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PSICOLOGÍA SOCIAL

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COMPORTAMIENTO COLECTIVO Y

PSICOLOGÍA SOCIAL

OBJETIVOS DE APRENDIZAJE

Este capítulo se orienta a la consecución de los siguientes objetivos:

  • Conocer la relación entre el comportamiento colectivo y la psicología social.

  • Distinguir las características del comportamiento colectivo y sus tipos.

  • Diferenciar las características de los movimientos sociales y sus tipos.

  • Conocer los principales enfoques teóricos sobre el comportamiento colectivo y los movimientos sociales, para así analizar casos reales a partir de ellos.

  • Distinguir los elementos que facilitan la emergencia de un movimiento social y saber analizar las distintas fases de su desarrollo.

  • Saber distinguir los elementos del proceso facilitador de la movilización de participantes.

  • Entender las grandes posibilidades que Internet y las nuevas tecnologías de la comunicación han aportado a la construcción de redes de movilización, y analizar la capacidad de transformación cultural que éstas están desempeñando en un mundo globalizado.

INTRODUCCIÓN 

Una perspectiva psicosocial del comportamiento colectivo

Jóvenes enfrentándose a la policía, rompiendo escaparates, asaltando e incendiando locales y vehículos: así empieza la película El odio (La haine), que narra la vida de tres jovenes en un suburbio de París a mediados de la década de 1990. En Francia, las imágenes de la película han cobrado realidad en diversas ocasiones. El episodio más significativo tuvo lugar a finales del año 2005; empezó en un suburbio de París, pero rápidamente se extendió por todo el país.

Tras semanas de protestas hubo miles de automóviles quemados y equipamientos públicos (escuelas, guarderías, bibliotecas, gimnasios) destruidos. También en otros países occidentales han surgido protestas similares en los últimos años: en el verano de 2011 sucedió en Londres y también en este caso las protestas se extendieron a otras ciudades. En mayo de 2013, en diversos barrios de la periferia de Estocolmo hubo disturbios durante varios días. Estas movilizaciones, junto con los movimientos de la primavera árabe, el 15-M o el Occupy Wall Street, son algunos de los ejemplos de comportamiento colectivo más significativos de las últimas décadas. Ambos tipos de acciones muestran que la protesta se ha vuelto un rasgo característico de nuestra sociedad. Así, algunos autores han señalado que vivimos en una sociedad de comportamiento colectivo o sociedad de movimientos sociales (Meyer y Tarrow). En esta línea, la revista Time declaró al manifestante como el personaje del año 2011. Ello puso en primer plano la necesidad de que la psicología social se preocupe por el comportamiento colectivo y los movimientos sociales.

El estudio del comportamiento colectivo en general, y más especialmente el de los movimientos sociales, ha tenido un fuerte auge en las últimas décadas desde distintos enfoques disciplinares. Entre las ciencias sociales que comparten su dedicación a este campo destacan la sociología, la psicología social, la historia, la antropología cultural y las ciencias políticas. El enfoque de la psicología social se centra en la relación entre las variables personales y las socioestructurales, por lo que aporta un buen ejemplo de la interacción entre el individuo y la sociedad. 

Al igual que la psicología colectiva, surgida en el siglo XIX, fue un eco de su contexto histórico, en el siglo xxI, en la era global, el comportamiento colectivo y los movimientos sociales continúan siendo fieles testigos de las grandes transformaciones sociales y culturales de nuestra época. Se expone aquí el enfoque psicosocial del comportamiento colectivo y los movimientos sociales, sabiendo que su naturaleza está cambiando velozmente, como se explica luego al hablar de redes sociales, y habrán de cambiar también sus explicaciones. Actualizar estos estudios nos obliga a seguir atentos a los cambios que se están produciendo en nuestra sociedad.

El estudio del comportamiento colectivo tiene la capacidad de aportar un efecto transformador y saludable sobre la psicología social, como ya apuntaron Milgram y Toch (1969):

  • Refuerza la orientación social de la psicología social, frente a la de signo más indi-vidualista, que ha venido siendo la claramente predominante.

  • Permite el estudio de situaciones y respuestas nuevas, frente a las situaciones y respuestas estándar más típicas de la psicología social, al ocuparse más del comportamiento ordinario y cotidiano.

  • Parte de un modelo activo de ser humano como agente de cambio social, frente a un modelo pasivo o más bien estático al que suele atender la psicología social tradicional. El comportamiento colectivo estudia el papel del ser humano como actor intencional del cambio histórico, dotado de iniciativa y creatividad

  • Apuesta por una disciplina comprometida frente a una disciplina academicista, que está más cerca del laboratorio que de los problemas sociales.

CONCEPTO DE COMPORTAMIENTO COLECTIVO

En un sentido amplio, puede decirse que el campo del comportamiento colectivo comprende tanto las formas espontáneas, emocionales y efímeras de comportamiento (Recuadro 1), como las formas de comportamiento más planeado, duradero y organizado que suelen darse en los movimientos sociales.

Recuadro 1. El hundimiento del Titanic y el comportamento colectivo

El 15 de abril de 1912, cuando se dirigía a Nueva York en su primera travesía, se produjo el hundimiento del Titanic, pereciendo en el naufragio gran parte de los pasajeros (1.513 personas). Fue una catástrofe conmovedora por el número de fallecidos, porque se trataba del mayor transatlántico del mundo y, sobre todo, porque la gente leyó con avidez en la prensa los dramáticos relatos que contaban los supervivientes, describiendo con detalle las reacciones de la multitud durante la apresurada evacuación del barco. La impactante historia fue llevada al cine con gran éxito.

Tras el naufragio, el pastor anglicano William Prince recogió cuidadosamente todo tipo de informes y testimonios sobre la respuesta de las personas afectadas durante la situación de emergencia. Este estudioso quedó impresionado al ver que la gente se había comportado de una forma diferente a como podía haberse previsto desde la óptica de la vida cotidiana.

 

Resultó ser un comportamiento imprevisible, llegando las personas a realizar acciones extremas, poco imaginables, tanto de cobardía como de heroísmo. Prince estaba convencido de que se hallaba ante un nuevo tipo de comportamiento todavía no descrito científicamente y decidió estudiarlo más a fondo. En 1920 concluyó su tesis doctoral, Catastrophe and social change, donde propuso un término nuevo para designar ese extraño tipo de comportamiento que se distinguía por su espontaneidad, fluidez y novedad con respecto a las pautas de la vida diaria. Lo denominó collective behavior («comportamiento colectivo») (Scanlon, 1988).

Concepto y tipos de comportamiento colectivo

La sección de comportamiento colectivo y movimientos sociales de la American Sociological Association definió en sus estatutos (1980) el comportamiento colectivo como «formas sociales emergentes y extrainstitucionales de comportamiento». Esta definición la recogen autores que siguen un enfoque psicosocial del comportamiento colectivo, como Turner y KiIlian (1987), y su valor es reconocido también por autores posteriores como Marx y McAdam (1994).

El término emergente hace referencia a «la conducta espontánea y a menudo sujeta a normas creadas por los propios participantes» (Michener, Delamater y Schwartz).

La espontaneidad se refiere a la acción «no planeada e improvisada» y a su carácter sin-formal» (Killian, 1980).

La expresión extrainstitucional, o no insti-tucional, significa que en una situación específica emergen normas que no siguen o que incluso cuestionan la cultura establecida, dejando sin definir apenas el estatus de los participantes y sus roles.

El distinto grado en que se cuestionan los patrones culturales establecidos queda ejemplificado en la siguiente clasificación adaptada de Marx y McAdam (1994), que muestra el continuo entre el surgimiento de nuevas normas y el seguimiento de las ya marcadas por la cultura:

   • Alto grado de emergencia de normas: por ejemplo, en una multitud espontáneamente concentrada por un disturbio, ante un apagón de luz en una discoteca o ante la inundación de un pueblo.

  • Grado intermedio: puede verse en las manifestaciones callejeras autorizadas o en los actos de protesta promovidos por un movimiento social.

  • Alto grado de especificación cultural: se da en un servicio religioso en un templo, en el trabajo en serie en una fábrica o al acudir a un cine.

Otros rasgos no tan centrales que han caracterizado al comportamiento colectivo son los de cambiante y emocional (Snow y Oliver), así como el de ser desarrollado por un amplio número de personas (Lofland, 1981).

Además, estos rasgos suelen surgir en situaciones consideradas como problemáticas, críticas o de tensión (Cantril, 1941; Marx y McAdam, 1994).

La tipología, ya clásica, propuesta por Lofland (1981, 1985), parte del concepto de colectividad, o grupo en el que se produce el comportamiento colectivo, y de las dos formas en que ésta se presenta: congregada (multitud) y dispersa (masa). Por su parte, el movimiento social constituye una forma compleja de comportamiento colectivo, que se tratará más adelante. A continuación se explican estos tres conceptos básicos.

  • Colectividad. Es un grupo relativamente desorganizado en el que no existen procedimientos formales para seleccionar e identificar a sus miembros, definir los objetivos, escoger los líderes y tomar decisiones (Turner y Killian, 1987); posee alguna creencia u objetivo compartido, pero su acción se halla guiada más bien por normas emergentes.

  • Multitud. Es una colectividad cuyos miembros «se hallan en presencia mutua, inmediata y cara a cara» (Lofland, 1981, p. 416), con algún objeto de atención o propósito común (p.ej., asistir a un concierto o protestar ante la sede de un partido político).

  • Masa. Es una colectividad de personas que «atienden a un objeto común, pero que no se encuentran mutuamente en proximidad física e inmediata» (Lofland, 1981, p. 416). Un ejemplo de colectividad dispersa es el de los seguidores de una determinada moda pasajera.

 

El propio Lofland señala la emoción dominante como un criterio útil para clasificar el comportamiento de una colectividad. Entiende por emoción dominante el «sentimiento públicamente expresado que participantes y observadores perciben como más prominente en un episodio de comportamiento colectivo» (1981,

p. 414). Según este autor, las cuatro emociones básicas para clasificar el comportamiento colec-tivo, con ejemplos para multitudes y masas, son:

  • Hostilidad: p.ej., una multitud que emprende una revuelta popular, o bien un clima extendido (masa) de acoso a una minoría

  • (caza de brujas).

  • Miedo: p.ej., una huida por incendio en un espectáculo musical (multitud), o un seguimiento de rumores catastrofistas (masa).

  • Alegría: p.ej., concentración para celebrar una victoria deportiva (multitud), o seguimiento de alguna moda pasajera (masa).

  • Tristeza: p.ej., entierro multitudinario de un personaje popular (multitud), o decepción tras muerte de un líder carismático (masa).

Concepto y tipos de movimiento social

Un movimiento social puede definirse como «una colectividad que actúa con cierta conttinuidad para promover o resistir un cambio en el grupo o sociedad de la que forma par-te» (Turner y Killian, 1987, p. 223). Sobresalen aquí tres elementos distintivos:

  • Es una colectividad, es decir, un grupo relativamente desorganizado en el que existe interacción, en gran parte informal, y sentido de unidad, que posibilita una acción común o colectiva, no institucional. En la colectividad se aúnan distintas redes de grupos y personas (Diani, 1992).

  • Actúa con continuidad, es decir, no limita su actividad a algún episodio concreto, sino que desarrolla una historia y posibilita la emergencia de una identidad colectiva (Diani, 1992; Melucci, 1985), aunque cambien los componentes del movimiento; ello implica cierto grado de organización, estrategia y compromiso, permitiendo el desarrollo de unas creencias y valores compartidos, de una ideología.

  • Tiene como objetivo el cambio social o bien la resistencia a él; no sirve, por tanto, a intereses exclusivamente personales. Para buscar el cambio social es preciso hacer explícito un conflicto y señalar a los oponentes (Melucci, 1989; Tarrow, 1997; Tourai-ne, 1981). El cambio puede buscarse en el grupo o en la sociedad, pero también en el orden mundial.

Movimiento social y conflicto

El movimiento social surge como expresión de un conflicto con el orden establecido y al plantear el desafío de luchar para transformarlo, señalando claramente a los responsables de tal situación de injusticia y el objetivo de combatirla. Más en concreto, Touraine) precisa que todo movimiento social se construye en función de tres principios:

a) identidad: quienes se autodefinen como participantes en un movimiento; b) oposición o adversario: contra quien lucha el movimiento, y c) totalidad u objetivo; visión del mundo u objetivo que trata de conseguir.

 

Tradicionalmente, los movimientos sociales se han entendido sólo como una reacción  prácticamente automática al cambio social y a las perturbaciones psicológicas y tensiones sociales que lo acompañan. Los movimientos surgían como una respuesta a situaciones de declive económico, procesos de desintegración y privación que originaban disfunciones en el sistema social y tensión psicológica en los individuos. En cambio, la tradición interaccionista, en lugar de ver los movimientos sociales como una reacción al cambio social, los ve como agencias de cambio social. La perspectiva construccionista profundiza en esta línea y, como se verá en el apartado Los movimientos sociales como agentes de influencia social, los entiende como agencias de significación colectiva, como creadores de significado.

A diferencia de otras perspectivas que han explicado los movimientos por factores externos a ellos (como las características socioes-tructurales de la sociedad y las tensiones generadas por el proceso de modernización, la disponibilidad de recursos organizativos o las oportunidades políticas favorables), la perspectiva construccionista sitúa el foco analítico en el interior de los movimientos. Considera que el movimiento debe estudiarse en sí mismo y no como una reacción a algo. Para entender cómo y por qué surgen los movimien-tos, hay que analizar los procesos simbólicos y cognitivos que suceden en las organizaciones y las redes de los movimientos, que es donde se construyen los marcos de significados y las identidades colectivas que dan sentido a la participación en los movimientos (Laraña, 1999). Ello implica considerar a los movimientos sociales como la variable independiente y el cambio social como la variable dependiente (Tejerina, 2010).

Tipos de movimientos sociales

En nuestra evolución social se producen determinadas épocas con un acento espe-clamente transformador, en el sentido de Plantear claros cuestionamientos culturales para cambiar el orden establecido. Un buen ejemplo de estos ciclos de protesta se produjo con la llamada revolución cultural en los años sesenta del siglo xx. De forma similar, coinciddiendo con la fuerte crisis iniciada en muchos países occidentales a finales de la primera década del siglo xxi, podemos estar viviendo un nuevo ciclo de cuestionamiento cultural de valores y estilos de vida.

Para clasificar los movimientos sociales, el criterio más utilizado es el del tipo de cambio que proponen, pues refleja su objetivo fundamental. En este sentido, Aberle (1966) distinguió dos dimensiones: el grado de cambio buscado, que puede ser parcial o total, y el tipo de cambio, según afecte al individuo o a la estructura social. Resultan así cuatro tipos de movimiento social:

  • Los movimientos alternativos, que pretenden afrontar ciertas limitaciones de las per-sonas, como la baja autoestima, el estrés, el aislamiento o la insatisfacción en general, así como corregir ciertos hábitos nocivos, como el abuso de alcohol o de drogas.

  • Los movimientos salvadores (o redentores), que pretenden un cambio profundo de las personas mediante una conversión a las creencias y estilo de vida del movimiento.

  • Los movimientos reformadores, que proponen una serie de cambios específicos en el orden social vigente, como sucede con el movimiento pacifista, el de derechos humanos o el feminista.

  • Los movimientos revolucionarios (o trans-formadores), que intentan un cambio radical masivo que dé paso a un orden diferente, como hizo la Revolución francesa.

Una de las limitaciones de esta clasificación es que ignora los movimientos que no promueven el cambio social, sino que se resisten a él, como son los de tipo reaccionario o conseroador, que tratan de preservar ciertos valores tradicionales.

ENFOQUE PSICOSOCIAL DEL COMPORTAMIENTO COLECTIVO Y DE LOS MOVIMIENTOS SOCIALES

El tratar de explicar y entender el significado del comportamiento colectivo hace recordar el célebre cuento indio de los ciegos y el elefante. Los ciegos sentían gran curiosidad por saber cómo era un elefante y no pararon hasta encontrarse delante de uno de ellos. Un ciego, tocando el lomo del animal, aseguró que era como una pared; otro, sintiendo el filo de los colmillos dijo se parecía a una lanza, mientras que otro, agarrado a una pata, afirmó que el elefante era como el tronco de una palmera.

Otros ciegos exploraron la cola, la trompa y las orejas del elefante e insistieron, sucesivamente, en que el elefante era una especie de cuerda, de serpiente y de abanico. El elefante evoca la diversidad del comportamiento colectivo y de sus posibles explicaciones. Para entender mejor dicho fenómeno, se explican a continuación algunas de las principales aproximaciones te-ricas que lo abordan (Recuadro 2).

Recuadro 2. Del enfoque patológico de Le Bon a la teoría de la identidad social

A lo largo de la historia, numerosos pensadores han manifestado un ostensible desprecio hacia las masas, atribuyéndoles toda suerte de defectos. El autor más representativo de esta visión es Le Bon y su Psicología de las masas (1895-1986). El individuo, al formar parte de una masa, señala Le Bon, se transforma radicalmente, se disuelve en ella, sus características personales son absorbidas por la masa, que lo convierte en un ser anónimo que deja de comportarse racionalmente y pasa a ser guiado por los impulsos inconscientes que la masa despierta en él.

¿Qué diría Le Bon hoy si hubiera presenciado la revuelta de los suburbios de Paris? ¿Confirmarían estos hechos su visión sobre la masa? Le Bon vería confirmadas sus creencias. ¿Cómo si no, podría entenderse que los participantes en los disturbios quemaran los coches de sus vecinos y las escuelas de su barrio? Le Bon sólo vería desorden y destrucción.

¿Cómo podríamos contraargumentar a Le Bon? ¿Cuáles son los problemas de su enfoque?

El enfoque leboniano es individualista, ahistórico y descontextualizado. Al olvidar el contexto, convierte en patológica la conducta de la multitud. Así, conductas violentas que son producto de un conflicto social se consideran un aspecto genérico de la masa. Al no tener en cuenta a la autoridad y el exogrupo en el análisis, no se comprende que la violencia es producto de un conflicto intergrupal (Reicher, 1987). El problema de fondo es que Le Bon no queria comprender a la masa, sólo desacreditarla. Tenía miedo de los cambios sociales y sentía amenazado el orden político, social y moral establecido, e hizo responsable de todo a la masa. Por ello, Le Bon siempre habla desde la perspectiva del observador, nunca del participante. Por ello no puede entender el significado de las acciones que le atemorizan. Así, en el ejemplo que nos ocupa, incendiar coches es su manera de protestar. No es una conducta irracional, aunque pueda parecerlo [ya que la violencia se ejerce contra sus propios barrios). Es el grito de unos jóvenes que se sienten excluidos de la sociedad y que utilizan el único poder que tienen: el de perturbar el orden social. Es su manera de hacerse escuchar, su forma de participación poli-tica. No tienen, o no encuentran, otros canales para expresar su descontento.

Reicher (1984, 1987) considera que en la multitud no se pierde la identidad (individuall, sino que adquiere especial relevancia (saliencia) la identidad social. Se pierde identidad personal pero, a cambio, se gana identidad social. Se produce un cambio en la autopercepción: las perSonas tienden a percibirse a sí mismas más como miembros de un grupo y menos como personas individuales. Al aumentar la saliencia de la identidad social, las personas se comportan siguiendo las normas que derivan de dicha identidad. La identidad social guia y limita la accion de la multitud. Así, la multitud puede ser destructiva o creativa en función de su identidad social. Por ejemplo, una persona dentro de la multitud puede empezar a tirar piedras a la policia, pero la multitud no le seguirá si esa conducta no concuerda con su identidad social.

Teorías tradicionales

Teoría de la privación relativa

Esta teoría trata de explicar el origen de la insatisfacción ciudadana que puede llevar a la acción colectiva. Su formulación inicial (Stoufer, Suchman, De Vinney, Star y Williams, 1949) indica que las personas evalúan lo que tienen, sus logros, por comparación con sus grupos de referencia. Si al aplicar el patrón comparativo concluyen que tienen menos de lo que deberían, surgirá la percepción de injusticia y el sentimiento de malestar por esa privación, lo cual sería el germen de la protesta.

Teoría del valor añadido

Esta teoría plantea el surgimiento del comportamiento colectivo desde un enfoque sociológico como resultado de una secuencia de seis fases sucesivas. Cada fase aporta una condición necesaria que permite el paso a la siguiente en un proceso de valor añadido, es decir, acumulativo (Smelser, 1963). La secuencia de las seis condiciones es: 1) conductividad o proclividad estructural: condiciones sociales favorecedoras del surgimiento de un determinado comportamiento colectivo; 2) tensión estructural: se produce cuando distintos elementos de un sistema social están desconectados o enfrentados entre sí; 3) surgimiento y difusión de una creencia generalizada: emerge una creencia colectiva que ofrece una nueva definición de la situación, señalando a los responsables y orientando la acción reductora de la tensión; 4) factor precipitante: algún hecho dramático agudiza la tensión y confirma la creencia surgida hacia los responsables; 5) movilización de los participantes a la ac-ción: se comunican y organizan los afectados para eliminar las causas de sus tensiones, y 6) control social ineficaz: la autoridad carece de fuerza o habilidad para frenar la acción colectiva. Se reconoce a esta teoría la formulación de un modelo descriptivo completo y se le criticó, entre otros aspectos, su mecanicismo y sesgo negativo, por mostrar al activista más reactivo que proactivo y al comportamiento colectivo como disfuncional.

Teoría de la norma emergente

Según esta teoría, para que el comportamiento colectivo se produzca ha de experimentarse una tensión o inquietud en una situación ambigua. Es ante esa ambigüedad o falta de criterio cuando los participantes buscan indicadores que les permitan definir la situación y les señalen la conducta apropiada a seguir.

En este punto, la conducta de unos pocos significativos se puede convertir de forma espontánea en norma emergente, siendo reconocida como legítima solución al problema.

Al ser seguida por otros participantes, crece la presión hacia la conformidad para adoptar esa nueva norma y se desaprueba a los discrepantes (Turner y Killian, 1987). Esta teoria parte del principio de la construcción social de la realidad (Berger y Luckmann, 1966) y asume los resultados de los experimentos de Sherif (1936) sobre el surgimiento de normas en situaciones grupales no estructuradas y de los de Asch (1951) sobre la presión grupal hacia la conformidad.

Un ejemplo paradigmático de esta teoría lo ofrecen sus propios autores. El velódromo de invierno de París se hallaba abarrotado cuando se produjo una peligrosa avalancha, pero la catástrofe se evitó gracias a los gritos de «no empujen», que algunos iniciaron en la multitud y que se difundieron ampliamente hasta convertirse en norma emergente.

Teoría de la movilización de recursos

Alejándose del enfoque psicosocial o tradicional del comportamiento colectivo, la teoría de la movilización de recursos trata de insertarse en la sociología política (Marx, 1980). Destaca algunos rasgos que, según McCarthy y Zald

(1977), son los siguientes:

  • Enfatiza los costos y recompensas para explicar la implicación individual y organizacional en la acción colectiva.

  • Examina la variedad de recursos que deben ser movilizados, tanto de tipo político (alianzas con otros grupos y movimientos sociales), como los de tipo económico (fi-nanciación de gastos), tecnológicos (instrumentos utilizados, media), tácticas empleadas, etc., con vistas a conseguir el éxito o el logro de los objetivos.

Conviene destacar algunos ejemplos por la importancia que han tenido los recursos tecnológicos utilizados en el éxito de algunos movimientos. Tarrow (1997) describió detalladamente el papel crucial que tuvieron los medios de comunicación en el éxito del movimiento de derechos civiles, así como la influencia de la televisión en la rápida expansión del movimiento democrático en Europa del Este, que culminó en la caída del muro de Berlín en 1989.

Son ejemplos actuales del efecto de los nuevos recursos tecnológicos sobre los movimientos el impacto espectacular de Internet al final del siglo xx y la aparición de las redes sociales en línea en la primera década del siglo XXI (Cardoso, 2014).

El pragmatismo del enfoque racional del comportamiento colectivo y, en particular, la teoría de la movilización de recursos, representaron un notable avance por su focalización en conductas medibles e indicadores de éxito notablemente útiles de cara a la investigación. Sin embargo, pecó de olvidar los factores psicosociales; de ello se encargaría la teoría de la motivación a participar.

La teoría de la motivación a participar trata de predecir la movilización o no de las personas por una determinada causa (Klan-dermans, 1984). Esa motivación será fruto de dos elementos:

• Las expectativas de éxito, es decir, de que el objetivo (un bien colectivo) sea alcanzado, que se concretan en función de las expectativas sobre: a) el número de participantes; b) la propia contribución a la probabilidad de éxito, y c) la probabilidad de éxito si muchos participan.

• El valor de los incentivos: a) los de carácter colectivo, que redundan en beneficio de todos (p.ej., la calidad ambiental o la paz), y b) los selectivos, que afectan únicamente a quienes participan y pueden referirse a la reacción de las personas más significativas para uno (pareja, amigos, colegas) o a los beneficios/costes obtenidos (trabajo, dinero y tiempo empleados o riesgos asumidos).

Perspectiva del conflicto

La perspectiva del conflicto, de origen mar-xista, ha servido de inspiración a otras teo-rías, como la de la acción colectiva de Tilly y la teoría del proceso político. Ambas teorías han asumido también algunas de las principales ideas de la teoría de la movilización de recursos.

Según Marx, la fuerza básica que mueve la sociedad y la historia es el enfrentamiento de intereses, y por ello, el conflicto es la clave para entender los cambios sociales. El conflicto se traduce en una lucha por los recursos económicos. A comienzos del siglo xx, esta perspectiva teórica del conflicto, que reduce éste al ámbito económico, fue ampliada por los sociólogos alemanes Simmel y Weber, quienes afirmaron que la competición entre los grupos dominantes y dominados se extendía también al ámbito del poder y del privilegio.

La confrontación social de los años sesenta contribuyó a que la sociología de esa época concentrara su atención en la teoría del conflicto y propició el declive de la hasta entonces dominante teoría fun-cionalista. Esta última miraba la sociedad como un sistema estático que tendía a co-regir cualquier conflicto como fuente de desequilibrio y disfunción social. Por el contrario, la teoría del conflicto veía la confrontación y los cambios sociales con una luz positiva (enfoque progresista), como resultado de una lucha por una sociedad más justa, menos dominada por ciertos grupos de poder que controlan los recursos existentes.

 

La teoría del conflicto fue aplicada a la acción colectiva por Tilly (1978). Un supuesto básico es que en todas las sociedades hay conflictos y, por tanto, injusticias y desigual-dades; sin embargo, sólo ocasionalmente surge una acción colectiva. Para explicarlo se aportan cuatro factores clave que sintetizan diversas teorías: el primero procede de la teoría marxista, los dos siguientes de la teoría de la movilización de recursos y el último crisilizaría en la teoría del proceso político (McAdam, 1982; Gamson, 1990). Los factores o condiciones son:

  • Intereses comunes: se requiere compartir intereses y sentir la necesidad de agruparse para defenderlos mejor frente a los adversanos.

  • Organización: se precisa un mínimo de estructura organizativa que dé continuidad a la acción (liderazgo, redes de comunicación, reparto de tareas, etc.).

  • Movilización de recursos: es preciso tener los recursos suficientes para justificar la decisión de emprender una acción (bienes materiales, apoyos sociales, acceso a los mass media, etc.).

  • Oportunidad política: por ejemplo, un gobierno tolerante, inestable o con un bajo grado de represión puede ofrecer oportunidades a sus enemigos y facilitar la movilización (como ocurrió en la Unión Soviética con el gobierno de Gorbachov, que introdujo reformas y aperturas que dieron oportunidades a los disidentes y aceleraron la caída del muro de Berlín).

Enfoque de los nuevos movimientos sociales

El fuerte desarrollo económico, tecnológico y consumista de los años sesenta del siglo pasado tuvo como contrapunto la convic-ción, por parte de muchas personas, de que se había construido una sociedad que volvía la espalda a valores y necesidades genuinamente humanas como la realización personal y la comunidad. Surgió entonces una intensa crítica cultural (o contracultura), que mostró una predilección por los ideales de libertad e igualdad que impulsaron movimientos de emancipación, como el de los derechos civiles o el feminista, y una reafirmación de valores humanos como la identidad, la libertad sexual y la espontaneidad (Brand, 1992).

El enfoque, al mismo tiempo que conecta con la tradición humanista de la Ilustración, se esfuerza en destacar, en la línea de la teoría del conflicto, que factores estructurales como el acceso masivo a la educación superior, el surgimiento de nuevas clases medias integradas por profesionales y la inserción de la mujer en el mercado de trabajo han creado nuevas formas de confrontación con el sistema que no fueron previstas por el enfoque economicista de Marx.

Se han ofrecido diversas caracterizaciones de los nuevos movimientos sociales en abierto contraste con el viejo paradigma del sistema político-económico todavía vigente. Se describen, desde esta perspectiva, teniendo en cuenta su base ideológica y valores, los rasgos de sus participantes, organización y formas de acción (Dalton, Kuechler y Bürklin, 1992; Johnston, Laraña y Gusfield, 1994; Klandermans, 1986; Offe, 1988).

La orientación ideológica de este enfoque se caracteriza por el rechazo del modelo cultural existente y de la democracia representativa, a favor de formas más directas y auténticamente democráticas de participa-ción. Entre sus valores destacan la demanda de autonomía personal frente al control del Estado y de las elites, así como el énfasis en los valores posmaterialistas (Inglehart, 1990), como la paz, la comunidad, la calidad de vida y la realización mediante el trabajo.

En definitiva, se reclama el derecho a vivir una existencia con sentido y digna de ser vivida.

Los participantes no pertenecen exclusivamente a una determinada clase social. La organización, descentralizada y sin líderes formales, permite una participación más directa e igualitaria. Las formas de acción se traducen en acciones directas que atraen la atención de los medios de comunicación, despiertan la conciencia de la población y ejercen presión sobre los gobernantes. 

En conclusión, aunque la variedad de teorías que explican la acción colectiva y los movimientos sociales pueden causar espontáneamente cierta confusión, el hecho de examinar un tan complejo elefante (como se decía en el cuento del inicio) desde ángulos teóricos diversos, y a la vez bien fundamentados empíricamente, puede ser aconsejable en no pocos casos. Ello es coherente con la convergencia que ha podido apreciarse en las más recientes perspectivas.

MOVIMIENTOS SOCIALES: EMERGENCIA Y MADUREZ

A finales de la década ded 1960, algunas de las militantes norteamericanas más activas del recién fundado movimiento de liberación de la mujer quemaron públicamente sus sujetadores como símbolo de liberación.

Los medios de comunicación se refirieron a ellas como las quemasujetadores. Era una conducta emergente y extrainstitucional propia de episodios de comportamiento colectivo. Los movimientos sociales, cuando nacen, tienden a manifestar características propias del comportamiento colectivo puro; pero a medida que el movimiento social se desarrolla, se acentúa la conducta organizada, mientras que la espontánea se hace menos frecuente. Así, el movimiento se va estructurando cada vez más, reforzándose su carácter intencional, propositivo e instrumental, y su conducta resulta cada vez menos expresiva (Goode, 1992). Debido a ello, es interesante distinguir dos fases en la vida del movimiento, que Marx y McAdam (1994) denominan movimiento emergente y movimiento maduro.

El movimiento emergente exhibe de forma mas nítida las características del comportamiento colectivo. En su fase embrionaria, el movimiento es más espontáneo y emocional, se diferencia más de las instituciones y carece de organizaciones formales propias.

Su funcionamiento se basa en grupos informales y en comisiones específicas que crea para resolver diferentes problemas, para lo que busca el apoyo de las instituciones y otras asociaciones ya establecidas. Practica el proselitismo y la acción directa en un afán de constituirse en fuerza social; no ha estructurado todavía los roles de sus miembros y ejerce el liderazgo en grupo, para lo que se aprovecha de que éste todavía no es muy numeroso. Pero este período no puede ser demasiado largo, porque la poca organización y escasa planificación podrían desintegrarlo. Con el tiempo, el movimiento en general se va organizando, va madurando y al ir evolucionando se distancia poco a poco del genuino comportamiento colectivo y adquiere características más propias de las instituciones. En suma, el concepto de movimiento emergente nos ayuda a comprender que los movimientos sociales, en mayor o menor grado, son comportamientos colectivos en vías de institucionalización. Por eso, el movimiento social emergente puede ser visto como el punto de engarce entre los movimientos sociales y otras formas más típicas de comportamiento colectivo Javaloy, Rodríguez y Espelt, 2001).

LOS MOVIMIENTOS SOCIALES COMO AGENTES DE INFLUENCIA SOCIAL

La casa debes tenerla siempre limpia y acogedora (...). Que las comidas estén a tiempo, a la hora en que tu marido ha pedido. (...) Procura complacerle hasta en los menores detalles. Con esto contribuirás a vuestra mutua felicidad. Jamás pierdas de vista que uno de los fines del matrimonio es que seas el apoyo de tu marido.

Consejos como éste, extraído del manual Para salvarte (ellas), ya fuesen expresados de forma más abierta o más sutil, formaban parte de lo que la sociedad consideraba normal hace unas cuantas décadas. Entonces, era de sentido común que el rol de la mujer era secundario. Por eso, cuando surge el feminismo, éste representa una alternativa radical al sentido común y a la ideología dominante de la época. Cuestiona lo obvio en aquel momento y sus reivindicaciones son vistas como radicales y extravagantes.

Pero al tener éxito, el movimiento cambia nuestra percepción de la realidad y hoy se da por supuesta la igualdad entre hombres y mujeres.

Los movimientos sociales, como proponen Sabucedo, Grossi y Fernández (1998), pueden ser entendidos como agentes de influencia social y persuasión. Ello permite establecer un vínculo teórico con una de las líneas de investigación más clásicas de la psicología social y destacar una de las funciones principales de los movimientos, la de desafiar (u oponerse al desafío) las interpretaciones dominantes sobre diversos aspectos de la realidad.

Los movimientos sociales más significativos, al menos en su fase emergente, pretenden una construcción alternativa de la realidad social que se opone a la forma dominante de entenderla, a los discursos mantenidos desde el poder, a una forma determinada de definir e interpretar la realidad. Para ello, en primer lugar, cuestionan la situación existente y luego articulan proyectos alternativos.

Hasta cierto punto, señala Gusfield (1994), un movimiento existe cuando una parte de la sociedad considera que el sentido de determinadas normas sociales no puede darse por supuesto. Así, el movimiento crea una situación en la que se ha de escoger entre lo que hasta entonces se había aceptado o impuesto y lo que ahora se percibe como inaceptable. «Lo que puede haber sido impensable, ahora es pensable y posible» (p. 99). Las personas se vuelven conscientes de que las cosas son como son, pero podrían ser de otra manera.

En suma, los movimientos sociales son creadores de significados, generadores de códigos culturales alternativos a los dominantes (Melucci, 1996): establecen una lucha discursiva, una batalla por la conquista de las mentes. Ello implica no sólo un intento de persuadir a la población para ganar partidarios para la propia causa, sino también una lucha ideológica contra los que sostienen ideas con-trarias. Conlleva un enfrentamiento directo con grupos oponentes y contramovimientos que, desde un marco interpretativo contrario, tratan de persuadir en sentido opuesto al deseado por el movimiento. Además de la lucha discursiva con agentes externos al movimiento, también existen controversias entre los diferentes sectores del movimiento. Las distintas organizaciones y líderes del movimiento mantienen diferentes discursos, los cuales luchan por imponerse dentro del movimiento. Par tanto, no podemos conceptualizar los movimientos sociales como «un sujeto que produce un solo texto» (Rivas, 1998, p. 207), sino que se ha de tener en cuenta esta doble lucha discursiva con los agentes externos al movimiento y dentro del mismo movimiento.

LA CONSTRUCCIÓN SOCIAL DE LA PROTESTA

En Los santos inocentes, Miguel Delibes narra la historia de Paco el Bajo y su familia en la Extremadura profunda de los años sesenta. Sirven en un cortijo en una situación de explotación casi feudal. Un día, al bajar de una encina, Paco se cae y se troncha el peroné. A pesar de su estado, Iván, el señorito, le presiona para que lo acompañe en la próxima partida de caza, ya que le considera impres-cindible. Él, a pesar de su cojera, se siente culpable y, como siempre, obedece. Si quisieramos convencer a Paco, permanentemente humillado y resignado, para que se uniera a un movimiento social para cambiar su situación, ¿qué argumentos utilizaríamos para persuadirle? ¿Cuál sería la mejor estrategia para motivar su movilización?

Marcos de acción colectiva

Para que surja la acción colectiva en una situación determinada es necesario que dicha situación sea definida o interpretada como injusta, de tal forma que estimule la necesidad de corregirla. Además, es necesario que dicha idea sea compartida por un grupo de personas y que se tenga confianza en la ac ción colectiva para cambiarla. Ello implica la creación de un marco cognitivo con dicha interpretación, es decir, de un marco de acción colectiva: un conjunto de creencias y valores que orienta, da sentido y legitima las acciones emprendidas por un movimiento social (Gamson, 1992b).

El enfoque de los marcos de acción colectiva da las claves para entender cómo los movimientos sociales construyen una conciencia insurgente que permite una construcción alternativa de la realidad. Para que la comunicación de las organizaciones del movimiento sea persuasiva tiene que conectar o sintonizar las orientaciones, intereses y experiencias vitales del individuo con las del marco del movimiento. Es lo que Snow, Ro-chford, Worden y Benford (1986) denominan alineamiento de marcos. El objetivo es que el individuo adopte el marco de acción colectiva y que, a través de esta lente, otorgue un significado a los hechos relevantes relacionados con un problema social determinado, de forma que ello le disponga para la movilización colectiva. Para esto suele construirse un marco puente (p. ej., el derecho a la vida del movimiento antiabortista) que permita vincular la interpretación de los hechos que hacen los individuos con la interpretación del movimiento. Su fuerza reside en que ofrece una nueva mirada a un viejo problema y en su poder evocador, al conectar con los valores y experiencias de la gente en la cultura dominante.

Sentido de injusticia: la raíz de la protesta

La explotación o la miseria no generan automáticamente descontento; la frustración, el malestar, por sí solos, no hacen movilizarse a las personas. Las movilizaciones no son una respuesta a una realidad externa y objetiva.

Esta no es tan importante como la interpretación que se haga de dicha realidad. Para que surja una acción colectiva tiene que existir la percepción de que la situación, el orden social, es injusto. En el caso anterior, Paco el Bajo no define su situación como una injusticia, sino como una desgracia. Entonces, debería haber una redefinición colectiva de la situación: lo que Paco vive como una desgracia lo ha de percibir como una injusticia.El problema de Paco es que cree que no tiene derecho a más.

Entonces, la cuestión a responder es cuándo una situación es percibida como injusta. El sentido de injusticia surge de la indignación moral relacionada con ciertos agravios, es de-cir, con la privación de ciertos derechos que el individuo cree que en justicia le corresponden (en este sentido, la privación relativa puede entenderse como una injusticia). El origen de esta indignación moral suele ser una situación de desigualdad ilegitima (Major, 1994); es decir, ésta se considera inmerecida y se atribuye a un determinado agente externo (p. ej., el gobierno o un empresario) la responsabilidad del trato injusto. En cambio, si se atribuye al propio grupo la responsabilidad de su situación o se atribuye a causas impersonales (una crisis económica, el mal tiempo), la reacción puede ser de miedo, apatía o simples lamentaciones.

El sentido de injusticia no debe entenderse solamente como una creencia, sino que está teñido de fuertes emociones, de una afectividad reivindicativa que facilita la movilización de los agraviados. El marco de injusticia (al igual que los de identidad y eficacia) activa y motiva a la gente si posee un impacto emocional. Una emoción especialmente relevante para la movilización es la ira, que sólo se da cuando la responsabilidad se atribuye a un agente externo. Ello es importante, porque esta emoción «genera energía que permite luchar contra la causa de la ira» (Klandermans, 1997, p. 18).

Identidad colectiva: compartir el sentimiento con un grupo

Además de concienciar a Paco sobre la injusticia de su situación, hay que hacerle saber que no está solo, que muchas más personas están en su misma situación, y que existen unos responsables de ésta. Organizándose con los demás es más fuerte (como dice el refrán: la unión hace la fuerza) y sus pensamientos han de pasar del yo al nosotros.

El componente de identidad se refiere al sentimiento de identificación mutua que existe entre los que comparten un mismo sentido de injusticia. Éste es movilizador cuando se experimenta colectivamente, no individualmente.

Es necesario que la percepción de injusticia sea sentida por un grupo, que se construya un nosotros, que exista la conciencia de pertenecer a un mismo grupo. La identidad colectiva facilita sentimientos positivos de empatía y atracción, así como relaciones prosociales de cooperación y solidaridad entre los miembros del endogrupo, mientras se establecen fronteras cognitivas y emocionales con los de los exogrupos (Turner, 1987).

La construcción del nosotros implica la construcción de un ellos (autoridades, grupos de poder) a los que se atribuye la responsabilidad de la situación de injusticia padecida.

Conceptos como el de privación colectiva o injusticia compartida resaltan el aspecto colectivo de unas creencias y unos sentimientos que en absoluto se experimentan de una forma puramente individual, sino que son indicadores del malestar y la ira de un grupo contra quienes consideran tienen la culpa de su sufrimiento.

En suma, la desobediencia tiende a ser un acto colectivo. Como señaló Albert Camus en El hombre rebelde: «Me rebelo, luego exis-timos». Recordemos el clásico experimento de Asch: cuando los sujetos disponen de un aliado, disminuye mucho la conformidad con la mayoría. La atribución de los propios problemas al sistema no es propia de individuos aislados, sino que tiende a ocurrir en «grupos homogéneos con intensa interacción» entre sus propios miembros; en caso contrario, «es improbable que las personas reconozcan que sus trastornos privados son reflejo de problemas públicos en vez de tensiones personales » (Perree y Miller, 1985). Estos grupos más cohesionados, estrechamente unidos a otros miembros, se sienten lo suficientemente fuertes como para desarrollar un sentido de eficacia en lugar de sucumbir a sentimientos de impotencia, confiando en que la acción colectiva puede cambiar su destino.

Eficacia: pueden porque creen que pueden

«¡No puedo hacerlo!», es una de las primeras creencias que habría que cambiar para motivar a Paco a movilizarse. Ignacio Martín-Baró (1998) creía que el primer paso que los pobres tienen que dar para emanciparse es dejar atrás sus sentimientos fatalistas y tener confianza en sí mismos, tener un sentido de autoeficacia. Si una persona o grupo no se siente capaz de conseguir un objetivo a través de sus acciones, difícilmente intentará conseguirlo. Así, incluso grupos con un fuerte sentido de injusticia y una identidad colectiva fuerte pueden no movilizarse si no creen en sus propias fuerzas.

Creer que una situación de injusticia se puede cambiar gracias a la acción colectiva implica la convicción de que la situación definida como injusta no es inmutable y de que se poseen los medios suficientes para cam-biarla. El sentido de eficacia se opone al sentimiento de impotencia que lleva a las personas a la apatía, al fatalismo y a la resignación.

Un aspecto clave de la eficacia es que contribuye decisivamente a generar un clima emocional de optimismo y esperanza; este clima da confianza, permite superar el miedo y favorece la movilización. Protestan los que tienen esperanza. En palabras de Klander-mans (1997, p. 13):

Los participantes en el movimiento comparten una esperanza más que desespera-ción. Son gente esperanzada, no sin espe-ranza, comparten una creencia de que su movimiento está marcando la diferencia.

Ningún movimiento puede sobrevivir si no se basa en la esperanza de un futuro mejor y genera expectativas entre sus participantes de que el futuro está a su alcance.

Sin embargo, en los últimos años, diversos autores señalan que la eficacia no siempre es una condición necesaria para la acción colectiva. Las personas can una intensa Identificación con su grupo tienden a sentirse impelidas a participar en sus acciones, independientemente de que resulte eficaz o no (Stürmer y Simon, 2004). Que los participantes no tengan en cuenta los resultados de sus acciones no significa que su conducta sea irracional. Comprometerse en acciones del propio grupo, con el que se mantiene un fuerte vinculo, es una conducta racional aunque a corto plazo no sea eficaz (en cuanto a resultados objetivos), ya que dicha implicación puede ser beneficiosa para la autoestima personal (a través, por ejemplo, del reconocimiento de los otros miembros del grupo). Por tanto, la racionalidad no puede reducirse a la instrumentalidad. La clave de la racionalidad está en si determinadas acciones contribuyen al bienestar del sujeto o no. «Y uno de los aspectos que más contribuye a ese bienestar es el reconocimiento por parte de los demás», especialmente de aquéllos a los que nos sentimos próximos (Sabucedo, Durán y Alzate, 2010, p. 200).

Además, en ocasiones, en acciones orientadas a valores, los participantes se sienten obligados moralmente a mostrar públicamente su indignación, aunque no confíen en cambiar esa realidad. Recientemente, diversas investigaciones han destacado el papel de las convicciones morales sobre la acción colectiva, considerando la violación de principios como un factor desencadenante de la protesta (Vilas y Sabucedo, 2012; Zomeren, Postmes y Spears, 2011).

Movilización de las emociones

En los últimos años, el interés por el papel de las emociones en la acción colectiva ha ído en aumento, provocando un retorno de lo reprimido, de lo silenciado por el entoque racional de los movimientos sociales (Good win, Jasper y Folletta, 2000). Las emociones activan e intensifican los motivos por los que la gente protesta. El interés no se ha centrado solo en las emociones negativas, sino cada vez más en las positivas. Ello tiene que ver en parte, con que el foco de análisis, además de centrarse en las emociones negativas que provoca la injusticia, también se ha dirigido a las "emociones positivas" asociadas al arto de protesta en sí (Sabucede, Duran, Alzate y Barreto, 2010), Este giro en el análisis es esencial porque el clima emocional de los movimientos sociales se caracteriza generalmente por una mezcla de ira por las injusticas que se combaten, de alegría festiva y orgullo por movilizarse, y la esperanza de poder cambiar la situación (De Rivera y Páez, 2007).

Manuel Castells (2012, p. 30) enfatiza el papel de las emociones, llegando a afirmar que «desde el punto de vista de los indiv duos, los movimientos sociales son movimientos emocionales», Las emociones están en el origen de los movimientos, el programa, la estrategia política, son elementos posteriores. Las emociones más importantes para la movilización son el miedo, la ir, el ento siasmo y la esperanza. La ira, que aumenta cuando se percibe que una acción es injusta y se identifica al responsable de ella, permae superar el efecto paralizante del miedo. A! superar el miedo, el entusiasmo y la esperanza movilizan a las personas y las orientan hacia el futuro.

Movilización para la acción

Los marcos de acción colectiva se sitúan básicamente a la altura de la comunicación persua-siva; sin embargo, el proceso de movilización es más amplio, aunque en gran parte consiste en activar los marcos de acción colectiva. Klan-dermans (1997) plantea un modelo de cuatro fases, donde los organizadores intentan contactar con los simpatizantes y motivarles a la participación (Recuadro 3):

1. Formar el potencial de movilización: se trata de conseguir una actitud favorable al movimiento en un amplio conjunto de individuos, que se convierten así en individuos movilizables. Los integrantes del potencial de movilización comparten el marco de acción colectiva del movimiento Y, por tanto, se hallan predispuestos a participar. Son la base social del movimiento, aquellos individuos y grupos cuyos intereses y/o valores promueve el movimiento.

2. Formar y activar redes de captación: se busca establecer una red de conexión con organizaciones formales y grupos informales con objeto de contactar con los simpa-tizantes. Las redes sociales permiten llegar a la gente y transmitirles sus demandas de participación en acciones concretas. Diferentes estudios han demostrado que tener actitudes afines a un movimiento social tiene una relación baja con la participación final. El factor clave es tener contacto con las redes sociales del movimiento (además de tener una coyuntura biográfica favorable). Cuando una persona tiene contacto con un miembro del movimiento a través de sus redes sociales, es mucho más probable que esa persona acabe participando en el movimiento (Snow et al., 1986).

La amplitud y densidad de la red afectan directamente al éxito de la movilización y también a la forma en que ésta se realiza.

Cuanto más amplia sea la red de movilización, cuanto más variadas sean las or ganizaciones y cuantas más personas integren los grupos informales, mayor será el alcance de la movilización (Oberschall, 1973). Una red densa implica un elevado grado de interconexión entre los miembros, que puede apreciarse por la intensidad de los vínculos entre las personas, por la duración de sus interacciones y por la frecuencia con que se producen.

3. Activar la motivación a participar: persuadir a los individuos con que se ha contactado de que los beneficios superan a los costos de la participación. Para ello se deberán enfatizar ciertos aspectos clave: expectativas de éxito en cuanto al número de personas que participarán y en cuanto a la probabilidad de obtener un resultado favorable; importancia de los beneficios colectivos por los que se lucha, e incentivos o beneficios selectivos, especialmente los de carácter social, que se refieren a la reacción de personas más significativas para el individuo (familiares, amigos, compañeros).

4. Superar las barreras a la participación: eliminar los obstáculos tanto personales como de tipo social que impiden la decisión final de participar, No todas las personas que están motivadas para participar acaban haciéndolo, Pueden surgir obstáculos de tipo interno (su motivación se debilita) o de tipo externo (p. ej, carecer de vehículo para trasladarse al lugar donde se realizará la acción) que lo impidan, Por tanto, las organizaciones deberán desplegar estrategias tanto para mantener y aumentar la motivación (p.ej., tratando de influir favorablemente sobre las personas más significativas) como para movilizar recursos externos y realizar gestiones que faciliten la participación (p. ej. poner autobuses a disposición de los participantes).

Recuadro 3. Una marcha multitudinaria a favor de gais y lesbianas

El 25 de abril de 1993 fue realmente un dia insolito. Casi un milon de personas se congregaron ante el Lincoln Memorial en Washington, donde 30 años antes Martin Luther King pronunciara su célebre discurso / have a dream. Esta vez los manifestantes pedían el libre acceso de gais y lesbianas al ejército. ¿Cómo es posible que una causa tan discutida entonces atrajera a una multitud mucho mayor que la reunida por King?

 

Se analizan aquí algunos factores clave, muy cuidados por los organizadores, que influyeron en el éxito de la convocatoria (se sigue el estudio de Tarrow, 1997):

  • Oportunidad política: la marcha supo escoger el momento, aprovechó las mejores condiciones políticas posibles. Hacía dos meses que era presidente el demócrata Bill Clinton, que durante la campaña electoral había prometido poner fin al veto de homosexuales en el ejército. Al realizarse la marcha se iba a debatir el problema en el Congreso y en el país.

  • Marco colectivo que estimulaba la participación: los responsables de las organizaciones del movimiento homosexual tuvieron la habilidad de situar sus reivindicaciones en un marco más amplio, el de los derechos civiles, muy aceptado por los estadounidenses.

  • Objetivo único y formas de acción adecuadas: la marcha se centró en un objetivo único y con-creto: el derecho de gais y lesbianas a acceder al ejército. El escenario y formas de acción habían tenido una eficacia histórica bien probada.

  • Creación del potencial de movilización: al adoptar el marco de derechos civiles, los organizadores consiguieron movilizar un potencial muy extenso que abarcaba desde militares y ejecutivos hasta universitarios, amas de casa y religiosos.

  • Activación de redes de captación: la intensa campaña realizada consiguió acceder a una gran variedad de grupos dispares entre sí, cada uno de los cuales contaba con su propia red de afiliados, a los que había que añadir amigos, familiares y compañeros.

  • Activación de la motivación a participar: se indicó que sólo se aspiraba a tener los mismos derechos que los demás ciudadanos; se invocaba a la solidaridad frente a la injusticia de la discriminación. Se retomaron cantos y eslóganes del movimiento de los derechos civiles.

  • Eliminación de barreras a la participación: se intentaron reprimir los elementos que podían representar un obstáculo. Minimizaron sus diferencias internas y trataron de impedir cualquier manifestación pública llamativa que pudiera escandalizar al público convencional.

Sin embargo, la excelente planificación no evitó que algunos gais marcharan travestidos y que algunas lesbianas exhibieran pechos desnudos. Imágenes de este tipo en los medios de comunicación ayudaron a grupos de derechistas y veteranos a redoblar su presión sobre el presidente Clinton. Tras la gran marcha, los organizadores no supieron seguir la presión a nivel político. Al final, Clinton cedió ante los conservadores y quedó patente que congregar a un millón de personas no es suficiente para conseguir el objetivo.

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LOS MOVIMIENTOS SOCIALES EN LA ERA DIGITAL

Sidi Buzid, 17 de diciembre de 2010. Mohamed Buazizi, un vendedor ambulante de 26 años, se inmola ante un edificio del gobierno después de que su puesto de frutas fuera nuevamente confiscado por la policía, local tras negarse a pagar un soborno. Este desgarrador grito de protesta, en una pequeña ciudad del centro de Túnez, fue el factor desencadenante de numerosas manifestaciones espontáneas por todo el país, que al cabo de unas semanas derrocaron al gobierno. Posteriormente, las protestas se trasladaron a otros países árabes, en los que un elevado número de personas también se sentían humilladas por sus gobiernos. Donde tuvieron más fuerza las protestas fue en Egipto, donde miles de egipcios ocuparon la plaza Tahrir (Liberación), hasta que lograron derrocar a Mubarak, que había gobernado el país durante décadas. Tahrir se convirtió en un símbolo de lucha por la libertad y la dignidad, inspirando otras causas. Así, el movimiento Occupy Wall Street (en septiembre de 2011) interpelaba a sus potenciales seguidores preguntándoles «¿Están preparados para un momento Tahrir?» y su primer campamento fue denominado Tahrir Square. También en la acampada del 15-M en Barcelona, algunos manifestantes renombraron la plaza de Cataluña como plaza Tahrir (un análisis empírico del 15-M puede verse en Páez, Javaloy, Wlodarczyk, Espelt y Rimé, 2013).

El surgimiento y difusión de los movimientos de la primavera árabe, al igual que el 15-M o el Occupy Wall Street, reflejan el mundo globalizado en que vivimos, y en ellos tuvieron un papel clave las nuevas tecnolo-gías, especialmente, las redes sociales. Las movilizaciones empezaron con la organización y la convocatoria de protestas en Internet y continuaron en el espacio urbano. A través de las redes de Internet se construyó un espacio de autonomía del que surgieron los movimientos (Castells, 2012). Las nuevas redes sociales, a partir de plataformas como Facebook o Twitter, crean nuevas oportunidades para la movilización. Por ejemplo, mientras los participantes avanzaban hacia Tahrir por las calles de El Cairo, colgaban fotogra-fías, vídeos y mensajes en multitud de blogs.

En la sociedad red, las imágenes y las ideas se difunden rápidamente de manera similar a un virus.

Globalización y movimientos sociales

En las últimas décadas, las relaciones sociales en prácticamente todos los campos han experimentado un incesante proceso de globalización, promoviendo una nueva sociedad y una nueva cultura. Este cambio no hubiera sido posible sin la revolución de las tecnologías de la información (Castells, 2009). En nuestro mundo globalizado, la dimensión internacional está cada vez más presente en los movimientos sociales, tanto en el grado de la difusión de la protesta como de organización. Así, las redes de activistas organizadas a escala internacional tienen cada vez un mayor protagonismo y «la acción social en un determinado tiempo y lugar es crecientemen-te condicionada por las acciones sociales en lugares muy distantes» (Della Porta y Kriesi, 1999).

La mayoría de los movimientos sociales actuales tiene un marcado carácter cultural, que es característico de los nuevos movimientos sociales surgidos en el último tercio del siglo XX. Buscan el cambio fundamentalmente a nivel cultural, construyen nuevos códigos culturales y nuevas identidades, a la vez que proponen nuevos estilos de vida. El eje de su proyecto es convertir a las personas en protagonistas de sus propias vidas y que éstas puedan decidir cómo quieren vivir.

A finales del siglo XX, en las sociedades occidentales, parecía que el conflicto social estaba controlado. El repertorio de protesta de los (viejos y nuevos) movimientos sociales era moderado. Incluso algunos autores en los años noventa planteaban la hipótesis de la progresiva institucionalización de los movimientos. Éstos se habrían plegado a las exigencias culturales, normativas y políticas del sistema, pareciéndose cada vez más a los grupos de interés (Ibarra, 2000). Sin embargo, en 1999 emerge el Movimiento por la Justicia Global, mediáticamente conocido como movimiento antiglobalización, que presenta un carácter radical y recupera un discurso holísti-co, de confrontación y global para enfrentarse a la globalización neoliberal (Martí, 2001). El Movimiento por la Justicia Global presenta una marcada continuidad con el ciclo de los nuevos movimientos sociales; no en vano fue definido como «un movimiento de movi-mientos» al aglutinar y liderar los movimientos anteriores. Sin embargo, un elemento diferenciador del Movimiento por la Justicia Global es que con él resurgen las movilizaciones sobre cuestiones materialistas de justicia social. Combina las preocupaciones del movimiento obrero con otras de los nuevos movimientos sociales, como la igualdad de género o la ecología (Della Porta y Diani, 2006).

Impacto de Internet y redes sociales

En la década de los noventa, Internet empezó a tener una influencia social significativa, convirtiéndose en símbolo de la era de la globalización. Las características de Internet hacen que sea un instrumento adecuado para la consolidación y difusión del nuevo paradigma propuesto por los movi-mientos, cuyos rasgos han sido comentados anteriormente. En la tabla 19-1 se relacionan los rasgos propios de Internet con los que caracterizan al paradigma de los nuevos movimientos sociales, y que se traducen en su capacidad tanto para alentar acciones de protesta como para promover las relaciones entre sus miembros Javaloy, Espelt y Cornejo, 2001). 

En Internet la comunicación es interactiva, inmediata y multidireccional, lo cual implica un modelo de ser humano como ser activo frente al modelo de ser humano pasivo (lector, oyente o espectador) fomentado por los medios de comunicación tradicionales. El modelo de actor, que concede a éste el papel de protagonista, con iniciativa y control sobre su vida, es coherente con los actores sociales que participan en movimientos y dirigen su acción, de forma consciente y deliberada, hacia sus objetivos. Además, la inmediatez de Internet favorece las oportunidades de protesta y dificulta su represión. La horizontalidad de la comunicación en Internet, de usuario a usuario, contrasta con la comunicación verti-cal, jerarquizada, propia de las instituciones.

Los movimientos sociales son «redes de interacciones informales» (Della Porta y Diani, 2006) e Internet ha sido definida como la red de redes. El carácter de red de ambos resalta un modo no convencional de comunicarse y actuar, favoreciendo una organización menos jerárquica y más participativa, que se halla en contraste con las relaciones formalizadas y jerárquicas que tienen lugar en el seno de las instituciones. El carácter no institucional y alternativo de esta comunicación la hace especialmente apta para ser usada por gran número de personas que no tienen acceso a los medios de comunicación oficiales y que tratan de expresar opiniones e intereses opuestos a los de los grupos dominantes. Da más oportunidades a las organizaciones con menos recursos. La autonomía de la red le brinda un espacio de libertad que el sistema le venía ne-gando. El carácter global de Internet se conjuga igualmente bien con los objetivos globales que persiguen gran parte de los nuevos movimientos sociales. El carácter transnacional de los principales movimientos permite campañas de acción colectiva a nivel mundial que sin las nuevas tecnologías serían impensables.

Las innovaciones y alternativas de cambio que proponen los movimientos tienen, pues, una buena oportunidad en el carácter alternativo de Internet. La Red constituye, en cualquier caso, una creativa forma de participación que, como ha señalado Castells, «ofrece posibilidades de interacción y debate en un foro electrónico autónomo, sorteando el control de los medios. Los ciudadanos podrán formar, y están formando, sus propias constelaciones políticas e ideológicas, evitando las estructuras políticas establecidas» (1997, p. 389). Ello coincide con la ideología de los nuevos movimientos sociales, que censuran el sistema vigente de democracia representativa, abogando por una democracia directa (Offe, 1990). Ello hace que movimientos como el 15-M (o el Movimiento por una Justicia Global) sean movimientos sin líderes, ya que existe una fuerte desconfianza hacia delegar el poder. En los nuevos movimientos sociales, a diferencia de los clásicos, las estructuras organizativas no son sólo un instrumento para obtener sus metas, sino que son metas en sí mismas, debido al valor de las cuestiones de identidad y autorrealización para sus seguidores (Laraña, 1999).

En esta temática hay que destacar la irupción de las redes sociales en el siglo XXI.

En la primera década de este siglo se produce en Internet un cambio clave para los movimientos sociales.

En la primera década del siglo xxI se produce en Internet un cambio clave para los movimientos sociales. Como señala Castells (2012, p. 221), se pasa «de la interacción individual y corporativa en Internet (el uso del correo electrónico, por ejemplo) a la construcción autónoma de redes sociales controladas y orientadas por sus usuarios». Las redes sociales de Internet se han convertido en plataformas que acogen cualquier tipo de actividad y promueven una cultura de compartir. Las personas se conectan e interaccionan entre sí, construyen contenidos, conectan prácticas y coevolucionan. Y en esta sociedad red las personas «pasan de compartir su sociabilidad a compartir su indignación, su esperanza y su lucha» (p. 222). Con este cambio, Internet pasa de ser un recurso para los movimientos sociales a un entorno en el que se socializan las personas, y en sus redes sociales germinan unos movimientos sociales que se hacen propiamente tales cuando ocupan el espacio urbano.

En esta segunda fase de Internet emerge un nuevo modelo de movimiento social, que Castells (2012) denomina «movimientos sociales en red». Su principal característica es que están conectados en red de numerosas formas, de forma multimodal, con redes sociales tradicionales y en línea. Al tener una organización descentralizada, sin un centro propiamente dicho, potencia la cultura de la autonomía (la matriz cultural básica de nuestra sociedad) y aumentan las posibilidades de participación en el movimiento. Las redes establecidas potencian el sentimiento de unidad y solidaridad común. Las personas toman conciencia de que no están solas, de que hay mucha más gente que comparte sus frustraciones y aspiraciones. El uso de Internet tiende a incrementar el sentido de eficacia, ayuda a romper la barrera del miedo y empodera a las personas. Un estudio del BCS Institute a partir de la Encuesta mundial de valores mostró que el uso de Internet aumenta el empoderamiento de la gente, fomentando sus sentimientos de seguridad, libertad personal e influencia.

Otras características de los movimientos sociales en red es que son simultáneamente locales y globales: locales porque surgen en determinados contextos, y globales porque a través de Internet están conectados a nivel global, aprendiendo de otras movilizaciones y sirviendo de inspiración a otras. Así, presentan un carácter viral que facilita la difusión de los mensajes y el efecto modelo para otros movimientos. Son movimientos sociales altamente autorreflexivos, se interrogan continuamente sobre sí mismos como movimiento y como individuos sobre quiénes son, qué quieren y cómo conseguirlo. Generalmente, no tienen un programa concreto, sino numerosas reivindicaciones. Ello les hace altamente atractivos para muchas personas, pero, a cambio, dificulta su acción.

Los movimientos sociales en Red tienen valores, objetivos y un estilo organizativo en coherencia con el modelo de los nuevos movimientos sociales (descrito anteriormente) y también en franca oposición a la cultura establecida y a instituciones políticas que han quedado obsoletas. En suma, su objetivo es cambiar los valores de la sociedad, cambiar el mundo, la forma de vivir, sin tomar el poder (apoderarse del Estado).

La historia de la humanidad, como señala Cornelius Castoriadis (1986), es la lucha de dos tendencias: una busca la heteronomía del ser humano; la otra, en la que tienen un papel clave los movimientos sociales democráticos, su autonomía. En las últimas décadas, los movimientos democráticos han tenido un impacto transnacional y una difusión tan rápida porque en realidad «no son casos de simple imitación y difusión, sino expresiones del mismo movimiento en su acción contra objetivos similares» (Tarrow, 1997, p. 324). En el fondo, se trata de un gran movimiento a nivel global a favor de la libertad, la igualdad y la solidaridad. Tiene por bandera la huma-nidad, por ideología los derechos humanos universales y por adversario la injusticia. Las mujeres y hombres que integran este movimiento imaginan una sociedad mejor que se convierte en el horizonte que permite avanzar al conjunto de la sociedad. Ellas y ellos construyen el camino hacia ese horizonte y recorren una parte de él.

RESUMEN

En este capítulo se analiza el papel del comportamiento colectivo y de los movimientos sociales en un mundo globalizado y en rápida transformación. Este tipo de estudio refuerza la orientación social de la psicología social y analiza un modelo de ser humano activo y transformador. En un sentido amplio, el campo del comportamiento colectivo comprende tanto las formas espontáneas, improvisadas y efímeras de comportamiento, como aquéllas más planeadas, duraderas y organizadas que ponen en marcha los movimientos sociales. Éstos son colectividades que actúan de forma continuada, forjándose una identidad propia, con el objetivo de conseguir un cambio social o bien de resistirse a él. Para explicar estas formas de comportamiento que no siguen los patrones culturalmente establecidos, se han propuesto distintos enfoques teóricos, unos más centrados en las condiciones socioestructurales del entorno y otros más atentos a las percepciones, sentimientos y valores de los participantes.

Los movimientos sociales se conceptualizan como agentes de influencia social, enfatizando su dimensión cultural y el papel de las emociones. En esta línea, el análisis de la construcción social de la protesta se articula a partir de los marcos de acción colectiva. A las tres dimensiones clásicas (injusticia, identidad y eficacia) se añade la obligación moral, que recientemente se ha situado en el centro del debate teórico. El capítulo finaliza con un apartado sobre los movimientos sociales en la era digital, que analiza el impacto y las nuevas oportunidades que Internet y las redes sociales ofrecen a dichos movimientos.

LECTURAS RECOMENDADAS

  • Castells, M. (2012). Redes de indignación y esperanza. Los movimientos sociales en la era de Internet.
    Madrid: Alianza.
    Esta obra analiza la importancia de las nuevas tecnologías y de las redes sociales en la aparición de los movimientos sociales en red. Describe y analiza los principales movimientos aparecidos al inicio de la segunda década del siglo xxI: primavera árabe, 15-M y Occupy Wall Street.

  • Javaloy, F., Rodríguez, A. y Espelt, E. (2001). Comportamiento colectivo y movimientos sociales. Un enfoque psicosocial. Madrid: Prentice Hall.

El rasgo más peculiar, y tal vez exclusivo, de esta obra es que presenta una visión completa del comportamiento colectivo y los movimientos sociales desde una perspectiva psicosocial, por lo que, a diferencia de la mirada sociológica, pone en primer plano al individuo en interacción con el movimiento social.

• Tejerina, B. (2010). La sociedad imaginada. Movimientos sociales y cambio cultural en España. Madrid:

Trotta.

Analiza los movimientos sociales como agentes activos del cambio social, considerándolos como una variable independiente y, por tanto, explicativa del cambio social. Considera que son, básicamente, las estructuras de interacción que establecen los activistas de los movimientos las que construyen la movilización.

ACTIVIDADES DE APRENDIZAJE

I. Comprensión de lectura

De respuesta al siguiente cuestionario y remita su actividad al correotareasconsejomxneurociencias@gmail.com

1. Cuál es la relación entre el comportamiento colectivo y la psicología social?

2. Describa las características del comportamiento colectivo

3. Qué elementos facilitan la emergencia de un movimiento social?

4. Cómo influyen las redes sociales en los movimientos sociales? 

5. Cuál es su opinión sobre la difusión de información que aborda problemas sociales y políticos a través de las redes sociales?

II. Investigación

Investigue en qué consistió el plan para organizar una incursión masiva, el 20 de septiembre de 2019 al Área 51 en Nevada, California y analice los siguientes aspectos: 

1. Quién convocó al movimiento y que medios utilizó para difundirlo?

2. Cuantas personas respondieron a la convocatoria y qué medios utilizaron para compartir la información?

3. Cuál fue la respuesta de las autoridades ante este movimiento?

4. Porqué el organizador del evento eligió el área 51 como lugar para este movimiento?

5. Considera que este movimiento tuvo un resultado favorable o desfavorable para la sociedad americana y de todo el mundo?

Es muy importante tomar en consideración que los plazos para la entrega de actividades, aparecerán a un costado del botón que permite el acceso a esta unidad situado en el menú de este diplomado.

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