí mismos» es más probable que mencionen sus atributos distintivos, de forma que los que han nacido en el extranjero tienen más probabilidades que los demás de mencionar su lugar de nacimiento, o que los pelirrojos hablen del color de su pelo con más probabilidad que quienes tienen el pelo negro o castaño, o los delgados o gordos suelen hacer referencia a su peso corporal más que los que tienen un peso medio; igualmente, los niños que pertenecen a grupos minoritarios es más probable que mencionen su «raza». De forma similar, somos más conscientes de nuestro género cuando estamos con personas del género contrario (Cota y Dion, 1986).

 

Lo que ocurre, pues, en todos estos casos es que «uno es consciente de uno mismo en la medida en que es diferente, y en las formas en que lo es», de forma que «si soy una mujer negra en un grupo de mujeres blancas, tiendo a pensar en mi misma como una negra; si paso a un grupo de hombres negros, mi color pierde predominancia y paso a ser más consciente de ser una mujer» (McGuire y otros, 1978). Y como puntualiza Myers (2008, pág. 231), esta idea intuitiva nos ayuda a comprender por qué cualquier grupo minoritario tiende a ser consciente de sus rasgos distintivos y de cómo se relaciona la cultura circundante con él. El grupo mayoritario, al ser menos consciente de la raza, puede considerar que el grupo minoritario es excesivamente sensible: nuestra distintividad, pues, es algo central para nuestra identidad (Vignoles y otros, 2000). De ahí que a menudo necesitemos buscar diferencias y exagerar las ya existentes. El que las diferencias sean pequeñas no significa que los conflictos no sean grandes (Rothbart y Taylor, 1992). Es más, con frecuencia la rivalidad suele ser más intensa cuanto más se parezca el otro grupo al propio, como ocurre, por ejemplo, con la rivalidad entre CNT y CGT. «Parece que, aunque no nos gusta divergir en gran medida, irónicamente somos todos iguales en nuestro deseo de ser distintos y en darnos cuenta de por qué somos distintos. Pero, como deja claro la investigación sobre el sesgo en beneficio propio, no se trata de cualquier tipo de diferenciación lo que buscamos, sino de diferenciarnos en la dirección correcta. Nuestra búsqueda no consiste meramente en ser distintos de la media, sino en ser mejores que la media» (Myers, 2008, pág. 231).

3) Resiliencia: a pesar de que, como señala Vicente Garrido (2005, pág. 74), se puede llegar a clasificar correctamente hasta un 80 por 100 de los delincuentes violentos a la edad de los dieciocho años, utilizando predictores ambientales de cuando sólo tenían diez años de edad, sin embargo existen muchos individuos que, habiendo tenido antes de la adolescencia «todas las papeletas» para ser delincuentes luego no lo son: son los llamados falsos positivos. Y lo son por ser resilientes. No olvidemos que el hombre es ante todo un ser libertario, en el que no existen determinismos de ningún tipo: la conducta humana no está jamás determinada por nada, sino que siempre podemos actuar de forma diferente a como se predice que actuaremos. Ello hace que cobren una importancia singular los estudios sobre la «resiliencia», es decir, estudios que analizan por qué algunas personas permanecen sanas o se recobran fácilmente a pesar de que muchas personas en sus mismas condiciones enferman (Almeida, 2009; Bonanno, 2009; Rojas Marcos, 2010). El origen de esta línea de investigación procede de un trabajo clásico de Garmezy y Neuchterlein (1972) quienes utilizaron el término «invulnerabilidad» para referirse a un grupo de niños negros que fueron capaces de desarrollarse como adultos socialmente competentes dentro de un gueto lleno de prejuicios y pobreza. Una década después, y de forma similar, Werner y Smith (1982) acuñaron un nuevo término, «resilientes», para referirse a unos niños que, a pesar de tener cuatro o más factores de riesgo, pasaron la adolescencia sin convertirse en delincuentes. Este segundo término es mucho más eficaz que el primero, pues, de hecho, esos niños no eran invulnerables, sino que eran capaces de resistir a las presiones ambientales para delinquir. La resiliencia, pues, implica un proceso de adaptación flexible, en tres sentidos (Garrido, 2005, pág. 77): 1) Un desarrollo saludable en medio de un ambiente desfavorable, como puede ser el vivir en un barrio muy marginal; 2) Mantener la competencia social baio factores de estrés específicos, como puede ser la muerte de un hijo o un divorcio; y 3) Recuperarse de un trauma severo como, por ejemplo, haber sufrido un abuso sexual. ¿Cómo se consigue esto? Los tres factores individuales más altamente protectores en los niños y adolescentes en riesgo son principalmente los siguientes: una buena competencia social, una adecuada autoestima y una alta autoeficacia, sin caer nunca en la indefensión aprendida. Como escribe Garrido (2005, pág. 95), «los niños resistentes tienen una buena autoestima y un sentimiento fuerte de autoeficacia (creencia de que uno es bueno a la hora de lograr sus metas); de este modo, las situaciones difíciles se perciben como desafíos a los que hacer frente, y no como algo que hay que rechazar o de lo que hay que huir».

COGNICIÓN SOCIAL E IRRACIONALIDAD HUMANA

INTRODUCCIÓN

Somos tan poco racionales que ni siquiera somos conscientes de nuestra irracionalidad, a pesar de la formidable frecuencia con que actuamos irracionalmente: preferimos seguir creyendo que somos esencialmente racionales, y que es precisamente la racionalidad la que nos distingue de las demás especies animales. Craso error, pues lo que nos distingue de los demás animales, además del lenguaje o la mayor capacidad de cooperación, es precisamente a irracionalidad: somos la especie animal más irracional. Dos son las principales causas de la irracionalidad humana. La primera estriba en la descomunal dificultad que existe para procesar la excesiva cantidad de información proveniente de nuestro entorno, tanto del físico como sobre todo del social. Aunque no me guste la llamada metáfora computacional, diré que nuestros cerebros no tienen la suficiente potencia para procesar adecuadamente tanta información y especialmente no tienen la capacidad de procesarla en tan breve tiempo como a menudo requieren las situaciones y urgencias sociales. En consecuencia, hacemos muchos atajos mentales, tanto de percepción como de atribución. La segunda causa de nuestra irracionalidad es nuestro inmenso egocentrismo (evidentemente, unos más que otros), lo que nos lleva a no percibir objetivamente la realidad, sino a construirla, perceptivamente, a medida de nuestros intereses personales y grupales. Incluso nuestros recuerdos los modificamos según nos convenga. Pero tal vez lo más grave es que, por una parte, sobrestimamos tanto nuestra objetividad perceptiva, como la exactitud de nuestros recuerdos, y, por otra parte, enseguida se nos olvida - si es que alguna vez fuimos conscientes de ello - que hemos sido nosotros mismos quienes hemos construido nuestra realidad y creemos firmemente que ella era así ya y que lo es independientemente de nosotros (por ejemplo, que los gitanos son vagos o los andaluces juerguistas).

¿Qué entendemos por irracionalidad? Hacerse ilusiones y engañarse a sí mismos puede contribuir a que seamos felices y, en este sentido, serían medios racionales para obtener un fin. En sentido estricto, suele definirse la irracionalidad como «el hecho de llegar a conclusiones que no se pueden justificar por el conocimiento que se tiene» (Sutherland, 1996, pág. 23). En la medida en que distorsionamos nuestra visión del mundo o de nosotros mismos estamos pensando de forma irracional. «Resumiendo, vamos a considerar irracional todo proceso de pensamiento que lleve  a una conclusión o decisión que no sea la mejor a la luz de las pruebas de que se dispone y teniendo en cuenta las limitaciones de tiempo» (Sutherland, 1996, pág. 23).

Sorprendentemente, y dado que la irracionalidad depende tanto de una generalizada holgazanería mental como de profundos intereses egocéntricos, suele afectar tanto a personas inteligentes como a personas menos inteligentes, tanto a las más cultas como a las menos cultas.

Por ejemplo, en una investigación del psicólogo y premio Nobel de Economía Daniel Kahneman, al personal y a los estudiantes de la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard, probablemente la institución médica más prestigiosa del mundo, se les preguntó qué porcentaje de pacientes que dieran positivo en la prueba de una enfermedad la tendrían realmente, teniendo en cuenta que se presentaba en una de cada mil personas y que el 5 por 100 de las que no la tenían daba positivo en la prueba.

Aproximadamente la mitad de los 60 sujetos respondió que el 95 por 100 y sólo once dieron la repuesta correcta: un 2 por 100. Es evidente que una elevada inteligencia no impide cometer importantes errores de probabilidad. Además, existen también graves «errores de muestreo» que nos hace emitir juicios irracionales. Así, prestamos más atención a la información de una persona que tenemos delante o que conocemos que a los datos estadísticos. Si, por ejemplo, nos dicen que estadísticamente el 90 por 100 de los funcionarios están satisfechos con su trabajo, pero conocemos a dos que no lo están, daremos probablemente más verosimilitud a estos dos casos que al 90 por 100 de la estadística. Pero es que a veces los datos de muestras no representativas nos influyen incluso después de saber que no son representativas. Por ejemplo, en un experimento, los sujetos vieron un vídeo de una entrevista con una persona que fingía ser funcionario de prisiones. A la mitad de los sujetos se les mostró un carcelero totalmente inhumano que calificaba a los presos de animales, sin posibilidad de redención. A la otra mitad se les mostró un carcelero humanitario que creía en la rehabilitación de los presos. Dentro de cada grupo de sujetos, a unos se les dijo que el funcionario que habían visto era típico, a otros que no lo era en absoluto y a otros no se les dic ninguna información al respecto. Pues bien, la información sobre su grado de representatividad no influyó prácticamente en la opinión de los sujetos con respecto al sistema de prisiones. La mayoría de los que vieron al carcelero agradable creía que, en su conjunto, los carceleros trataban a los presos con justicia y se preocupaban de su bienestar, mientras que los que habían visto al desagradable creían exactamente lo contrario. O sea, que incluso cuando se advierte que un único caso llamativo no es representativo, se tiende a creer que lo es y a juzgar a toda la población, en este caso a los funcionarios de prisiones, de la misma manera.

LA PERCEPCIÓN DE PERSONAS Y LOS PRINCIPALES SESGOS PERCEPTIVOS

Todos nos hacemos impresiones de los demás: unos nos caen bien y otros nos caen menos bien.

Una persona que a mi me cae bien, sin embargo a mi amigo Miguel le cae mal. ¿Cómo nos hacemos una impresión de las demás personas? Digamos en primer lugar que la investigación sobre la formación de impresiones es la parte de la psicología social que estudia cómo las personas utilizan la diferente información que reciben de una persona estímulo determinada para formarse una impresión relativamente coherente y unitaria de ella. La formación de impresiones no es sino una parte de la llamada cognición social, que es el proceso de recoger información sobre las otras personas, organizarla e interpretarla.

 

La cognición social implica, entre otras cosas, formarse impresiones de los otros y buscar las causas de su conducta.

Solomon Asch, psicólogo alemán de origen judío que se había exilado en Estados Unidos huyendo del nazismo, fue el primero en intentar entender cómo nos hacemos una impresión de los demás (Asch, 1946), y para ello propuso un modelo, gestaltista, según el cual los diferentes datos estímulos que recibe el individuo son organizados formando un todo, de forma que cualquier información que le llega es asimilada en función de la información que ya tiene. Este modelo propone que el sujeto organiza todos los rasgos, influyendo cada uno de ellos en todos los demás, de tal forma que la impresión final será una dinámica no fácilmente predecible. La ventaja de este modelo sobre el meramente aditivo quedó demostrada en un experimento del propio Asch en el que un grupo de sujetos recibía una descripción de una persona, desconocida para ellos, que contenía los siguientes rasgos: inteligente, habilidosa, trabajadora, afectuosa, decidida, práctica y cauta. Otro grupo similar recibió una descripción que contenía estos rasgos: inteligente, habilidosa, trabajadora, fría, decidida, práctica y cauta. Como vemos, las dos descripciones eran similares, con una sola diferencia: mientras a unos se les decía que tal persona era afectuosa, a los otros se les decía que era fría. Pues bien, como suponía Asch y como se deducía de su modelo gestaltista, esta sola diferencia originó un cambio esencial en la impresión que de esa persona se hicieron sus sujetos.  

Ahora bien, ¿por qué se producían estos resultados? Para explicarlos, Asch distinguió entre rasgos centrales y rasgos periféricos. Son rasgos centrales aquellos que tienen un alto peso específico sobre la impresión final, mientras que serán periféricos los que tengan un bajo peso en esa impresión final. El que un rasgo sea central o periférico dependen del contexto, o sea, de los demás rasgos estímulo. Por ejemplo, el rasgo «inteligente» adquiere diferente significado y valor según el contexto (acompañando al término «perverso» se hace negativo y acompañando al termino «altruista y desinteresado» se hace positivo). Dado que la centralidad de un rasgo depende de los otros rasgos, entonces un mismo rasgo será central en un contexto y periférico en otro, como de hecho demostró Asch. De esta manera, poseer una deficiente fluidez verbal será un rasgo periférico en el caso de un deportista, y sin embargo será central en el caso de un profesor, puesto que la fluidez verbal es algo importante para ser un buen profesor, pero totalmente irrelevante para, por ejemplo, correr los cien metros. Pero si esto es así, ¿cómo integramos la información contradictoria en una única y consistente impresión de una persona? De hecho, a veces recibimos informaciones contradictorias de un mismo individuo (por ejemplo, tenemos una impresión de él como de una persona muy puntual y un día llega con mucho retraso).

¿Cómo integramos esta información que contradice la impresión previa que teníamos de él?

La teoría de Asch predice que adaptaremos la información contradictoria a la impresión previa (efecto de primacía) (si fuera la nueva y contradictoria información la que obliga a cambiar la impresión previa, estaríamos ante un efecto de recencia o de recienticidad). Ahora bien, si Asch tiene razón y el efecto de primacía es realmene más influyente que el de recencia, entonces también serán importantísimas en el comportamiento interpersonal las primeras impresiones que nos hacemos de los demás. De ahí los intentos de la gente por manejar las primeras impresiones. Es lo que se llama presentación de uno mismo o maneio de impresiones.

Por otra parte, para entender cabalmente cómo nos hacemos una impresión de otra persona es necesario tener muy presente la influencia de estas dos variables:

1) Los determinantes sociales y culturales: la cultura contribuye en gran medida a la formación de las impresiones y contribuye de varias formas:

a) poniendo su acento selectivo en ciertos rasgos (por ejemplo, en nuestra cultura, a la hora de hacernos una impresión de alguien, tiene más importancia la corbata que el color de los calcetines); y b) proporcionando categorías ya hechas como las de género, edad, etnia, etc. Los estudios que tratan de mostrar la influencia de los factores sociales sobre la percepción, incluso física, fueron llevados a cabo sobre todo en las décadas de los 40 y 50 por autores pertenecientes a la llamada New Look (Bruner, Postman, etc.). Así, Goddman (1947) encontró que los niños pobres percibían la misma moneda como de mayor tamaño que los niños ricos.

2) Las características o atributos del perceptor: si dijimos que a la hora de hacernos una impresión de otra persona va a tener importancia, en nuestra cultura, el llevar o no corbata así como su color, ello no será ajeno a las características del perceptor. De hecho, por no poner sino otro ejemplo, a unos les caerá mejor su profesor si es serio y exigente a otros les caerá mejor que si es bromista y poco exigente (aunque evidentemente, un profesor puede ser, a la vez, bromista, serio y exigente). A la hora de hacernos una impresión, tendemos a prestar atención principalmente a estos tipos de información: a) información sobre la pertenencia a grupos o categorías sociales (sexo, clase social, etc.); b) información sobre los rasgos de personalidad (en nuestra cultura, la inteligencia, la amabilidad y el ser trabajador, servicial, honesto y bondadoso son los más utilizados) y otras características como las físicas, principalmente el atractivo físico, que es absolutamente central en la formación de impresiones de los occidentales, pues como han mostrado los psicólogos sociales, parece que seguimos el supuesto de que «lo bello es bueno»; c) información sobre la conducta: naturalmente, también van a desempeñar un papel central en nuestras impresiones los comportamientos concretos de las personas; d) comunicación no verbal: generalmente los indicadores no verbales tienen un mayor impacto que los verbales a la hora de hacernos una impresión de los demás, destacando la mirada, las señales faciales, la postura, la distancia interpersonal y el contacto físico; y e) la información suministrada por los estereotipos. Sin embargo, el modelo de Asch tiene un importante problema: es demasiado racional, cuando realmente, como ya se ha dicho, los seres humanos somos más irracionales de lo que él creía y utilizamos con frecuencia una serie de sesgos entre los que los más frecuentes son los siguientes:

1) Sesgo confirmatorio: consiste en la tendencia a buscar información que confirme nuestras preconcepciones y creencias. Es en este sentido que tenemos que decir que nuestras preconcepciones controlan nuestras percepciones y nuestras interpretaciones. Por ejemplo, son muchos los varones que están convencidos de que las muieres conducen mal. Pero tal afirmación, en contra de lo que suele creerse, no la han extraído de su experiencia, sino que es ya un prejuicio previo y la «experiencia en carretera» la utilizan exclusivamente para confirmar tal prejuicio, para lo que sólo se fiarán en los casos que confirmen tal creencia mientras que no se fijarán en los casos que no la confirmen. Vemos lo que nos interesa, lo que queremos ver, y luego recordamos sólo parte de lo que vimos, en función también de nuestros intereses y de nuestras creencias y preconcepciones. De esta manera, quien esté convencido de que las mujeres conducen mal, de diez infracciones de conducción en mujeres, verán todas y las recordarán, aunque también distorsionadas, durante mucho tiempo. En cambio, de otras diez infracciones realizadas por varones, sólo verán algunas, restarán gravedad a otras y, finalmente, con el tiempo tenderán a olvidar muchas de ellas. Por tanto, un tiempo después no tendrán dudas: su experiencia en carretera les dice, sin ningún género de dudas, que las mujeres conducen mucho peor que los hombres. Nos encanta comprobar que tenemos razón y que nuestras creencias son las acertadas, y para ello tergiversamos la realidad haciendo que coincida con nuestras creencias y con nuestras teorías.

2) Sesgo de perseverancia en la creencia: consiste en la persistencia de nuestras creencias y concepciones iniciales, incluso cuando los fundamentos en que se basaban han quedado desacreditados. Por eso resulta sorprendentemente difícil demoler una creencia falsa una vez que la persona ha elaborado una razón fundamental en que apoyarla. Pero lo grave es que tendemos siempre a buscar razones en las que apoyar nuestras creencias.

Por ejemplo, Anderson, Lepper y Ross (1980), después de darles a sus sujetos dos casos concretos para que los examinaran, les pidieron que decidieran si las personas que asumen riesgos serían buenos o malos bomberos. A unos se les daba un caso en el que se observaba que era bueno asumir riesgos mientras que a los otros se les daba el caso opuesto en el que se mostraba claramente que era muy peligroso para un bombero asumir riesgos.

Después se les pidió que escribieran las razones por las que ellos creían que era así, con lo que cada grupo se formó una teoría opuesta respecto a este tema, de tal forma que incluso cuando la información fue desacreditada al explicarles que los datos del caso habían sido inventados por el experimentador con el simple propósito de la investigación, los sujetos continuaron creyendo que «su teoría» era cierta. Una implicación de esto es que cuanto más examinamos nuestras propias teorías y explicamos cómo podrían ser ciertas, más nos vamos cerrando a la información que desafíe nuestras creencias. Por ejemplo, una vez que consideramos por qué un acusado podría ser culpable, incluso desafiando toda evidencia contraria (por ejemplo, después de una sentencia absolutoria), seguiremos pensando que tal persona bien podría haber realizado el delito del que ha sido absuelto. Así, si nos dicen que se ha descubierto que fue un compañero nuestro quien venía robando desde hace dos años en la Facultad, enseguida construimos una teoría que explique coherentemente tal hecho, y para ello nos iremos formando una impresión negativa de ese compañero, iremos recordando algunas de sus conductas y de sus dichos que parecían explicar su personalidad «ladrona», etc. Si unas semanas después nos dicen que era un error, que el ladrón no era él, sino otra persona, ajena a la Facultad, pero que se llamaba como él, será ya difícil borrar la imagen negativa que me había hecho de ese compañero. Sabré que no fue él quien robó, pero sigo convencido de que bien podría haber sido. En esto se basa la conocida frase de «difama, que algo queda». Pero es más: no queda algo, queda muchísimo, casi todo. Y es que nuestras creencias y expectativas afectan poderosamente la manera en que percibimos e interpretamos los acontecimientos. Somos prisioneros de nuestros propios patrones de pensamiento. Y todo ello ocurre porque, y esto me parece una de las principales claves explicativas de la conducta humana, nuestras preconcepciones controlan nuestras 

percepciones, nuestras interpretaciones y basta nuestros recuerdos. La realidad la vemos siempre a través de nuestra percepción, de nuestras categorías, de nuestras creencias e interpretaciones previas. Como decía Nietzsche, no existe la «inmaculada percepción». Nuestra percepción está cargada y teñida de teoría. Algo similar se ha encontrado también en diferentes experimentos.

Así, Vallote, Ross y Lepper (1985) mostraron a sus sujetos, unos pro israelíes y otros pro árabes, seis noticias de las cadenas de televisión en las que se describía el asesinato en 1982 de refugiados civiles en dos campos libaneses. Cada uno de los dos grupos percibió que las cadenas de televisión eran hostiles a su postura. Pero es que este fenómeno es general: los candidatos presidenciales y sus defensores casi siempre consideran que la cobertura mediática es contraria a su causa; los seguidores de los equipos de fútbol, o de otros deportes, perciben que los árbitros suelen estar a favor de sus contrincantes; las personas que están pasando por algún conflicto (parejas, empresarios o Dirección/trabajadores, etc.) consideran que los mediadores imparciales están sesgados contra ellos. 

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En otro interesante estudio, Rothbart y Birrell (1977) presentaron a sus sujetos la foto de un hombre para que evaluaran su expresión facial. A la mitad se les dijo que se trataba de un líder de la Gestapo y que era responsable de horribles experimentos médicos en un campo de concentración. A la otra mitad se les dijo que se trataba de un líder antinazi clandestino y que había salvado a miles de judíos. Pues bien, ante la misma fotografía de la misma persona, los sujetos del primer grupo juzgaron que su expresión facial era cruel, mientras que los del segundo la juzgaron amable y simpática.

También se ha encontrado que los debates presidenciales estadounidenses refuerzan en su mayor parte las opiniones que se tenían antes del debate. Es más, con casi un margen de 10 a 1, aquellos que ya estaban a favor de un candidato u otro percibieron que su candidato había ganado el debate (Kinder y Sears, 1985). Por otra parte, los cineastas pueden controlar las percepciones de las emociones de los individuos sólo con colocarle al actor una horrible cicatriz en la cara, pero también manipulando el contexto en el que se ve una cara. Este fenómeno recibe el nombre de efecto Kulechov, cineasta ruso que le utilizó creando tres cortometrajes que presentaban la cara de un actor con una expresión neutra después de haber mostrado a los espectadores a una mujer muerta, un plato de sopa o una niña jugando, lo que hacía que el actor pareciera, respectivamente, triste, pensativo o contento. Somos nosotros los que, activa e interesadamente, construimos nuestro mundo.

¿Podemos evitar este sesgo y sus terribles consecuencias? Existen básicamente dos vías: la primera, muy socorrida pero poco eficaz y totalmente insuficiente, consiste en intentar ser objetivos y no tener prejuicios; la segunda, mucho más eficaz y menos utilizada, consiste en intentar explicar, buscando razones para ello, cómo podrían no ser acertadas mis creencias y sí las contrarias.

Así, incluso experimentalmente encontró Anderson (1982) que intentar explicar por qué una teoría opuesta a la nuestra puede ser cierta reduce e incluso elimina el sesgo de la perseverancia en la creencia. Por consiguiente, sería un sano eiercicio contra la intolerancia en nosotros mismos el obligarnos, al menos de vez en cuando, a explicar por qué la creencia opuesta a la nuestra podría ser cierta.

Una implicación de lo que acabamos de ver está en que uno de los grandes riesgos y peligros de la toma de decisiones es que quien las toma suele ser extremadamente reacio a modificarlas, incluso en el caso de disponer de pruebas aplastantes de que se ha equivocado, lo que lleva a los médicos a no modificar un diagnóstico claramente equivocado; produce graves injusticias, como en el caso del juez que se niega durante años a revisar los casos de gente inocente que ha sido condenada; hace que los científicos se aferren a teorías que han demostrado ser falsas, etc. Por razones esencialmente psicosociales nos cuesta mucho también cambiar nuestras creencias y opiniones. Entre otras, dos razones influyen aquí poderosamente: a) cuando tenemos una creencia, la que sea, hacemos todo lo posible por ignorar las pruebas que la refutan (incluso cuando el propio prestigio y autoestima no están en juego); y b) incluso cuando hay pruebas en contra, nos negamos a creerlas. Veamos este ejemplo (Snyder y Swann, 1978): un grupo de sujetos tenía que entrevistar a un cómplice del experimentador para averiguar si era una persona extrovertida, y el otro grupo para descubrir si era introvertida. Pues bien, ambos grupos tendieron a hacerle preguntas en la línea de la hipótesis propuesta. Por ejemplo, los que tenían que demostrar la hipótesis de la extroversión preguntaban: «¿Te gusta ir a fiestas?», mientras que los del otro grupo preguntaban: «Te desagradan las fiestas ruidosas?» En ambos casos, una respuesta afirmativa confirmaba la hipótesis que se intentaba probar.

3) Sesgo de la visión retrospectiva: es la tendencia a exagerar, después de conocer el resultado, la capacidad que tenemos para prever la forma en que algo sucedió. Por ello también se le suele conocer con el nombre de «va lo decía yo».

Así, Leary (1982) encontró que sus sujetos creían en 1980, pocos días antes de las elecciones presidenciales norteamericanas, que la disputa entre los dos candidatos estaba muy reñida como para hacer previsiones y que, si acaso, se produciría una ajustadísima victoria de Reagan sobre Carter. Tras las elecciones, después de la aplastante victoria de Reagan, los mismos sujetos de Leary señalaron que ellos ya habían dicho que ganaría Reagan por mucha diferencia. Al mismo resultado llegó Powell (1988) tras el nuevo triunfo de Reagan, esta vez ante Mondale, en 1984. Y es que, como subraya Myers (1995, pág. 26), «descubrir que algo ha pasado lo hace parecer más inevitable». Este fenómeno puede demostrarse de varias formas. Veamos dos: Primera, pídale a la mitad de un grupo que prediga el resultado de algún acontecimiento actual, por ejemplo, cuál será el resultado de un próximo y competido partido de fútbol entre el Real Madrid y el Barcelona.

Pídale a la otra mitad, una semana después de que se conozca el resultado, que diga qué previsión hubieran hecho ellos antes del partido. Segunda, proporcione a la mitad de un grupo un descubrimiento psicológico y a la otra mitad el opuesto. Por ejemplo, dígale a la mitad del grupo: «Los psicólogos sociales han encontrado que, a la hora de elegir nuestros amigos o de enamorarnos, somos atraídos más por personas cuyos rasgos son diferentes a los nuestros.

 

Parece ser cierto aquel viejo dicho de que "los opuestos se atraen".» Pero a la otra mitad dígale lo contrario: «Los psicólogos sociales han encontrado que, a la hora de elegir amigos o de enamorarnos, somos atraídos más por personas cuyos rasgos son similares a los nuestros. Parece ser cierto aquel viejo dicho de que "Pájaros de un mismo plumaje vuelan juntos"». Después, pídales a todos ellos que digan si, para ellos, tales resultados son «los que esperaban» o si, por el contrario, «les resultan sorprendentes». Muy probablemente todos afirmarán que eso es lo que ellos espera-ban: «Eso va lo decía yo.»

4) Sesgo de la confianza excesiva: es la tendencia a sobreestimar la precisión de nuestros juicios y de nuestras creencias. Tendemos a creer que tenemos razón y que acertamos más de lo que realmente tenemos razón y acertamos. La evidente vanidad de nuestros juicios («ya lo sabía yo desde el principio») se extiende también a las estimaciones de nuestro conocimiento actual.

Kahneman y Iversky lo han demostrado repetidamente. Este sesgo es particularmente peligroso cuando afecta a la toma de decisiones, principalmente en el caso de ciertas decisiones delicadas, como la de una guerra.

5) Sesgo de la ilusión de control: este sesgo, que está muy relacionado con el anterior, es la tendencia a sobreestimar el grado de controlabilidad que creemos tener. Así, Langer y Roth (1975) encontraron que las personas creen poder predecir y controlar el resultado del lanzamiento de una moneda: estamos motivados para controlar nuestro ambiente, de tal forma que a menudo creemos que muchas de las cosas que conseguimos se deben a nuestra valía, cuando realmente ha sido el azar el responsable de ello.

Más en concreto, «nuestra tendencia a percibir los acontecimientos aleatorios como relacionados alimenta la ilusión de control, la idea de que los acontecimientos fortuitos están suietos a nuestra in-fluencia. Esto mantiene activos a los jugadores y hace que el resto de nosotros hagamos todo tipo de cosas inverosímiles» (Myers, 2008, pág. 82). Por ejemplo, Langer (1977) demostró esta ilusión de control en una serie de experimentos sobre el juego. En efecto, en comparación con las personas a las que se había asignado determinado número de lotería, la persona que había elegido su propio número exigía cuatro veces más dinero cuando se le pedía que vendiera su boleto. Cuando se participa en un juego de azar contra una persona extraña y nerviosa, la gente apuesta más que cuando juega contra un oponente tranquilo y confiado, como si el que nuestro contrincante sea nervioso o tranquilo fuera algo que influyera en el comportamiento del azar. El tirar el dado, o girar la ruleta, aumenta la confianza de las personas (Wohl y Enzle, 2002). En todo caso, recordemos que entendemos por ilusión de control «la percepción de que los sucesos incontrolables están más suietos al control personal o son más controlables de lo que realmente son» (Myers, 2008, pág. 87). Más de 50 experimentos han concluido de forma consistente que la gente actúa como si pudiera predecir o controlar los sucesos aleatorios. Además, la observación de la vida real confirma los resultados de tales experimentos. De hecho, los que juegan a los dados suelen tirarlos con suavidad cuando desean obtener un número bajo y con fuerza cuando desean un número alto (Henslin,

1967). La industria de los juegos de azar florece gracias a las ilusiones de los jugadores, que atribuyen sus ganancias a su habilidad, mientras que las pérdidas se convierten en «casi aciertos» o «carambolas» o se debe, para el que apuesta en acontecimientos deportivos, a una mala decisión del árbitro o a un bote en falso de la pelota (Gilovich y Douglas, 1986). Y en la bolsa, la ilusión de control desgraciadamente fomenta el exceso de confianza y, por tanto, también lleva a pérdidas frecuentes (Barber y Odean, 2001).

6) Correlación ilusoria: consiste en percibir una relación de causa-efecto allí donde no existe.

En un interesante experimento, Ward y Jenkins (1965) mostraron a sus suietos los datos de un hipotético estudio que durante 50 días analizaba la eficacia de una previa «siembra de nubes».

Obviamente, unos días llovió y otros, los más, no llovió. Pues bien, los sujetos creyeron que realmente era eficaz la siembra de nubes percibiendo que existía una correlación entre siembra de nubes y lluvia. Y es que si creemos en la existencia de una correlación (por ejemplo, que los gitanos son ladrones, o que los políticos son corruptos), será más probable que percibamos y recordemos casos que la confirmen. Como vemos, esto está muy relacionado con la llamada «conducta supersticiosa», así como con el «sesgo confirmatorio». De hecho, Thomas Gilovich (1991) llevó a cabo un estudio sobre la creencia de que las parejas estériles que adoptan un niño tienen mayor probabilidad de concebir que parejas semejantes que no adoptan. La explicación que vulgarmente suele darse es que las parejas que adoptan finalmente se relajan y conciben. Sin embargo, esta explicación es absolutamente Falsa.

Lo que ocurre es que en lugar de fijarnos en las parejas que conciben antes de adoptar o que no conciben después de adoptar, sólo nos fijamos en aquellas que confirman nuestras ideas previas, es decir en aquellas parejas que han concebido después de adoptar, de tal forma que, aunque sean muy pocas, son suficientes para mantener nuestra

falsa creencia.

7) Sesgo o falacia de tasa base: es la tendencia a ignorar o a subemplear la información que describe a la mayoría de los casos y en su lugar ser influidos por características distintivas del caso concreto que se está juzgando. Supongamos que Juan desea comprar un coche. Sabe, por las más fiables estadísticas, que el coche modelo X es el que menos probabilidades tiene de ir al taller y que es el más seguro de todos los modelos existentes en nuestro país. El padre de Juan había comprado ese modelo X hace un par de años y, desafortunadamente, ha sido uno de los pocos casos de ese modelo que ha dado muchos problemas. Muy probablemente Juan no compre tal coche: se fiará más de un caso concreto, pero próximo, que de las estadísticas generales.

Indudablemente, el comportamiento de Juan es poco racional. Ello está muy relacionado con el llamado heurístico de disponibilidad, según el cual hacemos más caso al primer dato que nos viene a la cabeza (el más disponible) que a las estadísticas.

En consecuencia, con frecuencia nos dejamos influir más por anécdotas que por hechos estadísticos (Green y otros, 2002), lo que explica por qué el riesgo percibido está muy alejado del riesgo real (Allison y otros, 1992). Dado que las imágenes de las noticias de los accidentes de aviones son un recuerdo muy disponible para la mayoría de nosotros, solemos suponer que corremos un mayor riesgo en avión que en automóvil, a pesar de que está demostrado que es al revés (Nacional Safety Council, 2001). Más aún, para la mayoría de los pasajeros de los aviones, la parte más peligrosa de su viaje es el recorrido en coche hasta el aeropuerto.

Tengamos muy en cuenta que el conocimiento general de la estadística suele ser rudimentario o inexistente. E incluso tiene muy mala prensa la estadística. Suele decirse con frecuencia que «la estadística puede demostrar cualquier cosa» o que «hay mentiras, grandes mentiras y... estadísticas».

Y ello es cierto, pero sólo cuando la estadística es utilizada de forma incorrecta y poco racional.

Veamos un par de ejemplos: en el primero, Kahneman y Tversky (1972) dijeron a sus sujetos que había dos hospitales en una ciudad, uno grande en el que se producía una media de 45 nacimientos diarios, y otro más pequeño en el que la media era de 15 nacimientos al día. Si a lo largo del año nace igual número de niñas que de niños, se preguntó a los sujetos en cuál de los dos hospitales habrá más días en que el 60 por 100 de los bebés que nazcan serán varones. Pues bien, la mayoría de los sujetos contestaron que no había diferencia, cuando en realidad en el hospital pequeño hay el doble de días en que el 60 por 100 de los bebés sean varones. Obviamente, cuanto mayor sea el número de nacimientos mayor será la probabilidad de que el porcentaje de niños y niñas se acerque a la media. En el segundo ejemplo los sujetos tenían que imaginar una urna con bolas rojas y blancas, de las que dos tercios eran de un color y el tercio restante del otro (Iversky y Kahneman, 1982). El sujeto A extrae cinco bolas, cuatro de las cuales son rojas, mientras que el sujeto B extrae veinte de las que doce son rojas, preguntándoseles cuál de los dos sujetos, A o B, estará más seguro de que los dos tercios de las bolas sean rojas. La mayoría dijo que es el sujeto A, porque extrae una proporción mayor de bolas rojas. Pero es una respuesta equivocada.

Como luego veremos, a menudo incluso distorsionamos las pruebas para hacerlas coincidir con nuestras propias creencias, con nuestras ideas preconcebidas.

Pero es que hay más: malinterpretamos sistemáticamente las pruebas incluso cuando carecemos de ideas preconcebidas.

 

Veamos este ejemplo tomado de Kahneman y Tversky (1973): «Mi vecino de Londres es catedrático. Le gusta escribir poesía, es bastante tímido y es bajo», y seguidamente se nos pregunta si es más probable que sea catedrático de chino o de psicología. La mayoría de las personas responde, equivocadamente, que de chino. La respuesta correcta es que es más probable que sea catedrático de psicología, por la sencilla razón de que en Londres hay muchos más catedráticos de psicología que de chino.

Conocer la manera poco racional -y a veces hasta abiertamente irracional - en que pensamos, además de hacernos más humildes y, por tanto, más cautos y prudentes respecto a las conclusiones a que llegamos, nos ayuda también a mejorar nuestra forma de pensar, manteniéndonos más en contacto con la realidad. Y es que no nos conocemos a nosotros mismos, ni siquiera sabemos interpretar adecuadamente nuestras propias emociones. Por ejemplo, hace ya tiempo que Richard Nisbett y Stanley Schachter (1966) demostraron que las personas interpretamos mal nuestros propios pensamientos. En efecto, estos psicólogos sociales pidieron a sus sujetos, alumnos de la Universidad de Columbia, que soportaran una serie de descargas eléctricas de una intensidad creciente. Poco antes del experimento, algunos sujetos habían tomado una pastilla que, según se les dijo, les provocaría palpitaciones, irregularidades respiratorias y una sensación de cosquilleo en el estómago: exactamente la misma reacción que producen las descargas eléctricas. Los autores anticiparon que la gente atribuiría los síntomas de la descarga a la pastilla y, por consiguiente, tolerarían descargas más intensas que aquéllos sujetos que no habían recibido la pastilla, como así ocurrió: las personas que habían tomado la pastilla aceptaron una intensidad de descarga eléctrica cuatro veces más fuerte. Y cuando se les preguntó por qué habían soportado una descarga tan grande no mencionaron la pastilla. Y al recordárseles los efectos previstos de la pastilla, respondieron que a otros tal vez les había influido ésta, pero no a ellos. Igualmente, y de forma similar a los resultados de este experimento, también en la vida real la gente suele negar insistentemente que sea influida por los medios de comunicación de masas, aunque admiten que a otros sí les influye.

Más aún, es que a menudo tampoco somos capaces de predecir nuestra conducta. Así, cuando se pregunta a la gente si obedecerían la orden de dar una alta descarga eléctrica o si dudarían en ayudar a una víctima si hay más personas presentes, la gran mayoría de la gente niega su vulnerabilidad a esas influencias. Sin embargo, la psicología social ha demostrado repetidamente que muchos de nosotros somos mucho más vulnerables de lo que pensamos. También nos equivocamos a menudo cuando predecimos la duración de nuestras relaciones. Así, las parejas que están empezando una relación predicen que durará mucho más que la de los demás: otros no, pero ellos siempre se querrán. Sin embargo, como mostraron McDonald y Ross (1997), sus familiares y amigos suelen acertar más. Y es que, curiosamente, solemos acertar más cuando predecimos la conducta de los demás que cuando predecimos la nuestra propia.

Tampoco somos eficaces a la hora de predecir nuestros sentimientos. Cuando se les preguntó cómo se sentirían si durante una entrevista de trabajo se plantearan preguntas que considerasen sexualmente indiscretas, la mayoría de las mujeres encuestadas por Woodzicka y LaFrance (2001) dijeron que se sentirían enfurecidas. Pero cuando realmente se les planteó este tipo de preguntas, las mujeres experimentaron con más frecuencia una sensación de miedo que de furor, y los estudios sobre las «previsiones afectivas» revelan que la gente tiene una mayor dificultad para predecir la intensidad y la duración de sus emociones futuras (Wilson y Gilbert, 2003).

Igualmente, la gente suele equivocarse a la hora de predecir cómo se sentiría durante cierto tiempo tras la ruptura de una relación, o tras recibir un regalo, perder unas elecciones, ganar un juego o ser insultada (Gilbert y Ebert, 2002). Por ejemplo, sólo uno de cada siete fumadores ocasionales (que fuman menos de un cigarrillo al día como media) predice que será un fumador habitual dentro de cinco años, cuando realmente lo será casi la mitad de ellos (Lynch y Bonnie, 1994). Más aún, las personas subestiman hasta qué punto se verá afectado su bienestar por un invierno más caliente, por haber perdido peso, por disponer de más canales de televisión o por disfrutar de más tiempo libre: hasta acontecimientos tan extremos como sufrir un grave accidente que le deja a alguien en una silla de ruedas o ganar un cuantioso premio en la lotería, a largo plazo influyen en la felicidad de los protagonistas menos de lo que la mayoría suponemos. Igualmente, las personas que se han sometido a una prueba del VIH predicen que cinco semanas después de recibir los resultados se sentirán deprimidas si reciben malas noticias y eufóricas si reciben buenas noticias. Sin embargo, cinco semanas más tarde, los receptores de malas noticias están menos angustiados y los receptores de las buenas noticias menos eufóricos de lo que inicialmente creían (Sieff y otros, 1999). Cuando Gilbert y otros (1998) pidieron a una muestra de profesores interinos que previeran su felicidad a los pocos años de haber aprobado la oposición o de no haberla aprobado, la mayoría creyó que un resultado favorable sería importante para su felicidad futura. Pero cuando, años después de tal acontecimiento, se les volvió a encuestar, los que no habían aprobado eran, sorprendentemente, tan felices como los que sí habían aprobado. De forma similar, Gilbert y Wilson (2000) nos invitan a que imaginemos cómo nos sentiríamos sin perdiéramos una mano.

Probablemente pensaremos que seríamos sumamente infelices pues no podríamos hacer las cosas que hacemos ahora (escribir en el ordenador, jugar al balonces-to, etc.). Pero no tenemos en cuenta que, aunque ciertamente echaríamos mucho de menos la pérdida de la mano, nuestra felicidad un tiempo después de tal acontecimiento dependería básicamente de dos cosas: a) de la pérdida de la mano; y b) de todo lo demás. Ahora bien, al centrarnos en un acontecimiento negativo sobrevaloramos la importancia de lo que perdemos y subvaloramos la del resto de las cosas que contribuyen a nuestra felicidad, lo que nos lleva a exagerar la intensidad de nuestra infelicidad y la duración de nuestra desgracia.

Además, argumentan Wilson y Gilbert (2003), menospreciamos la rapidez y potencia de nuestro sistema inmunológico psicológico la este fenómeno le llaman estos autores inobservancia inmune), que incluye estrategias para racionalizar, quitar importancia y hasta limitar el trauma emocional, lo que nos ayuda a adaptarnos a nuestros problemas, a nuestras rupturas amorosas, a nuestras discapacidades, fracasos académicos y profesionales, etc., más rápidamente de lo que podríamos esperar. Paradójicamente, Gilbert y otros (2004) afirman que los acontecimientos negativos importantes, que son los que activan nuestras defensas psicológicas, pueden provocar una angustia menos duradera que las irritaciones menores, que no activan nuestras defensas.

En conclusión, pues, nuestras percepciones no son en absoluto un reflejo de la realidad sino una construcción social de esa realidad. A esto es justamente a lo que se refería Nietzsche cuando decía que no hay hechos sino interpretaciones. Y si esto ocurre con la percepción, más aún, si cabe, ocurre con la memoria.

CONCLUSIONES

Lo que nos enseña la psicología social podríamos resumirlo en los siguientes puntos: los humanos somos ante todo seres sociales, con una imperiosa necesidad de pertenecer a grupos y de ser aceptados y hasta elogiados por los demás; tenemos una alta necesidad tanto de una autoestima positiva como de una identidad propia; nos dejamos influir en exceso por la situación en que nos encontramos, de tal forma que nos comportamos de forma muy diferente según sea tal situación; a causa de todo lo anterior, a menudo somos mucho más irracionales de lo que creemos; y, finalmente, aunque de esto no he hablado todavía, somos nosotros mismos quienes construimos la realidad social que nos rodea (por ejemplo, como veremos oportunamente, nuestras propias expectativas interpersonales tienen tanta influencia sobre nuestra conducta, que nos comportamos de tal manera que tales expectativas tienden a cumplirse). Me gustaría que este libro sirviera también para conocernos como seres humanos y, con ello, tratar de evitar tantos comportamientos irracionales, sectarios, racistas, machistas, etc. en que con tanta frecuencia nos embarcamos sin percatarnos siquiera de su irracionalidad (por ejemplo, la mayoría de las personas no recuerda en absoluto cómo fue el clima del verano de hace dos años o el del invierno último, y sin embargo dicen recordar perfectamente cómo eran los veranos o los inviernos de su infancia, hace veinte, treinta o cuarenta años, e incluso discuten ardientemente a la hora de defender su postura; o se empeñan en decir que los gitanos son vagos..., incluso cuando jamás se han relacionado con un gitano; o, por no seguir poniendo ejemplos, mantienen firmemente que, en la financiación autonómica, Cataluña se lleva más dinero que el resto de las Comunidades o menos que las demás, según quien lo diga-, sin conocer en absoluto los pormenores de algo tan complejo técnicamente como es la financiación de las Comunidades Autónomas).

Esta información unida a lo que la neurociencia nos aporta sería útil para corregir algunos de los principales errores constitutivos del propio pensamiento occidental y que, por ello, son tan generales y están tan implantados en todos nosotros, hasta el punto de que constituyen también los tres grandes errores de la psicología social científica y académica: 1) La creencia de que el ser humano es un ser eminentemente individual, cuando realmente, es mucho más social y grupal que individual; 2) La creencia de que el ser humano es esencialmente un ser racional, cuando realmente, es mucho más emocional de lo que pensamos; y 3) La creencia de que la conducta humana depende principalmente de variables internas (personalidad), cuando nuestra conducta está mucho más influída de lo que creemos por variables externas: el poder de la situación es ciertamente inmenso. Pero nos interesa dejar muy claro que inmenso no significa definitivo: en el ser humano no hay nada determinista. Y si la situación tiene tanto poder sobre nosotros es precisamente, y sobre todo, precisamente porque desconocemos la fuerza de tal poder. 

ACTIVIDADES DE APRENDIZAJE

Comprensión de lectura

De respuesta al siguiente cuestionario y remita sus actividades al correo info@consejomexicanodeneurociencias.org

1. ¿En qué consiste la necesidad de pertenencia?

2. ¿En qué consiste la necesidad de poseer una identidad positiva?

3. ¿Qué es la reactancia?

4. ¿En qué consiste la afirmación de la unicidad?

5. ¿Qué son los sesgos por confirmación?

6. ¿En qué consiste el sesgo de la visión retrospectiva?

7. ¿Qué es la correlación ilusoria?

8. ¿En qué consiste el sesgo de la visión retrospectiva?

9. ¿Qué es el sesgo de perseverancia en la creencia?

10. ¿En qué consiste la Resiliencia?

Es muy importante tomar en consideración que los plazos para la entrega de actividades, aparecerán a un costado del botón que permite el acceso a esta unidad situado en el menú del Aula Virtual.

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