top of page

PSICOLOGÍA SOCIAL Y
NEUROCIENCIAS

  • Instagram
  • Facebook
  • Twitter
  • LinkedIn
  • YouTube
  • TikTok
CONTENIDO DE LA UNIDAD
  • Material de estudio

  • Imágenes

  • Videos

  • Actividades de aprendizaje

COMPORTAMIENTO PROSOCIAL

OBJETIVOS DE APENDIZAJE

Este capítulo se orienta a la consecución de los objetivos siguientes:

 

  • Comparar los comportamientos de ayuda, altruismo y prosocial y poder diferenciarlos en contextos familiares, escolares y sociales.

  • Exponer las principales posturas teóricas sobre el comportamiento prosocial y comprender las diferencias conceptuales que permitan adoptar una postura crítica.

  • Reconocer los factores disposicionales o situacionales que predicen la presencia o ausencia de comportamientos prosociales.

  • Detectar las características de la persona que recibe la ayuda y analizar las posibles implicaciones positivas o negativas de ser beneficiado por otro(s).

  • Analizar el comportamiento prosocial como variable predictora o protectora de comportamientos del ser humano en contextos aplicados.

  • Explicar mediante una actividad práctica los determinantes del comportamiento prosocial analizando factores disposicionales, situacionales y culturales.

INTRODUCCIÓN

¿Ayudar? Es una expresión que frecuentemente se escucha en las experiencias cotidianas de personas, líderes mundiales, en situaciones de catástrofe o de violencia que son narradas por los medios de comunicación (Fig. 11-1). Con ella aluden a la implicación o la indiferencia ante las situaciones adversas o de emergencia en la que se encuentran otras personas (Recua-dro 11-1). En psicología social se denomina comportamiento prosocial a las acciones que benefician a otras personas. Históricamente, el tema aparece en 1908 con la publicación del manual Introducción a la psicología social escrito por McDougall. No obstante, no fue hasta la década de 1970 cuando los investigadores sociales escribieron sobre el tema, y en los años ochenta se incluyó en los manuales de psicología social (Gómez Jiménez y Gaviria Stewart, 2007).

 

Las revisiones realizadas por autores distintos sobre el comportamiento prosocial coinciden en señalar que fue el asesinato de Kitty Genovese en 1964 (Fig. 11-2), y más concretamente la manera en la que fue narrado por el diario New York Times (Recuadro 11-2), lo que provocó el interés de los investigadores por estudiar cuándo las personas ayudan y cuándo no. Específicamente, Latané y Darley (1968a,1970b) centraron sus estudios en el efecto es-pectador, intentando explicar la inhibición de prestar ayuda a otros en situaciones de emer-gencia. Sin embargo, la veracidad del relato del New York Times, que es citado con frecuencia en los textos de psicología social, ha sido cuestionada por Manning, Levine y Collins (2007).

 

Estos autores realizaron una comparación entre cómo la historia fue recogida en los informes de la policía y la versión publicada por el periódico y referenciada en diez manuales clásicos de psicología social. En el estudio muestran que los hechos no acontecieron exactamente como los describía el periódico. Ese dato, que debe ser motivo de reflexión sobre la credibilidad de los medios de comunicación, constituyó, sin embargo, una oportunidad magnífica para la psicología social. Detrás de la presentación mediática más o menos rigurosa de ese incidente violento, se encuentra un problema real de primer orden que hasta ese momento estaba desatendido: la negación de ayuda a las personas que la necesitan.

 

Por lo expuesto anteriormente, consideramos la mención del caso de Kitty Genovese en este manual como un hecho histórico en la psicología social, que generó el interés por el estudio del comportamiento de ayuda, el comportamiento altruista y el comportamiento prosocial, tres conceptos diferentes que durante décadas han sido estudiados principalmente por los psicólogos sociales. Por tal razón, este capítulo comienza precisando y diferenciando cada uno de los conceptos en cuestión para, posteriormente, mencionar las principales explicaciones teóricas que del comportamiento prosocial se han elaborado.

 

Después se presentan los principales determinantes del comportamiento prosocial y, finalmente, se revisan estudios recientes que tratan el comportamiento prosocial como uno de los predictores de comportamientos adecuados en contextos aplicados.

Recuadro 1. ¿Ayudar o no ayudar?

Gente

«Un hombre de 25 años murió anoche atropellado por un vehículo cuando, según las primeras informaciones, trataba de cruzar uno de los carriles de la autopista Rosario-Córdoba. Según consignaron a La Capital fuentes policiales, el conductor del rodado, a pesar del terrible accidente, siguió viaje sin prestar ningún tipo de ayuda a la victima» La Capital, 2013).

 

Líderes mundiales

«El papa Francisco usó la tradicional misa de acción de gracias de fin de año para exhortar a la gente a preguntarse si usaron el 2013 para su propio beneficio o para ayudar a otros.

Eso es lo que todos deberíamos considerar "valientemente" ahora que comienzan las celebraciones de Año Nuevo, dijo el pontifice al encabezar la misa en la Basílica de San Pedro el martes por la noche. En su homilía, Francisco le pidió a la gente que reflexionara si emplearon el 2013 para hacer que los lugares donde viven sean mejores y más cálidos.

 

Al citar a Roma como ejemplo, Francisco dijo que la ciudad está llena de turistas, pero también de refugiados. Agregó que los trabajadores desempleados o con sueldos bajos tienen derecho a un trato justo y amable» (Associated Press, 2013).

Situación de catástrofe o emergencia «Cuatro países del Cuerno de África (Somalia, Kenia, Etiopía y Yibuti) sufren una emergencia nutricional desde 2011. El punto más alto de la crisis se vivió en julio de aquel año, cuando se declaró la hambruna en seis regiones de Somalia, que duró hasta febrero del 2012. El 20 de julio se cumplen dos años del inicio de la hambruna. Desde entonces, la masiva respuesta internacional ha conseguido grandes logros para la infancia. Por ejem-plo, en Somalia se ha reducido a casi la mitad el número de personas con desnutrición aguda grave: de 4 a 2 millones de niños desplazados en Mogadiscio, la capital de Somalia.

 

Sin embargo, todavía quedan muchos retos a los que hacer frente para la supervivencia y el desarrollo de los niños. La situación de emergencia continúa para una población que vive azotada por la sequía, el hambre, el aumento del precio de los alimentos, el con-flicto, los desplazamientos masivos, etc. Logros. En Somalia, 396.000 niños han recibido tratamiento contra la desnutrición aguda. En Kenia, cerca de 90.000 niños en edad preescolar o primaria han recibido apoyo para poder continuar con su educación. En Etiopía, 350.000 personas han recibido una media de 5 litros de agua diarios» (Unicef, sf).

 

Situación de violencia

«La mujer que protegió a la Policía. Durante las manifestaciones de esta jornada, una mujer, solo con sus brazos extendidos como escudos, se enfrentó a un puñado de violentos que estuvieron a punto de linchar a 20 agentes de la Policía, en la plaza de Bolívar de Bogotá. Con valor sorteó las sillas y piedras que lanzaban los vándalos» (El Tiempo, 2014).

maxresdefault.jpg

Recuadro 2. El asesinato de Kitty Genovese

Catherine Susan Genovese, conocida como “Kitty” Genovese, de 28 años, nacida en Nueva York, y murió apuñalada el 13 de marzo de 1964, hacia las 4:25 de la madrugada, cerca de su casa en Kew Gardens, Queens, Nueva York.

Dos semanas después, el 27 de marzo, el New York Times publicó un artículo sobre el crimen, en primera página, firmado por Martin Gangsberg, un periodista experimentado que consiguió un amplio reconocimiento con la noticia del asesinato de Kitty Genovese. Se titulaba “37 who saw murder didn’t call the police”. O sea, “37 que vieron el crimen y ninguno llamó a la policía”. Solo un testigo, el número 38, avisó a la policía. Ya era tarde, Kitty Genovese había muerto.

El relato de los hechos es como sigue, tal como lo cuenta Gangsberg. Kitty era la encargada de un bar en Queens y, después de cerrar, volvía a casa en la madrugada del 13 de marzo. Hacia las tres dejó su coche en el aparcamiento de la estación de tren de Kew Gardens, cerca de su casa. Vio a un hombre que se acercaba, se asustó y corrió hacia una cabina telefónica de la policía. Pero fue alcanzada por el hombre y apuñalada tres veces, en el abdomen y en la espalda, mientras huía hacia su casa a la vuelta de la manzana.

Mientras escapaba, Kitty gritó, pidiendo auxilio, varias veces. Las ventanas se abrían a las peticiones de Kitty y los vecinos gritaban al asaltante que dejara en paz a la chica. Kitty incluso gritó que se estaba muriendo. Otra vez se abrieron las ventanas y el asaltante montó en un coche y huyó. Kitty, caída en el suelo y herida, consiguió ponerse de pie y marchar hacia su casa. Entró en el portal y, entonces, volvió el asaltante, la encontró y, por tercera vez, la atacó y mató a Kitty.

A las 3:50 la policía recibió la primera llamada. Venía de una vecina de Kitty. Hubo quien declaró que tenía intención de avisar pero no lo hizo por no verse envuelto en el asunto. En dos minutos llegó la policía y encontró a la vecina, de 70 años, y a otra mujer en la calle, junto a Kitty. No había nadie más.

Los primeros párrafos del artículo de Gangsberg decían, literalmente, que “Por más de una hora 38 ciudadanos respetables y cumplidores de la ley de Queens vieron a un asesino perseguir y golpear a una mujer en tres ataques separados en Kew Gardens… nadie llamó a la policía durante el asalto; un testigo lo hizo después de que la mujer murió”. Como decía la cita, quizá apócrifa, de Edmund Burke, “Lo único necesario para el triunfo del mal es que los hombres buenos no hagan nada.” Es la consecuencia, dirán muchos después del asesinato de Kitty, de vivir en la ciudad, de la falta de cohesión de la comunidad que nos debe arropar, tan importante en el comportamiento de grupo de nuestra especie que evolucionó, por miles de años, en pequeños grupos familiares o, como mucho, tribales.

Días después, la policía detuvo a Winston Moseley, de 29 años, y lo acusó del homicidio. Era de Queens, como Kitty, tenía trabajo, casado con dos hijos y sin antecedentes. En la cárcel confesó el ataque a Kitty. Declaró que, simplemente, quería “matar a una mujer”. Además, confesó el asesinato de otras dos mujeres y otros 30 o 40 asaltos con violencia. Los psiquiatras, después de los análisis correspondientes, declararon que era necrófilo. La muerte de Kitty fue uno de los 630 asesinatos que ocurrieron en Nueva York aquel año de 1964.

Pasaron un par de meses y en junio se celebró el juicio de Winston Moseley. A pesar de los intentos de su abogado de que lo declarasen loco e irresponsable, la sentencia del jurado fue de culpabilidad. Fue condenado a muerte y, en apelación, tres años más tarde, la pena cambió a cadena perpetua. Todavía sigue en la cárcel. A sus 79 años, Winston Moseley es el recluso de más edad del sistema de prisiones de Nueva York.

El crimen fue, en las dos semanas siguientes, uno más de la crónica negra de Nueva York. Pero, una vez que Gangsberg publicó su crónica en primera plana en el New York Times, el público quedó impactado por la narración. Sobre todo se centró en aquel vecino que declaró que no se quería ver envuelto en el asunto. Era, para muchos, un ejemplo de la conducta de los neoyorquinos. Era la indiferencia de la gran ciudad. Como lo eran también, es obvio, todos los testigos, los 37 que se citan y, por extensión, todos los vecinos son censurados por la opinión pública.

Como era de esperar en una sociedad tan entregada a la psicología, comenzaron los análisis del suceso y se llegó a las conclusiones correspondientes. Por ejemplo, cuantos más testigos hay en un suceso, más difícil es que alguien tome la iniciativa y haga algo por la víctima. Es la psicología del grupo: yo no ayudo porque nadie lo hace y no quiero ser el tonto que se haga responsable, o no ayudo porque seguro que entre tanta gente hay alguien que sabe hacerlo mejor que yo y, además, no estoy seguro de qué hacer pues aquí hay muchos mirando, lo que me hace dudar de cómo intervenir. Es lo que se denomina la “teoría del testigo” o, quizá mejor, del “mirón”. Se parece al “efecto vaca”, tan habitual en los accidentes de tráfico.

Años más tarde, medio siglo después, comenzó la revisión del asesinato y de las consecuencias que tuvo, y Mark Levine y Alan Collins, de las universidades inglesas de Lancaster y Bristol, se centraron en el comportamiento de los testigos y en la interpretación que hizo Gangsberg de sus conductas.

Repasan el relato del crimen, con las declaraciones de los testigos y de los agentes que acudieron a Kew Gardens, en los expedientes de la policía y del juicio a Winston Moseley. El relato original había sido durante años esencial en los libros de texto de psicología en los temas sobre grupos sociales y en cómo la conducta del grupo modifica la conducta de los individuos y viceversa.

Por ejemplo, los autores examinan 10 textos de psicología publicados entre 1986 y 2005 y en todos aparece el relato del crimen en un lugar prominente. Todos aseguran que 38 testigos, 37 más el que llamó a la policía, oyeron y vieron el asesinato de Kitty y ninguno la ayudó y solo uno avisó a la policía. Medio siglo después, en 2014, de 38 textos examinados, la mayoría relatan una versión revisada y más ajustada a lo que ocurrió en la historia de Kitty y que repasaremos a continuación.

La historia que cuenta Gangsberg no está apoyada por evidencias demostrables. Veamos algunos datos. No todos los 38 testigos vieron el crimen. Como mucho, lo oyeron. Algunos llamaron a la policía con el primer ataque a Kitty. Ninguno de los testigos pudo ver ni, quizá, oír el asalto completo durante los 30 minutos que duró porque ocurrió alrededor de una manzana de casas con fachadas diferentes desde las que era imposible ver todo el suceso a la vez. Tal como parece que se desarrollaron los hechos, cada testigo solo pudo ver unos segundos de cada fase del crimen. Además, fueron dos ataques y no tres y el último dentro del edificio donde vivía Kitty con lo que los testigos potenciales eran muchos menos. Kitty todavía vivía cuando llegó la policía. Para terminar, nunca se hizo pública la lista con los nombres de los 38 o 37 testigos que se citaban en el artículo del New York Times.

Lo anterior nos deja una reflexión. Se trató de sesgos cognitivos? o quienes lograron visualizar el crimen simplemente se sintieron ajenos y apáticos ante la situación?

CONCEPTOS: COMPORTAMIENTO PRO-SOCIAL, ALTRUISMO Y COMPORTAMIENTO DE AYUDA

La conducta prosocial ha sido investigada desde finales de la década de 1950. La primera perspectiva fue asociada con la conducta altruista y luego con la conducta de ayuda.

Éstas, posteriormente, se denominarían comportamiento prosocial. En todos los casos, los tres conceptos son difíciles de diferenciar y están entremezclados en toda la bibliogra-fía. La discusión sobre el uso de estos tres conceptos tiene que ver básicamente con si ayudar a otro tiene o no un objetivo claramente determinado. En términos estrictos, la conducta de ayuda en general es el estudio de una conducta, independientemente de los motivos o los fines, mientras que la conducta altruista implica determinar si hay un fin en la conducta de ayuda, aunque sea a largo pla-zo; por ejemplo, hacer donaciones de forma anónima pensando que tendrán consecuencias positivas para otros o para la sociedad en general (Fernández, Carrera, Oceja y Beren-guer, 2000).

Gómez Jiménez y Gaviria Stewart (2007) y Hogg y Vaughan (2010) los diferencian, mostrando el comportamiento prosocial como un comportamiento más general que se aplica a las conductas que benefician a otras personas y se realiza de manera voluntaria. Ejemplo de esto son las conductas de cuidado am-biental, reciclar o restringir el uso del agua, entre otras. La conducta de ayuda es entendida como un subtipo de comportamiento prosocial, que tiene como propósito ayudar a una persona específica que lo necesita y colaborar con su bienestar. Por su parte, el altruismo es un subtipo de comportamiento de ayuda y contempla dos componentes fundamentales: a) quien emite el comportamiento de ayuda no tiene un interés específico, y b) su motivación es la de contribuir a mejorar el bienestar del otro, generando y manteniendo efectos positivos. En este último, se enfatiza que quien ayuda no debe recibir beneficio personal, se realiza voluntariamente y no se anticipan recompensas a corto o a largo plazo (Ortiz, 1994) (Recuadro 3).

Recuadro 3. Semejanzas y diferencias de comportamiento prosociales

Comportamiento prosocial

Comportamiento de ayuda

Comportamiento altruista

Beneficio general a otras personas de manera voluntaria

Beneficio particular a otras personas de manera voluntaria

Beneficio a otras personas más que a sí mismo, de manera voluntaria, con motivación específica en las necesidades del otro

Sin costo para quien ayuda

Sin costo para quien ayuda

Con costo para quien ayuda

Puede esperarse reciprocidad

Puede esperarse reciprocidad

Sin reciprocidad

Cooperación

Cooperación

No implica cooperación

Empatía

Empatía

Empatía

Sentido de justicia

Sentido de justicia

Sentido de justicia

La definición y diferenciación de estos tres comportamientos puede precisarse con los conceptos de reciprocidad y cooperación.

 

El primero, reciprocidad, supone que un individuo que ofrece ayuda a otro espera que el ayudado retorne parte de la conducta ofrecida en un tiempo razonable, y está ligado fundamentalmente a los comportamientos proso-cial y de ayuda porque puede incentivar que en el futuro se repita el comportamiento. Por el contrario, cuando se presenta un comportamiento altruista, no se espera que haya reciprocidad en la conducta que se otorga. En el segundo concepto, cooperación, se espera que una actividad que se realiza con otro u otros individuos resulte mutuamente beneficiosa para las partes, es decir, las partes que aprenden a cooperar saben que obtendrán beneficios. En el recuadro 3 se puede observar que esto suele esperarse en las categorías de comportamiento prosocial y de ayuda, no así en el comportamiento altruista; en este último, la ayuda se da sin esperar nada a cambio diferente de la satisfacción de las necesidades de quien recibe la ayuda.

Un elemento central y común a los comportamientos prosociales es la empatía, que ha sido definida por Hoffman (2008) como «un estado emocional provocado por otro estado o situación en el que uno siente lo que el otro siente o lo que se esperaría normalmente que el otro sintiera en su situación emocional» (p. 440). En este sentido, la conducta emocional predispone para que se produzca el comportamiento prosocial. La investigación muestra cómo la empatía compromete a su vez elementos emocionales, cognitivos y en especial el juicio moral Jerabecka y Fer-guson, 2013; Zaki y Williams, 2013). Los juicios morales han sido estudiados, ya que se ha encontrado que la reciprocidad, el sentido de insticia, de equidad y la confianza suelen estar asociados a la predisposición para el comportamiento prosocial, de ayuda y altruista.

Evidentemente, en todos los casos el trasfondo de los tres conceptos está en la interacción social y en la comprensión del por qué, cuándo y a quién ayudamos, entre otros, para identificar factores protectores, predictores y preventivos de la agresividad y la violencia. Y es precisamente este orden por el que se abordará este capítulo.

MODELOS EXPLICATIVOS: ¿POR QUÉ AYUDAMOS?

Existen distintas explicaciones teóricas sobre por qué las personas deciden ayudar.

En este capítulo se tratan las dos posturas que presentan más evidencia en la literatura científica, y que reflejan el debate sobre los determinantes biológicos o aprendidos del comportamiento prosocial. En el primer caso, se encuentra la teoría evolucionista, que parte del supuesto de que las personas ayudan a otras con el fin de favorecer la supervivencia de la especie. Por el contrario, la teoría del aprendizaje sostiene que el comportamiento prosocial ocurre por la imitación de modelos apropiados y puede estar en función de gratificaciones o castigos.

Teoría evolucionista

Desde esta perspectiva se supone que, para los seres humanos, la conservación de la vida asegura la supervivencia de los genes y, por tanto, de la especie. Con ese propósito, los individuos realizarán conductas que favorezcan el éxito reproductivo. Entre los procesos que desde la teoría de la evolución explican el comportamiento prosocial se encuentran la selección de parientes para referirse a la disposición de las personas por favorecer a aquéllos que tengan parentesco, buscando la protección y supervivencia de la familia (Penner, Dovidio, Piliavin y Schroeder, 2005). 

Korchmaros y Kenny (2001), por ejemplo, estudiaron la cercanía emocional como variable moderadora del comportamiento altruista mediante la aplicación de un cuestionario a 29 estudiantes a quienes se les presentaban dilemas hipotéticos para medir la disposición de ayuda altruista hacia miembros de su familia con implicaciones de riesgo para sí mis-mos. Los resultados mostraron que los participantes sistemáticamente tuvieron mayor disposición a comportarse de manera más altruista hacia algunos miembros de su familia que hacia otros. En esta misma línea, Burns-tein, Crandall y Kitayama (1994) realizaron un estudio con 158 participantes japoneses y norteamericanos, quienes prefirieron ayudar a parientes cercanos más que a lejanos, y a jóvenes más que a adultos, entre otros.

Otro mecanismo que surge como una explicación al comportamiento prosocial hacia personas que no están relacionadas paren-talmente es la cooperación, en que la persona suprime su propio interés o lo equipara con el de los otros para lograr una organización social que favorezca la especie. Tomasello y Vaish (2013) realizaron una revisión sobre los orígenes de la cooperación humana y la moralidad desde una perspectiva evolutiva, asumiendo que la moralidad surgió evolutivamente como un conjunto de habilidades y motivaciones para cooperar con los demás, y la ontogenia de estas habilidades y motivos se desarrollan de manera natural y como resultado de los contextos socioculturales y sus interacciones (p. 231). En esta dirección, los autores proponen dimensiones de la organización social que permiten comparar la cooperación entre seres humanos y animales, que son: a) sub-sistencia, por la que los seres humanos prefieren obtener sus alimentos mediante esfuerzos colaborativos; b) propiedad, que para los humanos es un derecho; c) cuidado de niños y comportamiento prosocial, que supone sacrificio por los otros; d) comunicación y docencia, por las que los seres humanos a menudo se comunican de manera amable con el propósito de informar a otros de asuntos de interés para ellos y las cosas que necesitan saber para su beneficio; e) la política como poder social, en que la dominación juega un papel fundamental, y f) las normas y las institucio-nes, cuya estructura es normativa.

Estos procesos o mecanismos, que desde la teoría de la evolución se han propuesto como explicaciones del comportamiento prosocial, han generado controversia y debate sobre los determinantes biológicos y apren-didos, fomentando el diálogo entre discipli-nas. Por una parte, se encuentran los estudios evolutivos (Korchmaros y Kenny, 2001) que discuten la implicación de las teorías de la psicología social en los hallazgos empíricos; por otra, Hogg y Vaughan (2010) afirman que el debate sobre la predisposición biológica de ayudar a los otros ha llevado a algunos pocos psicólogos a aceptar de manera limitada las explicaciones evolucionistas sobre la ayuda a los otros, con una reciente tendencia a proponer un gen comunicativo merced al cual los seres humanos y los animales están dispuestos a comunicarse mediante señales emocionales que implican la formación de vinaulo sociales y la posibilidad de un comportamien. to prosocial. Por ello, consideran más práctico) «estudiar las estamientosociales que promue ven el comportamiento prosocial» (p. 532), seguramente, como lo plantean Pener et al. que estudie las implicacionesterisinta que estudie las implicaciones de los procesos fisiológicos y neurológicos como facilitadores del comportamiento prosocial.

Teoria del aprendizaje social

Desde la perspectiva del aprendizaje se asume que el comportamiento prosocial se aprende, no se nace con el. En la teoría del aprendizaje social, las personas aprenden a ser prosociales por la imitación de modelos apropiados y por las consecuencias que se derivan de ese comportamiento. Para que se dé el aprendizaje por observación es necesario que los modelos llamen la atención de las personas, para que sus comportamientos sean almacenados en la memoria y, posterior-mente, sean recuperados y emitidos en contextos adecuados. No obstante, es necesario que el comportamiento esté mediado por los beneficios que pueda obtener quien realiza la conducta de ayuda (Ortiz, 1994). Por lo ante-rior, los modelos sociales prosociales en la infancia (padres, familiares, pares, protagonistas de series televisivas) pueden influenciar de manera positiva en la formación de compor tamientos prosociales.

El estudio realizado por Richaud de Min-zi (2009) analizó la influencia del modelado de los padres sobre el desarrollo del razonamiento prosocial en la niñez temprana y tardía. Para ello administró instrumentos (escalas y cuestionarios) a una muestra no aleatoria de 631 niños y niñas, con edades de 9 a 12 años, en la ciudad de Buenos Aires (Argentina) asistentes a escuelas de nivel primario. Se utilizó la escala argentina de la percepción de la relación con los padres para nitos ile 8 a 12 años para evaluar los comportamientos que los niños perciben en el padre y la madre separadamente. Se utilizaron los siguientes instrumentos: la versión en español de la escala Prosocial Reasonng Objective Measure (PROM) para medir el grado de razonamiento de los niños participantes en el estudio, mediante cinco historias que constituyen cinco dilemas en que las necesidades del protagonista se encuentian en conflicto con las neCesidades de la víctima; dos cuestionarios que evalúan la percepción de los niños respecto a la empatía del padre y la madre, y el inventario de percepción de estilos parentales para ninos de 8 a 12 años.

Los resultados encontrados por Richaud de Minzi (2009) en lo que se refiere a la relación de los padres como modelos de preocupación empática muestran diferencias en el patrón de relaciones entre las prácticas de crianza y los modelos parentales con el razonamiento prosocial. Cuando los niños perciben un control normal por parte del padre y una mayor aceptación por parte de la madre, aumenta el desarrollo del razonamiento moral estereotipado, es decir, el basado en las concepciones sociales sobre lo correcto o incorrecto y en la empatía que perciben los niños en los padres. Por el contrario, cuando el control es punitivo (castigo), tanto del padre como de la madre, se perjudica el desarrollo de un razonamiento prosocial basado en es-tereotipos. En correspondencia con los postulados del aprendizaje social, este estudio aporta evidencia sobre la influencia del comportamiento de los padres en el desarrollo del comportamiento prosocial. En palabras de la autora: «El modelo de adulto afectuoso educa la conducta de los niños en el sentido de que éstos lo imitan y son estimulados a prestarle atención y a desarrollar estándares internos más que externos» (p. 196). Estos hallazgos apoyan la explicación del comportamiento prosocial basado en modelos adecuados en el contexto familiar que tienen un papel predictor del comportamiento prosocial.

Un aspecto importante en la teoría del aprendizaje social es que los comportamientos de los seres humanos inicialmente son controlados por consecuencias externas, pero a diferencia de otros enfoques de aprendizaje, sustituye las consecuencias por controles in-ternos, dado que, como seres cognitivos, podemos identificar y establecer cuáles son las consecuencias que regulan nuestro comportamiento (Ortiz, 1994). En este sentido, Bandura (2002) postula la teoría social cognitiva desde una perspectiva agencial (agentic) para el desarrollo, adaptación y cambios del ser humano. Esta propuesta señala la necesidad de estudiar las agencias individual, relacional y colectiva del individuo en el contexto cultu-ral, pues la creciente globalización y pluralismo de la sociedad trasciende las fronteras, y el mundo cibernético se convierte en un escenario simbólico que facilita el aprendizaje de comportamientos de ayuda y bienestar (Bandura, 2001).

PREDICTORES: ¿CUÁNDO AYUDAMOS?

Existen factores individuales, sociales y normativos que facilitan la aparición de los comportamientos prosociales. La semejanza racial o ideológica, el atractivo físico, el estado de ánimo, el género, la edad (niños y ancianos), la identidad nacional o trasnacional (europeo, latinoamericano, americano, etc.) y las atribuciones justas o injustas de la solicitud de ayuda de la víctima son determinantes del comportamiento prosocial.

Personalidad

Uno de los interrogantes sobre la conducta de ayuda es si existe una personalidad altruista, es decir, si hay unas características particulares en las personas que ayudan. Al respecto, Ortiz (1994) plantea que las creencias que tienen las personas sobre sus propias habilidades, la percepción del locus de control interno o externo y las experiencias pasadas, influyen en la aparición de conductas prosociales. Por ejemplo, el estudio realizado por Mestre Escrivá, Tur Porcar y Del Barrio Gándara (2004) analiza la relación existente entre la estructura de la personalidad de 531 adolescentes y la manifestación de la agresión, la inestabilidad emocional y la conducta prosocial. Los resultados muestran una relación entre la estructura de la personalidad basada en la teoría de los cinco grandes (Big Five) y la agresión, la inestabilidad emocional y la prosocialidad (Fig. 3). Específicamente, en lo que refiere al comportamiento prosocial, los autores encontraron diferencias significativas en los factores que estructuran la personalidad del adolescente (amistad, apertura, conciencia, energía e inestabilidad) y resaltan en las conclusiones el papel de la personalidad como un factor determinante en el desarrollo del comportamiento prosocial.

En esta misma línea de investigación, Mestre Escrivá, Samper García y Frías Navarro (2004) analizaron la relación entre la personalidad y el contexto familiar como factores predictores de la disposición prosocial y antisocial en una muestra de 1.285 adolescentes.

Los resultados mostraron que las variables de personalidad, especialmente la empatía, eran las principales predictoras del comportamiento prosocial, seguidas por los estilos de crianza de los padres. De acuerdo con lo anterior, cuando se habla de variables de personalidad, no debe entenderse en el sentido de cualidades individuales innatas y transituacionales, sino que se trata de caracteristicas que potencialmente están presentes en todos los individuos, pero que se expresan o no dependiendo de diversos factores, entre ellos las características de la situación.

CONCIENCIA

APERTURA

AMISTAD

0,24**

0,610**

0,230**

COMPORTAMIENTO

PROSOCIAL

0,367**

ENERGÍA

-0,118**

INESTABILIDAD

Factores BFQ (Big Five Questionnaire)

Figura 3. Correlaciones significativas entre la estructura de personalidad del adolescente y la conducta prosocial.

Empatía: ¿egoismo y altruismo?

La empatía es una respuesta emocional que Worchel, Cooper, Goethals y Olson (2002) definen como «la capacidad de compartir los sentimientos de otra persona» (p. 299), que predispone a ayudar a los demás. Como respuesta emocional, según Ortiz (1994), el estudio de la empatía incluye la interacción de procesos afectivos y cognitivos y la activación fisiológica que experimenta el observador frente a la situación de emergencia de otra persona. Incluso la semejanza en las expresiones afectivas de la víctima puede conllevar la percepción de sufrimiento con los demás; tal es el caso del holocausto durante la Segunda Guerra Mundial, donde alemanes no judíos rescataron a personas de los nazis.

Los estudios clásicos de Piliavin et al. (1981) muestran que la empatía es uno de los factores que influyen en la conducta de ayu-da, cuyo propósito, como se mencionó anteriormente, es beneficiar a personas necesita-das. De acuerdo con los autores, la empatía está condicionada por los siguientes factores:

a) características de la situación; b) características del testigo, donde la necesidad de aprobación es considerada por Baron y Byrne (1998) como una condición que facilita a una persona ayudar a las demás; c) características de la víctima, donde el agrado o atracción por la víctima es un determinante de la ayuda al otro, y d) el parentesco familiar.

Una de las explicaciones clásicas sobre la empatía es la propuesta por Batson, Fultz y Schoenrade (1987), quienes afirman que el comportamiento de ayuda puede ocurrir por motivación altruista o motivación egoísta. En el primer caso, el testigo ayuda con el propósito de reducir la angustia del otro y la emoción que lo motiva es la empatía. Las personas altruistas se preocupan por ayudar a los demás, no esperan ni ofrecen beneficios a cambio, e incluso pueden comprometer su seguridad, y su meta es incrementar el bienestar del otro (Myers, 2005). Por el contrario, quien ayuda por reducir su propia angustia tiene una motivación egoísta que posiblemente motive la ayuda hacia los demás.

El egoísmo, definido por Worchel et al. (2002) como «la tendencia a concentrarnos en la gratificación personal» (p. 299), es uno de los determinantes de la conducta prosocial que se fundamenta en la gratificación personal que obtienen las personas cuando realizan comportamientos prosociales y reducen emociones dolorosas como la culpa, la angustia, la ansiedad o respuestas fisiológicas consideradas negativas para el observador. Ortiz (1994) señala que la aversión psicológica, las sanciones y la pérdida de dinero, entre otras, se consideran costos personales que pueden influir en la decisión de prestar o no ayuda. No obstante, el grupo de investigadores liderado por Robert Cialdini (1978) considera que más que angustia, la emoción que sienten las personas cuando identifican que otra tiene una necesidad es tristeza. Por tanto, es más probable que las personas ayuden a otras para reducir ese sentimiento y mejorar su estado de ánimo. Por tanto, para Cialdini et al., los comportamientos de ayuda son esencialmente egoístas.

En un estudio experimental clásico realizado desde esta perspectiva, Fuentes (1989) analizó los efectos de la empatía (motivaciones altruistas y egoístas) y de la ansiedad sobre la conducta de ayuda, y en él participaron 170 personas que conformaron dos grupos.

El primero, compuesto por niños y niñas de 10 años de cuarto curso, y el segundo, por adolescentes de 14 años de octavo curso, a quienes inicialmente se les midió la empatía disposicional. Posteriormente, los participantes fueron asignados aleatoriamente a dos situaciones experimentales: situación empática y situación objetiva, Finalmente, se evaluaron los índices de empatía y ansiedad con una escala de adjetivos y ansiedad, y la disposición de ayuda hacia los demás con un autoin-forme de ayuda. Los hallazgos del estudio muestran que en ambos grupos (disposicional y situacional) la empatía explica el comportamiento de ayuda.

En una mirada más amplia y reciente, las investigaciones sobre el altruismo y el egoísmo como predictores del comportamiento prosocial, desde la perspectiva evolutiva, señalan la importancia de complementar los estudios en los niveles intergrupal e interper-sonal. En el primer caso, Penner et al. (2005) proponen estudiar la dinámica inherente a la competencia intergrupal, de manera que los grupos que cuentan con miembros definidos como altruistas (personas que se sacrifican por el grupo) tienen más ventajas sobre los grupos competidores, integrados por personas definidas como egoístas. En el segundo caso, se senala el papel de la culpa como antecedente motivacional del comportamiento prosocial. Específicamente, Etxebarria et al. (2009) asumen que la culpa aparece «cuando la persona siente empatía ante el sufrimiento ajeno y se atribuye a sí misma la responsabilidad causal en dicho sufrimiento», concepto que Hoffman denomina culpa interpersonal (p. 5). Es decir, que la culpa puede generar conductas de ayuda para compensar a la víctima de una situación específica, lo cual pune de manifiesto la posible relación entre la culpa y las normas morales y sociales.

Normas morales y sociales

Las normas sociales son distintivas de la especie humana e importantes para el desarrollo y mantenimiento del comportamiento prosocial (Hogg y Vaughan, 2010). Estas varían según la cultura y pueden establecer la exigencia, incluso legal, de ofrecer ayuda a quien la necesita (Keltner, Kogan, Piff y Saturn, 2014).

Las normas morales, por ejemplo, prescriben lo que se debe hacer. Entre las más destacadas para el estudio del comportamiento prosocial se encuentran la norma de responsabilidad social, la norma de justicia y la norma de re-ciprocidad. La primera sostiene que las personas deben ayudar a quienes necesitan o dependen de su ayuda y, además, la merecen. La norma de justicia se fundamenta en la equidad y hace referencia al balance «entre sus propias aportaciones y resultados y las aportaciones y resultados de las personas con quien se relacionan» (Ortiz, 1994, p. 454). En el caso de la reciprocidad, como se mencionó en la diferenciación de conceptos al inicio de este capítulo, ésta implica ofrecer ayuda a quienes previamente nos han ayudado y no causarles daño. En las redes sociales y comunitarias la reciprocidad es fundamental para establecer redes de apoyo y cooperación (Myers, 2005).

Goldstein, Cialdini y Griskevicius (2008) realizaron un estudio experimental de campo para evaluar la eficacia de norma descriptiva sobre el comportamiento proambiental en un hotel. Específicamente, los investigadores solicitaron la participación de los clientes en un programa de conservación del medio ambiente. En uno de los estudios se crearon señales informativas estándar (necesidad de protección del medio ambiente) y descriptivas (informan de que los otros clientes participan en el programa) para la reutilización de toallas, asumiendo que la norma descriptiva favorece la aparición del comportamiento proambiental. Para ello, estuvieron 80 días en un hotel de tamaño medio y recogieron datos de 1.058 casos en los que evaluaron la reuti-lización de toallas de 190 habitaciones. Los resultados del estudio indican que las señales con normas descriptivas fueron más efectivas que la señal en la que únicamente se informa sobre la protección del medio ambiente.

 

La aplicación de las normas sociales en distintos escenarios (como es el caso de la psicología del consumidor) ayuda al desarrollo de nuevos estudios que evalúen la efectividad del comportamiento prosocial como variable pre-dictora del comportamiento proambiental.

INHIBIDORES: ¿ CUÁNDO NO AYUDAMOS?

La investigación científica también se ha centrado en estudiar las causas por las que no prestamos ayuda. Entre los distintos factores se encuentran las condiciones situacionales en las que se presenta la emergencia y el análisis de coste-beneficio.

El efecto espectador

Una misma situación puede ser considerada o valorada por las personas de manera diferente según la información que provea el contexto y según su historia de vida. En primer lugar, el observador puede considerar que una situación no es lo suficientemente grave o urgente para que intervenga. En segundo lugar, puede ocurrir que el espectador considere que su intervención puede ser valorada negativamente (tonto o estúpido) y por tanto se abstiene de realizar cualquier tipo de acción (Ortiz, 1994).

Finalmente, interviene el proceso de atribución: si el espectador considera que la víctima puede resolver la situación por sí misma o cree que es responsable de la situación en la que se encuentra, es probable que no actúe.

Esto es así porque valora que la víctima actuó sabiendo de las consecuencias de sus actos, y por ello ahora debe asumir el coste. Por el contrario, en la situación puede haber otros elementos que lleven a ayudar a la víctima; esto ocurre en situaciones en que la persona en problemas hace una petición explícita y directa de ayuda (gritos, llanto o auxilio).

Esta ambigüedad en la interpretación de la información, como lo identificaron Latané Y Darley (1968), añadida a la presencia pasiva de los otros espectadores, influye en considerar una situación de emergencia como no peligro-sa. Por tanto, la presencia o ausencia de obserVadores se considera un factor situacional que facilita o inhibe el comportamiento prosocial.

La principal explicación a este comportamiento es la difusión de la responsabilidad, pues se considera que la responsabilidad de ayudar disminuye cuando la persona considera que los otros también pueden ayudar e incluso que tienen mayores capacidades o competencias para hacerlo, como es el caso de personas con más habilidades o formación (médica, por ejemplo), que harían innecesaria su intervención.

Un experimento clásico de Latané y Dar-ley (1970) muestra el denominado efecto es-pectador, que hace referencia a la disminución de la probabilidad de ayudar a alguien en una situación de emergencia cuando hay más personas que si se estuviese solo (Fig. 11-5). El experimento llevado a cabo en el laboratorio se realizó ubicando a una persona en un cuarto a quien se le indicó que podía comunicarse mediante un intercomunicador con las otras personas y que el micrófono estaría apagado hasta que fuese su turno de hablar. En realidad se trataba de una grabación de audio que incluía un ataque repentino a uno de los partici-pantes. Los resultados mostraron que el tiempo de respuesta en avisar al investigador era significativamente diferente según el número de participantes. La conclusión del estudio es que cuando una persona está expuesta junto con otras a una situación de emergencia, ésta asume que los otros realizarán la conducta de ayuda y, por tanto, se abstiene de intervenir.

De acuerdo con lo anterior, el supuesto es que, cuantos más espectadores, menor es la probabilidad de que alguno de ellos se comporte prosocialmente, porque mayor es el tiempo que tarda en decidir si presta el comportamiento de ayuda. Por ello, cuando se presenta una emergencia en un contexto concurrido, la mejor opción es dirigirse a una persona en particular y solicitar su ayuda de manera que no se difumine la responsabilidad, pues cuando ésta se focaliza, se le atribuye mayor responsabilidad al observador frente a los otros.

Modelo de costos

Piliavin, Piliavin y Rodin (1975) plantean que, frente a una situación de emergencia, las personas pueden decidir si intervienen o no dependiendo, en algunos casos, de la tensión desagradable que pueda generar la situación.

 

La reducción de esta tensión se puede hacer interviniendo en la escena, interpretando que la situación no requiere ayuda o abandonando la escena. Este modelo de costos plantea que, si los costos de la ayuda son altos, es menos probable que esa acción tenga lugar.

Estos costos se dividen en los costos de intervención para el testigo frente a los costos de la víctima si el testigo fracasa en su ayuda.

En el recuadro 4 se presentan las posibles respuestas de los observadores frente a una situación de emergencia. Según la tipología presentada en el estudio, existen cuatro cuadrantes correspondientes a cuatro tipos de respuestas. Se espera que cuando los costos de no ayudar a la víctima (CNAV) son bajos, y los costos de la ayuda directa (CAD) son altos, el espectador preste una ayuda limitada por los factores de personalidad o situacionales (Recuadro 4, cuadrante 1); si los costos de no ayudar a la víctima y los costos de ayuda directa son bajos, se espera que el espectador preste una ayuda directa (Recuadro 4, cuadrante 2); en la tercera situación, si los costos de no ayudar a la víctima y los costos de ayuda directa son altos, el espectador probablemente abandone la escena y cognitivamente justifique o niegue la situación de emergencia (Recuadro 11-4, cuadrante 3); en la cuarta posibilidad, cuando los costos de no ayudar a la víctima son altos pero los costos de ayuda directa son bajos, es probable que el espectador preste ayuda indirecta a la víctima

(Recuadro 4, cuadrante 4).

Recuadro 4. Modelos de costos de la ayuda

Costos de la ayuda directa (CAD)

Alto

Costos de no ayudar a la víctima CNAV

Variable (principalmente en función de las normas percibidas en la situación)

Cuadrante 1. Ayuda limitada

(CNVA bajo/CAD alto)

Abandonar la escena, ignorarla o negarla, etc.

 

Cuadrante 3. Abandono

(CNAV alto/CAD alto)

Bajo

Intervención directa

Cuadrante 2. Ayuda directa

(CNAV bajo/CAD bajo)

Intervención indirecta o redefinición de la situación, menosprecio de la víctima, etc.

Cuadrante 4. Ayuda indirecta

(CNAV alto/CAD bajo)

Alto

Bajo

Modificado de Piliavin, Piliavin y Rodin (1975).

Piliavin et al. (1981), en investigaciones posteriores, plantearon que no solamente el costo es uno de los facilitadores o inhibidores de la conducta de ayuda; el grupo de investigadores identificó que la empatía y la excitación psicológica también determinan la presencia o ausencia de la conducta de ayuda (Worchel et al., 2002).

RECEPTORES: ¿A QUIÉN AYUDAMOS?

La respuesta del receptor de la ayuda también se constituye en uno de los factores que facilitan o inhiben el comportamiento pro-social, pues contrario a lo que usualmente se espera, existen algunas personas que reaccionan de manera negativa frente a la ayuda proporcionada por los demás. Esta respuesta ha sido estudiada desde las teorías de la equidad y del intercambio social. La primera de ellas plantea que ese comportamiento puede dar lugar a la percepción de una relación de desigualdad: el que ayuda usualmente Se siente bien por la acción realizada, lo que puede traducirse en sentimientos de autovaloración y aprecio; por el contrario, el receptor de la ayuda puede experimentar: a) inferioridad por necesitar de la ayuda, especialmente cuando proviene de alguien cercano o similar; b) amenaza de la autovaloración; c) incapacidad de reducir la necesidad de asistencia, od) dependencia del socorredor (Worchel et al.,

2002; Ortiz, 1994; Baron y Byrne, 1998).

Por su parte, la teoría del intercambio social supone que los seres humanos realizan un análisis de coste-beneficio al llevar a cabo comportamientos prosociales, en el que se consideran las recompensas externas o internas (Piliavin, 2003). El planteamiento de base es la reciprocidad, «si me ayudas te ayudo», y es precisamente este punto de vista desde el que Worchel et al. (2002) plantean que quien ofrece la ayuda obtiene una compensación positiva por la sensación de poder que puede experimentar, mientras que quien recibe la ayuda puede experimentar impotencia y sentirse obligado y en deuda.

SITUACIONES DE EMERGENCIA Y VOLUNTARIADO

Las catástrofes naturales o las provocadas por el hombre pueden llegar a afectar a amplios sectores de la población y a comunidades en-teras. Páez y Marques (1999) plantean que el comportamiento colectivo en respuesta a este tipo de situaciones es de conmoción-inhibi-ción-estupor (p. 264), que se caracteriza por la afectación emocional de las víctimas, quienes experimentan miedo, ansiedad, pánico y la necesidad de alejarse del lugar de la catástrofe.

Entre las estrategias de afrontamiento colecti-vas, los autores revisan tres fases: emergencia, inhibición y adaptación. La primera, posterior a la catástrofe (dos o tres semanas), se caracteriza por la presencia de ansiedad y pensamientos reiterativos de la situación vivida. En la segunda, inhibición (entre la 3ª y la 8ª semana), las personas disminuyen sus expresiones frente a lo vivido con la posibilidad de experimentar problemas de salud. En la última fase, adaptación (aproximadamente dos meses después), las personas disminuyen sus referencias a la catástrofe y también los síntomas emocionales y demás indicadores negativos relacionados con ese acontecimiento.

Cuando ese tipo de catástrofes tienen lugar, suelen aparecer organizaciones voluntarias de ayuda. Éstas se caracterizan por agrupar a un número de personas cuya motivación es ayudar a otros sin condiciones de obligatoriedad, y por una gestión organizacional basada en el cumplimiento de objetivos estratégicos mediante acciones planeadas y evaluadas en largos períodos de tiempo (Gómez Jiménez y Gaviria Stewart, 2007).

Tanto víctimas como voluntarios son estudiados para establecer las implicaciones del comportamiento prosocial. Un ejemplo de ello es la investigación realizada por Rao et al. (2011), quienes estudiaron el comportamiento prosocial frente a una situación de catástrofe natural (terremoto), comparando zonas devastadas y no devastadas. Los resultados mostraron que las personas de áreas afectadas por el terremoto tenían mayor disposición hacia el comportamiento prosocial, pero éste disminuyó con el transcurso del tiempo.

PROPUESTA DE PERSPECTIVA MULTINIVEL

Penner et al. (2005) plantean que las explicaciones del comportamiento prosocial se pueden organizar y entender desde una perspectiva multinivel:

  • El micronivel estudia la etiología del comportamiento prosocial basado en por qué las personas ayudan a otras aun cuando ello implica sacrificio para sí mismas. En esta perspectiva, los autores incluyen explicaciones teóricas relacionadas con las bases biológicas y genéticas, los procesos de desarrollo, la perspectiva evolutiva y los factores de personalidad.

  • El mesonivel estudia la ayuda desde un enfoque interpersonal que se centra en la dia-da ayudante-receptor. Este es el enfoque tradicional de investigación en la psicología social que se centra en los factores situacio-nales que inciden en cuándo y por qué las personas ayudan. Entre los principales modelos de decisión que determinan el cuándo ayudar se encuentran el efecto espectador y el modelo de costo-beneficio. Por su parte, en las explicaciones teóricas sobre por qué las personas ayudan, se encuentran el aprendizaje (conductual o cognitivo), la empatía y las normas personales y sociales.

  • El macronivel se centra en el estudio del comportamiento prosocial en contextos or ganizacionales, especialmente los voluntariados, y en las dinámicas de cooperacion cuyas implicaciones son tanto individuales como colectivas. Desde esta perspectiva se estudian variables asociadas a la decisión de ser voluntario tales como: instituciones sociales (familia y organizaciones religiosas) Y factores demográficos (nivel educativo, condiciones socioeconómicas, etnicidad, sexo):
    Asimismo, se incluyen en esta perspeciva explicaciones intragrupales e intergrupales tales como influencia social, identidad social y cooperación intragrupal e intergrupal.

Los autores (Penner et al., 2005) recomiendan que las tendencias de investigación se orienten al trabajo interdisciplinar y multidisciplinar que permita la integración de interrogantes y explicaciones que sobre el comportamiento prosocial se han propuesto desde la psicología social evolutiva, la genética y la neurociencia, la psicología organizacional y el estudio del comportamiento intragru-pal e intergrupal, entre otros. En consonancia con ello, Bandura (2002) plantea una mirada amplia en escenarios presenciales y virtuales de las implicaciones del comportamiento pro-social en el actual mundo globalizado.

COMPORTAMIENTO PROSOCIAL COMO PREDICTOR EN CONTEXTOS APLICADOS

Recientes estudios muestran que las investigaciones sobre comportamiento prosocial no sólo indagan en busca de sus determinantes, sino que consideran la prosocialidad como una variable o factor predictor de comportamientos adecuados y de prevención de conductas agresivas o violentas en contextos aplicados de la psicología. A continuación se presentan algunas investigaciones, con especial énfasis en los hallazgos que implican el comportamiento prosocial.

Psicología deportiva

Carreres-Ponsoda (2012) estudió la relación entre las actividades deportivas fuera de la escuela y la autoeficacia, el comportamiento prosocial y la responsabilidad. Dentro de los supuestos planteados se asume que las actividades de desarrollo positivas de los jóvenes pueden reducir el riesgo de problemas de conducta e incrementar la probabilidad de contribuir positivamente a la sociedad.

Se considera que el comportamiento pro-social es una variable importante que puede ser promovida y aprendida en contextos de educación deportiva. En el estudio participaron 363 estudiantes divididos en cuatro grupos de actividades: a) deportes/grupo único, que incluyó adolescentes que practicaban un único deporte; b) deportes/actividad, constituido por adolescente que practicaban deportes y al menos una actividad fuera de la escuela; c) otro grupo de actividad, integrada por adolescentes que practicaban al menos una actividad fuera de la escuela, pero esta actividad no incluye deportes, y d) bajo compromiso, para aquellos adolescentes que no participaban en ninguna actividad fuera de la escuela. Los resultados para la variable de comportamiento pro-social muestran que los adolescentes que practicaban deporte y otras actividades en grupo fuera de la escuela tienen un comportamiento pro-social significativamente mayor que el de aquéllos que no realizaban ninguna actividad extraescolar.

Manifestaciones agresivas en el deporte profesional