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PSICOLOGÍA SOCIAL

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ESTIGMA SOCIAL

OBJETIVOS DE APRENDIZAJE

En esta unidad se plantean los siguientes objetivos:

  • Comprender el significado de la estigmatización social y sus consecuencias.

  • Analizar la evolución del estudio del estigma social, tanto conceptual como metodológicamente.

  • Apreciar la diferencia entre la posición de mayoría y minoría social.

  • Constatar cómo la construcción social de las minorías

  • cuestiona su humanidad.

  • Descubrir las consecuencias personales y sociales que el estigma tiene para la víctima.

  • Entender el papel activo de las minorías a la hora de afrontar su situación de desventaja social.

  • Conocer los esfuerzos de la persona estigmatizada por mantener el equilibrio entre su identidad y la imagen social.

  • Apreciar la relevancia de la investigación psicosocial en el diseño de políticas sociales que favorezcan la integración de los grupos desfavorecidos.

INTRODUCCIÓN 

Vamos a comenzar este capítulo con un conocido ejercicio. Por favor, tome papel y lápiz y dedique unos minutos a escribir 20 respuestas a la pregunta «¿Quién soy yo?» (Kuhn y McPart-land, 1954). Probablemente encontrará muy fácil escribir las primeras respuestas: «yo soy una mujer»; «yo soy estudiante»; «yo soy joven»... pero a medida que avance necesitará reflexionar más y más para completar esa imagen que tiene de sí mismo. Las personas empleamos diversas etiquetas verbales para autodescribirnos, así como para describir a los demás. En este ejercicio, las respuestas definen distintas dimensiones de su identidad. Es habitual que la mayor parte de ellas sean descripciones que usted valora positivamente. Para las personas, conseguir una identidad positiva es una motivación vital. Sin embargo, alguno de esos rasgos que usted ha empleado podría adquirir una connotación negativa en algunos contextos particulares. Sin ir mas lejos, ser mujer tiene distintas valoraciones según la cultura. Esta característica se convierte en estigma cuando comienza a ser origen de reacciones evaluativas y conductuales distintas y negativas en comparación con otra categoría social. Un ejemplo puede ser el aborto selectivo o el abandono de bebés de sexo femenino en la República Popular China, por la preferencia hacia el sexo masculino, o el trato en la India, donde las mujeres y las niñas siguen siendo vendidas, casadas a los 10 años, quemadas vivas por las disputas relacionadas con la dote y explotadas como mano de obra esclava doméstica, como afirma Rehman Gulshun, asesor de Save the Children en el Reino Unido (http://www.unitedexplanations.org/2013/01/28/los-peores-y-mejores-paises-del-g-20-para-ser-mujer/. recuperado el día 12 de enero de 2014).

El estigma es un rasgo o atributo socialmente devaluado y que conlleva creencias, reacciones afectivas y conductas negativas hacia la persona a quien se le atribuye. En otras palabras, es un rasgo que convierte a quien lo posce en alguien inferior. Y por tanto, menos humano. Una característica será estigmatizante en la medida en que se considere central para la definición de lo que es esa persona. El estigma puede legar a ser la primera imagen que vemos en los otros (una persona negra, una persona ciega, una persona homosexual), de modo que ya no advertimos al individuo, inicamente vemos su estigma. Hay que subrayar que lo que centra esa atención no es realmente la marca en sí. Son los ojos y las creencias de los otros los que ven esa marca como algo distinto y devaluado. Varía en función del contexto temporal y cultural y puede originar distintas reacciones, más o menos sutiles: desprestigio, aversión a la interacción, despersonalización o deshumanización. Es, por tanto, no sólo la marca, sino el proceso dinámico de interacción social entre personas asignadas a distintos grupos sociales, atendiendo a la relevancia social y temporal de ciertas características (Bos, Pryor, Reeder y Stutterheim, 2013). Todo ello hace que cualquiera de nosotros pueda sufrir el estigma social, al menos ocasionalmente, pero para muchas personas la convivencia con el estigma será una experiencia cotidiana con la que debe lidiar día a día, de una situación a otra. En este capítulo se comenzará tratando el efecto que tiene esa marca o etiqueta en el perceptor y, más adelante, el efecto sobre quien la lleva: aquéllos que deben convivir con la mirada prejuiciosa del otro.

ESTIGMA SOCIAL: CUANDO ELLOS SON MENOS HUMANOS QUE NOSOTROS

El estigma es, en esencia, una percepción deshumanizada del otro. Esto quiere decir que cuando veo a otra persona, su marca me indica qué clase de persona es. Y definitivamente, que pertenece a un grupo que no es el mío, Es un otro, no es un yo. La investigación actual muestra que cada grupo de personas cree que es más humano que los otros grupos (Leyens, 2014); es el fenómeno llamado deshumanización.

 

Para comprender mejor el alcance de este proceso perceptivo, necesitamos saber que cada encuentro social comienza con la idea implícita de que la persona que tenemos delante posee una mente que piensa y siente. Que tiene planes, metas y emociones que dirigen su conducta. La mente no se ve, pero como yo sé que tengo una, presumo que el otro, que es como yo, la tendrá también. Es lo que se denomina teoría de la mente. Además, la investigación ha mostrado que nuestra teoría de la mente comprende dos capacidades esenciales (Gray, Gray y Wegner, 2007): por un lado, la agencia incluye las capacidades mentales que permiten decidir y realizar la propia conducta, e incluye el pensamiento, el juicio moral, el autocontrol o la comunicación, esto es, capacidades cog. nitivas avanzadas que suelen considerarse específicamente humanas y permiten distinguir a las personas de los animales.

 

Por otro, la experiencia, que es la capacidad general de experimentar sensaciones y sentimientos, e incluye las emociones, la conciencia y la personalidad, y distingue a los seres humanos de los robots y de los objetos inanimados, Según Haslam y Loughnan (2014), la agencia representaría lo específicamente humano, aquello de lo que carecen los animales, y la experiencia, la naturaleza humana, de la que carecen las maquinas. Este modelo de percepción de la mente entiende que la deshumanización ocurre cuando se le niega la posesión de una mente al otro, lo que se conoce como desmentalización (Kozak, Marsh y Wegner, 2006).

Este proceso no ocurre como un todo o nada; dado que las dos dimensiones de la mente son independientes, se puede tener agencia sin experiencia o experiencia sin agencia. De este modo, tener una mente no es sólo una cuestión de grado (más o menos,) sino de tipo de mente (agencia, experiencia o ambas).

Cuando etiquetamos a otro como diferente, también asumimos que su mente es distinta, y menos humana. Por ejemplo, una persona drogodependiente sería deshumanizada si se piensa que carece de autocontrol (agencia) y que está desconectada y no es consciente de la realidad (experiencia). Si sólo percibimos su estigma, su etiqueta, será fácil que olvidemos que es un ser humano igual que nosotros. El estigma promueve la deshumanización.

Recientemente, Pryor y Reeder (2011), basándose en la investigación previa, articulan un modelo conceptual que trata de integrar los distintos hallazgos en el campo de estudio del estigma. Ellos consideran cuatro manifestaciones dinámicamente interrelacionadas: estigma público, estigma por asociación, estigma estructural y autoestigma (Recuadro 1).

Estigma público

El concepto de estigma público es el núcleo del modelo, y comprende las distintas reacciones cognitivas, afectivas y conductuales ante la persona con estigma. Coincidiendo con la perspectiva tradicional, el origen de la estigmatización reside en la imagen que el perceptor tiene de las personas y grupos a quienes se asigna la condición de estigmatizado.

 

Estas representaciones cognitivas coinciden ampliamente con las dimensiones teóricas propuestas en los trabajos clásicos de Jones et al. (1984) y permiten, por un lado, evaluar y diferenciar las distintas categorías estigmatizadas y, por otro, estudiar el proceso de interacción social entre éstas y los miembros de grupos no estigmatizados (Quiles y Morera, 2008).

Algunas de estas representaciones cognitivas se describen a continuación.

Controlabilidad de la condición. Coincide con la dimensión control/origen del estigma de Jones et al. (1984). Concretamente, el perceptor se pregunta si la causa del estigma está bajo el control de la persona o no. Es decir, en qué grado esa persona es responsable de la situación desfavorable en que se encuentra. Responsabilizar a la persona de su estigma repercute en las reacciones emocionales y en la intención de conducta de manera que, por ejemplo, las personas fumadoras que desarrollan un cáncer despiertan indignación, menos simpatía y compasión que aquellas otras que no son consideradas responsables de esa enfermedad. Por ello, se estará menos predispuesto a prestar ayuda en el primer caso que en el segundo; por ejemplo, a destinar fondos públicos para el tratamiento de la enfermedad.

Recuadro 1. Minorías étnicas en Europa

El estudio de la Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea sobre las experiencias de los judíos en ocho países de la Unión Europea (Bélgica, Francia, Alemania, Hungría.

Italia, Letonia, Suecia y Reino Unido en los que reside el 90% de la población judía europea, muestra que un 76% de ésta cree que el antisemitismo se ha agravado en los últimos cinco años, y más de la mitad ha presenciado algún incidente en que se negó o minimizó el Holocausto.

La misma agencia aporta datos sobre la situación de la etnia gitana: el 90% vive por debajo de los niveles nacionales de pobreza; el 30% de los gitanos con educación universitaria está en paro; el 45% vive en viviendas en las que falta al menos baño, ducha o luz.

Omar Ba, responsable de la Plataforma Africana en Amberes (Bélgica), destaca el recelo hacia las minorías no por motivos económicos, sino de identidad nacional. El nacionalismo flamenco endurece los criterios para acceder a ciertas prestaciones con requisitos como el conocimiento de la lengua, el holandés (Fuente: El País).

Gravedad percibida del estigma. Cuando la percepción de gravedad es alta, las personas experimentan sentimientos contrapuestos de ansiedad y simpatía. Estos sentimientos desembocan en ambigüedad emocional e interacciones incómodas. Para referirse a esta situación en la que se produce una interacción tensa caracterizada por la ansiedad, Jones et al. (1984) hablan de potencial disruptivo del estigma. Por ejemplo, la tartamudez y el estrabismo tienen en común la capacidad de distorsionar y alterar los procesos de comunicación social.

Peligrosidad del estigma. En este caso, el perceptor valora si puede sufrir daño personal por la interacción con el estigmatizado. La percepción de peligrosidad despierta miedo y deseo de evitar el contacto. Es, por ejemplo, el caso de los enfermos mentales, cuya conduc-ta, a menudo, se juzga como impredecible y peligrosa. Jones et al. (1984) la definen como el miedo o la alarma que despierta el estigma y que puede ser tanto físico (miedo al conta-gio) como psicológico (temor al desequilibrio mental) o social (incumplimiento de las normas sociales). Steadman (1980) mantiene que la clave del estigma es el miedo que suscita en los demás.

Violación de la norma. Hay una alta correlación entre la desviación de la norma y los sentimientos negativos que despierta la categoría. Entre ellos destacan el miedo y el rechazo social. Es el caso de las personas portadoras del virus de la inmunodeficiencia humana; a pesar de la información médica sobre el origen y las formas de transmisión de la enfermedad, el prejuicio y el miedo al contagio no han cesado, al igual que la creencia en un estilo de vida anómico asociado a la adquisición de la enfermedad. La violación de la norma está implícita en el concepto de estigma cuando se considera que la persona se aleja de lo normalmente aceptado (Quiles y Morera, 2008) (Recuadro 2).

Recuadro 2. La percepción dimensional de categorías estigmatizadas

Marichal, Quiles y Capilla (2002), con el fin de comprobar que las dimensiones propuestas por Jones et al. (1984) se emplean como criterio de estigmatización, con independencia de la procedencia sociocultural, llevaron a cabo un estudio con participantes canarios y colombianos.

Los enunciados para cada una de las dimensiones fueron: visibilidad: «A mi juicio, el ... es algo que se nota a primera vista»; direccionalidad: «En mi opinión, el ... es algo que empeora con el paso del tiempo»; potencial disruptivo: «Creo que si estuviera con una persona ... evitaria hablar de temas relacionados con su condición»; apariencia física: «Seguramente me sentiria avergonzado/a si me vieran al lado de una persona..»; origen: «Creo que las personas ... lo son por puro azar», y peligrosidad: «Pienso que relacionarme con una persona... dañaría mi imagen ante los demás».

Los resultados confirman que: al el uso de tales dimensiones es independiente de la procedencia cultural; b) estas dimensiones describen a los grupos minoritarios, puesto que sirven para diferenciar entre una diversidad de categorías estigmatizadas (p. ej.. personas con enanismo óseo, lepra, enfermedad mental, sida, etnia gitana, prostitutas, drogadictos), y c/ facilitan la comprensión del proceso de interacción social entre personas con y sin estigma.

Estigma por asociación: dime con quién andas...

En ocasiones, la mancha del estigma no afecta sólo a su portador, sino que se extiende a las personas que están en contacto, más o menos cercano, con él: es el estigma por asociación.

Uno de los relatos que recoge Goffman en su libro Estigma: La identidad deteriorada, ilustra a la perfección este concepto. Una niña escribe: Soy una niña de 12 años a quien se excluye de toda actividad social porque mi padre es un expresidiario. Trato de ser amable y simpática con todo el mundo, pero es inútil. Mis compañeras de la escuela me han dicho que sus madres no quieren que se junten conmigo porque eso dañaria su reputación. 

El estigma por asociación contempla tanto las reacciones psicológicas y sociales ante la persona estigmatizada, como ante la gente asociada con esa persona (familiares, amigos, pareja). El alcance del estigma y sus consecuencias va más allá de la persona devaluada y alcanza a otras personas significativas en su vida, incluso a aquéllas con las que mantiene relaciones superficiales o puramente arbitrarias (Pryor, Reeder y Monroe, 2011). Este miedo al contagio social promueve la exclusión y el aislamiento de quien tiene el estigma, pero también de aquéllos que de algún modo están asociados con él o ella.

Estigma estructural: una sociedad que marca

El estigma tiene un origen eminentemente social pero, además, la sociedad provee mecanismos para hacerlo perdurable en el tiempo.

Las instituciones sociales y el sistema ideológico juegan un importante papel a la hora de perpetuar o exacerbar el estatus del estigmatizado. A su vez, el estigma cumple una función en la reproducción de las desigualdades sociales y contribuye a mantener la hegemonía del poder social, económico y político. Esto lo convierte en un producto derivado de la interpretación colectiva, que construye un significado social de la diferencia. Esta idea nos remite necesariamente al contexto de las relaciones intergrupales y al concepto de poder (Apfel-baum, 1989). Ásí, la marginación en las sociedades va ligada a la desigualdad y a los procesos de dominación/subordinación presentes en las relaciones entre los grupos. Éstos rigen la interacción entre las personas integradas y los grupos de personas excluidas. Cuando un grupo es etiquetado como minoritario o marginal, se origina una identidad negativa para todos sus miembros y el grupo mayoritario se convierte en normativo. Esta disparidad entre ambos va ligada al poder: el grupo mayoritario/dominante ejerce control sobre el minorita-rio/marginal, limita sus derechos y privilegios y lo coloca en una posición de dependencia. El primer paso para establecer la dominación es marcar, excluir y agrupar. Se etiqueta a la persona o grupo, se marca y se estigmatiza. Un segundo paso es justificar ideológicamente la injusticia, haciendo responsable a la persona estigmatizada de su condición. La hipótesis del mundo justo (Lerner, 1980) mantiene que las personas reciben lo que merecen o que merecen lo que obtienen. Otro grupo de justificaciones ideológicas se basa en la percepción de bondad, naturalidad o necesidad de las jerarquías sociales (Sidanius, Pratto y Bobo, 1994).

La orientación a la dominancia social sirve para reforzar y legitimar el tratamiento discriminatorio a las personas que ocupan una posición más baja en la jerarquía. La justificación ideológica de la estigmatización lleva, entre otras consecuencias, a la aceptación del pre-juicio, la discriminación, el rechazo y la evitación de personas con estigma. Y más aún, a la perpetuación (Fig. 1) y normalización de la injusticia. (Recuadro 3).

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Figura 1. La actividad estigmatizadora de los espectáculos de entretenimiento provoca humillación de las personas estigmatizadas y las deshumaniza. Joseph Carey Merrick también conocido como «El Hombre Elefante», se hizo famoso debido a las terribles malformaciones que padeció desde el año y medio de edad. Condenado a pasar la mayor parte de su vida trabajando en circos. Tomada de Wikimedia Commons.

Recuadro 3. Funciones de la estigmatización (Kurzban y Leary, 2001)

Explotación/dominación. La organización en grupos humanos genera diferencias de poder entre ellos, y la ideología se encarga de legitimar y perpetuar esas desigualdades. El racismo, el sexismo o el prejuicio hacia cualquier otra minoría étnica, religiosa o económica constituyen ejemplos claros de esta función, que persigue explotar y excluir a ciertos individuos del reparto de los beneficios cosechados por el grupo.

Refuerzo de normas sociales que minimicen los costes y peligros de la interacción. Esta segunda función persigue crear un marco normativo que garantice la seguridad para la persona y el grupo en la interacción social; es decir, evitar interacciones con individuos que resten recursos en el intercambio social o que supongan más costes que beneficios.

Evitación de la enfermedad. El estigma cumple la función de evitar el contagio de enfermedades que se derivan de la convivencia social. Se podría hablar de una tendencia instintiva para mantener una distancia física con aquellas personas que parecen inusuales, por ejemplo, desfiguradas, asimétricas.

Autoestigma

Las personas estigmatizadas son conscientes de la devaluación que sufre su identidad social a los ojos de otros. Esto supone la presión de ser expuesto a la estigmatización, pero también la internalización de las creencias y sentimientos negativos asociados con la condición de persona estigmatizada. La manera en que afecta al yo sigue tres caminos: 1) la experiencia del trato negativo; 2) la anticipación del estigma en cada nueva interacción, y 3) la reducción objetiva del bienestar y el estrés psicológico consecuente (Herek, 2009). Para las teorías clásicas del estigma, todo ello haría esperar una autoestima más baja en las personas con estigma.

En cambio, las teorías más recientes proporcionan otra explicación a los efectos del prejuicio y discriminación sobre la autoestima.

La víctima deja de ser un agente pasivo y reacciona ante la situación de manera que las consecuencias no son uniformes e inevitables, sino que variarán a través de las personas, las situaciones y los grupos (Miller, 2006). A continuación se discute lo que actualmente se conoce sobre las respuestas de quien sufre el estigma.

EL ESTIGMATIZADO: CUANDO MI DIGNIDAD ESTÁ EN JUEGO

Si hay una diferencia clave entre el estudio clásico del prejuicio y la investigación actual sobbre el estigma, es que esta última se centra de forma decidida en la perspectiva de quien sufre el prejuicio a causa de su etiqueta de grupo. El punto de vista de la víctima ha sido clave en el desarrollo de esta línea de investigación y su conceptualización ha variado claramente a lo largo del tiempo (Shelton, Alegre y Son, 2010).

Desde la perspectiva clásica, el estigma se define como una construcción social que implica el reconocimiento de diferencias, acompañada de su devaluación, asumiendo que hay algo inherentemente defectuoso en la persona: algo que la distingue de las personas normales.

Shelton et al. (2010) ilustran esta idea a partir de los estudios pioneros de Clark y Clark (1939) sobre las preferencias de niños negros por muñecas blancas y las distintas interpretaciones que se han hecho de sus resultados. La primera de ellas mantenía que las preferencias por las muñecas blancas probaban el rechazo a su propio grupo, así como la baja autoestima de los niños negros. Dado que la sociedad devalúa a las personas negras, se asume que estas internalizarán desde la infancia esta devalua-ción. Posteriormente, entre los años sesenta y setenta del siglo pasado, esta interpretación se cambia por la tesis de la familiaridad. La preferencia de los niños se debería a la mayor familiaridad con las muñecas blancas. Bien por la escasez de muñecas de color en esa época, bien en aras del control experimental, los investigadores presentaron a todos los niños la misma murieca probablemente con rasgos caucásicos- pero la que representaba a su grupo era de color negro. Podemos imaginar que la muñeca negra tendría un aspecto bastante más extraño que la blanca; es curioso que este hecho no se haya cuestionado más. Está claro que para los investigadores, una única apariencia (blanca o negra) representa a los dos grupos raciales: todas las personas somos iguales, pero ¿iguales a quién? (Recuadro 4).

Según Shelton et al., (2010) en la orientación clásica subyace la idea del déficit, que asume que la persona nace con un defecto (p. ej., negro, homosexual, gitano) o lo adquiere en un ambiente social que cuestiona su plena humanidad (p. ej., obesos, enfermos mentales).

En esta aproximación al estigma, los grupos más estudiados han sido los grupos raciales y las personas con alteraciones físicas o mentales, con conductas que se consideran desvia-das. Según la clasificación pionera de Goffman (1963), los estigmas podían ser tribales, físicos y sociales.

Consecuencias del estigma en la autoestima: cómo me ven y cómo me veo

La sensación de ser una persona normal, un ser humano como cualquier otro, un individuo que merece una oportunidad justa para iniciarse en alguna actividad, puede ser uno de sus más profundos sentimientos acerca de su identidad. (Goffman, 1963, p. 17).

Esta frase de Goffman, refiriéndose a la situación vital de la persona estigmatizada, pone de manifiesto el deseo de ser visto y aceptado como uno más y esquivar las consecuencias negativas de su pertenencia a un grupo deva-

luado. Estas consecuencias incluyen desventajas económicas, laborales y sociales. Entre las últimas destacan los efectos sobre la construcción de una identidad personal y social.

Las personas desean ser valoradas y aceptadas y ofrecer una imagen positiva ante los demás.

Esta imagen guarda una estrecha relación con aquélla que nos devuelven los demás. La hipótesis del yo espejo (Cooley, 1902) defiende que construimos nuestro yo a partir de las observaciones e interpretaciones que hacemos de las respuestas de los otros; ellos son el espejo en que nos vemos reflejados. Siguiendo este ra-zonamiento, la persona interioriza la imagen devaluada, y esta conciencia de la inferioridad hará que se sienta insegura y ansiosa y, en última instancia, se refleje en una autoestima baja.

Goffman (1963), en referencia al intercambio social no saludable, habla de las consecuencias derivadas de tener conciencia de la inferiori-dad; entre ellas, el miedo, la inseguridad y la ansiedad al tener presente en las interacciones la imagen consensuada y negativa que poseen los demás de sí mismo y su grupo. La incertidumbre de la persona estigmatizada también surge porque ignora en qué categorías será ubicada y si esa categorización le va a beneficiar o perjudicar.

En la década de 1980, los resultados obtenidos en distintas investigaciones cuestionan la tesis defendida hasta ese momento, según la cual las personas con estigma tendrían niveles más bajos de autoestima, peor bienestar y menor rendimiento intelectual que las personas sin estigma. A partir de estos resultados, emerge una nueva perspectiva que cambia la comprensión de sus efectos. Los trabajos de Crocker y Mayor (1989) sobre la ambigüedad atribucional son clave en este giro teórico.

Recuadro 4. Experimento de Clark y Clark (1939)

Con el fin de analizar la génesis y el desarrollo de la identificación grupal de los ninos negros, Kenneth Clark y su esposa Mamie Clark llevan a cabo un ingenioso experimento con cuatro muñecas: dos de ellas negras de pelo oscuro y dos blancas de pelo rubio. Las muñecas eran iguales excepto por su color de piel y de pelo, estaban desvestidas salvo por un pañal blanco y se presentaron en dos órdenes distintos: para la mitad de los participantes, la secuencia fue blanca, negra, blanca, negra y para la otra mitad, el orden fue el inverso. En total participaron 250 niños 153 varones y 66 niñas) de edades comprendidas entre los 3 y 7 años, que diferían en la tonalidad de su piel (clara, media y oscura). Debían responder a ocho cuestiones y elegir una de las muñecas y entregársela al experimentador. Las preguntas eran del tipo: «Dame la muñeca que es bonita», «dame la muñeca que parece mala», «dame la muñeca que se parece a ti». Por medio de esas preguntas, los investigadores medían las preferencias, el conocimiento de las diferencias raciales y la autoidentificación. Los resultados mostraron una mayor preferencia por la muñeca blanca y más rechazo por la muñeca negra, y una percepción de la muñeca negra como mas mala (59%) que la muñeca blanca (17%).

Teoría de la ambigüedad atribucional

En líneas generales, la teoría de la ambigüedad atribucional plantea que las personas que pertenecen a un grupo poco valorado tienen dos explicaciones causales alternativas ante una experiencia de fracaso: por un lado, el resultado negativo puede atribuirse a causas internas, como falta de habilidad o capacidad para desarrollar una tarea; por otro, puede atribuirse a causas externas como el prejuicio hacia su grupo. Esta atribución externa permitiría a la persona eludir su propia responsabilidad en la obtención de un resultado negativo, de tal modo que su autoestima estaría protegida. En síntesis, las personas estigmatizadas protegen su autoestima de la amenaza que supone su posición de desventaja mediante la atribución de los resultados negativos al prejuicio, en lugar de a la falta de mérito propio. La hipótesis de Crocker y Major ha generado distintas reacciones, ya que la investigación aporta datos a favor y en contra de dicho supuesto. El principal contrapunto sobre el que se sostiene esta controversia está representado por los argumentos de Branscombe, Schmitt y Harvey (1999) y su rechazo a la función protectora de las atribuciones al prejuicio.

Teoría de rechazo-identificación

Desde la teoría de rechazo-identificación, Branscombe et al. (1999) discuten la supuesta función protectora del estigma para el sí mismo. Según estos autores, el prejuicio significa rechazo y exclusión por parte del grupo dominante y, por tanto, la percepción de prejuicio afectará negativamente al bienestar psicológico de los estigmatizados. De he-cho, diversas investigaciones correlacionales muestran que aquéllos que se perciben a sí mismos como víctimas habituales de prejuicio y discriminación presentan más síntomas de malestar psicológico. Schmitt y Branscombe (2002) sostienen que, si bien las atribuciones al prejuicio permiten proteger aspectos importantes del sí mismo, como la habilidad, el desempeño y la capacidad para realizar una tarea, también representan una amenaza para otro aspecto no menos importante del sí mismo, como es la pertenencia a un grupo social. Por ello defienden que, lejos de tener un efecto protector, las atribuciones al prejuicio son penosas y dañinas para quien las realiza, especialmente porque, para los grupos mino-ritarios, el prejuicio es una realidad estable, incontrolable y que refleja la devaluación y el rechazo de los otros. El modelo de rechazo-identificación sugiere, básicamente, que la identificación con el endogrupo minoritario atenúa los efectos negativos que produce la atribución al prejuicio. Esto es así porque, en respuesta al prejuicio, las personas estigmatizadas aumentan su identificación con su grupo de pertenencia, lo cual les permite aliviar algunas de esas consecuencias perjudicia-les. Branscombe et al. (1999) prueban que la identificación con el propio grupo es una estrategia efectiva a la hora de responder al prejuicio y la devaluación. El grupo aporta apoyo emocional e instrumental, validación social para la autopercepción y consenso social para las propias atribuciones. Además, puede ayudar a resolver los problemas del prejuicio y la discriminación a través de acciones colectivas.

En definitiva, los resultados de las dos teorias son contradictorios: algunas investigaciones encuentran evidencia que confirma una autoestima mas baja en las personas es tigmatizadas (p. ej., Schmitt y Branscombe, 2002), pero otras indican lo contrario (Major y OBrien, 2005). Según Barreto y Ellemers (2010), esta incongruencia aparente se debe al papel activo de los miembros de la minoría y de los recursos que ellos tienen para reducir el daño causado por la estigmatización. No obstante, es incuestionable el esfuerzo que debe realizar la persona para mantener un sí mismo digno y valioso siendo conocedora de esa imagen social devaluada. Es lo que Steele (1997) denomina la amenaza en el aire: representaciones colectivas que existen sin requerir la presencia de una persona prejuiciosa y que obligan a la persona estigmatizada a conciliar la imagen positiva que desea proyectar con el conocimiento de una representación social negativa de sí y de su grupo.

Nuevas perspectivas

Para responder a esta aparente incongruen-cia, Major (2006) propone una síntesis de una nueva visión del estigma, agrupada en tres ideas generales: la variabilidad, la importancia de la interpretación y el modelo transaccional.

La variabilidad: ¿todos los grupos estigmatizados responden igual a su condición? Las respuestas ante el estigma varían en función del grupo estigmatizado, dentro de un mismo grupo y la misma persona en distintos contextos (Major, 2006). La investigación muestra que, cuando se compara la autoestima de afroamericanos con americanos de origen europeo, los primeros tienen una autoestima mayor que los segundos. Pero las mujeres obesas tienen menor autoestima que las no obesas, y las mujeres americanas de origen europeo tienen menor autoestima que los hombres americanos de origen euro-peo. Dentro de un mismo grupo estigmatizado, algunas personas parecen más resistentes al prejuicio y muestran un bienestar positivo, mientras que otras no. Igualmente, la misma persona en distintos contextos puede mostrar respuestas distintas al prejuicio y la discriminación, como muestra la investigación sobre la amenaza del estereotipo (Steele y Aronson, 1995).

La importancia de la interpretación: la persona estigmatizada define activamente su situación. En la actualidad se sabe que el efecto de la estigmatización está mediado por la interpretación que hace la persona de la visión que tienen los otros de ella, del contexto y de las circunstancias sociales. Esto enfatiza la importancia de la interpretación que hace la persona de su ambiente en función de sus emociones, conductas, actitudes intergrupales y rendimiento intelectual. En opinión de Major (2006), la experiencia previa con los estereotipos, el prejuicio y la discriminación, así como la exposición a las representaciones de su estigma en la cultura dominante, hacen que los miembros de grupos estigmatizados desarrollen sentimientos, creencias y expectativas acerca de su estigma y sus potenciales consecuencias. Y, si bien no asumen necesariamente las representaciones sociales que existen, sí son conscientes de ellas y de la valoración negativa de su grupo. El conocimiento de esta representación colectiva y la valoración social del grupo puede afectar a la conducta de las personas estigmatizadas aun cuando las otras personas no estén presentes en la situación.

El modelo transaccional: ésta es la situación, ésta es la persona que soy y éstas, las herramientas que tengo. Para entender la respuesta de las personas estigmatizadas a su situación, considerando esta circunstancia como una tensión semejante a otras fuentes de estrés crónico y agudo, la investigación contemporánea propone el modelo transaccional de respuesta al estigma.

 

El modelo transaccional de la tensión y el afrontamiento fue propuesto para explicar la variabilidad de respuesta ante situaciones y acontecimientos de estrés (Bandura, 1982; Lazarus, 1999; Lazarus y Folkman, 1984). Su premisa central es que los organismos no responden de la misma manera ante las tensiones, sino que las respuestas varían en función de dos procesos: a) la valoración cognitiva de la si-tuación, y b) las estrategias de afrontamiento utilizadas en situaciones valoradas como estresantes. Ambos procesos están influidos por las características de la persona y de la situación. La valoración cognitiva es el juicio sobre la relación entre una persona y su ambiente y las implicaciones que tiene esta relación para el bienestar psicológico (Lazarus y Fokman, 1984). Se distingue entre valoración primaria -la persona considera si la situación resulta potencialmente amenazadora para sus metas y valores- y la valoración secundaria -la persona valora si cuenta con recursos para afrontarla-. Una situación se considerará amenazante cuando las demandas internas o externas excedan los recursos de la persona para afrontarla. Ambas valoraciones son conceptos diferentes pero interdependientes y, a menudo, difíciles de distinguir empíricamente. En opinión de Major (2006), es teóricamente posible que las personas que se perciben a sí mismas como víctimas de estereotipos negativos, prejuicios y discriminación no se sientan amenazadas. Esto podría ocurrir si la persona cree que tiene los recursos necesarios para afrontar la amenaza derivada de esa situación (p. ej., la habilidad para limitar la interacción con personas prejuiciosas). El segundo proceso central en el modelo transaccional de respuesta al estigma es el afrontamiento. El afrontamiento es una meta dirigida a regular emoción, cognición, conducta, fisiología y ambiente en respuesta a situaciones o circunstancias estresantes. En los procesos de afrontamiento intervienen:

  1. factores situacionales (p. ej., el apoyo de otras personas presentes en la situación);

  2. factores personales (p. ej., locus de control), y c) factores estructurales (p. ej., el estatus grupal y los recursos de que dispone).

Estrategias de afrontamiento

En las perspectivas contemporáneas, el concepto de afrontamiento es fundamental, básicamente porque cambia la visión de la víc-tima, que pasa de ser considerada un sujeto pasivo a un agente activo. Esta consideración abre nuevas vías en la investigación, entre ellas, las estrategias para afrontar aquellas situaciones en las que se hace patente una amenaza a la valoración personal.

Los miembros de grupos de bajo estatus pueden proteger su identidad actuando de diversas formas, que se detallan a continuación.

Destacando los aspectos positivos de su grupo. Las mujeres pueden centrarse en su presumible superioridad en habilidades verbales y sociales, o los grupos étnicos y religiosos pueden destacar aquellos dominios en los que su grupo sobresalga (Van Laar et al., 2010). Esta estrategia de afirmación del sí mismo, al centrarse en los aspectos positivos del endogrupo, reduce los sentimientos de amenaza y facilita los desafíos, lo que ayuda a mantener la motivación y el rendimien-to. Leach, Rodríguez-Mosquera, Vliek y Hirt (2010) encuentran que disfrutar de una identidad colectiva positiva ayuda a contrarrestar las consecuencias de la discriminación.

Negociando su identidad estigmatizada en su día a día. Esta estrategia va en consonancia con la teoría de la realidad compartida (Sinclair y Huntsinger, 2006), que sostiene que en cada interacción construimos y reconstruimos nuestro yo mismo, ajustándolo a las demandas de la situación y a la imagen que tenemos de nosotros mismos. También Crocker y García (2006) defienden este carácter dinámico y flexible de la imagen personal, al mantener que las personas actúan de manera que continuamente crean y sostienen lo que se conoce como la imagen deseada.

Distanciándose de su grupo de per-tenencia. También se conseguiría buscando pertenecer a un grupo de mayor estatus a través de la movilidad social (Tajfel y Turner, 1979).

 

Identificándose y apoyándose en el endogrupo. Como ya se ha comentado, el modelo de rechazo e identificación (Brans-combe et al., 1999) defiende que la identificación con el endogrupo minoritario atenúa los efectos negativos derivados de la pertenencia a un grupo social devaluado. Diferentes investigaciones confirman esta afirmación. Por ejemplo, Schmitt, Branscombe, Kobrynowizc y Owen (2002) plantearon la hipótesis de que, debido a la posición devaluada que ocupan las mujeres en la estructura social frente a los hombres, la percepción de discriminación sexista tendría peores consecuencias en la identidad personal y grupal y el bienestar psicológico en ellas que en ellos. También se predecía que este efecto negativo estaría mediado positivamente en las mujeres (pero no en los hombres) por una mayor identificación con el endogrupo. Los resultados obtenidos apoyaron la eficacia de esta estrategia. También son consistentes con estas conclusiones los datos aportados por Latrofa, Vaes, Pastora y Cadinu (2009), quienes encuentran que la identificación con un grupo estigmatizado puede tener implicaciones positivas para el bienestar porque es la base para el autoeste-reotipo que crea el sentido de unicidad con otros miembros del grupo. En la misma dirección van los resultados de Crabtree, Haslam, Postman y Haslam (2010) al confirmar que la identificación con un grupo de apoyo incrementa la resistencia y el rechazo al estigma asociado a los enfermos mentales e incrementa la percepción de apoyo social, más allá de familiares y amigos. Todos estos resultados apoyan esta forma de concebir la identidad social y sugiere que la identificación con el grupo lleva aparejadas una serie de ventajas: promueve estrategias que fomentan las habilidades personales para afrontar el estigma y tiene efectos beneficiosos para la autoestima.

El uso de una u otras de estas estrategias va a estar determinado por las diferencias individuales, el contexto situacional y el tipo de estigma. Por ejemplo, para las personas con dificultades intelectuales o cognitivas es más difícil influir en la imagen que los demás tienen de ellas porque deben enfrentarse a problemas de autonomía, comunicación y otras barreras interpersonales y sociales Jahoda, Wilson, Stalker y Cairney, 2010).

EL OCULTAMIENTO DEL ESTIGMA

Le vamos a pedir que medite unos segun dos y recuerde alguna situación en la que se ha sentido fuera de lugar. Seguramente no le va a resultar difícil encontrar algún ejemplo.

 

En general, las personas tenemos un sentido desarrollado de lo que es apropiado o inaproPiado en cada situación y tratamos de estar en sintonía con cada una de ellas (Goffman, 1959). Como hemos visto a lo largo de este capítulo, el estigma social alude a cualquier rasgo o característica de una persona que es devaluada en un contexto particular de interacción social. Dado que los ámbitos de interacción social son muy diversos y variables, es posible que, de forma cotidiana, usted pueda encontrar que en alguno de ellos se siente in-adecuado, bien por el propio conocimiento de la situación, bien porque las reacciones de las otras personas hacia usted se lo hacen notar (p. ej., si usted manifiesta su actitud proabor-tista ante un auditorio muy conservador).

¿Recuerda haber callado, matizado o incluso cambiado sus opiniones, comentarios o su conducta para ajustarlos a lo que cree que su auditorio considera adecuado? Nuestra apuesta es que si lo ha hecho. Ocultar eso que es inapropiado es una respuesta frecuen-te, muchas veces espontánea, que tiene como objetivo evitar la reacción negativa hacia nosotros en un contexto social dado.

De nuevo se subraya que el riesgo de experimentar el estigma no está reservado exclusivamente a categorías sociales particu-lares: cualquier persona puede ser portadora de un estigma. Es más, éste puede aparecer o desaparecer según el contexto. Dado que las personas tratamos de mantener un sentimiento de pertenencia y evitar la exclusión, con cierta frecuencia, casi sin proponérnoslo, ocultamos alguna de nuestras múltiples ver-dades, cuando resulta incómoda para nuestra imagen deseada.

No todos los estigmas se pueden ocultar.

Un alto grado de visibilidad hace obvia esa desventaja en cada nueva situación, mientras que una baja visibilidad da al estigmatizado la libertad de expresar, o no, la parte de su identidad que puede ser devaluada en cada nuevo contexto. Esto, a primera vista, es una ventaja: podríamos pensar que un estigma que no se nota deja de serlo. Aquéllos que pueden ocultar su estigma (personas homosexuales, portadoras del virus de la inmunodeficiencia humana, enfermedades mentales, epilepsia, trastornos de alimentación, haber sufrido un aborto o ejercido la prostitución, etc.) pueden eludir muchas situaciones de prejuicio y discriminación que son inevitables para aquéllos otros cuya identidad es más evidente. Sin embargo, las personas que ocultan su estigma tienen también otras fuentes de estrés. Por ejemplo, tener que decidir continuamente si revelar o no su verdad oculta, afrontar la disonancia de mentir sobre quién es, la ansiedad por el temor a ser descubiertos, entre otros posibles costes que se verán a continuación.

En esta sección se abordará la cuestión de si poder ocultar un estigma es realmente una ventaja o si, en cambio, tiene un precio excesivamente alto. Para ello se utilizará como base el trabajo de Pachankis (2007), que trata de reunir en un único modelo cognitivo-afectivo-conductual las consecuencias de la estrategia de ocultamiento.

Dificultad de ocultar el estigma

Los beneficios de poder ocultar una identidad devaluada socialmente son indiscutibles. Esta estrategia permite no sólo evitar una evaluación negativa que amenace al sí mismo, sino también eludir consecuencias más prácticas, como la dificultad para conseguir un empleo, una vivienda, educación, o evitar insultos y agresiones. Revelar un estigma oculto puede tener consecuencias diversas y graves, como la pérdida de la custodia de los hijos, el aislamiento social, perder el puesto de trabajo, ser abandonado por los padres o la familia próxima e incluso sufrir violencia.

A cambio de esta aparente seguridad, las personas deben valorar en cada situación quién puede o no conocer o sospechar su es-tigma. Esta valoración continua y la conducta necesaria para revelar u ocultar la marca requiere diferentes grados de energía y esfuerzo, según distintos factores. Una primera consideración a tener en cuenta, según Pachankis (2007), es el grado en que ese estigma es relevante y saliente en cada situación. Como se ha dicho anteriormente, el grado en que una característica se convierte en estigmatizante depende del contexto social. Por ejemplo, ser homosexual no tiene la misma carga negativa en todas las culturas. Tampoco en todos los terrenos tiene los mismos riesgos. Por ejem-plo, en el campo profesional, las consecuencias son potencialmente más negativas en ámbitos como la policía o el ejército que en otros como la estética o la moda. En la medida en que una característica es relevante con mayor frecuencia o en un mayor número de situaciones, su ocultación requiere dosis mayores y continuas de dedicación y empeño por parte de su portador.

Costes de la ocultación

La opción de decir la verdad obliga a enfrentarse a las consiguientes consecuencias interpersonales, mientras que mentir obliga a enfrentarse a otro tipo de consecuencias, principalmente intrapersonales.

La primera de las consecuencias es el mie-do: vivir con el temor constante a ser descubierto y anticipando el rechazo, el aislamiento social, sufrir abusos, discriminación laboral y en la vivienda, ser repudiado por los padres, familia y/o amigos, e incluso el castigo físico y la violencia (Corrigan y Matthews, 2003).

Un segundo coste menos obvio, pero más investigado, es el efecto rebote de las estrategias de supresión de pensamientos. Según Smart y Wegner (2000), existe un proceso cognitivo asociado a aquellas situaciones en las que se quiere mantener un secreto.

Para ellos, el primer paso a la hora de guardar una confidencia es tratar de suprimir los pensamientos relacionados con ese tema, de este modo se puede centrar la atención en la conversación con otra persona y tratar de alejarla del tema a esconder, tratando de parecer sincero y veraz. Sin embargo, esos intentos de suprimir los pensamientos tienen, paradóji-camente, la consecuencia de incrementar el número de pensamientos intrusivos sobre el tema que se trata de eludir. Es irónico, pero los pensamientos indeseados aparecen con más frecuencia precisamente por ser indeseados (Wegner, 1994). Los intentos de suprimir un pensamiento producen mayores niveles de accesibilidad a ese pensamiento, lo que favorece las intrusiones automáticas. Smart y Wegner (2000) asumen que las personas con un estigma oculto seguramente no tendrán pensamientos conscientes sobre éste todo el tiempo, sino que más bien experimentarán intrusiones periódicas de aquello sobre lo que no quieren pensar. Además es un ciclo que se autoalimenta: en la medida en que aparecen más pensamientos intrusivos, más se intenta suprimir esos pensamientos, lo que a su vez aumenta la probabilidad de experimentar in-trusiones. De este modo, la ocultación se convierte en una preocupación enorme y constante que Smart y Wegner (2000) etiquetan como un infierno privado. Esta preocupación es, seguramente, el coste del estigma que más diferencia a aquéllos que se pueden ocultar y que no afectan a las personas que poseen una marca más visible y evidente.

Un tercer coste afecta a la calidad de la interacción con los demás: se trata de la vigilan-cia. La preocupación por mantener su secreto les lleva a aumentar la vigilancia durante el contacto con otros, atendiendo estrechamente a la interacción, controlando las acciones y tratando de ponerse en la perspectiva del otro. Esta vigilancia extrema y el continuo recelo tendrán sin duda un impacto negativo en la interacción, así como un reflejo en una serie de consecuencias negativas en las reacciones y estados afectivos de la persona que oculta su estigma.

En definitiva, Pachankis (2007, p. 338) propone un modelo en el que las personas con un estigma que se puede ocultar tienen una serie de problemas que son particulares a esta situación. Estas personas poseen una información sobre algo que les desacredita y que debe ser negociada de situación a si-tuación. Estas consecuencias son diversas y afectan al ámbito cognitivo, afectivo y con-ductual. En particular, tiene que ver con la imagen y la valoración que las personas tienen de sí mismas. En muchas situaciones in-terpersonales, los individuos con un estigma no visible deben decidir si mantenerlo en secreto o revelarlo. Para empezar, ciertos asPectos de la situación afectan a esta decisión: ocultarlo es más difícil en aquellas situaciones en las que éste se hace saliente (p. e)., un chico gay en una reunión de chicos heteroexuales que hablan sobre chicas), el miedo a ser descubierto es alto (p. ej., la conversación se vuelve hacia las experiencias personales con chicas) y las consecuencias posibles de ser descubierto (p. ej., en un país donde la homosexualidad se paga con la cárcel). Una persona con un estigma oculto tendrá que enfrentarse a consecuencias como la auto-conciencia, la vigilancia, la vergüenza y la culpa por ocultar quién es en realidad. Estas consecuencias cognitivas y afectivas tendrán a su vez efecto sobre la conducta, como el manejo de la impresión, mediante una alta monitorización de la conducta, la evitación social y el aislamiento, un exceso de importancia al feedback proporcionado por los otros y un funcionamiento deteriorado de las interacciones sociales. La experiencia de esas dificultades puede llevar a una autoevaluación negativa, una identidad ambivalente y una baja autoeficacia. La conducta pasada y la autoevaluación de esa conducta tendrán un efecto en la valoración que se haga de las interacciones sociales futuras, incluyendo la decisión de revelar o no el estigma y/o evitar dichas interacciones por la expectativa de un resultado negativo.

CONCLUSIONES

Los cambios conceptuales han venido acompañados de nuevas metodologías que permiten acceder a información hasta ahora no disponible y que proporciona una comprensión mayor del estigma (veáse Shelton et al.,

2010). Entre estas nuevas metodologías están las que proporciona la neurociencia. Los avances metodológicos y técnicos producidos en los últimos años han llevado a los psicólogos sociales a reducir el uso de las medidas explícitas de emociones, actitudes y motivaciones y acercarse a las medidas implícitas, que proporcionan más precisión e imparcialidad de importantes fenómenos psicológicos.

La neurociencia social es un ejemplo de este cambio, que ha permitido importantes avances en el estudio de los procesos cognitivos y los mecanismos neuronales subyacentes a fenómenos intergrupales como la categorización, el prejuicio y los estereotipos. El uso de técnicas como la resonancia magnética funcional o la electroencefalografía permite ampliar el conocimiento del papel que desempeñan determinadas zonas cerebrales en fenómenos sociales complejos, como la percepción de personas y los prejuicios raciales.

Al igual que ocurría con los métodos tradicionales en el estudio de las relaciones in-tergrupales, la mayoría de las investigaciones de neurociencia social ponen el énfasis en los miembros de la mayoría. No obstante, también existe investigación desde la perspectiva de la víctima que analiza, utilizando procedimientos de neuroimagen, la ansiedad producida por la amenaza del estereotipo y sus consecuencias en el rendimiento, y confirma que los procesos cognitivos y emocionales están interconectados.

A pesar del atractivo de la neurociencia, no hay que olvidar que las investigaciones resultantes de estas medidas no son más importantes que aquellas otras realizadas con medidas más tradicionales, como los cuestionarios (Shelton et al. 2010). Lo fundamental es avanzar en el conocimiento del estigma utilizando diversas metodologías, combinando las ventajas y/o la validez de unas y otras en función de las cuestiones planteadas.

 

En cuanto al contexto social, conviene recordar que las personas estigmatizadas debben enfrentarse en su día a día a situaciones que cuestionan su identidad personal y social y, en ocasiones, sus derechos humanos fundamentales. Sirva de ejemplo la situacion) actual de los emigrantes que intentan anibar a las costas europeas en busca de una vida mejor, o la renovada persecución contra los gitanos y los homosexuales en países democráticos del primer mundo como Francia o Italia. Una encuesta de la Agencia de Derechos Fundamentales de la Unión Europea y de los Programas de las Naciones Umdas para el Desarrollo (PNUD), realizada en 2011 a partir de 102.000 entrevistas personales (el 20% a gitanos, el resto a sus vecinos no gitanos) en Bulgaria, República Checa, Fran cia, Grecia, Hungria, Italía, Polonia, Portugal y España, muestra que los europeos de etnia gitana están excluidos de la vida económica, social y política. Comparados con los no gi tanos son más pobres, sufren más el desempleo, estudian menos años y tienen menos acceso al agua potable, al alcantarillado y a la electricidad (fuente: El País, 15 de diciembre de 2013).

Todo ello hace de la investigación sobre el estigma un medio, no sólo para am pliar el conocimiento científico, sino para mejorar las condiciones de vida de las minorías por sus implicaciones para las políticas sociales

RESUMEN

En términos generales, el estigma es una percepción deshumanizada del otro, y para hacer frente a su estudio se necesita un lenguaje de relaciones, no de atributos. Esto es así parque la sociedad establece los medios para categorizar a las personas y las caractensticas que se consideran propias de esas categorías, de manera que en los intercambios sociales rutinarios, en contextos preestablecidos, nos relacionamos sin prestar una atención detallada. Al encontrarnos con otros por primera vez podemos anticipar de forma rápida a que categona pertenecen y cuál es su identidad social.

Cinco décadas después de la publicación del trabajo pionero de Goffman (1963), Estign: La identidad deteriorada, la respuesta a la pregunta «¿qué es el estigma?» ha variado. Una de las razones es la incorporación del punto de vista de la víctima a su análisis. Este cambio en el foco de atención de los investigadores ha llevado aparejada una visión más dinámica y cotidiana del estigma. Otra razón es de índole metodológica: la aplicación de tecnología derivada de la neurociencia, que permite profundizar en los procesos cognitivos y neuronales implicados.

Estos cambios se observan también a la hora de explicar las consecuencias negativas del estigma en las víctimas. Para las teorías clásicas, la exposición sistemática al prejuicio y la discriminación se asocia a la internalización de una imagen negativa y un sentimiento de inferioridad. De todo ello cabría esperar una autoestima más baja de las personas con estigma en comparación con las personas sin estigma. Las teorías más recientes proporcionan otra explicación a los efectos del prejuicio y la discriminación sobre la autoestima de las personas estigmatizadas. La víctima deja de ser un agente pasivo y reacciona ante la situación de manera que las consecuencias no son uniformes e inevitables, sino que variarán dependiendo de las personas, las situaciones y los grupos.

ACTIVIDADES DE APRENDIZAJE

I. De respuesta al siguiente cuestionario y remita su actividad por correo.

1. Que es un estigma?

2. En qué consiste el estigma social?

3. En qué consiste la Teoría de rechazo-identificación?

4. En qué consiste el El modelo transaccional?

5. Cómo definiría usted la peligrosidad del estigma?

6. En qué consiste la autoestigma?

7. Qué representan los Costes de la ocultación?

8. Describa qué es el Estigma por asociación y señale dos ejemplos.

9. Describa en qué consiste la Teoría de la ambigüedad atribucional

10. Describa en qué consiste la Controlabilidad de la condición

II. Investigue en internet y describa dos ejemplos de estigma social (acompañe su trabajo con imágenes que describan los casos)

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